La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 21 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 5

Afuera, Paul comprobó que el duelo de artillería había acabado, aunque algunas piezas más pesadas disparaban todavía allá a lo lejos en el valle. Evidentemente, el ataque a la Colina 1049 había sido una treta para ocultar una acometida en alguna otra parte. Sólo unos pocos murmullos quebraban el imponente silencio mientras caminaba a tientas hacia la cantina. Era difícil creer que esa falda estuviera llena de soldados, esperando, protegidos por sus cañones, para repeler un avance de los hombres que ya habían retrocedido a la ladera Norte.

Oyendo los ruidos de la radio portátil de dentro, se detuvo durante un instante en el umbral del refugio del puesto de mando. Una delgada forma, apartando la cortina, le llamó por su nombre cuando ya se hallaba a punto de continuar su camino.

—Buenas noches, capitán. ¿Ha terminado la operación?

—Ya está listo para ser entregado mañana por la mañana —contestó brevemente Paul.

Nunca le había gustado ese sargento mayor Bates, la figura más importante en la camarilla que aislaba a Hardin del batallón. No terna nada en que basar su desagrado, salvo en la cuidadosamente controlada insolencia del hombre. Bates cumplía con eficiencia su tarea. La verdad era que el batallón tema un rótulo especial (aunque no impreso) para el sargento mayor y su habilidad en conseguir el favor del coronel… pero eso también era inevitable.

—¿Ha disfrutado del concierto esta noche, señor?

—Estaba demasiado ocupado para escucharlo.

—Tampoco a mí me han satisfecho las selecciones —dijo Bates—. No nos han castigado demasiado fuerte. La cosa ha sido distinta en la ruta de abastecimiento.

—¿Es por eso por lo que el coronel está utilizando la radio?

—Los teléfonos no funcionan desde hace una hora. Los chinos se encuentran detrás de nosotros, sin duda alguna.

El cirujano se encogió de hombros ante la noticia y siguió su camino. En esa curiosa guerra de ataques y contraataques, la Colina 1049 ya había quedado aislada antes. La principal ruta de abastecimiento siempre había sido reabierta a tiempo después de una decidida acción del regimiento. Podía oír a Hardin en el teléfono de la radio para que le fuera enviada una columna de refuerzos. A pesar de la distancia percibió en su voz una estridente nota de pánico… y comprendió demasiado bien por qué Bates estaba haciendo guardia. Paul se encogió de hombros y dejó de pensar en el coronel Jasper Hardin. Después de todo, Bates tenía su utilidad. Por lo menos los terrores que agitaban el cerebro de Hardin no desmoralizarían a los hombres que permanecían más allá de la guardia.

En la cálida cantina del batallón, con su sabroso olorcillo, Paul sintió que sus nervios se aflojaban mientras un cocinero le servía en su taza un cucharón de guiso.

—Es mejor que coma bien, capitán. He oído decir que tal vez tengamos coreanos fritos para el desayuno.

Era una vieja broma y además tonta, pero encontró que a pesar de todo podía reírse. La posibilidad de que la colina podría ser batida antes de llegar la mañana nunca le había perturbado ni robado media hora de reposo.

—¿Tiene inconveniente en que le acompañe, Scott?

Paul miró sonriendo la cara tiznada de oscuro del mayor Hilary Saunders, un oficial de enlace de la batería de la colina próxima. Como él mismo, Saunders parecía cansado pero contento cuando se dejó caer en un asiento a su lado. La expresión de su rostro era de fatiga, pero en aquella máscara embetunada los ojos brillaban con buen humor. Salvo por el cuchillo de trinchera y la pistola del 45 sujeta a su cinturón, Hi hubiera podido pasar por el último artista de una compañía de cómicos en trance de hacer una broma final.

—¿Qué le trae por aquí esta noche, amigo?

—La causa es su comandante. Desde la puesta del sol no ha cesado de pedir a gritos apoyo de la artillería. Como resultado, he imitado a una culebra negra para llegar hasta aquí. Puedo asegurarle que es bastante desagradable andar por el campo entre su colina y la mía. Llueven granadas por todas partes. Algunos de esos soldados chinos pueden arrojarlas como si fueran grandes figuras de baseball.

—¿Por qué ha venido usted personalmente?

—El coronel Hardin ha insistido en ello. Quería un oficial artillero que viniera por sus propios medios.—Saunders echó una ojeada a los somnolientos cocineros y bajó la voz.—¿Cómo puede usted soportarlo de sol a sol?

—Yo también me lo pregunto a veces, Hi.

—Ese hombre es un psicopático. No puede negarlo.

