La espada y el bisturí
Capítulo 7
En las semanas que siguieron, Paul dio la bienvenida a una serie de epidemias que azotaron los barracones desafiando toda lógica médica.
La primera fue una misteriosa pirexia que amenazaba por igual a los prisioneros y guardianes y a la que finalmente diagnosticó como aguda fiebre hemorrágica provocada por los piojos. Echando polvos de D. D. T. consiguió detener la epidemia antes de que costara una sola vida. Luego vino un combate con el azote de todos los campos de concentración: la disentería en su forma más virulenta. Esta vez la antigua plaga llegó hasta la puerta del propio alojamiento de Hardin, matando al sargento Luppino y dejando al comandante en un estado de completo aislamiento. Por último, tuvo que afrontar la más fastidiosa lucha con un virus hepático al que, por falta de un tratamiento específico, no tuvo más remedio que dejar que se eliminara a sí mismo.
Las semanas se convirtieron en meses. Otro salvaje invierno asoló el campamento… y Paul estaba demasiado ocupado para pensar en otra cosa que no fueran sus problemas del momento. Cada noche, como el Padre Tim le había indicado, rezaba por el capellán y por Kay… y por algún motivo que no se atrevía a analizar, la oración le sostenía hasta el día siguiente. Una y otra vez, cuando tenía un momento libre, hacia desesperados intentos para penetrar en las mazmorras de los confinados, pero en cada una de las ocasiones encontraba cerrada la entrada.
El soborno de un guardián cuyas enfermedades habían sido tratadas por él, le produjo algunas magras informaciones. Por lo menos podía decirse que Kay y el Padre estaban vivos y con bastante salud. Librando una lucha con sus más profundos instintos, insistiendo en que debía encontrar la fuerza para rechazar la propuesta de Pak, no hizo intento alguno para conseguir otra entrevista con el coronel. De modo que quedó sorprendido cuando una fría tarde de diciembre le llegó un mensaje comunicándole que Pak acababa de ser internado en el hospital y requería inmediatamente sus servicios. Una úlcera de duodeno ya le había molestado antes. Paul había sabido siempre que algún día se necesitaría algo más que píldoras antiácidas para dominarla.
Cuando entró en la sala de primeros auxilios del hospital, se encontró con Pak extendido en una camilla, su cara contraída por el dolor. El doctor Chang, que estaba a punto de poner una inyección de morfina en el brazo del comandante, se echó un poco hacia atrás para permitir que lo examinara. Ambos habían diagnosticado hacía tiempo la naturaleza de la enfermedad de Pak. Ambos habían estado de acuerdo en que la aparición de verdaderas complicaciones era sólo cuestión de tiempo.
Una rápida inspección de los músculos abdominales del paciente (rígidos como tablas y exquisitamente sensibles a la presión), le dio toda la confirmación que Paul necesitaba. Ya había enviado a buscar al sargento Furness cuando Chang volvió con la placa de Rayos X. Como había supuesto, la placa mostraba una burbuja dentro de la cavidad peritoneo, debajo del diafragma. Era una prueba positiva de una perforación en el estómago o duodeno desde donde había escapado el aire, junto con los ácidos cáusticos que contienen esos
El sargento se hallaba en la sala de operaciones cuando Paul apareció para revisar los preparativos que el doctor Chang había hecho. Cierto día del mes anterior (el tiempo tenía una particular manera de confundirse en aquel entonces), el cabo Jackson había dejado por completo sus obligaciones en el hospital y se había trasladado al alojamiento de Hardin después de haber disfrutado de un largo y hábil galanteo del sargento mayor Bates. Ahora, mientras los dos hombres se ocupaban en sus tareas de preparar el instrumental, Paul pudo advertir una repugnancia en los movimientos de Furness, una lentitud que se había hecho habitual últimamente cuando asistían a personal chino del campamento.
—¿Se encuentra usted bien, sargento?
—Sí, doctor.
Paul lanzó una mirada de soslayo a su anestesista. Sabía muy bien que la semana anterior, Furness había visitado el barracón de Hardin para hacer una comida extra. Podía deducir que el sargento había cenado allí esta noche, a juzgar por el aire de bienestar que trascendía de él.
—¿Qué le pasa al señor Big, señor?
—¿El señor Big?
—El chino que está en el consultorio.
—El diagnóstico es úlcera de duodeno perforada.
—¿Quiere decir que lo va a operar usted?
—Por supuesto.
—Capitán, ¿le importa que me retire?
—Naturalmente que me importa. ¿Con qué otra persona competente contamos para dar la anestesia?
—¿Y el doctor Chang?
