La espada y el bisturí
Capítulo 2
Cuando encendió la desnuda bombilla de su camarín y tomó recado de escribir, no pudo garabatear en el papel ni una palabra. Había esperado sorprender a Paul con la noticia de que, por fin, estaba en Corea. Ahora que había puesto el pie dentro de la zona de la guerra, el espacio que los separaba parecía más ancho que nunca. Era absurdo imaginar (incluso en un momento sentimental) que la divinidad que protege a los amantes, concertaría milagrosamente su encuentro.
La divinidad que protege a los amantes. ¿Estuvieron realmente enamorados durante aquellos dos días pasados en Hollywood? ¿Era culpable del pecado de orgullo por desear que la amara aún?
Por lealtad a Paul, no puso en palabras ese amor. Aguardaría, se dijo, hasta que hubiera mirado en sus ojos y visto si su amor era correspondido. Por esa razón sus cartas habían sido siempre breves y alegres, sin huella alguna de la emoción que la embargaba. Esta noche podía preguntarse si el fracaso del espectáculo era un presagio. ¿No habría sido una presunción por su parte incorporarse a este mundo de hombres combatientes, a una existencia que nunca podría compartir?
Perpleja por su fracaso, continuaba mirando la página vacía. «En alguna parte — continuó cavilando— debe haber un antídoto para esa melancolía, para ese aburrimiento de esos muchachos vestidos de caqui.» Posiblemente el remedio sería algo que les recordara, aun cuando fuera fugazmente, la felicidad que habían dejado atrás; un universo de fútbol, de bromas, de gaseosas a medianoche, de amores. Resumiendo, un universo en donde habían vivido su propia vida.
La función de aquella noche se había olvidado de traer el color y la forma de tal universo. Las payasadas de Bugs Jordán y compañía sólo habían repetido el aburrimiento de noches anteriores, en las que los soldados vieron a otros maestros de Broadway repetir sus imitaciones de Hope y Berle y Jolson. Puesto que ella sólo había sido una espectadora en esa rutina, no había podido reprochar a su público por su amable parodia del aplauso.
Ahora que había fracasado en su prueba, se preguntaba si no se habría equivocado al aceptar esta tarea. Su voz no se prestaba para canciones picarescas de revistas; lo había hecho mucho mejor en los clubs nocturnos más pequeños donde podía trabajar en medio de su público. Con un conjunto más compacto le sería posible actuar en una cantina… ¿o era esto también otra fantasía imposible… dado que, por su propia naturaleza, los espectáculos de la USO estaban destinados a vastos auditorios?
Si Corea era el fin del camino, tendría que retornar a Hollywood y aceptar cualquier trabajo disponible. Y si Eric Lindman había sobreestimado su pequeño pero positivo talento, se tomaría con calma su derrota.
Con esto resuelto para su tranquilidad, Kay cerró su escritorio y se preparó para dejar el teatro.
Afuera, una lluvia desapacible estaba azotando el campamento. Se subió el cuello de su capote de trinchera y avanzó por el caminillo que conducía al ala izquierda del edificio donde se alojaban los miembros femeninos de la compañía. En América, en estos alojamientos habitualmente se disponía de pianos para los ensayos. Kay tenía por costumbre tocar perezosamente durante una hora después de la función. Una especie de descanso que siempre le producía cierto bienestar. Aquella noche, una mirada le dijo que su alojamiento era sólo un fragmento del ala del edificio destinado a los oficiales. No había ni siquiera un cuarto de estar para comodidad de los cansados artistas, y la pesada respiración que llegó hasta sus oídos le indicó que las muchachas del coro hacía rato que se habían entregado al sueño. Sabiendo que no podría dormir, Kay siguió un segundo caminillo y una flecha que indicaba la cantina.
El centro recreativo lo constituían un par de barracones de almacenaje unidos por un angosto corredor con techo de cinc que servía como caja de resonancia para la lluvia; el más próximo de los dos tenía juña media docena de sillas y un piano viejo. Más allá, en la habitación mayor, unos cincuenta soldados se hallaban jugando a las damas u hojeando las páginas de revistas atrasadas. La mayor parte de los asistentes parecían sumidos en la apatía: una vaciedad básica que aislaba a cada hombre de su vecino. A los ojos apreciativos de la muchacha, parecía una inercia más paralizante que la desesperación.
Cuando se hubo atrevido a entrar en la habitación más pequeña, comprobó que había una luz sobre el piano. Las teclas del instrumento estaban amarillas de puro viejas y lastimadas por cientos de quemaduras de cigarrillos; pero las cuerdas sonaron afinadas cuando tocó lentamente su primer acorde. Gracias a su cuello subido y al gorro podría pasar por otro de aquellos aburridos muchachos, mientras le fuera posible mantener las distancias. Si se aventuró a interpretar su primera tonada más enfáticamente que de costumbre, fue solamente para subrayar el hecho de que ella (no menos que aquellas sombrías figuras) estaba lo bastante sola como para gritar.
