La espada y el bisturí
Capítulo 4
Paul, al entrar a la mañana siguiente a la sala del tribunal entre dos policías militares, quedó asombrado por el proyector y la pantalla portátil que había delante del banquillo… y el espeso aire de misterio que rodeaba la mesa de la defensa. Hi, que se hallaba garabateando en medio de su habitual confusión de textos legales, no le dirigió más que un simple movimiento de cabeza como saludo.
—¿No hay demasiados artefactos en la sala?
—Tranquilízate —respondió Hi—. Siéntate calladamente. Trata de parecer omnisciente. ¿No adviertes que el proyector le preocupa a MacArdle?
—También a mí me preocupa. ¿Qué sucede?
—Cuando me hice cargo de este caso, Paul, me diste carta blancas. ¿Recuerdas?
—Demasiado bien.
—Esta mañana arremeto. Si te lo explico por anticipado, no harás más que molestar. Ahora sólo eres un oyente pasivo. Te pido que hoy mantengas la cara impasible… y sobre todo que no intervengas.
Cuando el tribunal ocupó su lugar, resultó evidente que el coronel Sellers se hallaba molesto por el nuevo equipo que había en la sala. Por un momento pareció que iba a ladrar una pregunta mientras luchaba en su escritorio con una cantidad de papeles. La pregunta, cuando finalmente surgió, fue bastante mesurada. Pareció abarcar al mismo tiempo a los dos abogados.
—Se me acaba de decir que será llamado un nuevo testigo —dijo—. ¿Quiere alguien ilustrarme?
—El fiscal no tiene ningún testigo nuevo, señor —respondió MacArdle rápidamente.
—La defensa tiene uno, señor —repuso Hi, sin levantar de su escritorio los ojos —. Dos si se necesitan. Están esperando ahora.
—No tengo anotado ningún otro testigo de la defensa —masculló MacArdle.
La arruga de preocupación estaba profundamente marcada en su frente.
—Con el permiso del tribunal —dijo Hi—, el hecho de que este testigo puede aportar pruebas de vital importancia para el capitán Scott, sólo ha sido conocido hace pocas horas. No ha habido tiempo de enviar una notificación formal.
—La defensa tiene todo el derecho a presentar nuevas pruebas mientras se desarrolla el juicio —repuso Sellers—. Tome el juramento a su testigo, señor Saunders.
—El sargento llamará a Su Ilustrísima el arzobispo Steifel —dijo Hi.
Un susurro de interés corrió por todo el tribunal cuando el prelado entró detrás del sargento. El arzobispo católico de San Francisco era un hombre de presencia imponente. Bajo su larga sotana, sus hombros eran fuertes y macizos. La cabeza, a pesar de su cabello cortado y canoso, parecía curiosamente joven; sólo los ojos, mientras recorrían la repleta sala, denunciaron su vocación. Fue una mirada de un fervor casi evangélico, una mirada que parecía comprender todo el mal del mundo y perdonarlo casi todo de antemano.
Al observar al arzobispo subir al banquillo y hacer el juramento, Paul pudo advertir que había ganado al auditorio incluso antes de revelar el propósito de su visita. Solamente cuando el prelado se instaló en la silla de los testigos y arregló los dobleces de su sotana, advirtió Paul el libro que traía. Aun a aquella distancia le resultó familiar.
Hi se dirigió cortésmente al testigo.
—Ilustrísima, ¿quiere usted mostrar al tribunal el libro que trae e identificarlo?
El arzobispo levantó el libro para que toda la sala lo viera.
—Tengo en la mano el diario., llamado por él «libro de confesiones», del… capellán Timothy O'Fallon, ahora muerto.
Paul retuvo el aliento y lanzó un audible suspiro de comprensión que casi fue un sonido entrecortado. Observó que también MacArdle había penetrado en la intención de Hi. Se puso en pie de un salto, furioso., y su objeción casi fue un rugido. La propia voz de Sellers, más fuerte de lo que había sido durante todo el juicio, puso orden en el tribunal.
—¿Quiere usted tratar de ser coherente, mayor MacArdle?
—El fiscal objeta… en los términos más enérgicos… esta exhibición de último momento traída por la defensa.
Hi replicó rápidamente.
—¿El abogado fiscal acusa a un arzobispo de la Iglesia Católica Romana de participar en una burla al declarar bajo juramento?
MacArdle ya se había dominado.
—De ninguna manera. Pero solicito una explicación.
—El arzobispo Steifel la dará con sus propias palabras.
El presidente se inclinó en el banco mientras MacArdle se instalaba nuevamente en su lugar.
—El tribunal interrogará al testigo. Ilustrísima, usted ha llamado a ese libro un libro de confesiones. Si ha utilizado esta expresión en su acepción más comúnmente aceptada, ¿cómo podrá usted divulgar su contenido?
El prelado, que ya había abierto el diario apoyado en una de sus rodillas, miró de lleno a los ojos de Sellers. Cuando habló, su voz contuvo la resonancia de un hombre acostumbrado a dirigirse a las multitudes.