—Estoy seguro de ello desde nuestra primera entrevista.

—En nuestro país podría ser tolerable. La disciplina y la vieja rutina militar lo mantendrían a raya. Aquí debe ser el infierno con ruedas.

—Espero que acabe sudando en su refugio.

—Seguramente ocurrirá así, si puede disolver en alcohol su miedo. Si consigue mantenerse en esta colina, acabará convirtiéndose en un héroe. Es indudable que no puede permanecer escondido en ese refugio toda su vida. —Hi Saunders bostezó y se restregó lo más espeso de las manchas de su frente.— Y no podrá mantenerse si el enemigo se propone verdaderamente deshacer nuestra línea actual. ¿Se ha preguntado alguna vez qué sucederá si a Hardin se le ocurre pegarse un tiro?

—He tratado de no detenerme en esa idea.

—¿No es curioso comprobar cómo la muerte se transforma aquí en lugar común? La mayor parte de nosotros descubrimos que lo podemos soportar., mientras no seamos nosotros los que morimos. Hardin es un bicho de diferente especie. Los sacrificaría a todos ustedes con la mayor tranquilidad del mundo.

—¿Qué está usted sugiriendo? ¿Que solicitemos su relevo firmando una petición? Usted sabe cómo reaccionarían las autoridades superiores.

Saunders afirmó con la cabeza, parcamente.

—No es ninguna tontería observar cómo siguen girando las ruedas de la tradición y justipreciar con el criterio de un civil el derroche de dinero. Lo irónico de todo esto es que Hardin hubiera podido ser un soldado si hubiese nacido el mismo año que Napoleón.

—¿Cuando las guerras se hacían según lo establecían los manuales?

—Exactamente. Cuando un hombre podía vivir según el Código, sin pensar en nada.

Paul se dio cuenta de que estaba riéndose entre dientes a causa de lo que tan vehementemente había musitado Hi. Sabía que debía detener esa marea de palabras, porque tal relajamiento de la disciplina lindaba ya con la insubordinación. Pero era un profundo alivio oír un análisis que se acomodaba tan perfectamente a su propio concepto.

—El coronel mismo tiene una idea clásica sobre este asunto —dijo—. Desde su punto de vista, el problema comenzó después de Pearl Harbour. La Segunda Guerra Mundial fue el acontecimiento que realmente ensució al Ejército… cuando a una cierta cantidad de civiles se les hizo vestir el uniforme de oficial y se les impusieron unas obligaciones, para desempeñar las cuales no estaban capacitados. Hasta los más insignificantes tienen hoy comodidades que el viejo Ejército ni siquiera conocía: centros recreativos, educación, ayuda psiquiátrica.

Ahora le tocó a Hi Saunders el turno de sonreír.

—Usted estuvo en la última Gran Guerra, Paul. Todos los oficiales de la vieja escuela no son como Hardin.

—Lejos de ello. Llámele la oveja negra que es la maldición de todas las profesiones.

—Dentro de un minuto dirá usted que es más digno de piedad que de culpa.

—Es bastante curioso, pero sí creo que es digno de que se le tenga lástima.

—Lo mismo piensa el capellán —repuso Hi—. Por supuesto, él tiene una perspectiva que nos está negada a nosotros.

—El Padre Tim perdonaría al mismo Mao Tse Tung, si se pusiera al alcance de su misión salvadora. Hi Saunders le miró afectuosamente.

—¿Comparte usted sus puntos de vista?

—No del todo. Estoy metido en este asunto y he de acomodarme a esto lo mejor que pueda… y especialmente he de procurar conservar entero mi pellejo.

La cólera había levantado la voz de Paul. Se calló de súbito al ver que el cabo Jackson había entrado en la cocina para tomar café.

—Suspendamos esta charla —dijo—. No le pagan a usted para que escuche mis quejas.

—Oiga usted las mías —repuso Hi—. Así serán mitad y mitad. Hablando de ángeles, aquí llega su capellán.

El Padre Tim, que se había detenido en el mostrador de la cocina para hablar unas palabras con Jackson, se dejó caer en un asiento al lado de ellos cuando el cabo se marchó. Observando la natural acogida de Hi, Paul envidió el aplomo del oficial artillero. Tanto como el haber nacido en buena cuna, Harvard había contribuido a darle esa soltura, reflexionó. A pesar de todo, su amigo tenía que hacer su propia vida: abogado, con una vasta práctica en Los Angeles, resultaba irónico que hubiera sido destinado al servicio de armas pesadas en Corea… simplemente porque en la última Guerra Mundial sirvió en el Arma de Artillería.

