La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 36 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 6

Había supuesto que su función (en una espaciosa cueva hecha por el hombre detrás del refugio del puesto de mando) sería algo así como una prueba. En realidad resultó uno de sus mayores triunfos… gracias a la guitarra de Jackson, que se adaptaba perfectamente a su propio y libre estilo. Desde los primeros acordes tocados al azar, se dio cuenta de que el larguirucho cabo era un músico nato. Apenas en el atestado refugio atronaron los gritos de «¡Oklahomal», sintió que estaba entre amigos y, lo mismo que sus oyentes, saboreó cada una de las notas durante toda la función.

Por el teléfono de campaña le llegó la noticia de que su helicóptero había sufrido un desperfecto en una colina próxima y que no podía ser reparado hasta la mañana siguiente. Recibió la información sin perder un compás, tan completa era su identificación con las voces que la rodeaban. Al principio, el coronel Hardin y su camarilla le resultaron una preocupación; hasta que los soldados entraron en calor, el antagonismo que separaba a éstos de los oficiales del batallón, fue tan patente como si una trinchera hubiera dividido la caverna donde estaba realizándose la función. Pero hasta esa línea se diluyó en tanto las canciones seguían a las canciones. Finalmente, el coronel se puso a cantar con tanto entusiasmo como su más reciente recluta. El sargento mayor Bates (un veterano de ojos huidizos que desagradó a Kay apenas lo vio) había traspuesto la línea de demarcación para agregar su voz de tenor a cada canción que conocía.

Kay había temido el momento en que Paul la encontrara en el puesto de observación. Afortunadamente, fue prevenido de su llegada. Después de su primer y apasionado abrazo pareció casi tranquilo mientras le explicaba la forma en que vivía allí… y los peligros que mantenían a la Colina 1049 en constante y oculta inquietud. Alargó el tema formulando lentamente otras preguntas, sólo para evitar los reproches que tenía conciencia de merecer.

—¿Por qué es tan diferente aquí, Paul? ¿Por qué es más peligroso? He cantado ya bajo el fuego de los cañones.

—No del fuego de estos cañones. En primer lugar, no hay más medio de transporte que helicópteros y paracaídas. En segundo lugar, la principal ruta de abastecimiento es un solo y largo cráter producido por las granadas.

—¿Qué importa eso si el frente está tranquilo?

—Hace demasiado tiempo que se encuentra tranquilo, Kay. Eso, en sí mismo, podría significar dificultades., lo mismo que vivir en Maine sin sufrir en enero una ventisca durante diez días.

—¿Porqué eres tan pesimista, querido?

Por vez primera sonrió ante la pregunta.

—Lo lamento. Tú has venido aquí para levantar la moral… no debo quebrar la tuya. Pero estaré más tranquilo cuando hayas emprendido el vuelo en el primer helicóptero que se detenga aquí mañana.

—¿Significa eso que no recibiré ninguna reprimenda?

—¿Cómo puede un simple cirujano de batallón reprender a «La muchacha de al lado» por haberle llegado de improviso?

—Me había propuesto sorprendente, Paul. Esperaba que te agradaría.

—Por supuesto que me ha agradado. Sólo que quiero que me prometas no sorprenderme de esa manera otra vez.

—Me iré calladamente mañana por la mañana —prometió—. Ahora mi misión está ya cumplida.

Después de la advertencia de Paul, Kay supuso que iba a encontrar a todo el batallón presa de una neurosis. Cuando fue presentada al coronel Hardin (tan solemnemente como si nunca se hubieran visto en San Pedro) necesitó todo su dominio para evitar mirarle fijamente y descubrir a la cabra loca detrás de la florida máscara del soldado. El coronel se comportó como un modelo de cortesía, en cuanto a las maneras se refiere. Sólo el abotagamiento que podía advertirse debajo de sus sanguinolentos ojos y el cuidado que ponía al pronunciar las palabras de tres sílabas, traicionaban el hecho de que estaba haciendo equilibrios al borde de la embriaguez.

