La espada y el bisturí
Capítulo 6
Cuando Paul abrió los ojos estaba en una cama extraña; el rotundo sol californiano que lucía sobre la alfombra le reveló que había pasado bastante tiempo desde su incidente en la cantina.
Probó sus reflejos cautelosamente y se dio por satisfecho con los resultados. Cualesquiera fueran los otros defectos de sus antepasados, no había duda alguna de que le habían legado un sólido cráneo; exceptuando un agudo dolor de cabeza y una ligera punzada en la zona de la sien izquierda, se sentía bastante bien. Una segunda mirada le permitió percatarse de que no se encontraba en su habitación del Hollywood Hotel y de que no era suyo el deslumbrante pijama que tenía puesto. La cama, aun cuando estaba hecha con precisión de hospital, era el diván de una sala de estar. Dedujo que la habitación pertenecía a una persona con buen gusto y de escasos recursos.
Kay Storey se acercó a él tras haber aparecido por una de las dos puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. La situación adquirió perspectiva antes de que ella entrara con el servicio de café. Con pantalones y un pullover azul pálido, parecía mucho más joven de como él la recordaba… y su sonrisa formaba parte de la soleada mañana.
—¿Ha dormido bien, doctor Scott?
Paul se sentó en la cama y se palpó el chichón que tenía junto a la sien.
—Dormir, ¿es acaso la palabra apropiada?
—Ciertamente, sí. Antes de traerlo aquí le di un sedante bastante fuerte: tres pastillas de seconal. No se alarme, por favor; fui enfermera antes de decidirme a emprender una carrera artística. —Kay Storey se instaló en un almohadón forrado de cuero que había al lado del diván y se abrazó las rodillas.— Parece maravillosamente descansado.
Paul se tomó agradecido el café. Lo que ella había dicho era verdad; hasta el dolor de cabeza se disolvía rápidamente en el fragante humo de la taza.
—Le agradecería mucho que me dijera todo lo que ha hecho usted por mí —dijo —. Cualquier cosa que sea, señorita Storey.
—Si yo le llamo Paul, ¿me devolverá el cumplido?
—¿Lo merezco, Kay?
—Creo que sí, después de su combate con el coronel Hardin.
Se examinaron mutuamente por encima de la colcha de la cama improvisada.
—¿Puedo preguntarle cómo llegué hasta aquí?
—Me pareció el mejor lugar para traerlo. El Padre Tim no estaba muy seguro de que su hotel.
—No me diga que llegué por mis propios medios.
—En parte. Dos reclutas le ayudaron a subir a mi automóvil.
—¿Y… después?
—¿Ni siquiera recuerda haber subido las escaleras de mi departamento?
—La última imagen clara que conservo es la de un saxófono sobre mi cabeza.
—Anoche su coronel era un perro enfurecido —dijo Kay—. No se le puede llamar de otra manera.
—¿Qué pasó con él después?
—Los suboficiales lo hicieron desaparecer antes de que llegara la Patrulla Costera. —Kay sonrió al tomar la taza vacía de las manos de Paul.— Todavía sigue durmiéndola.
—¿Cómo está usted tan bien informada?
—El Padre Tim me ha telefoneado hace una hora. Vendrá a visitarnos más tarde.
—¿Aquí, Kay?
—Le he prometido mostrarle Hollywood. No ha tenido tiempo de recorrer la ciudad… y hoy es su última oportunidad. ¿Quiere usted acompañarnos?
Ella lo dejó antes de que tuviera tiempo de responderle y se llevó la taza a su pequeña cocina. Al volver trayendo más café, abrió la segunda puerta y entró en un primoroso dormitorio, en el que evidentemente había dormido. Paul comprendió que Kay Storey no era una muchacha que desperdiciara palabras. Sólo el pijama que él tenía puesto había quedado sin explicación.
—Tal vez debiera disculparme por las molestias que le he causado —dijo, cuando ella tornó a instalarse en el almohadón—. Sin duda alguna me he conducido como un caballero andante con ilusiones de grandeza. Sin embargo, no podía quedarme con los brazos cruzados y dejar que una cabra borracha la aporreara a usted.
—¿Cree usted que le reconoció?
—En un momento dado, me parece que sí. Probablemente el alcohol le habrá borrado el recuerdo.
—Si no ha sido así, se ha creado un enemigo para siempre.
Paul se encogió de hombros.
—Hardin me odia desde el momento en que me presenté en el batallón.
—¿Hay alguna razón especial?
—Las personas como él necesitan alguien a quien odiar. Al ser su oficial más nuevo, soy su víctima natural.
—¿Está usted seguro de que no se odia a sí mismo más que a nadie?
—¿Qué es eso, Kay? ¿El reverso de Freud?
—Tiene que comprender lo que quiero decir, Paul. El Padre Tim me ha dicho que el coronel ha sido postergado dos veces en las listas de promoción. Eso es una muerte lenta para un oficial de West Point.
