La espada y el bisturí
Capítulo 3
Diez pisos más arriba de las habitaciones de Hi Saunders, sentada ante una mesa
situada al lado de una ventana del «Top of the Mark»[2], Kay Storey examinaba a Eric Lindman con una mirada que casi se aproximaba a la confianza.
—Creo que he perdido la discusión —dijo.
—Todavía puedes admitirlo graciosamente —replicó con suavidad el hombre de los lentes oscuros.
—¿Estás sugiriendo que he vuelto a ti… simplemente así?
—Simplemente así —respondió Eric Lindman—. Con Scott fuera de tu vida… para siempre.
—Te equivocas. Scott no está fuera de mi vida. Nunca lo estará.
—Por lo menos no deja de mostrarse sensato… en cuanto a ti concierne.
—Vamos a aclarar una cosa, Eric. Esta noche le he dicho a Paul que me mantendría apartada del juicio… porque él lo deseaba así. Pero si las cosas se vuelven contra él, todavía puedo cambiar de idea.
—¿Y qué ocurriría si yo no quisiera permitirte cambiar?
Kay estudió a su interlocutor con los párpados medio entornados. Prescindiendo de los convencionales lentes y de un cierto aire dominante, había muy poco del «muchacho prodigio» de Hollywood en Eric Lindman.
Su blanca chaqueta de etiqueta provenía del mejor sastre de Savile Row, y su acento, tanto como sus maneras en la mesa, eran perfectos. A primera vista hubiera podido haber pasado por una distinguida ave de rapiña en cualquier terreno, y lo que es más, lo aparentemente afectado de su tono era completamente auténtico.
—Así, ¿mi carrera es lo principal? —preguntó.
—Eso es lo que te dije el día que embarcaste. Es hora de que me creas.
—Suponiendo que hubiera fracasado en esa gira de la USO, Eric, ¿estaríamos aquí esta noche?
—Por supuesto que no —contestó Lindman alegremente—. Pero el hecho es que has triunfado.
«He triunfado —pensó la muchacha—. Me encontré a mí misma en Corea, en una forma que jamás comprenderé.»
—¿No estás siendo más amable de lo que merezco? —dijo.
—Jamás en mi vida he sido amable —respondió Eric—. Deberías ya saber que utilizo a la gente y siempre espero que a su vez me utilicen. En estos precisos momentos la ocasión está golpeando a nuestra puerta, y no la dejaremos escapar… siempre que tú cuides tus pasos.
—¿Y me mantenga apartada del juicio contra Paul Scott?
—Scott sabe que es culpable. Por eso es por lo que te ha alejado a ti.
—No se ha declarado culpable.
—Es culpable como acusado, querida. Hasta ahora no has dicho una palabra que me haga cambiar de opinión.
—No lo he intentado, Eric. He prometido a Hi Saunders no discutir el caso.
—¿Qué defensa tiene? Los hechos hablan por sí mismos.
Kay escuchó en silencio mientras Eric repetía su versión del caso de Paul Scott. Era el juicio que el país estaba emitiendo desde hacía mucho tiempo… desde el momento en que la historia salió a luz con la famosa (y totalmente vituperable) entrevista del coronel Jasper Hardin. Kay admitió que Eric estaba presentando el caso brillantemente… pero todo lo que hacía Eric Lindman era brillante.
«Es un verdadero oportunista», pensó. Y sin embargo, Eric era un auténtico genio, tal como el término se utiliza en el mundo del cine. Un creador que podía olfatear una idea antes de que hubiera tomado forma, y dramatizar su esencia con el toque de un director nato. ¿Por qué otro motivo hubiera podido desear elevarla al estrellato en una película titulada «La muchacha de al lado?»
—Ese consejo de guerra va a ser el funeral de Scott, y él presume con eso —dijo Eric—. El hecho de que vuestros caminos se cruzaran en Corea es una coincidencia que ambos ignoraremos.
—No podemos ignorar a Paul.
—Ya lo hemos hecho… a su propio requerimiento. Tú no estás siendo desleal con él, Kay. Sólo estás siendo tú misma, «La muchacha de al lado.» Hasta el título parece hecho a medida.
«La muchacha de al lado.» Era verdad que esa noche se hallaba parada en el umbral de un sueño., un sueño que mañana fácilmente podría convertirse en una brillante realidad, gracias a la magia de Eric. Sintió que las lágrimas asomaban por detrás de sus párpados al comprobar cuán poco significaba ahora ese sueño. En realidad, esta noche nada importaba, salvo la circunstancia de que Paul Scott necesitaba su ayuda y la había rechazado.
—Me casaré con él —dijo desafiante— en el momento en que termine el juicio.
