La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 2 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 2

En el otro extremo del país, Hilary Saunders miró adustamente el aparato de televisión de la habitación de su hotel; luego se levantó para cerrar el programa. Fue un gesto que eliminó en un mismo impulso el perfil de estadista del comentador Larry Kirk y su resonante voz de barítono.

A causa de la diferencia de hora entre Nueva York y San Francisco, todavía era de día en Nob Hill, pero Hi Saunders había estado trabajando con las persianas bajadas desde el comienzo de la tarde, cuando el día había empezado a saturarse de niebla. Siempre había sido su costumbre encerrarse de esa manera el día precedente a la jornada en que tenía que defender ante el tribunal un caso difícil. El escritorio se hallaba atestado con las armas del famoso abogado: libros de leyes y viejos resúmenes, un ejemplar muy usado del Manual de Tribunales Marciales del Ejército, el burrito de juguete que tenía como amuleto porque la cara le recordaba la de un juez muerto hacía tiempo y que casi le había excluido del foro. El aire estaba azul como el humo de los cigarrillos baratos que Hi fumaba cuando trabajaba en serio y no tenía que impresionar a nadie más que a sí mismo.

Sus habitaciones se encontraban en la parte alta del Mark Hopkins; con sólo abrir las persianas de su panorámica ventana, podía respirar algo del más puro ozono del mundo occidental… «Dios sabe los deseos que tiene de ventilarse este cerebro», reflexionó… Pero no hizo movimiento alguno para relajar su agazapada posición sobre la mesa de trabajo. Era un gran alivio poder volver sus ojos adustos hacia la pantalla vacía de la televisión y maldecir a Larry Kirk como se merecía.

Ciertamente, Hi no se hallaba sorprendido por la audición; como otros ex liberales que había conocido en Harvard, Larry simplemente se había vuelto más cauto con los años, y sus ingresos habían aumentado. Hi se había dado cuenta de que, comúnmente, su antiguo compañero aullaba con la manada de lobos cada vez que una víctima aparecía. Paul Scott, en suma, había sido juzgado y condenado por sus compatriotas mucho antes de que lo hubiera hecho oficialmente el tribunal marcial. Como presidente de este vasto jurado, Larry Kirk había resumido las razones para dar el veredicto.

Aunque no se hallaba formalmente arrestado, Paul había sido confinado en el Presidio en espera de que se celebrara su juicio. Cediendo a un impulso, Hi tomó el teléfono y llamó al Casino de Oficiales.

Paul tardó mucho tiempo en acudir al teléfono.

—No me digas que estabas durmiendo —ladró el abogado.

—Lo lamento, Hi. Creía que esta noche podía retirarme temprano.

—¿No te dije que no te perdieras la audición de Kirk?

—Se me había olvidado.

—Apuesto a que el juez la ha escuchado. Todo el país estaba aguardando a ver de qué manera opinaba Kirk.

—Tienes que perdonarme, Hi. Creo que hoy he realizado mi mejor hazaña.

Hi Saunders rezongó en el teléfono:

—¿Has visto a Kay?

—Hemos cenado juntos. Me ha prometido que se mantendrá apartada del asunto.

Semanas atrás, cuando Kay Storey le rogó que la incluyera como testigo, Hi había rehusado… porque Paul esperaba que rehusaría. La actitud de Paul tenía su lógica. El mayor James MacArdle (un hábil abogado a quien el juez había señalado como fiscal del juicio), si bien le hubiera dado la bienvenida a Kay como testigo de la defensa… hubiese procedido a impugnarla. Sin embargo, Hi no imaginaba que Paul se tomara con esa tranquilidad su retirada.

—¿No te sentirás un poco solo cuando comience el juicio?

—La soledad es una cruz que todos debemos soportar, Hi. Es una de las primeras cosas que me enseñó el Padre Tim.

—¿Qué se necesita para conmoverte verdaderamente, Paul?

