La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 27 de 60

Páginas del PDF

La espada y el bisturí

Capítulo 2

Su predicción quedó confirmada. En un tono que parecía aún más frío que el corriente, el coronel Sellers anunció que la última objeción del fiscal había sido apoyada por el voto del tribunal. En consecuencia, se ordenó a Hi que restringiera sus preguntas a las cuestiones directamente relacionadas con los cargos y especificaciones. Con esta advertencia reanudó su interrogatorio al sargento mayor Bates.

—Antes de que el tribunal se retirara, sargento, estaba comentando su llegada a Pyongyang como prisionero de guerra. ¿Cuándo fue nombrado el coronel Hardin comandante de los prisioneros de este campamento?

—En seguida, señor. Era el oficial de mayor jerarquía.

—¿Y cuándo fue puesto el capitán Scott al frente del hospital de la prisión?

—Tal vez dos o tres semanas más tarde. Fue a los pocos días de reunirse con nosotros.

—¿Entonces no viajó con el grupo del coronel Hardin?

—No, señor. Nos hicieron prisioneros separadamente. Los dos grupos sólo estuvieron juntos una noche… en Sinmak. A la mañana siguiente los chinos facilitaron al coronel un camión de transporte.

—¿El capitán Scott no montó en ese camión?

—No había lugar.

—¿De manera que se vio obligado a caminar desde Sinmak a Pyongyang?

—Eso me dijeron.

—¿Quiénes le acompañaron?

—Tres personas de su grupo. Creo que fueron la señorita Storey, el sargento Furness y el cabo Jackson. Y uno del nuestro: el teniente Crosby.

—¿Quiere identificar al teniente Crosby para el tribunal?

—Era un reemplazante en el personal del coronel Hardin. Sufrimos una pesada ofensiva en la Colina 1049 y perdimos varios de nuestros oficiales. El teniente Crosby era el segundo en el mando cuando iniciamos la retirada.

Paul, estudiando atentamente a Bates, se maravilló de la precisión con que había sido aleccionado. Aun cuando había descrito con justeza a Crosby, naturalmente había dejado de mencionar que el teniente estuvo al mando de la Colina 1049 durante casi veinticuatro horas antes de la frenética huida que había calificado de retirada. También se había olvidado de hacer constar que el mismo Hardin permaneció durante casi todo el tiempo demasiado borracho para mantenerse en pie.

Hasta entonces Hi había tomado con tranquilidad al testigo, dando tiempo a que su descripción de Crosby quedará consignada ante el tribunal. Luego decidió atacar desde otro.

—¿No es extraño que un oficial sea separado de su comandante, siendo ambos prisioneros de guerra?

—No en este caso, señor.

—Explique lo que quiere decir, sargento. ¿Sabe usted que el teniente Crosby cedió su puesto en Sinmak para que el capellán O'Fallon pudiera subir al camión?

—Creo que sí, señor.

—¿Fue porque el capellán estaba enfermo.?

—Esa debió ser la razón.

—¿Sucedió eso después que el coronel Hardin hubo rehusado hacerle un sitio?

MacArdle, advirtiendo la argucia, se puso en pie.

—Si el tribunal me lo permite, ¿cuál es el propósito de esa desconcertante pregunta?

—Los cargos y especificaciones insisten mucho en una supuesta confesión que el capitán Scott firmó en Pyongyang —dijo Hi—. La defensa establecerá el hecho de que firmó ese documento por una sola razón: para evitar que la señorita Storey y el capellán O'Fallon continuaran en una celda aislada, donde se encontraban en grave peligro de muerte. Es pertinente probar que la salud del Padre O'Fallon comenzó a fallar durante la marcha de los prisioneros.

—La objeción del fiscal queda denegada.

—Ahora, sargento —dijo Hi, en un tono engañosamente suave—, ¿no es verdad que el capitán Scott ya había solicitado para el capellán un lugar en el camión a causa de su enfermedad?

—Creo que sí, señor.

—¿Y no rehusó la solicitud el coronel Hardin?

—El coronel estaba encolerizado aquella mañana en Sinmak. El doctor Scott había tomado los mejores alojamientos e hizo que el coronel durmiera en el patio de la granja.

—Así, pues, ¿se aplacó sólo porque el teniente Crosby cedió su puesto al capellán?

—Así es, señor.

—¿Sabe usted dónde está el teniente Crosby ahora?

—Murió pocas semanas después en Pyongyang, durante la epidemia de meningitis.

—¿La misma epidemia que trató el doctor Scott?

—Sí, señor. El teniente fue una de las primeras víctimas.

—Pero ¿la epidemia fue detenida? —Sí, señor.

—¿Porque el capitán Scott administró una droga sulfadiazina a cada uno en el campamento? ¿No tomó usted mismo una dosis?

La voz de Bates se elevó un poco, como para evitar interrupciones.

—El coronel Pak había puesto al doctor Scott al frente del hospital. Aplicó por igual una dosis tanto a los chinos como a los prisioneros. Nosotros teníamos que seguir las instrucciones.