—El doctor Chang me entregará el instrumental. Temo que sea para lo único que sirve.
—Aun así, señor, me gustaría retirarme.
—Usted se quedará donde está, sargento. Es una orden directa.
Por un instante, el médico y su ayudante se miraron bajo la fría luz de la mesa de operaciones. Observando los ojos de Furness, que se había puesto blanco de cólera, Paul se preparó para asistir al abandono del sargento. Hardin, estaba seguro, respaldaría cualquier acto de insubordinación. Por fin, con un profundo alivio, vio que la disciplina triunfaba.
—Muy bien, señor.
—Puede prepararse, sargento. Iré a echar un vistazo al paciente.
En la sala de primeros auxilios encontró al comandante descansando bajo el opio y hablando en un susurro con el interno chino.
No había temor en los ojos de Pak cuando Paul se inclinó sobre la camilla.
—Chang me ha preparado para lo peor, doctor Scott —dijo el coronel—. ¿Voy a morir?
—De ninguna manera. Una operación de este tipo es simple si la realiza un cirujano competente. No necesito agregar que sólo hay un cirujano capaz en este campamento.
Pak hizo un gesto al doctor Chang para que saliera de la habitación.
—¿Es esto por casualidad la proposición de un trato?
—Precisamente. Su vida… por otras dos.
—¿De manera que durante todo este tiempo no ha dejado usted de pensar en el capellán y en la señorita Storey? Comenzaba a temer que hubiera usted menospreciado mí
—No estoy interesado en su oferta. Esta vez, coronel, yo tengo la caita de triunfo. Usted no corre peligro real por el momento, gracias a nuestro rápido diagnóstico. Pero probablemente morirá mañana si no mejoro su condición.
—Chang me ha explicado eso, doctor Scott. La pregunta es… ¿se negará usted a operar si no libero a la señorita Storey y al capellán?
—Si usted estuviera en mi lugar rehusaría, ¿no es así?
—No estoy en su lugar, capitán Scott. Y usted no es el coronel Pak. Si lo fuera, la vida sería más simple para ambos.
Paul no habló durante un largo momento. El chino, por supuesto, había puesto el dedo en el único punto débil de un plan que de otra forma hubiera sido perfecto.
—¿Está usted seguro de que me conoce bien, coronel? —preguntó finalmente.
—Le conozco lo bastante bien para poner mi vida en sus manos.
—Usted debe comprender que hay un punto más allá del cual no se debe empujar al más fuerte de los hombres.
Pak sonrió enigmáticamente, al margen de la relajación de la
—Sin embargo, estoy seguro de que es usted capaz de llegar hasta ese punto — dijo—. Esta noche usted es todavía un cirujano americano y un cristiano. Como tal, jamás podrá usted pactar con las vidas.
Paul se volvió a su enemigo con una maldición en los labios., pero el comandante se había sumido nuevamente en el limbo con la misma sonrisa de descanso. Llamando a voces a Chang para que preparara al paciente, se dirigió a su consultorio y hundió su cara en las manos. Aquella noche, las lágrimas que llenaban sus párpados afluyeron con verdadera desesperación.
Como esperaba, la operación, fue asunto simple; no hubo un elemento real de peligro una vez que el sargento Furness quedó sometido a estrecho control y estuvo seguro de que la anestesia fluía suavemente. Chang, como siempre, resultó un chapucero con el instrumental., pero la cirugía era elemental, y hacía mucho tiempo que Paul había aprendido a manejar sus propios retractores. Una bomba de succión despejó la superficie poco tiempo después de haber sido hecha la incisión.
La perforación era la clásica, en el duodeno, justamente más allá de su unión con la pared estomacal. Estando la perforación en el duodeno era fácilmente accesible. No era más grande que una cabeza de fósforo. Paul la cerró con una sutura de cuerda de guitarra. Luego, tomando un extremo del redaño (la capa de grasa que cubre como un delantal los órganos abdominales), aseguró un pequeño parche en ese tejido sobre la zona, para reforzarla. Cuando hubo cerrado la incisión, dio al paciente una inyección de penicilina que quedaba en el botiquín médico e hizo su anotación en el registro. El trabajo había sido hecho en algo más de veinte minutos. «Tiempo mínimo», pensó sombríamente, y se volvió hacia atrás para dejar pasar a dos sanitarios y que éstos se llevaran al paciente.
Cinco minutos después, cuando regresó del lavabo, vio que el sargento Furness había arrojado su máscara y su delantal al suelo y había partido sin pronunciar una palabra de despedida.
Terminaste La espada y el bisturí
Frank G. Slaughter
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