Eric movió la cabeza.
—Scott no aceptará eso, querida. Me lo ha dicho esta tarde por teléfono.
—¿Le has preguntado a Paul… algo acerca de nosotros?
Kay se preguntó por qué no se sentía más indignada.
—Desde luego. Tenía que estar seguro… antes de ponerte a trabajar en la película.
—¿Hay algún hecho sobre mi persona que no lo hayas registrado, Eric?
—Hace una hora —respondió el productor— has ido al Presidio llena de espíritu de sacrificio. Pero has encontrado tu igual en el doctor Paul Scott. Créeme, él sabe cuál es la situación. No hay lugar para las esposas en una prisión del Ejército.
Su voz era suave, sin el menor asomo de la habitual ironía de Eric. Los dedos que aprisionaron su mano también eran suaves, pero en su presión había una advertencia de que Eric (no menos que Paul) tenía ciertos derechos sobre su futuro. Kay tomó su copa y miró el panorama de San Francisco que se extendía allá abajo.
—Estás realizando una buena imitación de Satanás —repuso—. Este último piso del Mark Hotel podría hacer maravillosamente de montaña. Hasta hay una excusa para salvar mi orgullo. Después de todo, ¿por qué no volver al estudio… si el hombre a quien amo no me quiere?
—Ya sabía yo que al fin comprenderías, querida. Todo lo que necesitabas era tiempo.
—Hi todavía puede hacerme comparecer.
—Si asomas tu cara en los tribunales, Kay, serás una paloma muerta en Hollywood.
—¿Y qué te pasará en el caso de que no me importe?
—Tiene que importarte. Pasado mañana te convertiré en estrella. No puedes desperdiciar esa oportunidad. Sería antiamericano si lo hicieras.
—Tal vez sea algo más que norteamericana. En aquel campo de concentración el Padre Tim nos enseñó a ser ciudadanos del mundo.
—Querida —repuso Lindman—, algunas veces logras desconcertarme, y eso que te conozco más que la mayoría de la gente.
—Me conocías, Eric., antes de que fuera a Corea.
—¿Quién era realmente ese Padre Tim? ¿Algún arcángel vestido de caqui?
—Estaba muy solo… y tan asustado como el más bisoño soldado del campamento.—Kay movió lentamente la cabeza. En verdad, no había manera de hacer que Eric comprendiera, pero no obstante lo intentó—. Nos enseñó una lección que nunca podremos olvidar: que los hombres deben ayudarse mutuamente, aun cuando sean enemigos.
—¿Fue por eso por lo que Scott operó al comandante del campo de concentración?
—Esa fue una de las razones. Pero he dicho que no podía discutir el caso, Eric.
El se encogió de hombros.
—Es cierto. Ahora que estamos de acuerdo en eso… ¿cuándo vendrás al estudio para las pruebas? Deberíamos empezar el rodaje en seguida…
Mientras dejaba que la voz del productor continuara hablando, vagamente apaciguada por la sinceridad de sus elogios, la mente de Kay evocó el momento de la entrevista en el salón del Casino de Oficiales. Había estado a la altura de Paul al representar la solemne farsa de la despedida. Podía oír su sereno ruego antes de que ella le hubiera prometido apartarlo para siempre de su corazón. Por supuesto, no tenía la menor intención de cumplir esa promesa. Aun así, las lágrimas la habían cegado al subir vacilante a un taxi y dirigirse a esta cita con Eric. «La generosidad que Paul ha demostrado esta noche —pensó— no es de este mundo.»
—¿Me escuchas, querida?
Kay volvió penosamente a lo que Eric estaba diciendo. Después de todo, era Hi Saunders, no su cliente, quien tendría la última palabra en el desarrollo del juicio.
—Naturalmente que te escucho, Eric. Estoy de acuerdo contigo en que no puedes esperar para comenzar el rodaje.
El hecho de que pareciera haber aceptado con esas ambiguas palabras los planes del muchacho prodigio, no significaba que hubiera cometido un daño irreparable. Una vez más, Kay Storey se reclinó en su silla y dejó que sus ojos vagaran por la bahía de San Francisco: la voz de Eric la había envuelto en un suave murmullo, y no tenía deseos de discutir.
Y sin embargo, cosa curiosa, no era la imagen del estrellato la que se formaba en su mente. Tampoco la acosaba el recuerdo de Paul, ahora que las lágrimas provocadas por su obstinación habían quedado atrás. Era el Padre Tim a quien veía esta noche, tal como lo recordaba en aquel infernal campo de concentración de las afueras de Pyongyang… y la imagen que había en la pantalla de su memoria era, realmente, la de un arcángel vestido de caqui.