La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 24 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 8

El cirujano del batallón sintió cada una de las palabras que pronunció en aquella ocasión. Seguía sintiéndolas hoy, mientras doblaba la carta y comenzaba a inspeccionar el equipo para una llamada de urgencia que le había sido hecha desde la colina próxima. La cita de Kay todavía le perturbaba un poco. Su confusión podía atribuirla a la fatiga acumulada durante esos meses en la línea de fuego.

El hecho de que la orden para pasar una semana de permiso en Seúl acabara de serle otorgada en el alto mando del regimiento… y el hecho aún más sorprendente de que Hardin la hubiera aprobado, parecían solamente caprichos propios del destino, ahora que Kay estaba en Corea. No se detuvo mucho a pensar en la extraña coincidencia de la llegada de ella a Seúl y de que le hubieran concedido el permiso tanto tiempo demorado. Tampoco se paró a pensar si con la ayuda de Larry Kirk, «La muchacha de al lado» no habría gestionado la orden ante las autoridades militares.

Lo que en realidad le importaba en ese momento era el hecho de que su propia y desesperada necesidad pudiera llegar a traicionarle. Durante seis largos meses, se dijo, había justificado ampliamente la fe que ella depositara en él. Había cumplido su tarea en la Colina 1049, y la había cumplido bien. Gracias al Padre Tim (y a amigos como Hi Saunders) había podido conservar su cordura. Pero lo que realmente le había sostenido era el recuerdo de Kay Storey y las horas que compartieron en Hollywood. ¿Cómo podía estar seguro de que el amor y aquel breve encuentro eran sinónimos en el diccionario de Kay?

Tal vez le fuera posible encontrar la fuerza y la serenidad necesarias para apreciar las cosas en su verdadera proporción cuando volvieran a verse de nuevo, para comprender que «La muchacha de al lado» no sería su novia exclusiva… hasta que ella diera el primer paso por propia iniciativa. Estaba tomando nuevamente la carta de Kay para tratar de buscar en ella ocultos significados, cuando oyó en la hondonada a los camilleros.

Paul no se sorprendió demasiado al ver que el hombre acostado en la camilla era el mayor Hilary Saunders. El grupo de Hi había sido batido sobre la colina próxima por un ataque de flanco durante los dos últimos días, y la lista de bajas había sido nutrida. Lo que le preocupó inmediatamente fue la cara del oficial, de un color blanco-tiza, y la forma en que se oprimía con las manos el abdomen. Había observado esos nefastos síntomas demasiado a menudo.

—¿Qué ha sucedido, sargento?

—Parece que ha detenido con un bazooka a un tanque —contestó Furness—. Toda una compañía de chinos estará contándolo. El mayor, con su herida, se ha conseguido un pasaporte de regreso a la patria antes de que los cañones chinos hayan podido borrarlo del mapa.

Harry Jackson, que se había adelantado a los camilleros, había preparado ya en el refugio una unidad de plasma. Entre los dos ayudantes trasladaron a Hi a la mesa de operaciones.

Un correo esperaba en el marco de la puerta el informe de Paul. Este lo dio de prisa, sabiendo que Hardin no se atrevería a oponerse a una operación en la línea de fuego en un caso de urgencia; el comandante se mostraba casi amable desde la visita de Larry Kirk y ante el evidente interés demostrado por éste hacia Paul.

La morfina que le habían aplicado a Saunders en el campo, había oscurecido sus percepciones; cuando Paul aplicó en su brazo una segunda inyección, Hi le miró desde un profundo pozo de insensibilidad, con ojos que apenas se detenían en lo que le rodeaba. Jackson le había cortado el uniforme para permitir hacer una apreciación de la herida: un inocente punto rojo, justamente debajo de las costillas. Una inspección más detenida reveló un orificio de salida algo más grande, situado más abajo, en el costado derecho.

—¿Cree que se ha salvado el brazo, señor? —preguntó Furness.

Había comenzado ya a lavar la evidente zona de operación mientras Jackson colocaba bajo las luces la mesa del instrumental.

—Esperemos que así sea. La salida es lo bastante baja como para no haber interesado tampoco el hígado.

