La espada y el bisturí
Capítulo 3
En el Mark Hopkins, Kay cruzó la sala de su departamento y desconectó el aparato de televisión en el momento en que hablaba Larry Kirk.
Una vez más el famoso comentarista había prejuzgado a Paul con todas las técnicas de su arsenal: describiendo la declaración de hoy como demasiado dramática y calificando la solicitud de prórroga del abogado defensor como el último y desesperado esfuerzo para ganar tiempo. Durante todo el día, mientras observaba la teletransmisión del juicio mismo, Kay había estado temiendo este improvisado veredicto. Ahora que había sido pronunciado, se sentía vacía de todo sentimiento.
Eric Lindman, echado en pintoresca postura sobre el diván, se sacudió de su propio arrobamiento para mezclar dos bebidas y hielo. Ella pudo dominar su resentimiento hasta que él le tendió un vaso.
—¿Has oído alguna vez algo más injusto?
—Tú no vas a creer lo que te voy a decir —repuso Eric—. Pero Larry ha hecho cuanto ha podido para ser objetivo.
—¿Juzgando a Paul antes que el tribunal?
—Cuarenta millones de espectadores esperaban eso, querida. Lo mismo que su patrocinador. Recuerda: como Kirk opina, así opina la nación.
—Sigo insistiendo en que Kirk deberá ser ahorcado y descuartizado.
—Trata de salir de ti misma un momento —dijo Eric—. Juzga este caso por la declaración, como está obligado a hacerlo Larry. ¿Podrías creer tú que un simple mortal puede ser tan poco egoísta como Scott? ¿O que Hardin no actuaba en beneficio del Ejército cuando hizo su informe? ¿O que no fue una gran dosis de fosfato de cloroquina lo que te rescató de la muerte, en lugar de la mano de Dios?
—Si tú hubieses sido Paul, ¿hubieras declarado de diferente manera?
—Naturalmente —repuso Eric—. Por de pronto hubiera encontrado alguna forma de arrancarle la piel a Hardin y la hubiera clavado en la puerta del granero para que todo el mundo la viera.
—Hi Saunders lo ha intentado. El tribunal ha rehusado seguirle el juego.
—Lo haremos mejor en la película, querida. Puedes estar segura de eso.
A pesar de su dolor de cabeza, Kay encontró que, después de todo, podía reír ante la salida de Eric. Era muy del «muchacho prodigio» lamentarse de que la realidad no estaba siempre tan bien arreglada como sus propias fantasías. Todavía reía (y había una nota de histeria en esa risa) cuando sonó el timbre de la puerta. La abrió con cautela… a pesar de que sabía que Paul no abandonaría el Presidio. No era el hombre al que amaba, pero la nota que le tendieron estaba escrita por su mano.
Eric, instalado de nuevo cómodamente en el diván, la observó fijamente mientras ella leía.
—¿Qué es lo que dice Paul?
—¿Quién te ha dicho que era de él?
—Tu cara, Kay.
—Está convencido de que lo condenarán mañana. Paul… quiere que vuelva a Hollywood y que le olvide.
—Su consejo es excelente. ¿Lo vas a seguir?
—He decidido hacer una película para ti —respondió—. Tal vez más. Lo bastante para financiar una apelación… y tal vez una clínica particular, lo cual era uno de nuestros sueños de Pyongyang.
—No puedes construir una clínica en Leavenworth.
—Quizá no vaya a Leavenworth. De todas maneras, mañana me reuniré con él fuera de la sala del tribunal.
—No escribas eso.
—Ya lo he hecho —respondió ella desafiantemente—. El tiene ahora mi carta en sus manos. Debe haberse cruzado con ésta.
Eric permaneció mirando su copa durante un momento de extraño silencio.
—Hacemos mucho mejor los argumentos —dijo al fin.
—¿No quieres mandar una copia al coronel Sellers? —preguntó ella amargamente—. Podría cambiar el veredicto.
—Este no es momento para ironías, querida. Piensa con toda el alma. ¿No habrá un testigo en alguna parte que pudiera desenmascarar a Hardin? ¿Alguien que pudiera decir la verdad sin hacerla aparecer como un alegato?
—Deberías saber que no.
—En el argumento, nosotros encontramos un testigo —repuso Eric—. En el último día del juicio. ¿Estás segura de que el Padre Tim murió en Corea?
—Paul leyó el servicio fúnebre sobre su tumba. ¿Quieres dejar de decir tonterías?
—En el argumento es distinto —respondió Eric pacientemente—. En el último arreglo, tú tienes amnesia. Un caso bastante malo. No vuelves a ser tú misma hasta muchas semanas después…
—Fue amebiasis… y eso es mucho peor que la amnesia.
—No me interrumpas, querida. En el argumento sólo oyes decir que tu testigo está muerto. Entonces entra en el tribunal y salva al.
Kay se encontró con que estaba mirando con los ojos muy abiertos al «muchacho prodigio», mientras que, como una granada, la inspiración estallaba en su cerebro. Por un momento permaneció inmóvil, olvidada de la copa que se había deslizado de su mano y roto en el suelo.
—Eric., ¿tienes idea de lo que acabas de decir?
—Por supuesto. Las películas son mejores que la vida. Por eso siempre tendremos un público.
—Tendrás un público para ésta, y además un testigo.
—¿Para «La muchacha de al lado»?
—¡No, tonto! Para el tribunal de Paul.
—¿Te has vuelto loca?
—Casi he estado a punto de volverme loca. Gracias a ti he recuperado mi cordura. Por no hablar de mi memoria.
—Es mejor que te acuestes un poco, Kay. Parece que acabes de ver un fantasma.
—Tal vez lo haya visto, Eric.
—¿Cuál es su nombre?
—¿Quieres dejar de preguntar tonterías y llamar por teléfono a Hi Saunders?