La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 19 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 3

Al pie de la ladera Sur, bien protegido por los muros de una profunda barranca, el puesto de socorro ocupaba un espacioso refugio subterráneo que los chinos habían excavado allí meses atrás. Comparado con los puestos de socorro comunes en el frente, Paul encontró casi lujosas esas instalaciones. Incluso bajo los ataques nocturnos de la artillería pesada, el refugio médico nunca había sido demasiado dañado. Esto, evidentemente, era una ominosa prueba de que el enemigo intentaba tomar la Colina 1049 en su próximo ataque y deseaba mantener el refugio intacto para su propio uso. Entretanto, esto permitía a los médicos concederse algún descanso.

Dos camilleros se aproximaron cuando Paul llegó a la barranca. El herido, un huesudo muchacho que era aún un adolescente, dormitaba cómodamente bajo el efecto de la morfina administrada por los sanitarios, y sus heridas se hallaban cubiertas con vendas nuevas. Por orden de Paul, la camilla fue colocada sobre dos latas vacías de petróleo, fuera de la entrada del refugio. Tomó el pulso y advirtió que era tenso y que el muchacho tenía buen color; el rótulo médico indicaba que la herida se había producido hacía media hora.

Una mirada a las heridas completó el cuadro clínico. Paul había tratado muchos casos como éste durante sus largos meses en el refugio. Las minas que los chinos usaban eran difíciles de localizar., pero este soldado había tenido suerte. Sus dos muslos estaban terriblemente mordidos. (No había mejor palabra para describir la desgarrante crueldad de las heridas.) Pedazos de músculos pendían de las heridas, mostrando fragmentos de metralla que al estallar habían penetrado profundamente. Pero esto, después de todo, era sólo una desgracia menor. Operando rápidamente, y con pocas semanas en una zona de reposo, el soldado Ewell Hansen podría vivir para luchar otra vez.

—¿Cómo ha salido tan bien librado, Harry?

—Es el otro quien ha tropezado con la mina. Le están «raspando» la roca.

Los párpados del muchacho se entreabrieron al escuchar el rumor de las voces. Levantó hacia ellos sus ojos soñolientos y con las pupilas contraídas, preguntó:

—¿Es grave, doctor?

—Tienes un poco de metralla en las piernas —respondió Paul—. No es nada serio, Hansen. Has conseguido muy barato un período de reposo.

El sargento Furness ya se había levantado en el refugio como una mole inmensa emergiendo de su madriguera. El cabo sanitario, un veterano canoso e incansable, cuyo físico siempre le recordaba a Paul el de un luchador japonés, traía una manta adicional. Sus manos eran sorprendentemente suaves cuando vendaba a un herido.

—Estamos listos cuando usted quiera —anunció Furness.

—Manténgalo abrigado, Tom —dijo Paul—. Veré si podemos mandarlo al

MASH[7] .

El MASH estaba a diez millas a retaguardia y a esa hora las posibilidades de transporte eran muy escasas. Sin embargo, era una regla inflexible que casos como éste fueran remitidos a dicho Hospital.

—He preparado todo para operar aquí —repuso Furness.

—Debe ser enviado, si ello es posible.

—Capitán, usted es mucho mejor cirujano que los chambones del regimiento.

Paul habló para que lo oyeran los camilleros. Esto también formaba parte de una rutina que rara vez variaba.

—¿Sabe usted, Furness? El coronel no aprueba que se hagan operaciones en primera línea.

—Si usted me lo pregunta, señor, el coronel puede…

El resto se perdió cuando Furness se volvió y entró en su refugio. Paul cerró sus oídos a la explosión de blasfemias que las paredes no pudieron apagar del todo. Durante esos meses pasados en el frente, el coronel Jasper Hardin había sido maldecido en varios idiomas.

El puesto de mando del batallón estaba situado bien abajo de la ladera, en un refugio de acero y cemento: otro regalo de los chinos. Para hacerlo más seguro, Hardin no había ahorrado sacrificios a su gente. Paul siempre encontraba algo grotesco ese lugar después de haber hecho una gira por las líneas de fuego, y las maneras ampulosas, que el comandante utilizaba allí, eran para él poco menos que macabras. Desde el primer día se estableció en ese refugio, pesadamente recubierto de sacos de arena, insistió en que sus oficiales se presentaran personalmente, sin que importara la insignificancia del asunto que tenían que resolver. El coronel rara vez se aventuraba a salir del refugio. Cuando comenzaba el bombardeo, la puerta de acero se cerraba de golpe… y las órdenes eran transmitidas por teléfono a los puestos avanzados.