La única nota desagradable llegó al terminar la fiesta. Estaba todavía agradeciendo los estruendosos aplausos, cuando un fragor más profundo se dejó oír en el silencio de la noche, en alguna parte situada más allá de las cortinas de oscurecimiento. Hasta sus oídos poco habituados reconocieron el estruendo de una salva de artillería… y le hubiera gustado enormemente no sentir miedo al escucharla.

La segunda andanada de granadas cayó más cerca, pero en el fondo no sintió la amenaza. El hecho de que una docena de soldados hubiera disparado en medio de la noche, sin una orden, fue parte de la extraña característica de toda aquella tarde. Lo mismo que el verdoso matiz que invadió las mejillas del coronel Hardin y la excusa que musitó para salir rápidamente de la cueva. Paul ya la había preparado para esta precipitada retirada.

En cuestión de minutos, la fiesta quedó disuelta. Un suboficial la acompañó hasta el lugar dispuesto para que pasara la noche: un cuarto de depósito situado en el fondo del refugio del puesto de mando, completado con un catre plegable y una puerta rudimentaria.

Sólo cuando estuvo instalada allí recordó que Paul había desaparecido no menos precipitadamente que el coronel Hardin, y que el cabo Jackson, olvidando su guitarra, había seguido inmediatamente al cirujano del batallón. Más tarde, desde luego, pudo comprobar que ambos hombres habían corrido al puesto de socorro a prepararse para la llegada de posibles heridos.

Exhausta como estaba, cayó en un profundo y tranquilo sueño. Se despertó con sobresalto, advirtiendo el rayo de sol que se filtraba a través de una rendija de la improvisada puerta. Hasta que no despertó por completo, tuvo la sensación de haber caído en la caldera de una fábrica.

Arriba el aire era una hoja de acero, sacudida continuamente por las manos de un maníaco con el propósito de enloquecerla. La manta del catre se hallaba llena de polvo que había caído de las vigas del techo sobre ella, y mientras sacudía la somnolencia de sus párpados, advirtió que su cabello estaba espesamente espolvoreado con el mismo polvo parduzco. Cuando abandonó la cama y se puso el casco, el suelo parecía temblar demasiado… y de pronto se dio cuenta de la violenta discusión que tenía lugar en el cuarto contiguo.

La rendija que había en el marco de la puerta constituía una abertura apropiada para observar. Paul y Hardin paseaban de un lado a otro, justamente afuera. Kay había identificado ya la voz del cirujano elevándose sobre la voz baja de Hardin. La tercera figura que componía el agitado grupo, al principio le resultó extraña… hasta que el hombre giró sobre sus talones y pudo reconocer el afilado perfil del teniente Crosby.

Cuando volvió a alzarse, la voz bronca del comandante cubrió el rugido de la artillería.

—¡Al diablo con ello, Scott! ¡No lo toleraré!

—Lo lamento, señor. Es un hecho consumado.

—¿Se ha puesto usted en contacto con el alto mando de la división pasando sobre mí? ¿Sí o no?

—Era algo imperioso, señor. Necesitábamos helicópteros al rayar el alba.

—¿Ha apoyado usted la petición, Crosby?

—Sí, señor.

El teniente logró mantener su actitud a pesar de que había encontrado odio en los ojos del coronel.

—¿Por qué no me ha despertado usted?

—Nosotros lo hemos intentado, coronel.

—¿Nosotros?

—El capellán O'Fallon y yo mismo. Usted estaba… durmiendo demasiado profundamente.

Hardin se volvió hacia Paul, con un dedo tembloroso extendido.

—¿Ha enviado usted a mi alojamiento a ese cura, Scott?

—Así es, señor. —Ante su asombro, Kay advirtió que Paul se calmaba progresivamente mientras los gritos del coronel aumentaban en volumen.

—Necesitábamos un testigo para poder informar que usted no es apto para el servicio.

—¿Que no soy apto para el servicio.? ¿Yo.?

