La espada y el bisturí
Capítulo 2
—¿Quieres tú leer los cargos de la acusación, o lo hago yo?
—Déjalos, Hi. Ya me los explicarás mientras vamos al tribunal.
Hilary Saunders levantó sus ojos rápidamente en tanto vaciaba el contenido de su cartera sobre la arrugada manta que cubría el catre de Paul. La pregunta la había hecho intencionadamente con la esperanza de sacudir la despreocupación de su amigo.
—He dejado de contar los clientes desde hace años —dijo Hi—. Pero tú te llevas la palma por tu sangre fría.
Paul se hallaba sentado en el marco de la ventana, respirando profundamente el aire puro de la mañana. La niebla se había evaporado con el sol y San Francisco estaba tan claro y limpio como el firmamento. «Tal vez sea la fatiga que se siente después de haber estado dos años detrás de las alambradas —pensó Hi—. Tal vez la libertad le haya hecho demasiado calmoso. Tan calmoso que no comprende que mañana puede llegar a verse detrás de otras rejas.»
—¿Tiene algo de malo gozar de un poco de sol?
—Tú sabes lo que quiero decir —repuso Hi—. Nadie puede ser tan frío. Mucho menos cuando se encuentra en juego su propia vida. ¿Acaso es algo que has aprendido de Confucio?
Instantáneamente se arrepintió del desacierto de su broma. Los que hicieron prisionero a Paul eran chinos en su mayoría. Por lo que sabía, un confucionismo pervertido podía haber influido en sus declaraciones.
—Mi único credo está inspirado por un maestro más reciente —repuso Paul—. Un ignorado filósofo llamado Padre Timothy O'Fallon. ¿Lo recuerdas?
Hi asintió con un gesto de la cabeza.
—Un pequeño sacerdote que metía la nariz en los problemas de los demás, con unos modos que hubieran podido ser graciosos si hubiesen sido menos rudos. Desde luego, yo nunca lo he conocido verdaderamente. ¿Qué importancia puede tener eso?
—Mucha —contestó Paul—. Recuerdo que en un momento de mi vida mi reacción fue idéntica a la tuya.
—¿Podríamos dejar por ahora de lado al Padre? Dentro de veinte minutos justos tendremos que comparecer ante tu consejo de guerra. Podría ser útil que recordaras los cargos que se te formulan.
—Ya los hemos visto, Hi.
—Los repasaremos nuevamente… en la inefable prosa del Ejército.
El abogado tomó una carpeta forrada en azul que estaba entre las notas esparcidas sobre la manta.
—Cargos y especificaciones —entonó con voz de alguacil… pronunciando cada palabra claramente, pero sin detenerse en ninguna:
CARGO 1: Violación del Código General de Justicia Militar, Articulo
105.
Especificación 1: En la que el capitán Paul R. Scott, del Ejército de los
Estados Unidos, del Batallón 141, mientras se encontraba prisionero en Pyongyang, en Corea del Norte, el 1.° de septiembre de 1951, o en fecha aproximada, sin la debida autorización y con el propósito de obtener un trato de favor por parte de sus guardianes, ofreció y dio tratamiento médico al personal enemigo en el campo de prisioneros establecido por los norcoreanos y por las fuerzas militares chinas cerca de la ya mencionada ciudad de Pyongyang.
Especificación 2: En la que el capitán Paul R. Scott hizo uso de
medicamentos tomados a nuestras tropas y de otros suministros en el tratamiento del personal enemigo, con el mismo propósito de lograr un beneficio personal.
Especificación 3: En la que el mismo capitán Paul R. Scott confesó
libremente y firmó una declaración según la cual, personalmente, había ayudado a cargar bombas con bacterias, para arrojarlas sobre el enemigo. Confesión que, según había reconocido el propio acusado, era falsa y sin fundamento alguno, y sólo fue hecha para gozar de un trato de favor.
Especificación 4: En la que el capitán Paul R. Scott, habiéndosele
ofrecido sacarlo del campo de prisioneros después de firmado el armisticio, rehusó repatriarse y en aquel momento eligió permanecer con el enemigo, aun cuando luego, por propia voluntad, solicitó y obtuvo la repatriación.
CARGO II: Violación del Código General de Justicia Militar, Artículo
133.
