La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 35 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 5

Su primera visión del frente la desencantó. Antes había visto cuevas y emplazamientos de artillería, había explorado las extrañas madrigueras que en la selva pasaban por casas de hombres. Hasta ahora, Corea se parecía a la mole de Sierra Madre detrás del Sunset Strip en Hollywood. Desde el helicóptero la semejanza resultaba más marcada hoy… y la actual línea de combate (que el piloto le señaló con un vago gesto) no parecía muy distinta a la base del regimiento que acababa de abandonar.

Luego, mientras el helicóptero se asentaba sobre su improvisado campo en la falda de la Colina 1049, vio que aquí la tierra era más marrón que verde, que las brechas de la batalla estaban alarmantemente frescas cuando se comparaban con los verdosos cráteres de la retaguardia. El oficial que la recibió al bajar del aparato era un joven teniente, marchito y agostado. Sus ojos se hallaban enrojecidos a causa del sueño; su voz, al principio, fue tan displicente como sus maneras.

—Teniente Crosby, señorita Storey. El coronel se encuentra en el refugio. Ahora tenemos muy poco personal; yo soy el único del comité de bienvenida que hemos podido proporcionarle.

El nombre de Paul casi brotó de los labios de Kay, pero lo retuvo a tiempo. Había dicho en el alto mando del regimiento que deseaba ver al capellán… y su razón era cierta.

—Estoy segura de que soy un fastidio, teniente. Pero he emprendido temprano el vuelo para visitar al Padre O'Fallon antes de mi representación.

—Está en el refugio quirúrgico, señora.

La displicencia de Crosby había desaparecido, ahora que miraba de cerca a su visitante.

—No se moleste si la miro., pero es que rara vez tenemos distracciones en este lejano Norte. Tal vez nunca sea la palabra correcta.

Cuando recordó, más tarde, esta conversación con Crosby le pareció tan inapropiada como su presencia allí. Tanto su mente como sus nervios se sentían extrañamente desconectados cuando pasó por los inclinados sacos de arena que formaban el túnel de entrada al dominio del doctor Paul Scott. Se había imaginado un viscoso refugio, una confusión de sangre y gemidos; temió sorprenderá Paul en medio de una operación. Pero la espaciosa cueva parecía simplemente un dormitorio sin ventanas en el edificio de alguna agrupación universitaria… completada con limpias camillas y sus paredes tachonadas de figuras. Sólo el esterilizador, la precisa geometría de una docena de cajas de instrumental quirúrgico de campaña y la mesa de operaciones vacía identificaban al refugio con lo que realmente era.

El Padre Tim se hallaba sentado en un rincón, escribiendo afanosamente en una libreta forrada de cuero, a la luz de una lámpara portátil. No hubiera podido parecer más cómodo en su propia rectoría, ni advirtió de momento su presencia. Mientras vacilaba antes de hablar, ella se maravilló de la madurez que se había imprimido en los jóvenes hombros del sacerdote… si madurez era la palabra exacta para describir un cambio que parecía mucho más profundo. Su presencia constituía un visible consuelo, una fuerza que desafiaba a todas las clasificaciones. Incluso antes de hablarle, se sintió segura de que él podría explicarle el impulso que la había traído hasta aquí.

El sacerdote levantó los ojos de la escritura, y ella vio que no era un filósofo en traje caqui, sino un hombre cansado que necesitaba hacer un gran esfuerzo para adaptarse a su presencia. Se echó un poco hacia atrás: no había esperado que el Padre Tim la hiciera sentirse como una intrusa.

—Llámeme de la manera que quiera —murmuró—. Desde femme fatale hasta entrometida. Merezco todo lo que me diga.

—Así es en verdad, querida —repuso el Padre Tim, levantándose para saludarla con una pálida sonrisa que desvaneció todas sus dudas—. Pero de todas formas te doy la bienvenida.

—No debiera haber venido, Padre. Lo he advertido al bajar del helicóptero.

—Me alegro de que lo hayas hecho, Kay., me alegro de verdad.

—Por lo menos es una visita justificada —dijo ella con ligereza—. Cantaré para el batallón más tarde.

—Ven adonde pueda verte la cara. Es asombrosa la plenitud que te ha dado el éxito.

—Espero que no me haya echado a perder también.

—Nada podría echarte a perderá ti, querida.

—Es usted a quien he venido a ver, no a Paul. ¿Lo oye usted?

—Por supuesto, Kay.

Había hablado espontáneamente. Ahora era mucho más fácil poder seguir.

—He venido a decirle todo, Padre., sobre Paul y yo. Quiero su consejo para el futuro.

—¿Estás segura de que es prudente pedírmelo a mí?

—Si yo perteneciera a su credo, oiría mi confesión.

—No creo que tengas nada serio que confesar, querida.

—¿Y qué hay del pecado del orgullo, Padre? ¿No es un pecado que me jacte de que en estos días puedo tener todo lo que deseo… incluyendo mi visita?

