La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 41 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 2

Paul estaba ya esperando en la mesa de la defensa cuando Hi entró en el salón. Una mirada al continente suave del abogado respondió de antemano a su pregunta.

—¿Te has divertido en el almuerzo en el Tarrentino?

—Enormemente —respondió Hi—. ¿Has descansado como te he aconsejado?

Paul continuaba estudiando minuciosamente al abogado.

—Vas a llamar a Kay, ¿no es así?

—Por supuesto que sí.

—¿Dónde está ella ahora?

—En el salón, conversando con mi pasante. Y debo advertirte que tú tienes que dejarla actuar a su modo.

Paul se sometió con un ligero quejido que no era precisamente de desesperación. Por mucho que temiera la estrategia de Hi, no podía ocultar un sentimiento de alivio. Con Kay al otro lado de la puerta del salón del tribunal, ya no se sentía solo.

—¿Declarará como testigo hoy?

—Probablemente… si Hardin ha sido tan bien aleccionado como los otros testigos de MacArdle. Una vez que tu viejo comandante haya recitado su versión, estoy seguro de que la acusación dará por terminado el caso. Está esperando para hacer su entrada. Acabo de verlo en el corredor, pavoneándose ante los fotógrafos.

Abogado y cliente se pusieron de pie, mientras el tribunal desfilaba para tomar asiento. Paul mantuvo sus ojos bajos cuando oyó la crispada voz del mayor MacArdle ordenar a un policía militar que trajera al próximo testigo., pero quedó sorprendido al echar una oblicua mirada al coronel Jasper Hardin.

En Pyongyang, el coronel se había alimentado mejor que la mayoría…, pero cuando condujo sus tropas desde el campamento de prisioneros hacia la repatriación, se asemejaba más a un espantajo que a un oficial de carrera. Hoy parecía increíble que, el atildado oficial que se sentaba en el banquillo de los testigos y la imagen del prisionero que Paul conservaba como último recuerdo, fueran una sola y misma persona. Las maneras de Hardin eran tan elegantes como la línea de su uniforme magníficamente cortado. Hasta el cabello y el bigote, blancos como la nieve, agregaban algo a la impresión de solidez. Si aquellos cabellos blancos eran dramáticas pruebas de las penalidades que ese hombre había sufrido, el propio hombre había evidentemente resurgido con banderas al viento.

El testigo no demostró percatarse de la presencia de Paul en el estrado de los acusados, mientras respondía a las primeras preguntas de rutina. Su voz era a la vez severa y serena; a juzgar por el murmullo que se produjo en el salón, había causado buena impresión en su auditorio. En la mesa de los periodistas una cantidad de lápices estaban bailando activamente. Paul echó una mirada a Larry Kirk, impasible como un tótem en medio del cuarto poder, y sintió que podía escribir de antemano el comentario que sería radiado próximamente.

MacArdle hizo su primera pregunta importante con cierta engañosa gentileza.

—Coronel, creo que usted fue el firmante de los cargos contra el capitán Scott.

—Así es.

—Para su conocimiento, debo decirle que las especificaciones Una y Dos de la Acusación han sido retiradas por disposición de la autoridad competente.

—Me inclino ante las órdenes, como siempre.

Paul, al escuchar cada una de sus inflexiones, lanzó un último suspiro. Parecía que Hardin era un buen actor. A pesar de la corrección de sus respuestas, había transmitido la impresión de que desaprobaba totalmente la acción llevada a cabo por la autoridad competente.

—Coronel, otros testigos compartieron la mayor parte del período de confinamiento. Ha habido testimonios de que usted y el capitán Scott no se llevaban bien. ¿Por qué?

—El capitán Scott se resentía siempre de la autoridad militar… particularmente de la mía.

—¿Puede darnos algunos detalles?

—Se mostraba remiso en la preparación de sus informes.

—¿Le hizo advertencias sobre eso específicamente?

—En varias ocasiones. Le expliqué lo más amablemente que pude en qué estaba equivocado. Le di toda clase de oportunidades para que rectificara sus errores.

