La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 22 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 6

Al encontrar a los centinelas que vigilaban los refugios dieron en voz baja el primer santo y seña. Desde ese punto, una zanja culebreaba hacia las líneas situadas en la parte más baja del barranco, excavada tan profundamente que era posible trasladarse colina abajo sin exponerse. Al pie de la ladera una serie de hoyos llevaban a su vez a los puestos avanzados. La atravesaron rápidamente casi arrastrándose y repitiendo el santo y seña una docena de veces en respuesta a las preguntas musitadas en la oscuridad. En dos ocasiones se aplastaron contra la tierra cuando unos cohetes luminosos surgieron de las líneas enemigas, bañando con un resplandor verdoso la cuesta. En cada ocasión partió una rociada de proyectiles de ametralladora desde los nidos que dominaban este sector durante el día.

—Con calma, Padre. Casi hemos llegado.

Paul trabajaba tan a menudo en la ladera que hubiera podido encontrar con los ojos vendados cada puesto avanzado. Cinco minutos después, cayó dentro de un hoyo y dio el santo y seña una vez más. Todavía no se había atrevido a mirar hacia atrás, hacia donde se encontraba el Padre Tim, quien se había esforzado en seguirlo presa de un miedo mortal.

Ambos se inclinaron sobre el centinela herido que estaba tendido en el foso. El sanitario de la compañía (distinguible a la luz de las estrellas a causa de su brazal blanco) cogió una botella de plasma e hizo sitio al cirujano.

—Herida de cuchillo, señor. Grave. Parece que no se repone.

Paul tomó el pulso del hombre. Tal como temía, le resultó difícil contar las rápidas e irregulares pulsaciones. Su linterna mostró la roja boca de la herida de cuchillo. La sangre burbujeaba en los labios del centinela a cada angustiosa inspiración, signo seguro de que la punta del cuchillo había atravesado un vaso dentro del pulmón. El milagro era que hubiera vivido tanto tiempo.

—Madre de Dios., quiero un sacerdote.

—Aquí estoy, hijo mío.

Paul se hizo a un lado mientras el capellán se arrodillaba al lado del muchacho moribundo. El Padre Tim ya no era aquel desencajado y tembloroso ser de cara pálida a quien había precedido mientras bajaban la ladera; en su lugar había un hombre de Dios, cuyo dominio era absoluto. El centinela herido sintió instantáneamente el poder del sacerdote, y la sensación fue transferida al latir de su pulso, que se hizo más lento y más fuerte.

Oyendo la voz del capellán mientras murmuraba las oraciones de los moribundos, Paul se maravilló de nuevo ante un fenómeno que casi era increíble a pesar de que la prueba la tenía en la punta de los dedos. Sabía que el efecto que el capellán ejercía sobre el hombre agonizante era puramente psicológico. Dentro del pecho de la víctima, el colapso del suave y esponjoso pulmón (causado por la presión del aire absorbido en cada inspiración) aminoraba la hemorragia; había una probabilidad de que el plasma, incorporándose a la corriente sanguínea, repusiera a tiempo el caudal circulatorio. Sin emoción alguna, el sector racional de su cerebro rechazó de antemano el pensamiento. La herida era demasiado grave para justificar esas esperanzas. Sin embargo, el centinela se aferraba con todos sus sentidos a la vida mientras la oración continuaba.

Un momento después el pulso había reanudado su ominosa agitación; la ronca y entrecortada respiración del centinela se hizo más lenta y finalmente cesó. Paul retiró de la vena inerte la aguja del plasma y se puso en pie. El sanitario, mientras guardaba su equipo con unos pocos y rápidos movimientos, habló en voz baja coléricamente:

—No tenía ninguna posibilidad, ¿no es cierto, señor?

—Ninguna. El diagnóstico es bien claro: Herida, penetrante, tórax. Si podemos lo enviaremos a retaguardia para que lo entierren mañana.

—Permaneceré aquí hasta que llegue el relevo —dijo el sanitario—. Será mejor que tenga cuidado al volver, capitán Scott. Ese chino que se ha infiltrado todavía anda por ahí.

El intercambio de palabras restableció en Paul el sentido de la proporción, ya que la transfiguración del Padre Tim le había conmovido profundamente. Concentrándose en el ansia de llegar vivo a lo alto de la colina, prestó poca atención a la menguada figura que se tambaleaba detrás de él; no necesitó una segunda mirada para saber que el Padre, una vez cumplida su misión espiritual, volvía a ser tan sólo un hombre terriblemente asustado.

—Estamos en la cima, Padre. Puede incorporarse ya.

