La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 58 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 5

La vacilación del prelado, aunque prolongada, fue enteramente natural. Cuando habló fue con honesta timidez. Él, y los que escuchaban lo sintieron, no era un testigo que estuviera posando antes de empezar una declaración bien ensayada. Este era un hombre de Dios eligiendo con cuidado sus primeras palabras.

—Creo que debería comenzar con la última anotación del Padre O'Fallon —dijo —. Está fechada el 3 de agosto de 1953. ¿Puedo leer directamente del libro de confesiones?

—Por supuesto, ilustrísima.

Era el coronel Sellers, inclinándose sobre el banco. El hecho de que hubiera ignorado a ambos abogados en esa respuesta, era un signo bastante evidente de que el testigo tenía en la mano a su auditorio.

Cuando comenzó la lectura, la voz del arzobispo era suave, casi tímida. Pero una vez que tomó el ritmo de las palabras, Paul se encontró escuchando tan ávidamente como cualquier espectador.

Voy a morir. No tengo dudas con respecto a esto. La última hemorragia ha

sido la peor. La transfusión que Paul me hizo la semana pasada me ha aliviado durante un tiempo. Pero la próxima hemorragia significará el fin. Me encontrará resignado.

Hoy es el día de la repatriación de Kay Storey. Puesto que ella misma está

muy enferma, Paul dice que no debemos encontrarnos para despedirnos., pero él pondrá este libro en sus manos cuando haya hecho mi apunte final. De alguna forma se abrirá camino hasta el arzobispo Johann Steifel de San Francisco, un hombre que ha sido para mí amigo y confesor desde los años del seminario.

Paul ha insistido en quedarse aquí conmigo… de manera que los otros

irán sin mí hacia el Sur, hacia él punto de intercambio. El sabe que no podría soportar el viaje… y me asegura que el coronel Hardin les dirá a las autoridades americanas por qué debemos exactamente permanecer aquí. Pero a pesar de ello, temo por Paul, ya que el coronel Hardin le odia despiadadamente. Una vez que haya atravesado la línea de demarcación, estoy seguro que hará cuanto pueda para perjudicara Paul.

Si le hace algún daño a Paul a causa de su consagración a mí, pido a

Dios que mi arzobispo, o quienquiera que reciba este cuaderno de confesiones, lo utilice para enmendar el daño.

El prelado levantó los ojos del diario. Por un instante su mirada se posó en MacArdle.

—Este solo apunte —dijo— justificaría leer los pasajes principales del diario del Padre O'Fallon en un tribunal abierto. ¿Puedo continuar, señor Saunders?

—Añadiré una observación —dijo Hi—. Se leerá de este libro de confesiones sólo lo necesario para satisfacer al tribunal en lo que concierne a las acciones del capitán Scott… que han sido objeto de acusación. Estoy seguro de que mi defendido no desea comprometer a aquellos que han declarado contra él.

El presidente habló en forma breve, con sus ojos fijos en el clérigo.

—Quedará constancia de su limitación, señor Saunders. Puede proseguir con su testigo.

—Ruego al arzobispo Steifel que lea las anotaciones que describen el rescate del capellán de la celda de aislamiento.

El arzobispo estaba ya hojeando el diario en busca de páginas anteriores.

—Hay un lapso de muchas semanas en este punto —dijo—. El Padre O'Fallon se hallaba demasiado débil para escribir después de haber sido sacado de la celda de aislamiento.

Es como estar en el cielo descansar de nuevo en la cama de un hospital.

Tengo que ver a Kay. Paul dice que ha estado mucho más cerca de la muerte que yo, aunque ahora se halla fuera de peligro. El siente que ha sido Dios quien ha salvado su vida. Le he dicho que fue Su mismo Poder actuando a través de sus manos y habilidad. Cada día doy gracias al Altísimo por la dedicación y consagración de Paul Scott. Sin ella, hace mucho tiempo que todo el campamento hubiera sucumbido.

El cabo Jackson me ha visitado hoy. Me ha traído una copia de la

«confesión» que Paul ha firmado para conseguir que nos sacaran a Kay y a mí de las celdas solitarias. El cabo estaba de nuestra parte antes de que nos abandonara para incorporarse al grupo de Hardin. He hecho cuanto he podido para explicarla verdadera razón que ha tenido Paul para firmar, pero me temo que haya caído en tierra árida.

Es dulce vivir. Me reprocho la felicidad que siento al respirar nuevamente

aire límpido, por descansar en una cama. En mi corazón sé que Paul hubiera debido dejarnos a Kay y a mí abandonados a nuestra suerte; en cambio, se ha colocado a sí mismo en manos de dos genios del mal: el comandante de la prisión y el coronel Hardin. He tratado de perdonar a Hardin., pero después de lo que ha pasado, puedo ver que él y Pak son dos caras de la misma moneda.

Ni Kay ni yo hubiéramos podido durar mucho más en ese calabozo. El

doctor Chang me ha mostrado la última radiografía de mis pulmones y del pecho; incluso para los ojos de un profano, la extensión de la tuberculosis es harto clara. Paul me asegura que una técnica conocida como neumotorax cerrará la cavidad., pero esta vez mi sabiduría es más profunda que la de mi médico. Estoy seguro de que no duraré mucho en este mundo; sólo espero que sea lo suficiente para testimoniar en favor de Paul cuando llegue el momento de ajustarías cuentas.