—¿Lo hizo?

—Finalmente… y con evidente repugnancia.

—Coronel Hardin, otros testigos han declarado que hubo una disputa entre el capitán Scott y usted cerca de la ciudad coreana de Sinmak, poco después de haber sido hechos prisioneros por el enemigo.

—Es verdad.

—¿Puede recordar la fecha?

—Mi memoria está algo confusa. El grupo de Scott y el mío fueron conducidos separadamente. Sucedió en di primer momento en que estuvimos reunidos.

—¿Recuerda usted la causa?

—Claramente. De acuerdo con las ordenanzas militares, yo estaba al mando de todo el personal de los dos grupos unidos, puesto que era el oficial de mayor graduación. Había el suficiente sitio como para que unos pocos de nosotros pudiéramos dormir bajo techado., creo que en el establo. El capitán Scott declaró que él había sobornado ya a los guardianes para que abrieran el establo. Utilizó cigarrillos de una caja de raciones del Ejército. Como comandante oficial, era evidente mi derecho a distribuir los alojamientos como mejor me pareciera. Cuando intenté hacerlo, el capitán Scott se puso insolente y rehusó dejarme hacer las asignaciones.

—¿Dio alguna razón?

—Dijo que los cigarrillos eran suyos… y que los alojamientos ya estaban ocupados por su propio grupo.

—¿Qué hizo usted entonces?

Hardin se encogió de hombros… y el gesto fue tan tolerante como su voz.

—No hice cuestión de ello, a pesar de que mi deber era verificar el mal uso que de los suministros hacía el personal del Ejército?

—Coronel, ¿fue ésa su primera disputa importante con el capitán Scott?

—Francamente, yo no la llamaría una disputa importante. Todos estábamos cansados y en momentos así los nervios se hallan propensos a estallar.

—Usted ha dicho que fueron hechos prisioneros en dos grupos diferentes. ¿Cómo ocurrió esa separación?

Hardin titubeó con tanto arte, que Paul hubiera podido jurar que su vacilación era auténtica.

—Cuando nos retiramos de la Colina 1049, el capitán Scott se negó a seguirnos. Permaneció en el puesto de primeros auxilios y conservó a su personal con él.

—¿Le ordenó usted que se uniera a la retirada?

—Sí, señor.

—Si rehusó obedecer en aquellos momentos una orden… ¿no diría usted que ése fue un altercado importante?

—Era una situación bastante difícil para un militar de la reserva. Tal vez pensara que había menos riesgo en ser hechos prisioneros que en compartir una retirada.

Paul se inclinó hacia Hi a través de la mesa de la defensa.

—Este tribunal no nos ha dejado hablar de lo que sucedió antes de ser hechos prisioneros.

—Déjalos hacer, muchacho… y no me pidas que objete ahora. Estoy dándoles soga.

MacArdle disparó de improviso la próxima pregunta.

—¿Por qué no incluyó usted este hecho en las acusaciones contra el capitán Scott?

Nuevamente la ligera vacilación no pudo parecer más auténtica.

—La tensión era grande. No quería acusar a un hombre de cobardía.

—¡Objeción! —ladró Hi. Sellers se inclinó desde su silla.

—¿Con qué fundamentos?

Le tocó el turno a Hi de levantarse y ponerse frente a las cámaras… y al atento auditorio.

—Preferiría dejar que este orden de preguntas continuara —respondió—. Pero el tribunal debe recordar que no se me ha permitido interrogar a mis testigos sobre sucesos anteriores al momento en que el capitán Scott fue hecho prisionero. El fiscal lo ha introducido ahora como si fuera un incidente. Debo prevenir al tribunal de que la defensa intenta aclarar este asunto totalmente durante el interrogatorio. Si es necesario, llamaremos de nuevo a todos los testigos… hasta que los verdaderos hechos sobre la rendición de la Colina 1049 salgan a la luz.