Paul no se había detenido a completar el cuadro clínico que estaba formando con tan implacable claridad. Entre esos dos órganos vitales se encontraba el intestino delgado, con el colon en forma de U, en arco, sobre él. Indudablemente, esta zona había quedado dañada al ser atravesada por la bala, probablemente por múltiples perforaciones. La rigidez de la pared abdominal no podía provenir más que de una irritación del peritoneo al extenderse repentinamente contra él el contenido del intestino: ácidos, bases, jugos gástricos y, si d colon estaba lastimado, abundantes bacterias malignas.

Parte de la conmoción que había puesto de un color blanco 104 ceniza la piel de Hi se debía al grave impacto sufrido por los sensibles tejidos peritoneales. Pero también debía haber hemorragia interna… y ésta continuaría hasta que el daño fuera reparado. Tampoco cesaría la inflamación hasta que la contaminación fuera limpiada y las perforaciones suturadas.

—¿Hará usted una laparotomía, capitán?

—Creo que tendremos que hacerla, sargento.

—¿No hay ninguna posibilidad de enviarlo al Hospital Móvil?

Paul miró los catres de urgencia que había en el refugio anexo, donde un soldado roncaba pacíficamente bajo una buena dosis de morfina. Una hora antes le habían salvado la vida suturándole una arteria en la ingle. Con la ruta de abastecimientos cerrada, y los helicópteros ocupados en evacuaciones aún más urgentes, Paul había contraído el hábito de operar inmediatamente en casos como éstos. En verdad, el hecho de que Hardin no se opusiera ya a tales intervenciones, era sólo un alivio temporal, y esta noche pensaba aprovechar sus beneficios.

—Comunique con la división —dijo—. Comprenderán que en este caso no se puede esperar hasta mañana.

Mientras Furness entregaba el mensaje a otro enlace del puesto de mando, Jackson comenzó a inyectar pentotal. Uno de los ayudantes, que se había ofrecido voluntariamente para los casos de urgencia de este tipo, a una señal de Paul se acercó para inyectar una doble dosis de penicilina e instalar una segunda unidad de plasma. Había ya vuelto algo de color a las mejillas de Hi Saunders cuando Furness terminó de pintar la zona de operación con dos capas de antiséptico rojo brillante. Después la cubrió con lienzos. A pesar de que la operación que estaba a punto de realizar era de cirugía mayor, Paul vio con agrado que la reacción del paciente era satisfactoria.

—Puede suspender el pentotal, Harry —dijo—. Es tiempo de dar éter, y debe darse profundo.

—El éter, señor.

Paul observó atentamente mientras Jackson colocaba el cono sobre la cara del mayor Saunders, dejando caer gota a gota el líquido. Inmediatamente advirtió que la técnica del hombre era adecuada. Más tarde no hubiera habido tiempo para corregir los errores de un anestesista chapucero. Pocos momentos después, el hondo ronquido de Hi al final de cada respiración revelaba una profundidad de anestesia suficiente para relajar los músculos de la faringe, algo de necesidad absoluta en cirugía abdominal.

—¿Suficiente por ahora, señor?

—Suficiente, Harry. Probablemente precisaremos más un poco más tarde.

Furness se había colocado un par de guantes nuevos. Ahora puso con energía un bisturí en la mano de Paul y preparó unas cuantas pinzas y un carrete de cuerda de guitarra sobre una toalla extendida a través de los muslos del paciente. Desde el pecho hasta las rodillas, Hi estaba cubierto con lienzos esterilizados, dejando expuesta solamente la zona operatoria, un rectángulo de color rojo cereza que brillaba a la luz de la lámpara tan intensamente como la laca recién frotada.

—¿Listos?

Tres cabezas asintieron al unísono mientras el bisturí trazaba un corte lateral a través del rectángulo.

—Como puede haber perforaciones en cualquier parte a lo largo del trayecto de la bala —dijo Paul—, estoy haciendo una incisión transversal. La haré solamente del tamaño necesario para explorar… y más tarde la agrandaré si es preciso.

