La espada y el bisturí
Capítulo 9
Con este último movimiento de los dedos del cirujano, hubiera podido afirmarse que la operación había sido un éxito. Hi sobreviviría con un poco de buena suerte y con los tratamientos de la moderna medicina. El asunto de cerrar la incisión era un tedioso contraste, pero Paul sintió placer al dar cada una de las puntadas. Solamente cuando se quitó los guantes advirtió cuán cansado estaba… y qué maravillosamente aliviado se sentía. Esperaba que Hi pasaría una noche tranquila al lado del otro soldado; ambos podrían ser entregados a la mañana siguiente a la ambulancia que vendría a recogerlos… y probablemente dormirían en el hospital de Tokio antes de que terminara el día. Había sido un verdadero triunfo que bien merecía un descanso.
En el umbral del refugio respiró profundamente el aire de fines de verano. Por una vez, la noche que se extendía sobre la Colina 1049 estaba silenciosa; las nítidas estrellas que adornaban el cielo de Corea brillaban luminosas, sin la capa de humo de los acostumbrados bombardeos. Por un instante, Paul se detuvo en la parte alta del refugio del puesto de mando y desechó el impulso de informar a Hardin sobre la operación. A pesar de su actual estado de ánimo, no sería oportuno presionar tanto al comandante. (Con el tiempo, por supuesto, tendría una explicación con Hardin, pero no era éste el momento.)
La sensación de tranquila alegría, ligeramente oscurecida por el temor, persistía al pensar en su inminente encuentro con Kay Storey. Lo que había logrado esta noche era definitivo, y ningún mañana podría estropearlo. La Colina 1049 había trabajado aquí… pero había trabajado duramente y por propia determinación, encontrando un nuevo objetivo en ello. «Ocurra lo que ocurra —se dijo—, te has ganado una semana de permiso en Seúl.»