Por vez primera, Paul notó en el testigo un espasmo de inquietud. Desprevenido ante un ataque que le hizo perder el equilibrio, MacArdle no respondió inmediatamente a la declaración de Hi, y fue necesario que Sellers llamara con el mazo la atención de los asistentes para que guardaran silencio antes de que el fiscal pudiera hablar.

—Con el permiso del tribunal —dijo—. Propongo que todas las preguntas y respuestas a partir de: ustedes fueron hechos prisioneros en dos grupos separados y cómo ocurrió esa separación sean tachadas de las actas, y que el presidente instruya a los miembros del tribunal en el sentido de que deben prescindir de ellas.

—La defensa objeta dicha moción —replicó Hi—. Está destinada a evitar que la defensa saque a relucir los puntos favorables para el acusado.

El mazo del presidente cayó de nuevo pidiendo silencio.

—Se aprueba lo moción —concedió—. El secretario eliminará de las actas toda referencia a acontecimientos anteriores al momento en que fueron hechos prisioneros. —Se inclinó hacia delante de nuevo… y esta vez su mirada pareció atravesar al infortunado MacArdle.— Se advierte al fiscal contra futuras inclusiones de asuntos extraños. Puede continuar con el testigo.

La voz del fiscal había recobrado su timbre; sólo el persistente rubor en la línea del cuello traicionaba su convencimiento de haber escapado de un serio aprieto.

—Otros testigos, coronel, han dicho que creían que el capitán Scott cooperaba con el enemigo cuando fue puesto al frente del hospital de la prisión de Pyongyang. ¿Es ésa su impresión?

—No lo era en ese momento.

Paul se volvió asombrado a Hardin. A pesar de estar advertido sobre el experto aleccionamiento de MacArdle, no había esperado esto.

—Cuando usted inició el periodo de cautiverio, ¿no tenía dudas en cuanto a la lealtad del capitán Scott?

—Ninguna. En realidad fui yo quien lo recomendó para que fuera puesto al frente del hospital del campamento y se ocupara del mejoramiento de las condiciones del mismo.

—¿Por qué lo recomendó a él?

—El doctor Scott era el mejor médico de que podíamos disponer. Nadie podría negar esto.

—Los acontecimientos posteriores ¿justificaron la recomendación?

—En lo que se refiere al estado sanitario del campamento, sí. Tanto los prisioneros como los guardianes se beneficiaron con el cambio. Pero ahora puedo ver que fue un error… en lo que al mismo capitán Scott concierne.

—¿Por qué dice usted eso?

—Bien. Al ponerlo en estrecho contacto con los chinos, temo que hice mucho más fácil para él la tarea de…

—¿Colaborar.?

—¡Objeción! —saltó Hi—. El fiscal está induciendo al testigo.

—Haré la pregunta de otra manera —dijo MacArdle—. Coronel, ¿qué prueba tuvo usted de la alegada cooperación del capitán Scott con las autoridades de la prisión?

—Antes que nada está el asunto de los interrogatorios.

—¿Los interrogatorios?

—Todos nosotros nos veíamos constantemente acosados por los oficiales de seguridad enemigos. Algunos de nosotros fuimos torturados cuando… rehusamos dar las respuestas correctas. —Hardin estudió sus uñas delicadamente manicuradas.— El capitán Scott no fue interrogado casi nunca a partir del momento en que estuvo al frente del hospital.

—¿Se le hizo la vida más fácil en alguna otra manera?

—En muchas formas. Por de pronto, usó el hospital como un refugio personal.

—¿Más de lo que exigían sus obligaciones?

—En mi opinión, mucho más.

—¿Estaba alojado allí?

—No. Yo había dado órdenes de que debía compartir un barracón con los otros prisioneros. Difícilmente podía oponerme al empleo de su tiempo con el personal del hospital y con la señorita Storey.

—¿Estaba la señorita Storey alojada en el hospital?

—Permanentemente… después que se decidió a servir como enfermera.

—¿Cuáles eran las relaciones del capitán Scott con ella?

—Eran muy estrechas.