Cada día le ruego a Dios para que suavice el corazón de Hardin y le quite

el odio. Es un odio que abarca a todo el mundo, pero Paul es el principal objetivo. Sin embargo, parece que se encuentra más allá de mis oraciones. El y los que comparten su barracón viven bien desde el principio. Hubo un tiempo en que los hombres morían de hambre en los barracones, pero, sin embargo, no hizo nada para mejorarlas condiciones hasta que llegó Paul.

Cuando Kay y yo fuimos llevados a las celdas de aislamiento, no dio un

paso para intervenir, a pesar de que Paul le rogó que lo hiciera. No puedo escapar a la convicción de que quería que muriésemos, para que su venganza sobre Paul pudiera ser completa.

 

El arzobispo volvió muchas páginas rápidamente, como si recordara que había leído más allá del punto peligroso.

—Aquí hay otra anotación que parece pertinente —dijo—. Fue escrita poco después de la que acabo de leer. Se refiere a asuntos que ya habían ocurrido. Solicito al tribunal que recuerde que el capellán O'Fallon estaba muy enfermo… y que escribió algunas de las anotaciones después de haber sucedido los hechos.

Acabo de saber que el sargento Furness, como el cabo Jackson, se ha

pasado al enemigo hace mucho tiempo. Si escribo enemigo cuando debiera decir Hardin, sólo puedo pedir indulgencia a mi confesor.

Con la ausencia de sus dos enfermeros, Paul se encuentra ahora sin

ayuda experta en el hospital. El doctor Chang me ha dicho que Paul ha sacado solo a Kay de su enfermedad casi fatal. Ahora parece que se está tomando una tarea parecida conmigo, a pesar de la carga de sus otras obligaciones. No encuentro valor para decirle que será inútil.

Me repito que Furness y Jackon no pueden ser culpados por su deserción.

Es difícil seguir muriendo de hambre cuando es posible comer bien en el barracón del coronel Hardin. Pero la amargura del hecho permanece.

De todos aquellos que fueron hechos prisioneros en el puesto de socorro

de la Colina 1049, sólo Paul, Kay y yo permanecemos unidos. ¿Quién otro se

atrevería a decirlo que realmente ocurrió allá?

 

Nuevamente el arzobispo volvió muchas páginas del libro de confesiones antes de dirigirse al tribunal.

—Atento a lo indicado por el señor Saunders —dijo—, estoy leyendo lo menos posible. Lo que se hizo, hecho está. Las tragedias de ayer no pueden ser remediadas desenterrando detalles. Pero sé que el Padre O'Fallon hubiera deseado que otro hecho fuera sacado a luz.

—Hay otro punto que necesita ser aclarado —repuso Hi—. De acuerdo con su natural deseo, ilustrísima, no he visto personalmente el libro de confesiones del Padre. ¿Hay alguna referencia a la operación del coronel Pak?

—Ahora estoy llegando a esa anotación —respondió el prelado—. Evidentemente fue hecha algunas semanas después de la operación.

Paul ha sido salvajemente criticado en todo el campamento por haber

salvado en la mesa de operaciones la vida del comandante. He hablado con muchos prisioneros sobre este asunto cuando venían al hospital a visitarme. Hasta ahora ninguno de ellos puede discutir con razón que Paul debiera haber actuado de distinta manera.

Aquí, una vez más, nos encontramos con el viejo dilema de la

inhumanidad del hombre con el hombre… y, por contraste, con el ejemplo del médico que ha permanecido fiel al precepto que Cristo ha expresado tan hermosamente en la parábola del Buen Samaritano. Con su acción, Paul Scott ha reafirmado un credo que no puede ser honestamente discutido si nuestra fe ha de perdurar.

Ningún hombre tiene derecho a dejar morir a otro hombre cuando está en

su poder salvarlo… aunque el hombre que muere sea un enemigo. Si Paul hubiera seguido otro camino, se hubiese colocado en el mismo nivel de los comunistas. Ningún cristiano de verdad luchará contra el mal con el mal.

 

El arzobispo miró a Hi y luego se volvió hacia el estrado.

—Con el permiso del tribunal —dijo—, leeré sólo una anotación más. Creo que completará la historia que el Padre O'Fallon deseaba decir al mundo.

—¿Se refiere a hechos anteriores al momento en que fue hecho prisionero el capellán? —preguntó Hi—. El tribunal ha prohibido testimonios sobre sucesos acaecidos con anterioridad.

—No, señor Saunders. En este libro de confesiones hay mucho que se refiere a sucesos anteriores… y mucho de ello parece pertinente. Sin embargo, puesto que es el deseo del tribunal, estas páginas permanecerán sin ser leídas. El incidente que aquí se describe ocurrió mientras el capitán Scott y sus compañeros se hallaban camino de Pyongyang como prisioneros de guerra.

