La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 10 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 5

Mucho antes de haberse instalado en el pequeño palco vacío del local de la cantina de suboficiales, comprendió que había cometido un error viniendo aquí.

No protestó cuando el Padre O'Fallon se dirigió a una de las máquinas automáticas; por el momento estaba demasiado ocupado en tratar de acomodarse en el pequeño palco. No había ninguna disposición que se opusiera a su presencia en una cantina de soldados (esa noche se encontraban allí muchos suboficiales con sus muchachas, así como también otros jóvenes como él mismo). Sin embargo, se tenía la sensación de que los oficiales estaban lo bastante bien remunerados para poder sufragar sus propias diversiones. Paul se propuso permanecer allí sólo un momento, para hacer feliz al entusiasta clérigo. Luego se refugiaría en la habitación de su hotel; en su maletín había el suficiente "nembutal" como para asegurarle el olvido hasta el día siguiente.

—Le gustará este lugar, doctor Scott.

Paul aceptó una Coca-Cola que le ofreció el capellán.

—No puedo quedarme mucho tiempo.

—La muchacha que está cantando es amiga mía. La invitaré a acompañarnos cuando termine este número.

Por vez primera, Paul volvió su atención al escenario, que estaba más allá de la pista de baile. La cantante, que entonaba cerca del micrófono «Noche y Día», se parecía a cientos de otras rubias sintéticas: no estaba mal, pero ciertamente no era Doris Day. Sin el menor esfuerzo apartó sus ojos del punto iluminado y dedicó al Padre O'Fallon una sonrisa con la esperanza de desanimarlo.

—Se está esforzando demasiado —le dijo.

—Exactamente lo que siempre le he dicho yo a ella —replicó el capellán—. Podría ser sensacional si cantara con naturalidad. Su voz está hecha para música de cámara. Canciones populares… o tal vez los lieders de Schumann.

Paul miró irónicamente de soslayo al Padre, quien, con la barbilla apoyada en ambas manos, escuchaba arrobado. No volvió a hablar hasta que la muchacha cesó de cantar y miró a su auditorio con una de esas sonrisas estereotipadas que bien hubiera podido hallarse dibujada en los labios demasiado brillantes.

—Es una bella persona, doctor. Más agradable aún que su voz.

—Estoy seguro, Padre.

Evidentemente, éste no era el momento para ilustrar al sacerdote sobre uno de los fundamentos de la vida. Paul se hallaba todavía admirando su propia mesura cuando la canción terminó y la muchacha se inclinó ante los aplausos más bien tibios de sus oyentes. El maestro de ceremonias, un joven calvo con un elegante traje de etiqueta, se acercó rápidamente al micrófono, aplaudiendo sólo un poco más fuerte que los espectadores.

—Ha sido Kay Storey, amigos. Una damita que pronto será famosa. Vamos a brindarle otro aplauso.

Los soldados (que llenaban las mesas que había alrededor de la pista de baile) levantaron un poco el tono de su aplauso, y la muchacha saludó por segunda vez. Estaba dirigiéndose a su camarín cuando el Padre O'Fallon se precipitó fuera del palco.

—¡Señorita Storey!

Aun hallándose sumido en las profundidades de su apatía, Paul advirtió que la cara de la muchacha se había iluminado al oír la voz del Padre.

—¡Qué sorpresa, Padre O'Fallon!

—Esta noche estoy aquí con un propósito deliberado. Hay alguien a quien deseo presentarte.

La sonrisa que se dibujó en los labios demasiado pintados de la muchacha aún seguía siendo espontánea, mientras permitía al capellán que la condujera hasta el palco; Paul vio que su cara se tornaba inexpresiva cuando él se levantó respondiendo a la presentación del Padre. No podía reprochárselo demasiado, porque imaginaba cuán inexpresivo debía parecer en ese momento su propio rostro.

—¿No deseas acompañarnos, querida?

Por un segundo, Paul se dio cuenta de que la rubia cantante había pensado en rehusar. Luego, con la misma rapidez, reprimió el impulso. Eso también lo comprendió, porque las cruces de plata que llevaba el Padre O'Fallon eran una garantía contra cualquier desaire.

—Iba a tomar una Coca-Cola en mi camarín.

—Tómalo aquí.

Con una particular habilidad, que debía ser de su exclusividad, el Padre había hecho ya aparecer una tercera botella. La puso en las manos de la muchacha y empujó a ésta dentro del palco.

—Doctor Scott —preguntó el Padre—, ¿quiere usted entretener a esta señorita un momento mientras yo saludo a nuestros compañeros?

«Una "dueña" salida de un libro de Dickens —pensó Paul— hubiera obrado con más disimulo.» Observó al Padre lanzar se entre la multitud… y sintió que el vacío de la noche invadía de nuevo su corazón, el mismo vacío al que casi se había rendido en el muelle. A pesar de no experimentar el menor interés, pudo admirar el aire con que Kay se instaló a su lado y levantó en una parodia de brindis el vaso de Coca-Cola.

