La espada y el bisturí
Capítulo 4
No hubo reacción visible de los espectadores cuando Hardin pasó por el pasillo, caminando con su habitual contoneo de marioneta. Solamente el ligero agobio entre sus omoplatos indicó a Paul que había acusado el último golpe de Hi; el exterior militar había disimulado el impacto, por más que por dentro el coronel pudiera estar muy humillado.
Cuando Kay entró en la sala del tribunal detrás del sargento armado, estaba arrebatada. Paul supuso con desagrado que en el camino se había cruzado con Hardin. Mientras esperaba que ella le miraría al pasar, comprendió que Kay sería demasiado discreta para arriesgarlo. Esto, después de todo, era una prueba que ella había buscado contrariando la voluntad de Paul.
Hi inició con toda calma el interrogatorio preliminar, esbozando un cuadro de fondo con pocas pinceladas y permitiendo a Kay contar su historia espontáneamente. Ése testimonio incluyó su llegada a Corea y el impulso que la llevó a la Colina 1049.
—¿Quiere describir el modo en que fue hecha prisionera, señorita Storey?
—Cinco de nosotros quedamos solos en el refugio cuando cesó el fuego. De improviso apareció en la entrada un soldado chino. Luego media docena, y en seguida un enjambre.
—¿Fue usted lastimada de alguna forma.?
—No, señor Saunders. Estábamos… como en un rebaño, con otros prisioneros, y caminamos hacia la retaguardia.
Oyendo cómo proseguía la clara y tranquila voz de la muchacha, Paul recordó su propio asombro ante el hecho mismo de haber sido hecho prisionero. En cierto modo la prueba hubiera sido menos terrible si los hubiesen maltratado., pero el enemigo se limitó a tomarlos, simplemente. Acostumbrados como estaban a hacer prisioneros en grandes cantidades, manejaron como a ganado el conjunto de este día… alimentándolos lo necesario para que pudieran mantener en movimiento sus pies y dejándolos descansar, jadeantes, a un costado del camino cuando el agotamiento se apoderaba de ellos.
—Sigamos a su encuentro con el grupo del coronel Hardin, señorita Storey. ¿Cuánto tiempo hacía que llevaban caminando cuando llegaron a Sinmak?
—No estoy segura. Creo que perdí la noción del tiempo.
«En realidad, el tiempo no se movió aquel día», pensó Paul. El tiempo se convirtió en el sueño sin límites de un sonámbulo, quebrado solamente por algunos altos en campo abierto para hacer las comidas ocasionales. Pero él podía recordar claramente el corral de una granja enclavada en las afueras de Sinmak., el enjalbegado puesto militar que dominaba el cruce de caminos. Los guardianes con las bayonetas caladas e idénticas expresiones; el repentino y agradable golpear de la lluvia sobre su cuerpo polvoriento. Cuando se tumbaron en la paja del establo que formaba una pared del corral, estaban demasiado extenuados para pensar. Ninguno se preocupó de preguntar por qué ese pequeño grupo de cinco prisioneros había sido separado de la columna en marcha.
—¿Explicaron sus guardianes la razón de aquel alto en Sinmak, señorita Storey?
—En ese momento, no. Más tarde supimos el motivo. Habían encontrado nuestros informes en la Colina 1049. Lo suficiente para saber que éramos una unidad médica agregada al Batallón 141.
Las ruedas de la ley giraban lentamente, pensó Paul; en verdad, podía admirar la serenidad de Kay y la precisión de sus respuestas. El hecho de que el coronel Jasper Hardin y los miembros de su personal permanecieran cautivos en un campamento próximo esperando su llegada a este lugar, fue solamente una coincidencia de la guerra. El hecho de que un camión llegara a su alojamiento aquella noche y descargara a Hardin en el corral antes de continuar su marcha, pareció una broma grotesca., a pesar de que todos ellos estaban demasiado cansados para reír.
—¿Puede recordar cuándo establecieron contacto los dos grupos, señorita Storey?
—Tal vez una media hora después del anochecer.
—¿Y habían tomado ustedes posesión del establo?
—Solamente el capitán Scott y yo estábamos despiertos. Los otros se habían desplomado sobre el heno.
—¿Y los recién llegados?
—Ninguno de los guardianes hablaba inglés. Simplemente empujaron a Hardin y a su grupo al interior del corral y cerraron las puertas.
—¿Dejándoles que se arreglaran por su cuenta?
—Puede usted decirlo de esa manera, señor Saunders.
—¿Tenían ustedes raciones en ese momento?
—Todos disponíamos de nuestros paquetes.
—¿Ofrecieron ustedes compartirlos con los otros?
