La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 39 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 9

Horas después, Kay se despertó de un intranquilo sueño a la primera promesa gris del amanecer, consciente de que se había dejado abatir nuevamente mientras se hallaba sentada al lado del catre de Paul. Una mirada le dijo que él estaba descansando con un sueño tranquilo, y se maravilló del entrenamiento que le había permitido una noche de completo reposo, a pesar de que la muerte misma podía estar acechando a las puertas del refugio.

El Padre Tim dormitaba en los escalones; su frágil figura se destacaba claramente contra el pálido cielo. No había señales de los ayudantes; cuando se reunió con el capellán en los escalones, Kay vio que habían ido a explorar la cumbre. El Padre tenía sobre sus rodillas un libro forrado de cuero. Ella reconoció el diario en el que escribía cuando se encontraron en la enfermería… y extendió su mano para cerrar el libro antes de que se deslizara al suelo. En este momento el sacerdote abrió los ojos, en los que había un asomo de culpa, y guardó el diario en el bolsillo de su abrigo trinchera.

—Perdóname, Kay —le dijo—. Rara vez me sorprenden con mi libro de confesiones abierto.

—¿Libro de confesiones, Padre?

—Puesto que en el frente no tengo confesor, este diario ocupa su lugar. Finalmente volverá a mi arzobispado de San Francisco… como un informe de mi fracaso con el coronel Hardin.

—¿Cómo ha fracasado con él, Padre?

—Aunque me avergüence admitirlo, debo reconocer que hubo una época en que lo odié… casi tanto como Paul. Ahora, por supuesto, ambos hemos aprendido a aceptar sus debilidades. Sin embargo, hubiera debido intentar con más ahínco ayudarlo a superarlas. Su huida es la prueba de mi fracaso.

—Algunas personas están más allá de la redención, Padre Tim.

—Nadie está más allá de la redención, querida.

—El coronel es todo maldad. No hubiera podido hacerle cambiar ni en mil años.

—Yo hubiera sido un hombre mejor si lo hubiese intentado. Más de una vez he visto operar a Paul en casos desesperados. Algunas veces los ha salvado.

—En medicina es diferente. Siempre hay una cierta oportunidad de tener éxito cuando se maneja algo tan complejo como el cuerpo humano.

—El alma es aún más compleja, Kay. Yo hubiera debido hallar esa oportunidad. —El Padre Tim palpó el libro en su bolsillo.— Ruega a Dios para que algún día pueda repararlo.

—¿Está ese anhelo en el libro de confesiones, Padre?

—Por supuesto.

El sacerdote sonrió suavemente, con sus ojos vueltos a la cima de la colina ya los dos hombres que se movían cuidadosamente entre los puestos vacíos.

—Es una cosa extraña, Kay. Estamos sentados aquí, afrontando una posible muerte… o angustias que pueden hacernos desear el alivio que trae la muerte. Y sin embargo, ahora que ya es de día y he consignado mis culpas, no tengo temor de nada.

—¿Cómo se explica eso, Padre?

—No estoy seguro, querida. Tal vez la confesión sea realmente buena para el alma.

Kay entró suavemente en el refugio y permaneció a la cabecera del catre donde Paul aún dormía plácidamente.

—Usted le ha visto salvar vidas aquí —murmuró—. ¿Podrá salvarnos a nosotros de la trampa en que nos encontramos?"

—Paul… y Dios. No olvides que ambos están de nuestro lado. Tal vez seamos más afortunados de lo que pensamos. —El sacerdote se incorporó desde su lugar situado en la sombra de la entrada del refugio. Con la luz de la mañana en su cara, Kay podía ver las arrugas de fatiga alrededor de sus hermosos ojos.— Si podemos llevarnos algunos suministros, tal vez se nos permita conservarlos después.

Cuando comenzaron a explorar en el refugio comprobaron que los ayudantes se les habían anticipado. Cuatro paquetes estaban listos en un rincón. Cada uno de ellos contenía una buena cantidad de café, cigarrillos y raciones enlatadas.

—Haré un paquete para mí —dijo Kay—. No deben dejarme sin él.

Todavía se hallaba trabajando en esta tarea con la ayuda del Padre Tim, cuando Paul se despertó y se sentó en el catre lanzando un largo bostezo. Una mirada a su rostro le hizo comprender a Kay que las preocupaciones de la noche le habían abandonado., que estaba listo (gracias a una alquimia que sólo comprendía a medias) para soportar cualquier cosa que pudiera traer el día.

—¿Cómo tienes la cabeza, querido?

Pudo mantener la voz ligera y esperó que no habría traicionado la terrible desesperanza que la embargaba.

—Clara como una campana —contestó él alegremente—. Parece que poseo el tipo de cerebro que mejora con los golpes fuertes.-Se dirigió rápidamente al umbral del refugio y estudió el terreno que había detrás de la cumbre.— ¿Han advertido ustedes que el fuego ha cesado?

—No he oído un disparo desde medianoche —respondió el Padre Tim.

Kay, mientras ataba su improvisado paquete de alimentos, pudo dar paso a una sonrisa.

—¿No será que ha terminado la guerra?

Paul movió la cabeza.

—El enemigo está esperando también… lo mismo que nosotros aquí. Probablemente no creen que la Colina 1049 sea suya al fin.

Esta suposición quedó confirmada cuando los dos hombres volvieron de sus exploraciones.

—Venimos de inspeccionar la cumbre, señor —anunció Furness—. Y hemos echado una mirada a la línea enemiga. Si no supiera que es imposible, juraría que se han vuelto a sus posiciones.

—¿Ninguna señal de heridos en el Sur?

Furness hizo la señal de la cruz antes de hablar.

—He contado cien muertos en la primera ladera, señor. El transporte blindado estaba tumbado.

De manera que la prisa que Hardin se había dado en huir hacia la retaguardia había encontrado su recompensa. Kay no pudo disimular un salvaje estremecimiento de placer al oír las noticias.

—¿Ha sido muerto o hecho prisionero?

—Creo que ha sido hecho prisionero —contestó el sargento—. Un oficial de carrera es una buena presa.

Jackson, que se hallaba en cuclillas al fondo del refugio, se enderezó con un estallido de risa.

—No me lo tome a mal, capitán., pero ¿no es una victoria para nosotros… si los chinos han cogido al coronel?

—No cante victoria demasiado pronto, Harry —dijo el sargento—. Todavía podemos volver a encontrarnos en Pyongyang…

El clima de burla murió mientras Kay daba un agudo grito.

—¡Alguien está ahí fuera, Paul!

Paul levantó una mano imponiendo silencio en tanto Jackson se dirigía a la puerta.

—¿Puedo echar una mirada, señor?

—Quédense donde están… todos. Recuerden que éste es un puesto de socorro. Establecerá nuestra identidad si nos encuentran aquí en grupo.

Esta vez, Kay descubrió que su emoción era más fuerte que su dominio y apretó el brazo de Paul en busca de apoyo. En el silencio que siguió a su orden no cupo duda alguna sobre el mido de pisadas afuera ni sobre la identidad de la sombra que se proyectó a través de la puerta del refugio.

Colgándose de Paul con toda su fuerza, Kay sintió que el corazón se le subía a la boca mientras la sombra se convertía en un hombre: un diminuto soldado con uniforme azul grisáceo.

No hubo necesidad de traducir la orden ladrada, en una sola palabra, en un idioma extraño; lo mismo que la ametralladora en el brazo del hombre, el significado era indiscutible. Levantó las manos con los otros en mudo reconocimiento de su nuevo estado de prisionera de guerra.