Mientras caminaba por las calles de Laredo,
mientras caminaba por Laredo un día.
¿Por qué había elegido una triste canción de vaqueros entre las de su interminable repertorio? ¿Y por qué había comenzado a susurrar con su ronca voz de contralto que siempre había sido su registro natural de canto? Apenas se sintió sorprendida cuando varias voces (no todas de Texas) corearon las palabras. En los barracones femeninos que tan a menudo había compartido, era costumbre reunirse durante media hora antes de acostarse. Kay dejó que sus dedos se deslizaran en un demorado arpegio, no demasiado distinto del acorde de la guitarra de un vaquero, y en forma espontánea cantó el verso siguiente:
Veo por tu atavío que eres un vaquero.
Dije estas palabras al pasar.
Una cantidad de voces corearon la melodía y la mayor parte de los cantores comenzaron a acercarse al piano. Hasta ahora el grupo no era un público, ni una multitud de jóvenes rebeldes en actitud de desmandarse. Lo único que importaba era compartir la tonada.
—¿Cómo te llamas, hermana?
—No soy su hermana —contestó Kay—. Soy «La muchacha de al lado».
—¿Conoces «Algunas veces soy feliz»?
—Conozco todas las canciones.
Desde su infancia, Kay tocaba de oído el piano, con una memoria casi perfecta. Mientras se deslizaba por las antiguas comedias musicales favoritas, bendecía su don y el regalo que había traído a este entristecido refugio. Esta vez, su público estaba con ella… a pesar de que no era un público en la acepción corriente, y ella no sentía nada del tenso nerviosismo de una representación. Cuando terminó el primer número solicitado, los soldados se hallaban amontonados alrededor del piano, y las peticiones llegaban demasiado aprisa para que pudiera satisfacerlas todas.
—¡«Noche y Día», hermana!
—No es tu hermana, pajarraco., y queremos «Polvo de Estrellas».
—¡«Nostalgias de San Luis»!
—¡«Muchacha melancólica»!
—¿Conoce «Así pasan los años», señora?
—¿Conoce usted «El vals del Missouri»?
Durante un lapso de tiempo que lo mismo pudo ser de una noche que de una hora, Kay perdió la noción del tiempo, mientras desfilaba a través de todo el rico campo de las canciones populares americanas. Una cantidad de melodías olvidadas volvieron a ella, completas. Juntos entonaron las canciones de Romberg, Kern y Gershwin, de Porter y Rodgers y Coward; interpretaron las melodías de Hoagy Carmichel y de Irving Berlín. La mayor parte las cantaba con los ojos entornados, segura de que jóvenes y vigorosas voces la apoyarían. Entre un número y otro charlaba con ellos tan naturalmente como en otro tiempo lo hacía con sus amigos en el portal de su casa de Kansas. Mientras la improvisación continuaba, se imaginaba que estaba cantando para Paul solamente (las mortecinas luces le ayudaban a ello, y un suboficial alto, que se hallaba un poco apartado de los demás, completaba la sugerencia). Las tonterías que decían eran para sus oídos. Las bromas que cambiaban eran parte de la alegría que hubieran podido haber compartido si el destino hubiese distribuido de distinta manera las cartas.
Esto, se dijo, era un pasatiempo en su forma más pura: el elemento necesario para proporcionarles la ilusión de que se había liberado de la triste realidad que les rodeaba. Esta era una reunión familiar en donde ella, por accidente, se había convertido en el ángel tutelar. Mientras la fiesta continuaba, advirtió que había satisfecho todas las peticiones… y en respuesta al clamoreo que se elevó, había repetido los números favoritos. Cantó «Margie» y «Déjame llamarte novia» tan alegremente como les había hecho oír «Algún día te encontraré» y «El paso del tigre». Entonó «Rocío de niebla» en un contrapunto de bajo profundo, y «Noche y día» como debía ser cantada: como una canción melancólica y sentimental más bien que animada. Hacia el final advirtió la presencia de Danny en la fila delantera de los cantores y comprendió que el cuarteto masculino se había mezclado con los soldados para dar el tono en los números más difíciles. Aparte de estos amables ayudantes, la función era de ella únicamente.
Cuando al final las luces se encendieron y abandonó la cantina con su brazo apoyado en el de Danny, quedó verdaderamente sorprendida por el atronador aplauso que recibió… y se sintió no menos profundamente conmovida al comprobar que ninguno de sus oyentes se precipitaba para abordarla en persona. Comprendió que la ilusión que había creado era demasiado preciosa para estropearla con el contacto de un artista real.
Sólo cuando se detuvo en el portal de su alojamiento fue cuando la magnitud del éxito se le hizo evidente. Olvidada de la copiosa lluvia, miró con los ojos brillantes a Dietz.
—¿Qué es lo que ha ocurrido, Danny?
—¿No será que ha nacido una estrella, querida?
—No digas tonterías. Esa no era yo.
—¿De manera que estabas cantando «naturalmente»? —dijo Danny—. Toda gran actuación es espontánea… y no contradigas a tu director.