—No la detendré a usted —dijo Paul rápidamente—. Sobre todo si prefiere descansar un momento. El padre O'Fallon tiene que aprender todavía las realidades del teatro.

—Dispongo de algunos minutos, doctor. Su voz, lo mismo que su aplomo, desarmaban… y eran mucho más amistosos de lo que él merecía, se dijo Paul melancólicamente, mientras agregaba:

—¿Se sorprendería usted si le dijera que le he visto antes?

Ahora que estaban juntos, advirtió que Kay Storey era mucho más pequeña de lo que parecía a la luz de las candilejas. Su voz era baja, con una resonancia más profunda de lo que el micrófono había revelado. Una voz hecha para canciones populares, o para los lieders de Schumann. ¿Sería acaso el oído del Padre O'Fallon más fino que el suyo? Paul se encontró mirando con auténtica admiración los ojos verde-pálido de la muchacha.

—Perdone mi mala memoria. ¿Dónde nos conocimos?

—No nos presentaron. El verano pasado yo me hallaba en Altadena, cantando en el Kit-Kat. Mi coche sufrió una violenta colisión en un costado, y me llevaron a la clínica Holt.

—Espero que no llegara a ser nada serio.

—Sólo un corte en el cuero cabelludo. Me estaban dando las últimas puntadas cuando entró usted en la sala de primeros auxilios.

—Le mentiría si dijera que lo recuerdo —repuso él con amabilidad—. Por lo visto, yo no intervine.

—Muy poco. Usted estaba vestido de etiqueta y parecía que el mundo le perteneciera. —Los labios de Kay Storey se extendieron en una sonrisa que no tenía el menor asomo de burla.— Pude imaginar el motivo: aquella mañana había visto su retrato en el Examiner con Daphne Holt.

—Me temo que los trajes de etiqueta pertenezcan al pasado —replicó—. ¿Puedo felicitarla por su canto?

—No se moleste en hacerlo. Usted ha oído a mejores cantantes… y no necesita negarlo.

—¿Es verdad que usted también se embarca para Corea?

—No tan pronto como el Batallón 141.

—¿Le ha hablado nuestro capellán con esa libertad?

Ella le miró con franqueza.

—¿Es mañana cuando embarcan… o pasado mañana?

—Pasado mañana. Dígame, ¿no será usted por casualidad una espía norcoreana?

Kay Storey rió ligeramente, pero sus ojos todavía permanecían serios mientras continuaba estudiándolo con aquel interés que tanto desarmaba a Paul.

—El Padre Tim será mi garantizador, estoy segura. Y no debe usted culparlo de ser indiscreto. La primera noche que nos encontramos aquí, ambos nos referimos la historia de nuestras vidas. ¿No es esa la misión de un capellán?

—No se lo reprocho de ninguna manera —respondió Paul, y esta vez casi lo sentía—. En realidad espero que volvamos a vernos en Corea.

—¿Concertamos una cita para abril?

—Abril en Seúl —dijo Paul—. No tiene la alegría de abril en París.

—¿Ganó usted esas condecoraciones en Francia? Tiene muchas para ser sólo teniente.

El comprendió que la muchacha estaba manteniendo una conversación típica de las habituales en las cantinas del ejército. Difícilmente hubiera podido reconvenirla por haber tocado un tema que le resultaba doloroso.

—La mayor parte fueron ganadas en combate —contestó llanamente—. En este momento soy una víctima del reclutamiento de médicos.

—¿Es eso lo que le ha hecho tan desgraciado como aparenta?

—¿Necesita preguntármelo?

—Por lo menos, tendrá usted buenas perspectivas cuando vuelva. No olvide que yo he estado en la clínica Holt y he visto a su prometida.

—Daphne Holt nunca ha sido mi prometida —dijo—. Y ya no pertenezco a la clínica. El doctor Holt ha resuelto que no podía esperar a que me licenciaran en esta nueva guerra. —Parecía increíble que pudiera hablar tan tranquilamente de Daphne y de su padre. La sensación era tan agradable que decidió prolongarla.— Aunque resulte curioso, la clínica Holt no me parece tan importante ahora.

—Lo que aquella noche vi de la clínica parecía muy importante. Y, bien mirado, también usted lo parecía.

—Digamos que estaba en mi camino ascendente… y he sufrido una rápida caída.

—¿Me creería, doctor, si le dijera que lo lamento?

—Por supuesto, si me lo demuestra usted.

Los ojos verdes no pestañearon.

—¿Qué quiere decir con eso de «si se lo demuestro»?

—¿Le parece bien que cenemos juntos después de su último número?

—¿Tiene la aprobación del capellán para hacerme esta invitación?