El bisturí hizo un corte más profundo. Al separar la piel, borbotones de sangre aparecían en aquellos lugares en que los vasos superficiales de la pared abdominal habían quedado seccionados. Paul y Fomess trabajaban rápidamente, manteniendo limpia la incisión y suturando con cuerda de guitarra los vasos sanguíneos después de haberlos cogido con las pinzas. Entonces, utilizando un segundo escalpelo, el cirujano cortó a través de la resistente y blancuzca materia que recubre los músculos medios del abdomen, separando las rojas fibras cada vez que aparecían en las profundidades de la herida, que iba agrandándose rápidamente.

Aquí, como era de esperar, la sangre era más abundante. En breves momentos la herida estuvo cubierta de pinzas. La barrera muscular se hallaba ahora penetrada por completo y sólo la brillante membrana del peritoneo podía verse en el nido de pinzas.

—Un poco más de éter, Harry —dijo Paul—. Necesitaré una total relajación antes de avanzar.

Cuando Saunders estuvo completamente relajado bajo la anestesia, Paul tentó con una pinza delgada la membrana peritoneal y la cortó con un afilado estilete. El sargento sostuvo la pinza mientras Paul insertaba una segunda. Para cortar la membrana usó tijeras de cirugía, una técnica precisa que la abría en una medida un poco más pequeña que las dimensiones de la herida misma. Tal vez doce pulgadas en total. Como Paul esperaba, la incisión quedó rápidamente inundada por un líquido blancuzco mezclado con sangre. Fue un aviso de lo que encontraría dentro del abdomen mismo.

—Es una lástima que no tengamos un aparato de succión —dijo—. Compresas, por favor.

Fueron necesarios tres paños esterilizados para embeber la incisión y dejarla limpia. Por vez primera se atrevió a mirar en el abdomen a través de la formidable abertura que había practicado en su pared. Todo el complejo del aparato digestivo era claramente visible. Las rosadas y apretadas vueltas del intestino delgado, el estriado mesenterio que proporcionaba los vasos sanguíneos en esa zona, la curva descendente del colon mismo.

Para el ojo del lego, estos órganos vitales hubieran podido parecer intactos; sin embargo, en alguna parte de esa masa llena de repliegues había perforaciones que podían ser la sentencia de muerte de Hi Saunders.

Paul deslizó su enguantada mano en el abdomen y por debajo llegó hasta el extremo izquierdo de la incisión transversal.

—Puedo palpar el orificio de entrada —anunció—. Está patente y muy apretado por contracción muscular. El bazo se halla intacto, lo mismo que el riñón de este lado. Manténgalo tal cual está, Harry, mientras inspecciono el colon.

El objeto operatorio de los tres hombres estaba inclinado, impasible sobre la mesa, mientras el cirujano continuaba explorando órganos que podía palpar, pero no ver.

—El lado izquierdo del colon parece sano —dijo, dejando que parte de su alivio llegara a través de su anuncio.

Con ese órgano sin perforación, la tarea a realizar era más simple.

—Estoy siguiendo ahora el colon transversal, a través y por debajo del lado derecho. No hay herida aquí ni en el riñón derecho. —A cada palabra que pronunciaba sentía aumentar la esperanza de que Hi Saunders viviera.— La bala ha pasado demasiado apartada para lesionar la espina dorsal. Ahora examinaré el intestino delgado.

Esta revisión fue hecha bajo su visión directa, comenzando por el extremo más bajo del intestino delgado donde se une con la dilatación del colon llamado ciego, con el apéndice que pende de él como un pequeño dedo olvidado. La mano de Paul se movía ligeramente levantando el intestino vuelta por vuelta y dejándolo luego en la cavidad abdominal. Más de seis pies fueron recorridos de esta manera antes de encontrar lo que estaba buscando: un rojizo corte que parecía superficial hasta que descubrió su trayectoria interna.

—Perforación número uno —dijo—. No es grande, pero resulta clara.

Una compresa de gasa empapada en agua llegó a su mano. Tomando el intestino suavemente entre el pulgar y el índice mostró al sargento cómo mantener al descubierto la herida.

—¿Suturas, señor?

—Todavía no. No podemos cerrar ésta hasta que veamos qué otra cosa está lesionada.

Otro pie de intestino, extraído de la cavidad con el mismo control, reveló la primera herida seria. Aquí el intestino había quedado completamente perforado de través… y, exactamente detrás, había cinco perforaciones diferentes.