De nuevo se encontraban en la zona del comando, protegidos a sus espaldas por la cumbre de la colina. Paul podía ver claramente el puesto de socorro del batallón, y la silueta del sargento Furness desplazándose dentro de él en algún trabajo rutinario. En el mismo momento tuvo conciencia de que alguien más se acercaba al refugio desde otra dirección por una de las muchas zanjas que bajaban desde la cumbre.

El hombre vestía uniforme americano, según podía verse con claridad a la simple luz de las estrellas. Pero no cabía duda de que el terreno le era poco familiar, a juzgar por la vacilación con que se dirigía a la hondonada que abría paso hacia el puesto de socorro. Tal vez fuera un enlace de otra compañía, haciendo su camino por primera vez hacia la zona del jefe de la posición…, pero Paul no deseaba aventurarse.

—¡Eh, usted! ¡Dé el santo y seña!

El desconocido, fijando la posición de ellos por las palabras pronunciadas, no respondió; en cambio, su cuerpo y su brazo describieron un rápido círculo: el objeto que les arrojó era una granada de la clase que los soldados americanos llamaban «botellas de tinta».

—¡A tierra, Padre!

Paul se arrojó al suelo al mismo tiempo que gritaba la advertencia, consciente de que el Padre se había adelantado equivocadamente algunos pasos hacia la hondonada y que la granada acababa de caer a sus pies. Si hubiera estallado en ese lugar, habría podido matarlos a los dos instantáneamente… por no hablar de los centinelas de la compañía cuyas superficiales cuevas estaban dentro de su alcance.

De haberse hallado algo más cerca, Paul se hubiera arrojado para asir al Padre, esperando caer dentro de la hondonada, donde una roca saliente ofrecía cierta protección. Tal como estaban las cosas, se encontraba demasiado lejos para interceptar al Padre cuando éste recogió el mortal proyectil, de la misma manera que un jugador de baseball toma la pelota y la devuelve. En su mejor momento, Rizzuto, el gran jugador, no hubiera podido hacer con más precisión esta jugada. La forma en que el Padre recogió la granada y la rapidez con que la envió silbando por el aire, fueron partes simultáneas de un mismo movimiento. A los pocos segundos, Paul estaba de pie y, arrojándose sobre el sacerdote, lo tiraba al suelo con su propio impulso. Antes de caer al lado del Padre Tim tuvo tiempo de ver al norcoreano (en recortada silueta contra las estrellas) realizando el movimiento de esquivar el cuerpo para evitar las consecuencias de la esperada explosión. El ruido de la granada devuelta, al golpear el pecho del hombre, sonó claramente en el silencia de la noche antes de que el fragor de la explosión pareciera borrar el mundo.

Fragmentos de metralla silbaron por encima, enviando por el aire trozos de roca. La fuerza del estallido aplastó a Paul contra la tierra como si le hubiese golpeado un puño gigantesco. Hallándose ensordecido por la explosión, apenas oyó los disparos de las ametralladoras que una docena de nidos enfilaban hacia la colina en la creencia de que un violento ataque había sido lanzado contra la posición.

—¡Tren una tanda de cohetes luminosos!

La voz pareció elevarse de la tierra junto al codo de Paul. Ahora vio que al tratar de coger al Padre Tim había rodado por la colina, por cuyo motivo se encontraron tendidos al lado de la puerta de la cueva de comunicaciones.

Cuando el cohete luminoso estalló y bañó toda la colina con su resplandor, demostró convincentemente que el ataque había terminado antes de empezar. A pesar de lo breve que había sido la iluminación, permitió a Paul tener una horrenda visión del chino que se había infiltrado. Levantado por la fuerza del estallido, su cuerpo había quedado literalmente deshecho. La roja pulpa que restaba de él, estrellada contra un saliente de la cresta, parecía la piel de algún animal recientemente desollado claveteada en la puerta de algún granero por alguien no muy experto.

El Padre Tim estaba inconsciente. Tenía una oscura contusión en la sien, pero no había ningún otro signo de herida. Sin embargo, no cabía duda de que su coma era muy profundo. Al encontrarse por encima de la camilla con los ojos del sargento, Paul agitó la cabeza con silencioso desconcierto. Fue una sorpresa que Furness y Jackson compartieron por igual después que Paul les hubo referido la historia.

—Ahora que usted lo menciona, doctor —dijo Jackson—, recuerde que el Padre jugó al baseball en el seminario. Me dijo que era un buen jugador.

—Esta noche lo ha demostrado —repuso Paul.

—¿Qué es lo que tiene, una conmoción?