—Por varias razones, coronel. ¿Debo detallarlas en mi informe?

No hubo tiempo para más. Una sacudida que pareció expandirse dentro del cerebro de Kay había hecho temblar en una danza de locura a cada una de las maderas del refugio. Mientras duró la sacudida tuvo la seguridad de que las paredes se habían desmoronado sobre sus cabezas. Luego, en tanto el aliento volvía a su cuerpo y el fragor moría afuera, oyó que alguien gritaba llamando a los camilleros.

El coronel Hardin se había aplastado contra el suelo al primer estallido; ahora, apoyándose en sus manos y rodillas se arrastraba rápidamente hacia su alojamiento. Ninguno de los oficiales se movió hasta que la puerta se cerró de golpe detrás de él. Después de la explosión, el refugio quedó extrañamente silencioso. Cuando Paul habló, su voz fue inexpresiva y un poco cansada.

—Tomémoslo con calma, Crosby. Ya hemos quedado aislados otras veces.

—Pero no con semejante fuego.

—Podremos desenvolvernos… si él permanece bajo las mantas.

—Así lo hacía cuando el mayor Prescott estaba aquí —dijo el teniente con tristeza —. El mayor sabía entendérselas con él… con la ayuda de Bates.

—De acuerdo con su último informe, he dicho que el perímetro de defensa se halla todavía intacto.

A pesar de su aturdimiento, a Kay le resultaba curioso el hecho de que fuera el cirujano del batallón y no el teniente quien pareciera estar dando las órdenes.

—Si nuestras líneas se sostienen hasta esta tarde, la división puede enviar una columna blindada. Eso los haría retroceder.

—La cuestión no estriba en mantener el perímetro, doctor., estriba en el comandante. ¿Recuerda cómo en los últimos tiempos clamaba por una retirada general… hasta que Prescott lo tranquilizó?

En esos momentos la cara de Crobsy tenía un tinte verdoso que recordaba demasiado exactamente el aspecto de su comandante. Sin embargo, hasta la misma Kay podía sentir que ese terror era normal, dado el estado próximo al pánico de un muchacho que había asumido una tarea excesivamente pesada para sus hombros.

—Recuerdo muy bien aquel último colapso. En esta ocasión usted está actuando como comandante. Trate de comportarse como tal —contestó Paul.

Los dientes de Crosby se apretaron sobre su labio superior. Cuando habló, su tono fue casi normal.

—Como usted diga, doctor. ¿Debo mencionar al coronel Hardin en el informe de la mañana?

—Enfermo en su alojamiento —ordenó Paul—. Yo lo firmaré después.

Permaneció a un lado mientras Crosby, medio corriendo y medio tropezando, salía del refugio en respuesta a una pregunta que alguien hacia desde fuera. Luego se volvió hacia la puerta de Kay y la abrió.

—Sabia que estabas escuchando —dijo tranquilamente… y en su voz hubo algo que aquietó su angustiado corazón—. Al parecer tu jira por la Colina 1049 es ahora completa.

—¿Qué ha ocurrido, Paul?

—Con suerte —contestó— aún podremos sacarte de aquí.

—Pero ¿qué ha sucedido?

La cogió de la mano y la llevó hacia la salida del refugio.

—Te lo diré por el camino —contestó evasivamente—. Mantén baja la cabeza. El lugar es bastante seguro… por ahora. La última granada buscaba el depósito de municiones, y el tiro ha resultado corto.

Se dejó llevar hacia los escalones del refugio en la luminosidad perfecta de aquella mañana de verano. Esperando que la muerte la amenazara desde todos lados, Kay se sentía confundida a causa de la sonriente cara de la naturaleza. La mano de Paul oprimió más fuerte la suya al notar su sobrecogimiento.

—Corramos —dijo—. Derechos al puesto de socorro. Allí estarás más cerca del campo de aterrizaje.

—¿Qué ha sucedido, Paul?

—La colina está sitiada. ¡Corre, Kay! No pierdas un instante.