—Kay merece triunfar en su carrera. Lindman ya se la tiene preparada. Echaría por tierra sus posibilidades si compareciera a mi favor ante el tribunal. ¿Por qué habría de verse marcada con mis mismos colores, cuando eso no me ayudaría a obtener mi absolución? —Alguien tiene que defenderte, Paul.

—Di lo que piensas, Hi. ¿Crees que soy culpable?

El abogado rehuyó hábilmente la pregunta.

—Mañana, un tribunal compuesto por siete hombres tomará asiento con su mente colectiva totalmente decidida. Nuestra tarea es quebrantar esa determinación. Mi trabajo sería mucho más fácil si tuviera un testigo a tu favor.

—No podemos llamar al Padre Tim. —La voz de Paul tenía la misma nota de calma desconcertante.— Desde el principio convinimos en no mezclar a Kay en esto.

—Nos hallaríamos en una posición más favorable si tu prometida acudiera a la lucha. Nos beneficiaría el solo hecho de estar presente.

—Lo lamento, Hi. Acabo de hacerla regresar con Lindman.

—¿Y qué hay de tus proyectos matrimoniales?

—Difícilmente podremos pensar en casarnos si me condenan a diez años de reclusión en Leavenworth.

La voz de Paul Scott no había dejado en ningún momento de ser suavemente monótona. Cuando colgó el receptor, Hi se dijo que su amigo parecía tan remoto como un anacoreta en su celda. Recordando al Paul que conoció en el frente de Corea, pensó una vez más en la influencia que el Padre Tim había ejercido sobre él… si es que realmente había ejercido alguna.

En verdad, la razón de Paul para mantener a Kay alejada del banquillo de los testigos era excelente… para Kay. En Corea, como «La muchacha de al lado» había sido la carta de triunfo principal de la USO. Su oportunidad para convertirse ahora en estrella cinematográfica parecía como hecha de encargo… especialmente teniendo para dirigirla a un genio (según él mismo se calificaba) como Eric Lindman. Reconocía que había sido muy sensato alejar a Kay; Paul había sido muy noble al sugerirlo.

Como abogado de Paul, Hi habría deseado que su cliente se hubiera mostrado un poco menos generoso. No se trataba de que la omisión fuera fatal, ni de que no hubiera tiempo de rectificarla si las cosas se volvían en contra de ellos al día siguiente. Hi, que conocía a su cliente demasiado bien, antes de aceptar la defensa de Paul había exigido carta blanca. Por propia determinación podría llamar a Kay al juicio si estimaba que era vital su presencia.

Hasta entonces, aparte de la prueba compartida en el campo de concentración, Hi no había intentado sondear la relación existente entre Kay Storey y su cliente. Desentrañar la vida emocional de Paul Scott no era de su incumbencia; luchar por su absolución era ya suficiente tarea. El abogado suspiró y volvió al montón de notas que tenía delante.

Los interrogatorios del día siguiente serían rutinarios, se dijo; sería más prudente renunciar a una abierta declaración salvo en el caso de que Jim MacArdle se entregara a su retórica habitual. La estrategia de Paul sería imposible planearla en detalle hasta que el mayor MacArdle mostrara su juego. La razón que le asistió para realizar cada uno de sus actos en el campo de prisioneros tenía su propia lógica, incluyendo la farsa de la confesión. Era una desgracia el hecho de que dichas razones tendrían muy poca consistencia al ser expuestas por el mismo acusado, de forma tal que él, como abogado suyo, no podría hacer otra cosa sino ratificar una por una las palabras de Paul contra la acusación jurada del coronel Jasper Hardin, su comandante.

Un momento antes de que su mente se concentrara en la tarea que tenía por delante, Hi se preguntó si el capitán Paul Scott había previsto las profundidades del peligro que le amenazaba… si pensaba mantenerse (o caer vencido) en su propio testimonio. ¿No sería posible que Paul estuviera buscando el martirio por algún motivo que sólo él comprendiera?