Paul movió la cabeza Una conmoción podía destruir a un hombre sin dejar una marca en la víctima., pero él mismo había estado también próximo a la explosión y había escapado indemne.

—Si descansa hasta mañana tal vez logre sacarle de esto. Permaneceré aquí hasta que termine mi guardia.

El padre Tim todavía dormía tan profundamente como antes cuando Furness, con los ojos adormilados aún, entró a reemplazar a Paul. Este envió al sargento en busca de café mientras él analizaba el caso… y se preguntaba si podría usar un sistema nuevo que le ayudara en su diagnóstico. Cuando Hi Saunders, que había pasado la noche en el refugio de oficiales, llegó a dar los buenos días, emitió su opinión.

—Por esta hazaña le darán una estrella de bronce —dijo—. Pero tendrá usted que ponerlo de pie de alguna manera antes de que se la prendan.

—¿No se le ha ocurrido a usted que tal vez no quiera despertarse?

—Bloqueo psíquico, ¿eh?

—Para proceder de un abogado que se ha convertido en artillero —repuso Paul—, ése es un buen diagnóstico a primera vista. Dígame, Hi, ¿ha matado usted alguna vez a un hombre?

—Docenas de veces. ¿Por qué?

—¿Cómo se sintió la primera vez?

—Mal, Paul. Fue como una pesadilla. Ocurrió el año pasado en la gran ofensiva sobre el Yalú. Estaba mandando una patrulla y me hallaba fresco como pintura nueva. Debíamos haber sobrepasado nuestro objetivo, porque estoy seguro de que aquel individuo creía que no había un yanqui en muchas millas a la redonda. Se encontraba en un cruce de caminos, destacándose como un blanco perfecto. Y, sin embargo, cuando lo tuve en la mira de mi arma no podía apretar el gatillo.

—Son muchos los hombres que han sufrido parálisis de combate —manifestó Paul—. Nada podría ser más natural.

—Dos segundos después, comenzó él a tirar contra mí. Entonces le volé la cabeza.

—Estoy seguro de que algo parecido le sucedió al Padre Tim. Cuando aquella granada bajó rodando por la ladera utilizó un conjunto de reflejos que tenía enterrados desde hace años. Nunca he visto una jugada mejor. Si aquel chino hubiera llevado un uniforme de baseball, hubiese sido golpeado en las letras de su blusa.

—Entonces, ¿el Padre Tim sabe que ha matado a un hombre?

—Su instinto de conservación le hizo acertar bien el tiro. El descubrimiento debió atravesarle el alma. El resultado es idéntico al de la experiencia de usted. Sólo que usted sufrió su parálisis antes de haber abatido a su enemigo. El Padre Tim la ha padecido después.

—¿Es usted un cirujano o un psicoanalista?

—Trabajando tan próximo a la muerte, soy un poco de ambas cosas. Por otra parte, debo poner de pie al Padre antes de que Hardin termine de dormir su borrachera. Usted sabe lo que haría de todo esto si yo le prescribiera al Padre Tim unos días de descanso. Hardin odia a su capellán tanto como a su médico… por las mismas razones.

—¿Cómo piensa usted comenzara hacerlo revivir?

—Físicamente parece en buen estado —contestó Paul—. Mi problema está en abrirme paso a través de su trauma mental… si éste es el término apropiado. Voy a intentar un pequeño experimento y a mantener cruzados mis dedos.

Cinco minutos después de que Hi Saunders se hubiera retirado con desgana, Paul preparó un torniquete y una dosis de pentotal sódico. Mezclando la amarillenta solución con agua esterilizada e introduciendo una pequeña dosis en una jeringa, analizó sus posibilidades. La técnica (llamada narcosíntesis), fue usada frecuentemente en la Segunda Guerra Mundial con excelentes resultados. Aun cuando fallara hoy, no podría perjudicar al sacerdote.

Recordó que la narcosíntesis estaba basada en el hecho de que la mente consciente no siempre puede ser controlada por la voluntad. En casos como el del Padre Tim, su alejamiento de la realidad debería ser completo, e incluso por un período prolongado. Paul había visto en Francia soldados rígidos por la parálisis la víspera de la batalla. Otros habían estado temporalmente ciegos. Otros habían caído durante la marcha, como autómatas. Aquellos hombres no eran simuladores. Estaban profundamente heridos en la mente, en una forma tan clara como una pierna atravesada por una bala inutiliza el cuerpo. El descanso y la quietud, generalmente los curaban con el tiempo. En alguna ocasión especial habían sido utilizadas drogas para acelerar el proceso… y una de las más efectivas era el pentotal sódico.