—Sí, lo hicimos. Uno de los hombres había sido herido ligeramente. El capitán Scott lo vendó de nuevo con mi ayuda y le dio unas tabletas.
—¿Cómo y en qué forma comenzó la discusión entre el capitán Scott y el coronel Hardin?
—Cuando empezaron a buscar donde tenderse y se encontraron con que nosotros habíamos ocupado el establo.
—En su opinión, ¿por qué rehusó el capitán Scott entregar su refugio?
—Habíamos estado caminando durante días; ellos, en cambio, habían viajado toda esa tarde en camión. El capitán Scott creyó que debíamos conservar nuestras fuerzas. Además, el capellán O'Fallon sufría de una tos persistente. Nosotros dos nos negamos a despertarlo. Cuando el coronel Hardin intentó forzar la entrada, pusimos una barra en la puerta. Desgraciadamente, nos olvidamos de cerrar también el conducto del heno…
—¿Porqué dice usted desgraciadamente?
—Porque en cierto momento de esa noche, se perpetró un atentado contra la vida del capitán Scott.
—¿Quién lo perpetró, señorita Storey?
—Nunca podremos estar seguros. Pero creo que fue el coronel Hardin.
Esta vez las voces que se elevaron en la sala del Tribunal no fueron acalladas, mientras Sellers miraba hacia abajo, a la testigo, como si no pudiera creer lo que oía.
—Señor Saunders, ya le he prevenido a usted.
Hi se mantuvo en su actitud, y su voz fue tan áspera como la del presidente.
—Con el permiso del tribunal, las opiniones de la señorita Storey le son propias.
—El tribunal interrogará a la testigo.
El silencio descendió sobre la sala, mientras el presidente fijaba los ojos en Kay.
—Señorita Storey, la insinuación que está usted haciendo es extraordinariamente grave. Piense bien antes de responder. ¿Por qué ha mencionado el nombre del coronel Hardin?
—Por dos razones.—La voz de Kay era clara y fría.— El Padre O'Fallon dormía muy ligeramente. Se despertó alrededor de la medianoche y vio la cara del coronel en el conducto del heno. El capitán Scott mismo se despertó más tarde y oyó a un intruso moverse en el establo. Lucharon durante un momento. Entonces, el… visitante abandonó el lugar por donde había entrado.
—¿Por el conducto?
—Sí. Esta vez el capitán Scott cerró la puerta de la trampa y estuvo durmiendo hasta el amanecer. Entonces fue cuando descubrió el arma.
—¿Qué arma?
—Una botella de sake. O más bien, el cuello de una botella.
—¿Qué tiene que ver esto con el coronel Hardin?
—La noche anterior estaba borracho cuando bajó del camión. Borracho con sake… Lo percibimos en su aliento.
—Señorita Storey, ¿vio usted la botella con sus propios ojos?
—La vi aquella mañana.
—¿Vio usted entrar a alguien en el establo?
—Creo que estuve durmiendo hasta el amanecer.
—¿Sabe usted que el rumor no es una prueba en un tribunal de justicia?
—El señor Saunders ha dicho que podía expresar una opinión. Alguien trató de quitarle la vida al capitán Scott aquella noche…
—Su opinión no puede ser aceptada —dijo el presidente— sin un testigo ocular. El secretario eliminará de las actas todo este diálogo.
—Sellers se volvió a Hi.
—El abogado defensor está excusado en este caso. La testigo es evidentemente espontánea. Pero una nueva alegación semejante, si no está sustentada por una evidencia a prima-face, merecerá una sanción por contumacia. Esta es la última vez que se le advierte.
Hi acusó la censura con una ligera inclinación de cabeza.
—Con todo el respeto debido al tribunal —repuso—, debo señalar, sin embargo, que es pertinente traer a colación una amenaza contra la vida del acusado.
—La señorita Storey estaba dormida. Parece que también dormían el sargento Furness y el cabo Jackson. El Padre O'Fallon está en la tumba. Presente un testigo ocular, señor Saunders, o tome otro camino.
Hi se volvió hacia Kay.
—Sigamos, señorita Storey. Usted dice que el coronel Hardin y su grupo llegaron en camión. ¿Usaron el mismo medio para partir?
—Salieron en camión a primeras horas de la mañana.
—¿El coronel le ofreció un puesto?
—Lo hizo, pero rehusé… después que me hubo dicho que no podía llevar también al capellán.
—¿Cómo reaccionó el coronel Hardin cuando usted declinó?
—Respondió que, después de haberlo pensado dos veces, no había sitio para ninguno de nosotros en el camión.
—¿Fue entonces cuando el teniente Crosby se ofreció voluntariamente a caminar con el grupo de ustedes… para que el capellán pudiera subir al camión?
—Así fue. Incluso entonces el coronel mostró repugnancia a llevar al Padre Tim.
