La espada y el bisturí
Capítulo 2
Sus dedos palparon el paquete de sobres aéreos que guardaba en el bolsillo superior de su camisa. Siempre releía a esa hora las cartas de Kay, aun cuando hubiera podido recitar de memoria su contenido. Leyéndolas una vez más sintió reavivarse el ansia de su corazón; la necesidad de su presencia física era tan real como lo había sido en la cubierta del Millard Fillmore… y las probabilidades de reunirse parecían ahora tan remotas como entonces.
El conjunto artístico al que Kay había sido destinada, debido a uno de los cambios de último momento a los que tan propenso es el Ejército, no se había embarcado, después de todo. Había partido para hacer una jira por toda la nación con objeto de levantar la moral en los acuartelamientos. Las cartas de Paul (a las que había conseguido imprimir un sello de alegría) siguieron a Kay por todos los Estados Unidos, siendo contestadas inmediatamente de lugares tan diversos como Key West, Pocatello y Seattle. La última carta de Paul, enviada seis semanas antes, todavía no había recibido respuesta. Hasta ahora no podía asegurarse que eso fuera un signo favorable y que ella se hubiera embarcado al fin.
No había habido una palabra de amor en su correspondencia, ningún otro sentimiento más allá de una jugetona ternura; por un acuerdo tácito ambos habían evitado los temas serios. Después de todo, según se había dicho a sí mismo más de cien veces, no tenía derecho a creer que su deseo, que había crecido constantemente en su larga separación, encontraría eco en Kay. Una noche de intimidad (recordaba con mortificación el hecho evidente) es una cosa común en tiempo de guerra. Al proporcionarle esa dicha, Kay no había quedado ligada a él; seguía siendo dueña de sí misma; en su concepto, tal vez sólo había cumplido con un deber patriótico. Indudablemente no demostraba que hubiera experimentado por él algo más que un amistoso interés.
Puso a un lado esa escalofriante posibilidad y a través de la ranura de observación miró el áspero paisaje que se extendía a sus pies. Como siempre, se sintió sobrecogido por la siniestra belleza de aquellas montañas. Era una belleza que se imponía a pesar de las cosas hechas por el hombre, cosas como refugios, emplazamientos de artillería, trincheras, las negras hendiduras en una colina enemiga que la aviación había bombardeado en vuelos rasantes. Aun allí, la hierba nueva había comenzado a revestir la tierra lastimada. Tal vez fuera un hecho que las conversaciones de tregua (comenzadas pocas semanas después de que la guerra hubiera entrado en un segundo estancamiento) trajeran resultados. Por lo menos era reconfortante advertir que la naturaleza estaba trabajando ya para borrar las huellas digitales de Marte.
«Hasta ahora —se dijo Paul— sigues teniendo la cabeza sobre los hombros y has sobrevivido. Has merecido el grado de capitán y una designación estable como cirujano del batallón. En este agujero no importa el valor de esa promoción… o los arranques psicopáticos del coronel Jasper Hardin. La enemistad de tu comandante es una cosa que has aprendido a tomar como de quien viene.» El sistema nervioso de Paul se estremeció cuando un guijarro rodó dentro del puesto de observación; pero se tranquilizó nuevamente al ver que el responsable era uno de sus ayudantes. La amistosa cara caballuna del cabo Harry Jackson volvió a traer a Paul a los problemas cotidianos. Gracias a ayudantes de buena voluntad como Jackson, la mayor parte de esos problemas se habían resuelto por sí mismos.
—Ha llegado una camilla con un herido, señor. He creído que debía avisarle.
—Es un día demasiado hermoso para atender heridos, Harry. ¿Por qué, en cambio, no me habrá dicho usted que en Kaesong han concertado una tregua?
—Capitán, si están a punto de concertar una tregua, este sector no ha sido informado. O tal vez los chinos del otro lado no sepan leer.
—Desde el amanecer el frente permanece silencioso como una iglesia.
—Los de la compañía auxiliar no piensan de esa manera. Acaban de tener un muerto. Un soldado ha tropezado con una mina al volver de patrullar. El individuo que lo acompañaba tiene esquirlas en el trasero. Nos lo mandan para que lo reparemos.
Paul se colocó el casco y se incorporó cuidadosamente, hasta que su cabeza estuvo al nivel de los cascos de arena del puesto. Jackson le siguió sin esperar a recibir órdenes.
Jackson era un veterano que se hallaba en la guerra desde el comienzo.
—¿No había chinos cuando usted ha venido, Harry?
—Ni uno, señor. Quizá sepan leer, después de todo.
Cambiaron una sonrisa cuando una bala silbó a través de la cresta, lo bastante cerca para que se vieran obligados a bajar inmediatamente las cabezas, como muñecos en un teatro.
—Tal vez no crean en su propia propaganda —dijo Paul.
Estaba satisfecho de que Jackson hubiera venido a buscarle, cuando muy fácilmente hubiese podido mandar un mensajero. Siempre le había resultado simpático el cabo, y sentía que esa simpatía era correspondida. El sargento Furness (principal suboficial en el destacamento médico) y Jackson le habían recibido bien desde el comienzo. Lo mismo había ocurrido con los otros sanitarios, los asistentes y los camilleros. En su mayoría eran simples muchachos que arriesgaban sus vidas diariamente, colaborando con él. Tal vez era a causa de este peligro compartido (y del propósito de ignorarlo) por lo que el puesto de socorro era una apretada unidad que contrastaba notablemente con el batallón al que servía.
Paul sentía que se afirmaba esta convicción mientras se arrastraba fuera del puesto de observación, bajo la vigilancia de Jackson, alejándose ambos de la cima. Amistades como éstas, cuando las alternativas del juego eran vida o muerte, nunca hubieran podido ser suficientemente valoradas. Sin ellas, hacía mucho tiempo que hubiera podido quebrantarse bajo los ataques de Hardin.