—Yo también he estado preocupado por eso mismo —dijo el arzobispo—. Sin embargo, cuando anoche el señor Saunders me lo pidió, volví a leer el libro. El Padre O'Fallon era un hombre muy devoto. Me temo que en muchos momentos se mostraba demasiado consciente de su poco valor. Gran parte de este libro es en verdad una confesión… que hizo mientras se hallaba de servicio en las líneas de fuego. Eligió este método para quitarse el peso de sus pecados, como él los llamaba. De esta manera yo he sido su último confesor.
—Desde luego, esto no concierne al tribunal.
—Nada me induciría a hacer públicas estas páginas particulares, señor. Le he dicho al señor Saunders que leeré solamente las partes que se refieren a los hechos cotidianos… mientras el Padre O'Fallon fue prisionero de guerra en Corea.
—¿Cómo ha obtenido usted ese diario, Ilustrísima?
—Me lo dio hace algunas semanas la señorita Katherine Storey. Me dijo que se lo había entregado a ella el capitán Scott., quien lo tomó de manos del Padre O'Fallon en su lecho de enfermo. El intercambio sucedió cuando la señorita Storey dejó el campamento de prisioneros para ser repatriada.
MacArdle habló sin levantarse de su asiento. Su voz, aunque tan irascible como siempre, había perdido en cierta forma su filo cortante.
—¿Cómo puede el tribunal estar seguro de que este diario es auténtico?
—El libro ha estado en posesión del arzobispo Steifel desde que fue traído a San Francisco -contestó Hi. —El capitán Scott y la señorita Storey testificaron con respecto a su transmisión.
—Aun así puede ser una falsificación.
Hi se dirigió al tribunal.
—La defensa ha previsto esa objeción. ¿Se me permite llamara mi segundo testigo?
—Hágalo, señor Saunders.
—Que el sargento de servicio llame al señor Gregorio Fontana.
El murmullo que creció entre los espectadores le hizo saber a Paul que el fornido hombre que se dirigía al banquillo de los testigos era bien conocido. Comprendió la razón cuando el señor Fontana hizo el juramento y se identificó como perito calígrafo empleado por la policía de San Francisco. Cuando MacArdle aceptó gruñendo sus credenciales, Hi presentó como prueba una carta: un informe dirigido por el Padre Tim al obispo, poco después del nombramiento del primero. Mientras esta misiva era rotulada, dos auxiliares del tribunal ajustaron proyector y pantalla. Las cortinas fueron bajadas, y una página como muestra del diario se reflejó en la pantalla al lado mismo de la carta. Fontana las calificó de idénticas después de un cuidadoso estudio. Lo mismo que todos los ojos de los presentes.
—El arzobispo Steifel ha seleccionado ciertos pasajes de este diario, sobre los que depondrá —repuso Hi—. Si el tribunal lo desea, cada página puede ser proyectada sobre la pantalla para probar la autenticidad de las distintas anotaciones. O, si el tribunal prefiere, el señor Fontana está dispuesto a examinar cada página y dar su opinión con respecto a si fueron o no escritas por el Padre O'Fallon.
—El tribunal no ve la necesidad de un proceder tan exhaustivo —dijo Sellers, lazando una mirada de consulta a MacArdle—. ¿Desea el fiscal alguna excepción?
El fiscal habló con los labios apretados.
—No, señor.
El perito calígrafo se retiró y el arzobispo Steifel subió nuevamente al banquillo. Una vez más, Paul encontró fascinadora la maciza figura vestida de negro y de la que no podía apartar los ojos; las maneras del sacerdote, como su continente físico, eran un monumento vivo a la integridad.
—Ilustrísima —dijo Hi—, ¿recuerda cuándo llegó este diario a su poder?
—La señorita Storey me lo entregó en mi estudio. Cuando ella llegó a San Francisco me llamó por teléfono e insistió en dármelo en propias manos. Anoté la fecha en mi diario. Fue el 10 de octubre último.
—¿Solicitó la señorita Storey esa anotación?
—No lo hizo.
—¿Pidió un recibo?
—No, señor Saunders. Sólo le interesaba que yo recibiera en buenas condiciones este diario… puesto que ése había sido el último deseo del capellán O'Fallon.
—Ilustrísima, en su opinión, ¿tenía el Padre O'Fallon más de un motivo para enviarle este libro de confesiones?
—En ese momento no lo pensé. Como ya he dicho, era un hombre muy devoto.
—¿Leyó usted ese libro en seguida?
El prelado sonrió suavemente.
—En octubre tenía muchas cosas en la cabeza. Temo que dejé el libro a un lado tras haberlo hojeado brevemente… prometiéndome, por supuesto, que volvería a él más adelante.
—¿Cuándo lo volvió a leer usted?
—Anoche, señor Saunders. Porque usted me lo pidió.
Hi dejó que sus ojos fueran a la sala ya las cámaras de televisión.
—Ilustrísima, ¿descubrió usted otra razón anoche?
—Una razón imperiosa.
—¿Quiere explicarla al tribunal por si mismo?