Normalmente, una pequeña dosis de este anestésico hacía dormir la mente consciente, arrancando al cerebro del bloqueo psíquico que aquélla había establecido y permitiendo que la parte subconsciente más profunda saliera a la superficie. Comúnmente esta liberación tomaba la forma de un monólogo en el cual el paciente extraía los problemas que le habían provocado el ataque. A menudo la víctima ignoraba la causa de su parálisis… y el mero hecho de hablar de ella era suficiente para liberarle de su mal.

Ahora, en tanto inyectaba lentamente el pentotal en una vena, Paul comenzó a hablar con voz monótona al sacerdote. Al principio no obtuvo respuesta. Luego, mientras la droga actuaba, el Padre Tim abrió los ojos y miró a Paul con una sonrisa de reconocimiento. Esto también era parte del cuadro clínico. Paul había visto a muchos pacientes caer en estupores durante los cuales parecían olvidados de todo lo exterior. En una fecha posterior (cuando, por razones que les eran propias, optaban por recobrar la conciencia) podían recordar todo lo que había sucedido a su alrededor.

—¿Porqué estoy aquí, Paul?

—Estalló una granada. El estallido le dejó inconsciente.

—¿Una granada? Ahora recuerdo. Venía rodando por la ladera.

—Afortunadamente, usted pudo cogerla a tiempo.

—¿Cogerla, dices?

—Como Rizzuto. Hizo una jugada en un segundo.

—Una jugada en un segundo. Sí, Paul; ahora está mucho más claro.

—¿Por qué no me había dicho usted que en otro tiempo fue un extraordinario jugador de baseball?

—Eras solamente softball… en el seminario. No juego desde hace años.

—El hecho subsiste. Nunca he visto un disparo mejor.

—¿Adonde arrojé la granada? No puedo recordarlo bien.

—La tiró sobre la ladera —contestó Paul tranquilamente, teniendo mucho cuidado en no mencionar al soldado norcoreano—. Había caído justamente en medio del puesto de mando de la compañía. Una docena de hombres deben sus vidas a esa jugada instantánea.

—Desearía poder recordar más. Tengo una vaga idea de haber lanzado una granada. Luego mi mente se oscurece.

Paul había continuado inyectando lentamente la droga. Ahora se detuvo para que no se acumulara en la corriente sanguínea del Padre y le provocara una total inconsciencia. Hasta aquí, el Padre Tim estaba respondiendo satisfactoriamente.

—¿Qué especie de granada era, Paul?

—Una «botella de tinta», creo. Estalló en la cumbre de la colina. Tuvo suerte de no resultar herido.

—Recuerdo que tú me empujaste y me hiciste caer a un lado.

El Padre Tim había estado mirando las paredes del refugio; ahora volvió su cabeza y fijó sus ojos en los de Paul.

—¿Qué es lo que estás inyectando? ¿Plasma?

—Usted no necesita plasma, Padre. No tiene ni un solo rasguño y ha dormido toda la noche. Esto es pentotal sódico.

—¿No es un anestésico?

—Ha estado inconsciente todo el tiempo desde que tiró la granada. Estoy tratando de descubrir por qué.

El sacerdote cerró los ojos y su cuerpecillo tembló.

—Si mi memoria no quiere funcionar es porque debe de haber pecado gravemente.

—Le he dicho que usted salvó de la muerte a una docena de hombres. Esto difícilmente puede ser un pecado.

—¿Qué sucedió verdaderamente, Paul?

Había esperado que el padre Tim respondería a esa pregunta por sí mismo. Pero ahora no podía vacilar.

—Un infiltrado nos arrojó una granada, Padre.

—Un hombre con uniforme americano Lo recuerdo. Y yo… ¿volví a lanzársela a él? ¿Cómo una jugada instantánea?

—Como una jugada instantánea. Usted lo eliminó para… siempre.

La cara del Padre se ensombreció y a sus ojos se asomó la angustia.

—Quise matarlo, Paul. Es un pensamiento horroroso, pero es la verdad.

—Lo que usted hizo fue puramente instintivo. El intentó aniquilarnos a ambos, pero usted lo hizo antes.

—Puedes sacar la aguja, Paul —dijo el Padre Tim tranquilamente—. Ahora ya estoy bien.

—La mayor parte de los hechos pueden ser afrontados una vez que uno los expone en palabras —repuso Paul mientras quitaba la aguja y adhería una gasa al delgado brazo.

—Ayer mismo dije que la confesión es tarea mía y no vuestra. —El Padre Tim esbozó una pálida sonrisa.— Sin embargo, es bueno que hayas tomado a tu cargo el oficio.

—No debe usted reprocharse nada. El instinto de conservación es la primera ley de la naturaleza.