—No me diga que Hardin le inspira lástima.
—Un poco. ¿Puede usted imaginar a alguien alimentando su odio para conservar su propia estimación?
—No inventaría usted tales excusas si se encontraba bajo su mando.
—Aun así me es posible tenerle lástima por haber fracasado tan lamentablemente. Tal vez ello se deba a que yo misma estoy al borde del fracaso.
Recordando las palabras que el Padre Tim pronunció en la cantina la noche anterior, Paul se incorporó en la cama. Se alegró al comprobar que no tenía mareos, lo que significaba que los golpes recibidos no habían dejado efectos permanentes.
—¿Me permite quedarme solo durante un momento, mientras me visto para acompañarles? —preguntó tranquilamente.
—Usted no ha fracasado, Paul.
Se estudió a sí mismo en el espejo de la puerta del armario. Vio que el pijama era de seda blanca y estaba adornado con un dibujo de cimitarras cruzadas. Se preguntó por qué no se había sentido más incómodo con él.
—Anoche fracasé en mi propósito de concertar una cita con usted —le recordó.
—Sin embargo, está usted aquí.
—Sólo porque detuve con mi cabeza aquel saxófono. Además, la presencia del capellán, que se presentará en cualquier momento, nos impondrá respeto… a pesar de que estoy usando los pijamas de su marido.
—No tengo marido, Paul.
—Entonces, está usted planteando las cosas de la manera más difícil.
—Puede ser. —Se levantó del almohadón.— Es mejor que se vista antes de que el Padre Tim llegue. Allí está el cuarto de baño… y también su ropa. Si quiere puede terminar la historia de su vida contándomela a través de la puerta de la cocina mientras yo lavo la vajilla.
Encontró su uniforme colgado en una percha en el cuarto de la ducha. El contacto del agua fría borró el último vestigio de decaimiento; era otra vez él mismo cuando se encaminó hacia el cuarto de estar y se paró ante el espejo del armario para anudarse la corbata de reglamento. Kay se hallaba ocupada en la cocina. Se preguntó si había buscado deliberadamente ese refugio, y tuvo buen cuidado en mantenerse apartado de la puerta abierta.
—Anoche le referí en la cantina la historia de mi vida —le dijo—. En cierto modo soy un fracasado peor que Hardin. Sólo que mi fracaso se ha producido de golpe.
—¿Cómo puede llamarse un fracasado? Siempre ha tenido lo que ha querido.
—Conquistando palmo a palmo cada trozo del camino.
—¿Por qué ha dejado de luchar ahora?
La pregunta le pareció absurda a la clara luz de la mañana. Paul habló mecánicamente para ganar tiempo.
—¿De manera que debo aceptar la guerra de Corea y a Hardin y sacar el mejor partido de ambos? Kay salió de la cocina tras haberse quitado el delantal.
—¿Es pedir demasiado?
—¿Y debo también mostrarme impasible?
—Usted terminará esta tarea, Paul., de la misma manera que terminó las otras. Y por añadidura, será el más indicado para realizarla. Su satisfacción vendrá en la forma que menos espere. Una vez que comprenda que lo que importa es el trabajo, no la retribución, incluso podrá descubrir que es un hombre feliz.
—¿No está usted por casualidad citando alguna frase del capellán?
—Palabra por palabra —respondió ella—. El me ha dado el mismo consejo.
Kay se hallaba reclinada en el marco de la puerta mientras hablaba. Paul se dirigió hacia ella lentamente, y luego le dio tiempo para que le evitara antes de levantarle el rostro y de besarla con suavidad. No fue el beso de un amante. Sin embargo, tuvo la sensación de que en ese momento acababa de marcar un segundo período en sus relaciones.
—Gracias, Kay.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que he hecho ahora?
—Usted quizá no lo advierta, pero me ha puesto de nuevo en pie. ¿Puedo hacer otro tanto por usted?
—¿Es ésa una indirecta para identificar el pijama?
—Sólo deseo ayudarla en algo. Se separó un poco de él.
—Perteneció a Eric Lindman.
—¿Lindman? ¿El director que gana tantos Oscars?
—Hubo un tiempo en el que me visitaba.
Ahora que había superado el primer obstáculo, su historia resultó sincera y clara. La refirió sin vacilar, como si estuviera hablando con un extraño. Ella era una muchacha que había venido a Hollywood hacía tres años para competir en un concurso de belleza. Una muchacha demasiado ansiosa, demasiado crédula, cuyo talento había quedado sumergido bajo la inmensa ola que inunda la Meca del cinematógrafo.
—Tal vez sea un símbolo, Paul., pero nací en McPherson, Kansas. Es el centro geográfico de los Estados Unidos. Cuando se es un «centro» muerto, hay que huir.