—¿Cómo eran las condiciones sanitarias del campamento, sargento, cuando usted llegó con el grupo Hardin?

—Malas, señor.

—Usted ha dicho que el coronel Hardin fue puesto inmediatamente al mando de todos los prisioneros. ¿Adoptó alguna medida para mejorar esas condiciones?

—Objeción —dijo MacArdle—. El coronel Hardin no está enjuicio.

Hi se dirigió al tribunal.

—La defensa considera vital demostrar que el capitán Scott, y no otro, fue el responsable de la buena salud registrada en ese campo de concentración. El esfuerzo que durante quince días desarrolló en dominar las epidemias y en mejorar las condiciones sanitarias.

Ahora MacArdle comenzó a gritar:

—Con el permiso del tribunal.

—¡Silencio! —Sellers simplemente elevó su voz, pero los murmullos de los espectadores murieron, junto con la contenida voz del fiscal.— ¡Objeción denegada! Sujeta a revisión por cualquier miembro del tribunal. Puede responder a la pregunta, sargento.

Bates tragó con dificultad, pero mantuvo su compostura.

—El coronel no podía hacer nada. No era de su incumbencia.

—Pero ¿hubo un mejoramiento en la salud de los prisioneros después de la llegada del capitán Scott?

—Eso creo.

—¿No hubo una marcada mejoría… con un índice más bajo de enfermedades y muertes?

—Durante cierto tiempo. Las cosas empeoraron después.

—Porque los suministros médicos tomados a nuestro Ejército se habían terminado. ¿No es eso verdad?

—Creo que ése fue el caso.

—¿Entonces los prisioneros de las Naciones Unidas se beneficiaron de la habilidad médica del capitán Scott, sin tener en cuenta si él recibía o no trato preferente en el hospital del campamento?

—Creo que podría decirse eso.

—Gracias, sargento. Hablando de trato preferente, usted ya ha declarado que el capitán Scott recibía favores del comandante chino, el coronel Pak. ¿Dónde se alojaba el capitán?

—No estoy seguro, señor.

—Usted era ayudante del coronel Hardin. ¿Sus obligaciones no incluían una constante inspección del campamento?

—Por supuesto, señor.

—Entonces usted debe saber que el capitán Scott dormía en el barracón número cuatro con los otros prisioneros y tomaba sus comidas allí.

—Así parecía, señor.

—¿Parecía, sargento Bates?

—Todos decían que recibía comida extra en el hospital y que se tomaba largos descansos allí.

—Pero ¿usted no tiene conocimiento personal de que así lo hiciera?

—No, señor. ¿Cómo hubiera podido saberlo?

—Vamos a trasladarnos al momento en que el campamento fue evacuado después del armisticio. ¿Oyó usted al capitán Scott declarar que no deseaba repatriarse?

—No, señor.

—¿No es verdad que su conocimiento de tal cosa sólo se basa en las informaciones del coronel Hardin?

—Eso es cierto, señor.

Bates todavía se mantenía incólume bajo la presión de Hi. Parecía la imagen de la inocencia, soportando las exigencias de un interrogatorio que excedía sus conocimientos.

—¿Sabía usted que el capellán O'Fallon estaba gravemente enfermo en ese momento?

—Oí decir que se encontraba enfermo.

—¿No se hallaba acaso en su último extremo? ¿Y no fue ésa la verdadera razón que indujo al capitán Scott a permanecer en Pyongyang?

—No me es posible decir que pensara en esa forma, señor. Lo único que puedo decirles que yo mismo estaba demasiado ansioso por volver a mi patria. Así estaba cada uno de nosotros en el campamento.

—Eso es todo.

MacArdle se incorporó para preguntar:

—¿Tuvo usted un conocimiento personal de la enfermedad del capellán, sargento?

—No, señor.

—¿Ni siquiera cuando el capitán Scott rehusó ser repatriado?

Hi objetó vivamente:

—Nada en el testimonio prueba que rehusara.

—Voy a hacer la pregunta de otra manera —dijo MacArdle, lanzando una mirada de soslayo al tribunal—. ¿Ha dicho usted que vio un informe hecho por el coronel Hardin en el cual el capitán Scott declinaba ser repatriado?

—Sí, señor. Era parte de mi trabajo archivar esos informes.

—Ese archivo, ¿existe en la actualidad?

—Podría ser. El coronel Pak lo confiscó cuando nos enviaron a Panmunjón.

—¿Recuerda usted la anotación?

—No exactamente. Decía algo así como: «El capitán Scott ha rechazado en mi presencia la repatriación, y en presencia del coronel Pak. Razones no reveladas.»

—¿No hizo en aquel momento ningún comentario sobre eso el coronel Hardin?

—Sí, señor. Dijo: «Espero que ese hijo de perra no vuelva nunca a nuestra patria, excepto para enfrentarse con un consejo de guerra.»

—Nada más.