Paul cubrió esta sección con una compresa esterilizada húmeda. Una penosa exploración de las circunvoluciones restantes sirvió para revelar que no había heridas.

—¿Cómo lo soporta el paciente, Harry?

—Su pulso está a cien, doctor —contestó el cabo—. Respira bien.

—¿Y qué hay del plasma?

Con todo su ser concentrado en el órgano herido, Paul no había levantado aún su cabeza para examinar el recipiente que había sobre la mesa de operaciones; hasta que esas heridas estuviesen curadas, eran los límites de su mundo.

—En el último tercio del segundo fresco, señor.

—Bien, tendría que seguir resistiendo. Voy a hacer una resección en esta parte del intestino. Está lesionado demasiado gravemente para suturarlo por separado.

Nadie habló. Los asistentes no tenían nada que agregar. Puesto que esto era decisión del jefe, la responsabilidad recaería solamente sobre el cirujano.

—Necesitaré pinzas adicionales, sargento —dijo Paul mientras tomaba el intestino herido de manos de Furness—. Déjelas sobre las compresas con las suturas.

Había cortado ya el mesenterio en forma de abanico. Ahora cogió un trozo de cuerda de guitarra y lo pasó a través de la abertura. Varias pulgadas más adelante colocó otras pinzas… y levantando una punta de la cuerda hizo un nudo alrededor de esa sección del mesenterio. Fuertemente anudada, la cuerda oprimió en esa zona los vasos peligrosos. A través de esa porción aislada prendió una pinza en el costado, hacia el intestino, y cortó limpiamente, liberando por completo el intestino del tejido que lo alimentaba.

Con las pinzas adicionales que Furness había colocado a su alcance, era cosa fácil para Paul repetir esta maniobra. La sección de intestino que intentaba sacar estaba ahora completamente libre y fue fácilmente extraída a través de la incisión. Unas pinzas grandes fueron firmemente ajustadas a cada uno de los extremos de la zona afectada. Colocadas por pares, le facilitaban el corte entre ellas, seccionando el intestino netamente, pero reteniendo su contenido. Varios pies de intestino perforado que todavía brillaban, rosados y fláccidos como una serpiente aletargada, fueron extirpados y arrojados seguidamente a un recipiente que había al lado de la mesa.

Moviendo sus dedos con suavidad, Paul acercó con las pinzas los dos extremos hasta que estuvieron uno junto a otro en la herida, como los caños de una escopeta, dirigidos hacia abajo. Una aguja con hilo llegó hasta su mano. La punta mordió firmemente la pared del intestino (primero en un lado, luego en el otro), precisamente en la parte trasera de las pinzas, y sosteniendo firmemente juntas las dos secciones cortadas, Paul continuó la juntura hasta que la aguja alcanzó las pinzas gemelas.

Ahora, tomándose tiempo para asegurarse de que había realizado bien la sutura, volvió por completo las pinzas en la herida hasta que los extremos coincidentes del intestino se proyectaron hacia arriba. Unas puntadas más y la resección comenzó a tomar una forma definitiva. Cuando las pinzas de acero estuvieron casi ocultas, las liberó suavemente. Sólo quedaban por coser dos pequeños pedazos para cubrir el lugar en que habían asido el intestino.

La sutura se hallaba ahora virtualmente terminada. Paul se permitió un encogimiento de hombros al sentir la admiración en los ojos del cabo Jackson.

—Es una técnica que se aprende pronto en cirugía —explicó—. En realidad, es algo tan simple como zurcir pueda serlo para una ama de casa. Pero colocaré otra vuelta para estar seguro.

Las puntadas de reserva fueron rápidamente hechas. Ahora dos hileras completas de suturas rodeaban el punto de unión: una de ellas de la absorbible cuerda de guitarra y la otra de seda negra que enmarcaría permanentemente la zona. Quedaba aún por realizar una manipulación menor, y constituía un verdadero placer el llevarla a cabo. Usando la más suave de las presiones, Paul empujó sus dedos a través de la abertura, completamente oculta ahora, dentro de la pared intestinal. Como si poseyera una vida separada, el intestino asumió su forma normal, de un modo tan natural como el dedo gordo de un pie ocupa su puesto en el calcetín.