—Ha llegado a tiempo, capellán —murmuró Hi—. Paul insiste en que todos los hombres somos hermanos., incluyendo a su comandante. Yo estaba a punto de defender el punto de vista contrario.

El Padre Tim revolvió su café.

—Denme tiempo para reponerme.

Paul habló tan seriamente como pudo; siempre era difícil ser demasiado severo con el Padre.

—¿Ha estado usted escuchando el «concierto» afuera, Padre?

—Sí, Paul. En la cima de la colina.

—Ya le he dicho antes que debe permanecer a cubierto hasta que se le requiera.

—Si estoy fuera, puedo seguir a los camilleros.

—Podría hacer lo mismo si estuviera en el puesto de primeros auxilios. Los hombres le llamarían cada vez que se le necesitara.

El Padre Tim sonrió.

—Si la función de esta noche se hubiera prolongado otros diez minutos, habría perforado la tierra como un conejo hasta llegar aquí.

—El miedo es la más antigua emoción del hombre, Padre —dijo Hi—. No es motivo de vergüenza rendirse a él.

—Ni usted ni Paul se han rendido jamás.

—Esta noche no teníamos adonde disparar —manifestó Paul—. ¿O no ha oído usted que estamos rodeados?

El Padre entrelazó sus dedos. Había algo conmovedor en el hecho de que no se esforzase para ocultar su temblor.

—¿Qué será de nosotros?

—Espero que mantendremos la posición. Mañana una unidad de combate del regimiento despejará nuestra ruta de abastecimiento.

—Te creo, Paul, pero aún tengo miedo. Soy yo el que conforta a los moribundos y les habla de la otra vida después de la muerte. Sin embargo, me da miedo pensar que puedo morir yo.

—Tal vez no sea a morir a lo que usted tiene miedo, Padre —repuso Hi Saunders —. Podría ser su cólera.

—Hace mucho tiempo que he dejado la cólera tras de mí, mayor Saunders.

—El hombre del siglo XX tiene toda la razón para maldecir la historia que le han echado sobre la espalda —comentó Paul—. Supóngase que morimos aquí, sin la menor oportunidad para escribir nuestros nombres en la Lista de Honor. ¿Nunca ha soñado con ser cardenal algún día? ¿Otro Albert Schweitzer?

—Mi único deseo es servir a mi prójimo, superar las exigencias del egoísmo.

El sacerdote levantó los ojos al oír los pasos que se escucharon fuera del refugio. Paul intuyó que era un mensajero del sargento Furness antes de que éste hubiera mostrado su cabeza.

—Una llamada de la compañía Able, señor. Un chino que se ha infiltrado acaba de apuñalar a un centinela.

—¿Puedes traerlo aquí?

—Temo que no. Está malherido.

—Iré en seguida —dijo Paul—. Lamento suspender esta discusión metafísica, señores, pero el deber me llama. ¿Ha traído usted el maletín, sargento?

—Lo tengo ahí fuera, señor. Le mostraré el camino.

—El sanitario de la compañía estará con el herido. Puedo ir solo.

—No con Fu Manchú suelto. Necesitará usted un par de ojos que miren hacia atrás.

—Usted permanecerá en el puesto de socorro, Tom. No hay duda de que tendremos otros casos.

—Pero, capitán.

—Es una orden, sargento. Vamos por el maletín. Absorbidos con lo que se traían entre manos, salieron del refugio. Furness se agachó recogiendo el maletín que contenía el equipo que precisaba un cirujano para hacer una cura de urgencia en el campo. Era una tarea habitual aunque arriesgada. Paul había curado a docenas de heridos en el lugar del hecho, cada vez que se había requerido la intervención de un experto.

—Déjame ocupar el lugar del sargento, Paul.

Mirando los turbados ojos del capellán, Paul vio que estaban aterrados.

—Gracias, Padre —replicó—. Encontraré solo el camino.

—El centinela puede precisar un sacerdote.

—Espere en el puesto de socorro. Yo lo traeré.

—¿Y si no puedes trasladarlo? Además, quiero ir.

—En el nombre de Dios, ¿por qué?

—Porque estoy aquí en el nombre de Dios.

Sus miradas se encontraron… y los ojos del Padre vencieron a causa de todo el pánico que acechaba en sus profundidades. No era la primera vez que Paul se había rendido a súplicas parecidas.

—¿Intenta demostrarme que estoy equivocado, Padre?

—¿Acerca del olvido de sí mismo, Paul., o acerca de la muerte?

—No se preocupe. Cójase de la correa de mi maletín y mantenga baja la cabeza.