Hoy he llegado a nuestro destino, el campamento de prisioneros situado

cerca de Pyongyang. He hecho este viaje en camión, con el coronel Hardin y su grupo. De otra manera no hubiera podido llegar hasta aquí vivo. Esta ha sido la primera oportunidad que he tenido para escribir en casi dos días.

Una y otra vez mi mente vuelve al patio de la granja de Sinmak donde el

camión se detuvo para recoger prisioneros. Aquí fue donde él teniente Crosby me cedió su puesto para que yo pudiera subir al camión. Había espacio suficiente para todos nosotros., pero el coronel Hardin rehusó mezclar el grupo de Paul con el suyo. Si Crosby no hubiera descendido en el último momento, también a mime hubiera negado un lugar.

Todo el mundo sabía que Hardin estaba ebrio de sake ¡a noche anterior a

la que abandonamos Sinmak. Pero sólo pocos conocieron el atentado perpetrado contra la vida de Paul aquella noche.

 

El arzobispo Steifel se detuvo deliberadamente en su lectura y dejó a sus ojos vagar hasta el estrado, como esperando una posible objeción. Al ver que no llegaba ninguna se volvió aun más deliberadamente hacia la mesa del fiscal, donde se hallaba sentado MacArdle, su cara tan inerte como si fuera su propia máscara mortuoria. Luego se volvió hacia Paul y le dirigió una mirada de compasión que llevaba un mensaje especial. Como el silencio que reinaba en la sala del tribunal, decía al acusado que la verdad, al fin, se había abierto paso.

El atentado se llevó a cabo mientras dormíamos en el establo que

formaba parte del granero. Paul no vio personalmente la cara del intruso. Reinaba una terrible oscuridad dentro del establo, y lucharon, pero brevemente, antes de que huyera por el conducto del heno. Pero tres hechos deben establecerse aquí. Primero, cuando esa misma noche me desperté, vi claramente la cara del coronel Hardin atisbando por el mismo conducto desde el nivel del suelo. Segundo, el teniente Crosby me informó a la mañana siguiente que también él se despertó durante la noche y vio que el lugar del comandante estaba vacío. Tercero, al amanecer, Paul y yo descubrimos el arma del intruso en el suelo del granero. Era el cuello de una botella de sake.

Es difícil admitir que un hombre quisiera destruir a otro en semejante

momento… especialmente cuando los dos eran prisioneros. Pero los hechos son condenatorios. No puedo leer más que una respuesta de ellos: el coronel Hardin, en una de las coléricas borracheras que le dominaban a menudo, trató de herirá Paul mientras éste dormía.

Aquí, en Pyongyang, el campamento en el cual nos encontramos es un

lugar horrendo. Todos los días hay alguien que muere de hambre en los barracones, y el número de enfermos es aterrador. Paul hubiera sabido cómo superar estas condiciones si se le hubiera permitido subir con nosotros al camión.

Me reprocho por la debilidad que me obligó a aceptar un puesto en el

camión y no seguir a pie con los otros. No es que hubiera podido remediar nada. Hardin nunca habría permitido que Paul subiera.

Esta noche he rezado una oración por Paul y Kay… y por los otros que se

quedaron en la Colina 1049 para ser hechos prisioneros y que ahora están siguiendo el largo y cruel camino hacia Pyongyang. Ojalá puedan llegar todos a este campamento. Es la única esperanza para nuestra supervivencia.

 

El arzobispo Steifel cerró rápidamente el libro de confesiones, pero el ruido pareció tener un eco en los muros de la sala del tribunal. Una vez más miró a Hi.

—Creo que he leído bastante —dijo—. Más de lo necesario, tal vez. ¿Desea usted interrogarme sobre otro punto, señor Saunders?

—No, ilustrísima. La defensa termina la presentación de pruebas… y omitirá el alegato final.

El presidente se inclinó desde el estrado.

—¿Desea el fiscal interrogar al testigo?

MacArdle se levantó por fin y pareció querer aproximarse al banquillo del testigo. Luego, sosteniéndose con una mano en la mesa, se instaló nuevamente en su silla.

—El fiscal no tiene ninguna pregunta que hacer, señor.

—Puede usted descender, ilustrísima. Gracias por su testimonio.

El prelado se puso de pie.

—Ruego a Dios que el veredicto de este tribunal sea justo y compasivo —dijo—. Estoy convencido de que el Padre O'Fallon hubiera deseado solamente eso.

—Puede usted estar seguro de que así será.

El diálogo llegó a Paul desde una gran distancia; las lágrimas que llenaban sus ojos impidieron que viera con claridad la salida del arzobispo. En alguna parte, en un brumoso vacio, oyó un sonido de aplausos… y comprendió que los espectadores aplaudían al testigo cuando salía de la sala. Pudo imaginar cuál sería el veredicto del tribunal cuando vio que el coronel Sellers no hacía ningún intento para reprimir la demostración.

En un muelle de San Francisco, el Padre O'Fallon le había arrancado de la muerte tan ciertamente como si la mano del sacerdote se hubiera cerrado sobre su brazo. Hoy la misma mano suave le había alcanzado desde más allá de la tumba para repetir el servicio.