Especificación: En la que el capitán Paul R. Scott, mientras estuvo
prisionero en Pyongyang, actuó en forma inadecuada en un oficial del Ejército de los Estados Unidos, y a causa de tal conducta prestó ayuda al enemigo a través de la publicación de material de propaganda.
CARGO III: Violación del Código General de Justicia Militar, Artículo
134.
Especificación: En la que el capitán Paul R. Scott, mientras estuvo
prisionero en Pyongyang se condujo en tal forma que perjudicó al buen orden y la disciplina de las fuerzas armadas y desacreditó al Ejército americano.
Después de haber pronunciado la última sílaba, el abogado permaneció silencioso durante un momento. Una sonrisa jugueteaba en sus labios.
—¿Nos declararemos culpables con respecto a todo? —preguntó al fin.
—¿Es que crees una sola palabra de toda esa jerga?
—Tu acusador lo cree., y Jim MacArdle es un abogado muy listo. Si consigue tu cabeza, probablemente obtendrá un ascenso., de forma que usará todas las argucias posibles. Sospecho que la primera argucia será eliminar algunas de las acusaciones. Probablemente las dos primeras especificaciones del Cargo I. Tal vez el Ejército no te acuse de haber ayudado al enemigo enfermo ni de haber usado remedios tomados a nuestras tropas.
—¿Por qué no?
—Porque quedará mejor en los titulares de los diarios si Jim puede señalarte como un colaboracionista de primera magnitud… y omitir el hecho de que también eres un médico de primera magnitud. No conduciría a nada decir que combatiste algunas epidemias con suministros tomados a las Naciones Unidas. Eso podría hacerte aparecer un poco demasiado humano.
—¿No deberíamos insistir en que se mantengan los cargos como los han formulado?
—Podemos intentarlo. Probablemente nuestro intento no prosperará; pero puedo presionar a Mac hasta que lo logremos. —De su memorándum tomó una lista de nombres—. Tenemos el tiempo justo para examinar la lista de tus jueces.
—¿Es correcto eso?
—Una vez estemos en la sala del tribunal, amigo, cualquier cosa que no nos lleve a aterrizar violentamente será correcta. —El abogado se detuvo en un nombre de la lista—. ¿Te he dicho que presidiría el coronel Sellers? Es del antiguo régimen, pero muy honesto. Lo mismo que el mayor Dug— gan, que, como segundo oficial, se sentará a la derecha de Sellers. Es un veterano de Corea y conoce el terreno.
Hi se detuvo con visible desagrado en un tercer nombre.
—No me es posible decir lo mismo del capitán Cárter. Este es un pollo que anda detrás de un puesto permanente en la oficina del auditor militar. Los restantes son oficiales rutinarios del Ejército… tan ajenos a la realidad como monjes. Todos menos el mayor Betts, el consejero legal, que es la enciclopedia andante del protocolo y está lleno de excentricidades, como un árbitro de la Liga Nacional. No puedes olvidarte de él. Es mi quebradero de cabeza.
Hi dejó que su voz continuara hablando y se maravilló nuevamente de la aparente indiferencia de su amigo. Si hubiesen estado a punto de asistir a una conferencia cualquiera, Paul no hubiera podido mostrarse más tranquilo. Un fantasma inoportuno surgió en la mente del abogado: la sospecha de que su cliente fuera realmente culpable de lo que se le acusaba. Bajó sus ojos antes de que Paul pudiera advertir su turbación, y cerró los broches de su cartera.
—Es hora de que nos pongamos en camino —dijo—. Será mejor que lleguemos temprano. No estaría bien hacer una entrada espectacular.
—Dé las normas, señor abogado. De ahora en adelante, recibo órdenes.
—¿Ninguna pregunta?
—Sólo una. ¿Tenemos alguna probabilidad de éxito?
—Podríamos utilizar algunos testigos —contestó Hi cautelosamente—. Haré lo que esté en mi mano para hacer que los que presente MacArdle trabajen a nuestro favor, pero temo que hayan sido demasiado bien preparados. —Miró a Paul con fijeza.— No te lo diré más veces… pero la cosa podría ser más fácil, si tú te declararas culpable., si te entregaras a la clemencia del tribunal.
—No soy culpable, Hi.
—Muy bien, pues. ¿Quieres rezar antes de que nos vayamos?
—Ya lo hice anoche. Ahora el espectáculo lo diriges tú.