—De ninguna manera. No pienso invitarlo como tercero.

—Estudiaré su proposición —dijo Kay Storey—. ¿Conoce bien al Padre Tim?

—No he intimado con él. En realidad, más bien lo he evitado desde que formo parte de su unidad.

—¿Por qué, doctor?

—¿Qué opina usted de él? No se detenga a pensar., responda sin ambages.

—Opino que es encantador.

—Encantador… ¿y un poco ingenuo también?

—No tan ingenuo como parece.

—Indudablemente es un poco entrometido.

—¿No es eso parte de su misión?

—No crea usted que estoy protestando —replicó Paul—. ¿Quiere que cenemos en el Chasen… o en el Romanoff?

—No necesita usted ser tan rumboso —contestó la muchacha—. Supongo que ya me ha catalogado usted como a una sirena de Hollywood, pero vivo en el lado pobre del Boulevard Pico.

—¿Acepta usted, entonces?

—Todavía no estoy segura, doctor. ¿Por qué no le gusta el Padre Tim?

—¿Quién ha dicho que no me guste? Ha sido él quien nos ha vinculado.

—¿Nos ha vinculado, doctor Scott?

—Para la cena, al menos, si usted me otorga su confianza hasta ese extremo.

—Tal vez lo haga… si me responde a una pregunta. ¿Qué es lo que le desagrada de su capellán? ¿Qué ha hecho él para herirle a usted?

Ligeramente irritado por la aguda percepción de Kay, Paul retiró la mano con la que había estado a punto de tomar la de ella.

—¿Es por casualidad su confesor el Padre O'Fallon?

—Soy una metodista recalcitrante —replicó la muchacha—. ¿Y usted qué es?

—¿Cómo ha adivinado que no soy católico?

—Ningún buen católico utilizaría a su sacerdote para que le ayudara a hacer una conquista.

—¿No es ésa una palabra demasiado fuerte?

—No lo creo, doctor. En todo caso, es un eufemismo.

Se miraron sostenidamente. Cuando él bajó sus ojos, fue sólo para levantar la mano de ella y depositar suavemente un beso en la punta de sus dedos.

—¿Me lo reprocha usted.?

Kay Storey retiró su mano sin demostrar violencia.

—La respuesta es no, doctor Scott.

—¿Quiere decir que no me lo reprocha?

—Estoy rechazando su invitación a cesar… cortés, peno firmemente.

Se puso de pie mientras hablaba. Luego tomó un cigarrillo) que él le ofrecía y aceptó que se lo encendiera.

—¿Hay alguna razón especial para esa negativa?

—Sólo una. Me parece injusto hacerle perder tiempo.

Diciendo esto desapareció rápidamente tras las cortinas que daban acceso a los camarines.

Todavía se hallaba considerando su marcha, cuando vio al Padre Tim aproximarse al palco. No estaba demasiado asombrado por la brusca partida de Kay Storey; en realidad, su breve entrevista había sido estimulante… casi excitante. Estuvo a punto de soltar una carcajada al entrever la razón de esta huida. Por breve que hubiera sido, la muchacha lo había sacado de su propio egoísmo. Su negativa a cenar con él le había planteado un problema distinto a sus preocupaciones íntimas… y el desafío le había hecho desear otra vez la vida. Todavía estaba riéndose por el descubrimiento cuando el capellán entró en el palco.

—Mucho me temo que la dama nos haya abandonado, Padre.

—Saldrá a escena casi en seguida, doctor. Tiene que cambiarse para el próximo número.

—No es eso lo que quiero decir. La he ahuyentado.

—Lamento oír eso, doctor Scott. Cuando los he presentado estaba seguro de que podrían ayudarse mutuamente.

—Padre O'Failon —dijo con cierta impertinencia Paul—, ¿no se le ha ocurrido a usted que la mayor parte de los hombres y mujeres descarriados solamente están interesados en ayudarse a sí mismos?

Desde el otro lado de la mesa el sacerdote sonrió… con otra de aquellas suaves sonrisas que comenzaban y terminaban en los ojos.

—Me niego a creer eso, tanto de usted como de Kay, Paul. ¿Me permite que le llame así, puesto que usted me ha abierto su corazón?

—¿Cómo puedo haberlo hecho, cuando no he hablado una palabra de mí mismo?

—Usted me ha dicho que tiene un resentimiento contra el mundo. Temo que lo mismo le ocurre a Kay Storey… aun cuando lo de ella no se muestra tan patentemente. Esperaba que ambos encontraran un medio de eliminar esos rencores. Como usted sabe, cosas así han ocurrido siempre.

—¿Me sugiere que lo intente de nuevo?

—Créame, Paul, es una magnífica muchacha. Dele una oportunidad para que se lo demuestre.

Paul se encogió de hombros.

—Si usted lo desea, Padre Tim, le daré todas las oportunidades.