—¿Más estrechas de lo que es usual entre un médico y su enfermera?

—Prefiero no responder.

—Exijo que responda usted, señor., cualquiera que sea la repugnancia que sienta en hacerlo.

—¡Objeción! —dijo Hi—. El fiscal está intentando sugerir que hubo algo impropio en las relaciones de la señorita Storey con el doctor Scott. No es un secreto que ya entonces pensaban en casarse.

—El fiscal se limitará a los cargos —gruñó el presidente.

MacArdle se inclinó ante el tribunal.

—Su impresión era, coronel, que el capitán Scott colaboraba con el enemigo. ¿Cuándo se convirtió en certeza?

—Cuando operó al coronel Pak, jefe del campamento.

—Usted era el comandante del capitán Scott. ¿Comentó la operación con usted?

—No. Sabía que yo me hubiera opuesto a ella.

—¿Con qué fundamento?

—Si Pak hubiese muerto durante la operación, hubiera habido represalias contra todos nosotros.

—Entonces, ¿en su opinión el capitán Scott arriesgaba las vidas de ustedes al operar?

—No cabe duda con respecto a eso.

—¿No pudo ser verdad lo contrario, señor? Seguramente el capitán Scott hubiera sido castigado si se hubiese negado a operar.

—El era el único médico competente en el campamento. Si hubiera dicho que no era un caso de operación, ninguno de sus colegas chinos hubiera discutido su diagnóstico.

—¿Cree usted entonces que el capitán Scott aprovechó esa oportunidad para congraciarse personalmente con el jefe de la prisión… haciendo parecer que le había salvado la vida.

—Esa es mi opinión. Era compartida portado el campamento. Scott fue repudiado después de esa operación.

—Permítasenos avanzar hasta el momento del armisticio, coronel. Ha quedado establecido que el capitán Scott rehusó la repatriación a causa de que deseaba permanecer con el capellán O'Fallon. El abogado defensor ha alegado que el capellán estaba gravemente enfermo con una hemorragia pulmonar. ¿Sabía usted que el capellán O'Fallon sufriera tal complicación?

—No, señor.

—A su parecer, ¿el capitán Scott dio esto como razón para permanecer en Corea? —No, no lo hizo.

Paul no confiaba en poder contenerse para no protestar en voz alta. Lo que Hardin acababa de decir era un perfecto perjurio. Sin embargo, en ese momento una objeción solamente hubiera podido forzar una cuestión de credulidad, que de ninguna manera habría sido resuelta a su favor. Tragándose su desesperada cólera, se contentó con mirar a Hi., cuyo encogimiento de hombros le dio a entender que el abogado había captado también el hecho.

MacArdle, simulando consultar con su ayudante, dio tiempo suficiente para que quedara bien sentada la última respuesta de Hardin. En tanto permanecía sentado en su silla, Paul admitió que la forma en que el fiscal manejaba el tiempo era perfecta. Los rostros de los siete oficiales, que habían parecido jueces serenos al comenzar la sesión por la tarde, ahora le miraban como hados vengadores.

—¿Qué razón, si hubo alguna, dio el capitán Scott para permanecer en Pyongyang? —No dio ninguna en mi presencia.

—¿No solicitó que notificara usted los motivos a las autoridades americanas de la tregua?

—No recibí tal petición —dijo Hardin.

—En su opinión, ¿por qué motivo prefirió Scott permanecer allí?

—Consideré que había elegido compartir su suerte con el enemigo.

—¿Intentó usted disuadirlo, coronel?

—No. Comprendí que hubiera sido completamente inútil. Estuvimos más de dos años en Pyongyang. La mayor parte de ese tiempo observé sus inclinaciones hacia el comunismo.

—¡Objeción! —dijo Hi—. Tales inclinaciones no han sido probadas.

—¡Rechazada! —exclamó el presidente—. Sujeto a veto por cualquier miembro del tribunal.

Hasta ahora esta protocolaria frase del presidente sólo había sido una mera formalidad. Esta vez, sin embargo, el mayor Duggan se inclinó hacia delante.