—No matarás es un mandamiento de Dios.

—¿Qué es más antiguo, Padre, la naturaleza o Dios?

—Todas las verdades de mi religión se basan en que Dios es el principio. El odio podrá ser más antiguo que el amor., pero el amor debe vencer si el mundo ha de subsistir.

—Desearía poder compartir esa esperanza.

—La compartirás algún día, Paul, te lo prometo. Si no lo logras, tu capellán habrá fracasado.

—Por el momento es suficiente que los dos estemos vivos. ¿No le es posible agradecerle eso a Dios?

—Primero debo pedirle que me perdone por haber matado a otra criatura humana.

—¿No dice la Biblia: Por la sangre de un hombre, la sangre de otro hombre será derramada?

—Quien derrame la sangre de un hombre, verá su sangre derramada por otro hombre —rectificó el Padre Tim con suavidad—. Tal vez sea ésa mi expiación antes de que esta guerra termine.

—No debe decir esas cosas, Padre. Recuerde que hemos citado el Dios del Antiguo Testamento.

—La ley del Talión —pronunció el capellán, dando paso a otra sonrisa—. Para ser un descreído, conoces muy bien tu Biblia.

—Jesús enseñó otro camino. Padre. ¿No perdonará lo que hizo usted anoche?

En el refugio se produjo un largo silencio. El Padre Tim no había cesado de temblar.

—Ahora puedo ver claramente a ese hombre —dijo al fin—. Tenía los brazos ampliamente abiertos. La granada debió golpearle en el pecho. La explosión recortó su silueta durante un segundo. Luego no quedó nada.

—Usted le arrebató la vida a un enemigo para salvar a sus amigos. ¿Cuántas veces debo decírselo?

—Un hombre del Señor no puede tener enemigos, Paul. Fue odio lo que me impulsó a devolverle la granada., lo que me hizo elegirlo a él como blanco. Pude haberla arrojado a un lado muy fácilmente.

—Le he dicho que no había tiempo para pensar.

—Ese no es el caso exactamente. El odio dominó. Cuando el odio impera en el alma, no queda lugar para Dios.

—Como quiera, Padre —musitó Paul resignadamente—. Haremos que sea usted premiado con la estrella de bronce.

—No debes hacerlo, Paul. No podría aceptarla.

—¿Ni siquiera por un acto heroico que estuvo por encima del deber?

—Supongo que los soldados tienen derecho a ser héroes. Y el derecho a matar, cuando se les ordena matar. Mis órdenes son las de salvar almas, incluyendo la mía propia. Lo que hice anoche es el más grave de los pecados. Tendré que pedir perdón a Dios antes de poder reanudar mi tarea.

—Ahora duerma, Padre. Sentirá de distinta manera cuando se despierte.

—Sentiré lo mismo… ya que tú me has ayudado a afrontar los hechos. Ahora, desearía dormir un poco.

—Dormirá, Padre —dijo Paul suavemente—. Ese ha sido el otro objeto de la inyección.

—Quiero anotar mi confesión. Supongo que puede esperar hasta que haya descansado.

—Todavía estamos aislados, Padre. No les es posible traer otro sacerdote a la colina.

El Padre Tim sonrió soñolientamente.

—No necesito un confesor humano, Paul. Seguramente ya me has visto escribir en el diario que guardo en mi maletín.

Como sus compañeros de armas, Paul sabía que era costumbre del capellán hacer copiosas anotaciones en un cuaderno con un cierre especial, cuaderno que mantenía guardado en su alojamiento, y a menudo se había preguntado qué escribía el Padre en él. Generalmente hacía sus anotaciones al final del día, cuando disponía de tiempo para él mismo. Pero tampoco dejaba de escribir en el diario en otros momentos, y siempre lo hacía con una especie de ceñuda concentración que impedía formularle preguntas.

—No voy a negar que sentía curiosidad —admitió Paul.

—Ese diario es mi libro de confesiones.

—¿De confesiones?

—Es una dispensa que me concedió mi obispo para cuando no hubiera sacerdote disponible. Dios puede leer aun con las tapas cerradas lo que yo escribo ahí. En ese libro trato de poner algo cada día… cuando he pecado o me he sentido inclinado a ello. Si me sucede algo, siempre estaré preparado.

—Ahora no le pasará nada, si permanece usted dentro del refugio —dijo Paul—. Por lo menos puede tener confianza en que el pentotal le mantendrá tranquilo durante un rato.

—Es una droga verdaderamente maravillosa, Paul. Gracias de nuevo por haberla usado… y por haberme salvado de ser un cobarde.