—Yo también fui «centro muerto» —dijo él—. Hasta ahora, somos dos de la misma especie.
—El año pasado me dieron un papel en Siroco…, la mejor película de Eric. Se trataba de una escena callejera en El Cairo. Yo era una bailarina de bazar. Fue una escena de relleno. La dirigió uno de sus ayudantes. Pero Eric vio las posibilidades. Esa noche llamó a la puerta de mi casa. Se ofreció a ayudarme si yo aceptaba su ayuda.
—¿Ayudarla… con su actuación?
—Con mi actuación —replicó con firmeza—. Eso fue lo único que recibí de él. Cuando venía aquí, lo que no sucedía a menudo, era sólo para evadirse. ¿Cree usted lo que le he dicho?
—Por supuesto. ¿Cuándo se enamoró de él?
—Yo… respeto el genio de Eric. No hay nadie como él.
—Hasta sus peores críticos admiten eso.
—Estaba agradecida por su ayuda, Paul. Porque realmente me ayudó. Me dio fe en mí misma como actriz. Pero no me sentía enamorada de él. Ni siquiera al principio.
—¿Está usted segura? —preguntó Paul, sorprendiéndole un poco advertir el tono de alivio que había en su propia voz.
—Totalmente.
—¿Dónde se encuentra ahora?
—En África. Ha ido para permanecer allí seis meses, pero me escribe asiduamente. Dice que tendrá un papel para mí… en el momento en que yo me considere preparada.
—Entretanto, ¿tiene usted que hundirse o salir a flote por sus propios medios?
—¿No es eso lo que hace a una actriz? Eric me ha ayudado todo lo que ha podido. Ahora soy yo la que debo demostrar que puedo serlo.
—¿Ha trabajado usted regularmente?
—Lo bastante como para tener mi propio departamento y ser independiente. He hecho el pequeño circuito de los clubs nocturnos y he mantenido en condiciones mi voz. Y cuando no había ese trabajo, siempre podía encontrar otro. He vendido propiedades en Beverly Hills. He sido animadora en ómnibus de turismo. Más de una vez he guardado coches en los aparcamientos de las playas. —Kay sonrió algo forzadamente.— No me tenga lástima, Paul. Poseo mis propias normas para sobrevivir.
—¿Esas normas incluyen el calificarse a sí misma de fracasada? Ese es un ingrediente peligroso.
—Soy una fracasada según todos los cánones razonables. Sea sincero. ¿Qué pensó usted anoche de mi canto? Dígame la verdad. -Sus dedos presionaron brevemente los de él, antes de que Paul pudiera contestar. —No., no quiero ponerlo en un aprieto. Tal vez yo sea exactamente lo que usted vio. Una rubia platino, sin más capital que su juventud. Otra ganadora de concurso, que es demasiado terca para abandonar Hollywood. Por otro lado, ahí están Eric y su fe en mí. El me dará una oportunidad, si yo se la pido.
—Por supuesto que sí.
Sorprendido, Paul se dio cuenta de que en verdad lo creía así.
—Pero yo no se la pediré hasta que me halle preparada. Hasta que mi talento se ponga realmente de manifiesto. Y tengo talento. De eso estoy segura.
—Ya ha tomado su resolución, Kay. ¿Dónde consiguió ese diploma de enfermera?
—Fui a estudiar para salir de McPherson. Una de mis tías pagó mis estudios en el Hospital Barnes de San Luis. Lo menos que podía hacer era convertirme en enfermera hasta devolverle su dinero, y resulté muy buena.
—Usted resultaría buena en cualquier cosa, Kay.
Ella le sonrió agradecida.
—Como usted, Paul. Supongo que somos un par de bohemios cortados por el mismo patrón.
Esta vez fue ella quien se inclinó hacia Paul para besarle., y esta vez, él supo que en el beso había una invitación que no se animaba a expresar.
—Gracias por incluirme en su clase —le dijo—. Es un honor que trataré de merecer.
—¿Todavía quiere recorrer Hollywood con el Padre Tim y conmigo?
—Nada me gustaría más… si ambos prometen cenar conmigo en el Romanoff.
—El Padre Tim tiene un servicio religioso a las seis en punto en el puesto de mando del puerto.
—Entonces, ¿cenaremos juntos nosotros dos?
Sus mejillas se ruborizaron cuando contestó. El sintió que su corazón palpitaba con violencia al darse cuenta de que le había comprendido perfectamente.
—Es su última noche aquí, Paul. ¿Está usted seguro de que quiere pasarla conmigo?
—Con nadie la pasaría mejor.
—Pues entonces, convenido —dijo ella tranquilamente—. Después de que hayamos mostrado Hollywood a su capellán.
El color de sus mejillas era todavía subido., pero no esquivó los ojos de él cuando se apartó para responder a la llamada hecha desde abajo. Una discreta llamada que sólo podía ser del Padre Tim.