—Objeto el rechazo —dijo tranquilamente—. Solicito un voto del tribunal sobre la cuestión.

Por vez primera los jueces no se levantaron para discutir el punto en cuestión… y esta repugnancia a dejar la sala del tribunal fue en sí misma un presagio nefasto.

Después de un momento de cuchicheos y de tomar algunas notas, Duggan se inclinó en su silla con una expresión compungida.

—La objeción queda rechazada por voto del tribunal —dijo el coronel Sellers—. Prosiga, mayor MacArdle.

—Puede completar su respuesta, coronel.

—Durante mucho tiempo había visto al capitán Scott inclinarse hacia el comunismo. No me sorprendí cuando decidió permanecer en donde estaba y sentí que sería inútil discutir más el asunto.

—¿Hizo algún comentario sobre su decisión?

—Es posible.

—Su sargento mayor ha testimoniado que usted dijo: No me importaría si el hijo de perra no volviera nunca a nuestra patria… excepto para afrontar un consejo de guerra. ¿Hizo usted esa declaración?

—Supongo que más o menos fue eso lo que dije.

MacArdle se volvió hacia la mesa del fiscal y retornó con una hoja de papel muy estrujada.

—Ahora introduzco este papel como una prueba —dijo solemnemente—. Solicito que el secretario lo identifique para su exhibición.

El papel pasó de mano en mano y fue debidamente registrado.

—¿Ha visto este papel antes de ahora, coronel?

—Sí. Es una copia de una confesión hecha por el capitán Scott en Pyongyang.

—Objeción —dijo Hi—. No ha sido probado que tal confesión fuera hecha.

—El fiscal está procurando probarlo.

—Objeción denegada —repuso el coronel Sellers—, sujeta a veto por cualquier miembro del tribunal.

Miró a Duggan, pero la cara del mayor era una máscara de piedra.

—¿Cuándo vio por vez primera el papel que ahora tiene en sus manos, coronel?

—El último otoño, en Pyongyang. Era una de dos copias.

—¿Eran idénticas las copias?

—Si, señor.

—¿Quién le pidió que las examinara?

—El coronel Pak.

—¿Estaban firmadas ambas copias?

—Si., por el capitán Scott.

—¿Reconoció usted su firma?

—Si, señor.

—¿Certificaría usted que éste es uno de los originales?

—Lo haría. En realidad ya lo he hecho en esta hoja.

—Le ruego que lea todo el documento, coronel.

Hardin abrió el papel sobre sus rodillas y leyó lenta y deliberadamente… como si fuera un hombre poco acostumbrado a leer en voz alta. Por la misma razón el impacto de las palabras era aún más terrible.

Yo, el capitán Paul R. Scott, oficial médico en el Ejército de los Estados

Unidos, hago esta confesión por mi propia y libre voluntad y sin haber sufrido tortura ni coacción. Confieso que he ayudado a preparar bombas conteniendo bacterias y otros agentes productores de enfermedades, para ser arrojadas en aldeas indefensas y en ciudades de Corea del Norte.

Se me ha mostrado una de estas bombas que fue arrojada en la ciudad de

Pyongyang, y la he identificado como exactamente igual a las bombas que yo mismo ayudé a cargar.

Hago esta confesión para que el mundo sepa cómo yo y mis compatriotas

americanos hemos usado métodos inhumanos de guerra contra el pueblo norcoreano y los voluntarios de la República del Pueblo Chino. Lamento por mi parte esta inhumana acción y declaro que el castigo que he recibido es justo debido a mis crímenes.

Firmado:

Paul R. Scott

Capitán del Cuerpo Médico

del Ejército de EE. UU.

 

En el tribunal se produjo un largo silencio cuando terminó la lectura, y el fiscal no hizo esfuerzo alguno para quebrarlo.

Cuando habló, lo hizo de forma que su voz no llegó a ser más que un susurro.

—En este momento no tengo más preguntas que formular.