—¿Puede dar usted una razón valedera?
—Había dos: el capellán y el capitán Scott eran buenos amigos.
—¿Y la otra?
—¿Se me prohíbe decir que el coronel estaba sufriendo los efectos del sake?
Hi se volvió hacia Sellers con una muda disculpa, mientras el presidente daba con el mazo en demanda de silencio.
—A su juicio, señorita Storey, ¿había espacio en el camión para usted y para el capellán O'Fallon?
—Había lugar para todos nosotros.
—Sigamos ahora al campo de prisioneros en Pyongyang. ¿Cuándo llegaron a ese punto?
—Cerca de dos semanas después que el coronel Hardin.
—¿Cubrieron toda la distancia andando?
—Caminamos todo el tiempo que pudimos. De vez en cuando nos desplomábamos al borde de la carretera. El resto del camino fuimos llevados en carros.
—¿Cómo fue nombrada enfermera en el hospital de la prisión?
—Fue por sugerencia del capitán Scott. Sabía que había cursado estudios y pensó que recuperaría mis fuerzas allí.
—¿Se recuperó usted completamente?
—Sí., salvo que sufría un ataque de amebiasis. Tenía buena salud hasta que me llevaron a la celda de aislamiento.
—¿Cuándo fue eso?
—En la primavera de 1952. La celda de aislamiento era una disciplina especial en el campamento para castigar a los prisioneros que no querían cooperar. Nos pusieron a una dieta de hambre.
En la mesa de la defensa, Paul cerró sus ojos mientras la voz continuaba hablando. Aún podía recordar el esquelético cuerpo que emergió de la pocilga. Si Kay hubiera sido el fantasma que parecía ser, habría resultado más pesada en sus brazos. De una forma u otra, se dijo, su historia debía llegar el corazón del tribunal. Pero no se advirtió ningún cambio en aquellas siete máscaras en tanto ella seguía hablando.
—Hacia el final —dijo Kay—, yo estaba demasiado delirante para recordar lo que realmente pasaba… hasta que desperté en la cama de un hospital.
—¿Alguien le explicó por qué se la confinaba?
—Querían que el capitán Scott firmara una confesión.
—¿Esperaba usted que firmaría?
—Rogaba para que no lo hiciera.
—¿Suponía que eso significaría su muerte?
—Sabía que el coronel Hardin utilizaría esa confesión para destruir la carrera de Paul.
—¿Amaba usted al capitán Scott lo bastante como para morir antes que permitir que eso ocurriera?
—Esperaba tener el suficiente coraje para soportarlo. Cuando perdí la cabeza temía llamarle. Pero no lo hice. Estoy segura de eso.
—Ahora vayamos a la repatriación de los prisioneros, señorita Storey. ¿Le dijo a usted el capitán Scott por qué se quedaba?
—Me lo dijo. El capellán O'Fallon había sufrido una gran hemorragia. Habría muerto si el capitán Scott no le hubiera hecho una transfusión. Cuando se concertó el intercambio de prisioneros, el capellán estaba demasiado débil para poder moverse. El capitán Scott se hallaba casi persuadido de que moriría., pero sentía que era su deber quedarse con él.
—¿Le dijo a alguien lo que había decidido?
—Se lo informó al coronel Pak… en presencia del coronel Hardin.
Paul vio que el presidente levantaba los ojos rápidamente al oír esta contradicción con el testimonio de Hardin. La mirada que dirigió a Kay distaba mucho de ser benigna.
—El tribunal va a interrogar a la testigo, señor Saunders. Recuerde, señorita Storey, que ha prestado usted juramento. ¿Estuvo presente en el encuentro que describe?
—No, señor. Yo misma me encontraba enferma en ese momento. El capitán Scott me lo refirió después.
—El secretario tachará de las actas la última respuesta de la testigo por tratarse de un rumor. Prosiga, señor Saunders., y trate de concretarse al punto.
—¿Mandó el capitán Scott algún mensaje a las autoridades del Ejército de los Estados Unidos?
—Sí., a través del coronel Hardin.
Nuevamente el tribunal intervino rápidamente, obligando a Kay a admitir que también esto era un rumor… y nuevamente la respuesta fue tachada.
—¿Usted también deseaba permanecer allí y cuidar al capellán?-preguntó Hi, haciendo gala de paciencia.
—Mucho., pero estaba demasiado enferma. El capitán Scott insistió en que partiera inmediatamente para que pudieran enviarme por avión al Japón.
—¿Se sorprendió usted cuando supo que el coronel Hardin había acusado al capitán Scott por colaboracionista?
—Me sentí más disgustada que sorprendida. Sabía que era inevitable.
—Eso es todo.