Aquella tarde la puerta se hallaba abierta de par en par, y un pulido centinela ofreció a Paul un aparatoso y modélico saludo, mientras pasaba al interior. (Los soldados establecidos en la distante ladera de la misma colina podían parecer lamentables y embarradas tortugas., pero el alojamiento de Hardin se mostraba siempre impecable.) La habitación donde trabajaba el coronel, en un alejado extremo del refugio, era un compacto nido de cemento lleno de mapas y de teléfonos de campaña.

Hardin no levantó los ojos cuando Paul se detuvo delante del escritorio. La esquina del libro de historietas cómicas que había estado leyendo podía verse todavía bajo el mapa que había empujado hacia delante para ocultarlo. Los libros cómicos (del tipo más crudo) eran el recreo del comandante junto con la bebida. Olfateando el aire enrarecido del refugio, Paul llegó a la conclusión de que Hardin estaba sereno. Después de todo, había sido un día tranquilo en la Colina 1049.

—Puede hablar, capitán.

—La compañía auxiliar acaba de enviar un herido, señor. Por explosión de una mina.

—El tonto ha encontrado lo que merecía. Cada uno de los miembros de este batallón ha seguido un curso para detectar las minas.

—El hombre que ha tropezado con la mina era del Ejército de las Naciones Unidas —respondió Paul—. El muchacho que han traído se limitaba a acompañarle.

—¿Vivirá?

—Sus heridas no serán peligrosas si se le opera rápidamente. Me gustaría llamar a una ambulancia para llevarlo al MASH.

—Denegada la solicitud, capitán. Nuestra ruta principal de abastecimiento está nuevamente bajo el fuego enemigo.

La ruta principal de abastecimiento, situada a retaguardia, aun cuando solía ser bombardeada esporádicamente, generalmente era transitable. El hecho de que se hallara ahora bajo un fuego constante era en realidad una mala noticia: el probable principio de un ataque general contra la posición.

—¿Puedo pedir un tcóptero», señor?

—La palabra es helicóptero, capitán. Se supone que usted es un hombre educado. No hable en mi presencia como un joven barriobajero.

Puesto que no había recibido orden de ponerse en posición de descanso, los hombros de Paul estaban todavía dolorosamente echados hacia atrás, y sus brazos pendían rígidos a los costados. Sintiendo que sus dedos se crispaban, mantuvo inalterable su voz.

—Disculpe, señor. Solicito permiso para llamar a un helicóptero para evacuar a un soldado.

—Permiso concedido, capitán. Puede retirarse.

Paul hizo al coronel un saludo modelo, al que el otro contestó con un ligero movimiento de la mano. La expresión del rostro con que dejó la presencia del comandante no hubiera avergonzado a un oficial de West Point. El centro de comunicaciones se hallaba en la habitación trasera del santuario de Hardin; poco después el telefonista había establecido contacto con el alto mando del regimiento. El cirujano jefe del hospital móvil, un antiguo amigo, informó a Paul que todos los helicópteros disponibles estaban ocupados en otras partes.

—Parece una herida poco grave. ¿No le es posible operar allí mismo?

—Sí, mayor. Lo preferiría si pudiera evacuarlo después.

—Adelante, entonces. Yo mandaré mañana una «batidora» a la colina.

Lo que Paul había dicho no era vana jactancia. Tan pronto como el cirujano de la división conoció su capacidad como cirujano, envió al puesto médico del batallón suficiente equipo especial como para transformarlo en un pequeño pero muy eficiente hospital. Algo sorprendido, Paul supo que esto era una práctica rutinaria en la guerra de Corea cuando grandes grupos de infantería a menudo quedaban durante varios días aislados de toda comunicación con los altos mandos e imposibilitados para evacuar sus heridos. A causa de esas rápidas y adecuadas intervenciones, las muertes eran mínimas en la Colina 1049.

Nunca había llegado a comprender del todo por qué Hardin se oponía tan terminantemente a que utilizara como hospital el puesto médico del batallón; tal vez el motivo estuviera relacionado con las oscuras sospechas que roían el cerebro del comandante cada vez que se veía obligado a aceptar una desviación del manido procedimiento en las operaciones. Como todos los hombres de espíritu estrecho, Hardin era un esclavo de los reglamentos, y cualquier desviación del S. O. P. (esas huecas iniciales, que Paul sospechaba que en West Point habían sido grabadas a fuego en su psiquis) era una amenaza a su tremendo orgullo. Además era una forma de recordarle a Paul que recibía órdenes, así como ayuda, de más altas autoridades, particularmente de los cirujanos del hospital de la división… y que por tanto no siempre era responsable de sus actitudes ante el mando del batallón.