—¿Podemos intentarlo otra vez?
—Podemos y lo haremos. Llegaremos hasta el Paralelo treinta y ocho, si los entorchados nos dan paso.
—Prométeme que me dejarás actuara mi gusto, y que nunca me harás ensayar.
—Después de lo de esta noche, Kay, queda convenido.
—¿Cómo lo llamaremos?
—Ya lo has bautizado tú, querida. ¿Puedes pensar en algo mejor que «La muchacha de al lado»?
—Yo no lo he inventado —respondió Kay sobriamente—. El primer hombre que me llamó así, fue un capellán de San Pedro. ¿No es curioso que él descubriera dónde estaba mi talento?
La satisfacción del éxito se prolongó durante las agitadas semanas que siguieron, mientras el reorganizado espectáculo (del cual Kay era la figura central) repetía su triunfo de aquella primera improvisada reunión de canto, en todas las cantinas existentes, desde Pusan hasta el borde de la zona de combate. Sintiéndose llevada por una oleada de propia estimación, no menos perturbadora que la embriaguez del éxito, estaba extrañamente contenta de poder conservar a prudente distancia el recuerdo de Paul… ahora que podía fijar el lugar y el momento de su encuentro. Hasta hubiera podido demorar deliberadamente la cita. Le producía un extraño escalofrío pensar que la creciente fama de «La muchacha de al lado» debía haberle llegado ya, aun cuando la personalidad de la muchacha estuviera envuelta en el anónimo.
Kay había establecido esto desde un principio, a pesar de las protestas de Danny Dietz.
—Dentro de un mes más… te convertiré en el objeto de los brindis de todo el Octavo Ejército —dijo Danny—. Piensa lo que eso significará para Kay Storey en Hollywood.
—No es a mí a quien aman —insistió Kay—. Dios sabe que no soy tan presuntuosa. Son los recuerdos que les traigo. Si yo tuviera un nombre, podría estropearlo todo.
—Está disminuyendo la luz de tu lámpara, querida. Hasta ahora no has utilizado más que la mecha pequeña… y lo pequeño siempre se quema. ¿Por qué no aceptas para ti algunos de los honores?
—Trata de ser inteligente alguna vez, Danny. Deja que «La muchacha de al lado» sea la que siga cantando. No mezcles los negocios con nuestro espectáculo.
Dietz, por supuesto, había capitulado… y el espectáculo se dirigió hacia el Norte, según Kay había dejado establecido en Pusan. Como hiciera en aquella memorable primera función, Danny se mezclaba con la gente en cada cantina, facilitando las cosas con algunas hábiles improvisaciones. El cuarteto masculino (confundido con los otros soldados) formaba también parte del grupo, ayudando a dar el tono y el ritmo. En todo lo demás la noche era de Kay… y del Ejército. El Ejército continuaba disfrutando del espectáculo a más y mejor.
Dando una función por noche (con números extra cuando un cuartel poseía más de una cantina) el conjunto no utilizaba agente de publicidad, ni bombos ni platillos para anunciar su llegada; el comentario que les precedía era suficiente para asegurarles un lleno en las salas.
—Larry Kirk es un PRO [9] —dijo Danny a Kay al término de su primer estruendoso éxito en un campamento de las afueras de Seúl—. De manera que es hombre de la Associated Press y un importante corresponsal del sindicato King. Tienes que procurar disponer de algún tiempo para esos muchachos. Es el destino.
—No me importa… si mantienes oculto mi nombre.
—Pueden reconocerte por los relatos.
—No era tan famosa en Hollywood, Danny.
Todavía estaba gozando con su anonimato, cuando llegó a la Jefatura de Relaciones Públicas del Ejército y se sometió a las innumerables preguntas de un grupo de periodistas que tenía proporciones de multitud. Luego Larry Kirk insistió en que Dietz la llevara al Hotel Chosun para tomar una copa… y para sostener una entrevista más exclusiva. A pesar del hábil bombardeo del famoso comentador de la televisión, Kay rehusó avanzar una pulgada… hasta que Kirk mencionó su inminente recorrido por las líneas de fuego.
—Los muchachos me preguntarán cuándo llegará usted al Norte. ¿Qué debo responderles?
—Que estoy dispuesta a cantar en todas partes —contestó Kay—. El Ejército lo sabe.
—En aquel momento pensó en Paul… y se rindió al impulso antes de meditarlo dos veces.
—¿No le sería a usted posible visitar el Batallón 141?
—Con los amigos que tengo entre los jefes —respondió Larry Kirk—, puedo ir a cualquier parte excepto a Yalú. ¿Hay alguien especial en el Batallón 141a quien le gustaría que yo visitara?
—¿Querrá usted entregar una nota al cirujano del batallón, el capitán Paul Scott?
—Si lo desea, se lo traigo en persona.
—Las cosas no son tan fáciles, señor Kirk. Ni siquiera para usted.
—Póngame a prueba, jovencita —replicó Kirk—. Ha dado usted mucho a los hombres del Ejército. Es hora de que la retribuyan.