—Ahora sale a escena por última vez. No tardará en reunirse con nosotros.

—Al parecer el tiempo está tormentoso en la sala.

Ambos se volvieron hacia el escenario. Tal como Paul acababa de decir, Kay Storey se había convertido en el centro de uno de esos repentinos alborotos tan característicos en las cantinas en tiempo de guerra. A la primera ojeada no pudo descubrir la razón de la riña, a pesar de que estaba complicada en ella la mayor parte de la gente de la pista de baile.

—¿Se producen a menudo estos barullos?

—Casi todas las noches. Pero estoy seguro de que ella puede dominarlo.

Poniéndose sobre la silla para ver mejor, Paul advirtió que el provocador era un oficial alto, más bien obeso, que evidentemente se hallaba determinado a unirse a los músicos. Varios soldados intentaban disuadirlo. Kay, con un pie en la pista de baile, estaba haciendo lo posible en su papel de apaciguadora. Mientras Paul observaba, el alborotador apartó a los soldados y subió al escenario; con un mugido de triunfo arrebató el saxófono a uno de los músicos y se volvió de cara a la pista de baile. Paul sintió en su espina dorsal como una punzada de cólera cuando reconoció al coronel Jasper Hardin, el comandante de su batallón. A pesar de los esfuerzos de Kay, Hardin se había lanzado a la ejecución de una tonada bailable., una ruidosa parodia que sugería que había estudiado música por correspondencia.

—¿Qué hace aquí nuestro comandante?

El Padre Tim suspiró.

—Ya nos ha visitado antes, Paul. Generalmente cena… y bebe… en el club de oficiales.

El club de oficiales estaba a escasa distancia de la cantina. Más de una vez Paul había observado las grotescas ridiculeces de Hardin en el bar; esta noche era evidente que sus libaciones se habían prolongado más de lo corriente.

—¿No hay alguna forma legal de sacarlo de aquí?

—Creo que no. Corrientemente simula estar sobrio hasta que llega al escenario. Entonces siempre quiere dirigir la orquesta.

Hardin continuaba en su actitud. Cuando Kay intentó arrebatarle el saxófono la aprisionó con un brazo y le estampó un beso altamente incorrecto en la mejilla. La concurrencia protestó a gritos. Y sin embargo, intimidados como se hallaban por las águilas de plata que Hardin llevaba en los hombros, nadie se aventuraba a acercarse al escenario.

Paul se puso de pie, sintiendo que lo peor de su cólera se traducía en acción.

—Voy a poner fin a eso, Padre.

—Créame, Paul, ella puede dominarlo. Ya ha sucedido antes.

Apartó la mano del capellán y dando una docena de zancadas llegó al escenario. Los soldados que llenaban la pista se empujaron los unos a los otros para dejarle pasar.

El coronel, con su brazo colocado aún en la cintura de Kay, le miró fríamente, sin reconocerle, cuando entró en la escena.

—La dama me ha prometido este baile, señor.

La respuesta de Hardin fue un prolongado ruido con el saxófono. Confiado en que su capricho era ley, dio la espalda a Paul e hizo un segundo intento para besar a Kay.

—Si el coronel me permite.

—¡Lárgate de aquí, so idiota!

Las rugientes voces de mando de los jefes militares causaban terror en los corazones, desde Fort Dix a Manila; esta noche, el rugido de Hardin sólo sirvió para convertir en acción el resentimiento. El codo de Paul golpeó el diafragma de Hardin. Esto era todo lo que Kay necesitaba para liberarse. Privado de su apoyo, el coronel se desplomó pesadamente en el escenario, salvándose de caer sobre la batería tan sólo por unas pulgadas. Todo el salón aplaudió a Paul mientras éste ayudaba a bajar a Kay a la pista de baile, donde inició una vuelta de vals en el momento en que la orquesta atacó súbitamente.

—Gracias, doctor —murmuró ella.

—Ha sido un placer.

—Hubiera podido dominarlo, ¿sabe usted?

—Sigue siendo un placer.

No tuvieron tiempo de hablar más. Porque a causa del gentío, Paul y Kay se hallaban bailando a pocos pasos del escenario. Demasiado tarde, Paul advirtió que Hardin estaba nuevamente a su lado con el saxófono levantado en alto.

Un sargento trató de cerrarle el paso, pero el ebrio oficial lo apartó de su camino, y Paul apenas pudo empujar a Kay a un lado antes de recibir el golpe. Durante un segundo el instrumento, suspendido en el aire, pareció un grotesco y dorado garrote. Paul vio que Hardin le miraba con expresión de loco; el furioso odio que ardía en aquellos ojos le hizo comprender que el coronel le había reconocido. A lo lejos oyó el grito de protesta del Padre O'Fallon mientras el saxófono caía brutalmente sobre su cabeza.