De todos modos, Hardin había luchado furiosamente para evitar que su médico jefe actuara como cirujano. Cuando llamó por segunda vez a la puerta del comandante, Paul sabía que estaba preparándose para la inevitable batalla… y rogó para que su poco controlado temperamento no le traicionara.

Esta vez transcurrió un cierto tiempo antes de que le dieran autorización para entrar. El rancio aire del despacho se hallaba ahora impregnado de un fuerte olor a whisky. La caída del sol (que traía desde el Norte los resplandores de los primeros cañonazos) generalmente era la hora de la primera libación de Hardin.

—Puede hablar, capitán.

—Los esfuerzos para evacuar al herido han sido negativos, señor. Todos los helicópteros están ocupados en otras misiones.

—Ayúdelo a pasar la noche entonces. No podemos pedir una ambulancia hallándose bajo el fuego la ruta de abastecimiento.

—La espera es perjudicial para heridas de ese tipo, señor. Las esquirlas de las mismas introducen siempre fragmentos de ropa. Es un lugar ideal para que se desarrolle una infección de bacilos gasógenos.

Paul mencionó deliberadamente esa amenaza, esperando que levantara un eco de las experiencias de Hardin en la Segunda Guerra Mundial. En realidad, esos gérmenes malignos habían sido vencidos en gran parte en el presente conflicto debido a las intervenciones en primera línea.

—¿Le gustaría convertirse en héroe, capitán, y tomar una ambulancia para llevarlo usted mismo?

—Eso no será necesario, señor. El cirujano del regimiento me ha ordenado que lo opere aquí.

—¿Desde cuándo el mayor Williams ejerce mando sobre las tropas? La suya no es más que una función administrativa.

—Parte de su función administrativa, coronel, es ser responsable del buen estado sanitario de las tropas… lo mismo que la mía aquí.

—Su función es obedecer mis órdenes, Scott. —Hardin estaba gritando ahora.— ¿Comprende eso al menos, tonto consentido?

—Comprendo, señor —contestó Paul con tranquilidad—. Haré la anotación en la tarjeta médica. Espero que los mandos superiores comprendan por qué no he cumplido con mi deber.

Era un riesgo calculado, pero la amenaza que implicaba dio en el blanco. En realidad, no tenía intenciones de dejar que el soldado Hansen pasara la noche sin ser operado. Si el informe oficial hubiera salido al día siguiente con tal anotación, hubiese sido su cabeza la que habría rodado antes que la de Hardin. Por el hecho de que el comandante no respondió inmediatamente, Paul supo que había triunfado. Al menos esta vez, Hardin había sido lo bastante sagaz como para rendirse, a pesar de que su contestación fue hecha con una voz que estremeció los cimientos.

—Muy bien, Scott. Si se empeña, exponga su cabeza. ¿Asume usted toda la responsabilidad?

—Por supuesto, señor.

—Pues entonces, opere… y asegúrese de hacerlo bien. Va contra todos los reglamentos prestar asistencia quirúrgica en primera línea.

—No en esta guerra, coronel.

—¡Retírese, maldita sea, retírese! ¡Quítese de mi vista!

Otro saludo reglamentario y la cara correspondiente, y Paul atravesó la puerta. Tal como andaban las relaciones con Hardin, ese incidente había sido bastante pasable. Cuando se volvió hacia el inclinado pasaje que conducía al mundo exterior, el operador de transmisiones del batallón le guiñó con simpatía un ojo. No había ninguna impertinencia en el gesto. Era, simplemente, la manera con que el sargento Luppino le decía a un amigo que también él soportaba su cruz lo mejor que podía.

Afuera, una ominosa luminosidad purpúrea había invadido el cielo; una extraña llamarada acababa de violar las últimas luces del ocaso. La explosión que siguió fue suficientemente fuerte como para levantar tierra del techo del refugio.

—El «concierto» comienza temprano esta noche, señor —dijo el técnico.

—Usted tiene que dormir aquí y soportarlo, Angelo.

—Después de seis meses de permanencia en estas colinas —repuso Luppino—, podría dormir en cualquier parte. Ojalá pudiera decir lo mismo del viejo.

Cambiaron otra muda mirada, mientras oían el inconfundible «¡blop!» de un corcho en el santuario del coronel. No hubo ningún otro ruido que denunciara la presencia humana, salvo el arrastrar de las patas de la silla que Hardin terminaba de apoyar contra la puerta, ya cerrada con llave.

—Usted es médico, señor —musitó Luppino—. Dígame, ¿qué le es posible hacer a un hombre cuando está asustado… y por añadidura no consigue dormir?