La sonrisa del capellán la perdonó por anticipado.

—Ahora que estás aquí haremos las cosas lo mejor que podamos —dijo tranquilamente—. Los ayudantes están en el puesto de mando revisando los suministros. Paul se halla en la colina próxima por si se produce un caso de urgencia. De manera que has elegido el momento perfecto.

Como por mutuo acuerdo, dejaron el refugio para seguir di serpenteante sendero que subía desde la hondonada hacia la distante cumbre de la colina. Mientras caminaban, el Padre Tim le iba señalando elementos de defensa, que Kay ya conocía de memoria a causa de otras jiras semejantes. Los nidos de ametralladoras que flanqueaban el refugio del puesto de mando, los emplazamientos de los cañones en las laderas adyacentes que, hasta ahora, habían sostenido la Colina 1049 contra todos los ataques. Aceptó con gratitud la información, sabiendo que él sólo hablaba para que ella se sintiera más cómoda.; le agradó advertir que no atraía las miradas de los hombres que trabajaban como sufridas moles de barro a lo largo de la ladera. Gracias a su traje de campaña y al casco que ocultaba su cabello tenía la esperanza de pasar por el asistente del capellán, asimilando bajo el fuego de los cañones una primera lección en el arte de salvar almas.

En verdad, el enemigo no se había hecho presente hoy. Aunque habían trepado a la cima de la colina y entrado en un puesto de observación que dominaba toda la topografía del Norte, las montañas que los rodeaban parecían estar carentes de vida.

—¿Por qué me ha traído aquí arriba, Padre?

—Por dos razones, Kay. La primera, porque quería que vieses el frente tal como es en realidad; todo el sector se encuentra ante tus ojos ahora.

—No me diga que el Ejército norcoreano se halla en aquella cumbre próxima.

—Hace unas semanas este puesto estaba a tiro de rifle. Desde entonces hemos adelantado nuestros puestos avanzados hasta el borde del valle, y hemos obligado a replegarse a sus tiradores emboscados.

—Usted ha dicho que tenía dos razones para traerme aquí.

—La segunda es más importante. Generalmente, Paul sube a este puesto para descansar al final del día. He pensado que te gustaría encontrarlo aquí., en este agujero, entre dos mundos hostiles. Sería algo interesante para contarlo a vuestros nietos.

—¿Los tendremos, Padre? Me refiero… a los nietos.

—¿No es éste el tema que has venido a discutir conmigo?

Entonces ella le contó todo… tan tranquilamente como si estuvieran discutiendo el estado emocional de un amigo a quien ambos conocieran íntimamente. Le describió la noche pasada con Paul en Hollywood, el amor que se había adentrado en ella sin heraldos, para florecer después de su partida. Le refirió su reencuentro en Seúl, y la comunión que eso había significado para ambos. Finalmente, confesó su locura al visitar el frente de batalla. La necesidad de recibir consejo era su única y real justificación.

El Padre Tim la oyó en silencio. Cuando ella terminó su confidencia, el sacerdote no habló en seguida, si bien la presión de sus dedos en el brazo de ella le hizo entender que comprendía perfectamente su dilema.

—¿Qué es lo que ha hecho la guerra con Paul, Padre? ¿Le es posible a usted decírmelo?

—Podríamos decir que le ha dado una razón de ser., una razón que le faltaba antes.

—Es algo más que eso.

—Llámale una consagración, si quieres, Kay. Esta es una palabra que todos usamos y que pocos de nosotros seríamos capaces de definir exactamente. Creo, sin embargo, que el caso de Paul nos afecta a ambos. Después de todo, tú y yo somos responsables de su éxito aquí.

Kay se esforzó en sonreír.

—¿Se reconoce responsable usted también?

—No le diría eso a nadie más, querida, pero estoy seguro de que en San Pedro lo salvé de un intento de suicidio. Sucedió momentos antes de presentártelo en la cantina.

—¿Tan desesperado estaba Paul?

—Creo que sí., en aquel momento. Recuerda que no se necesita sino un instante para eliminar la vida, y que requiere toda una existencia para tener el derecho a llamarse a sí mismo un hombre.

—¿Le salvó usted de morir?

El sacerdote asintió con la cabeza.

—De una enfermedad de nuestro tiempo, Kay: de la desesperación que todos experimentamos cuando descubrimos que no hay seguridad en nuestro siglo, que nuestro pequeño mundo puede desmoronarse en una noche. Fue un pequeño servicio, y además, negativo. Fuiste tú quien le infundiste el deseo de luchar cuando le diste tu amor. Me imagino cuán precioso debió ser para él el regalo.

—¿No me hace usted, pues, reproches por lo que pasó en Hollywood?

—Como sacerdote debo censurarte muy severamente. Si fueras católica, te impondría la peor penitencia que pudiera imaginar. —El capellán se acercó al parapeto del puesto de observación y se quedó mirando hacia el valle.— No es a mí a quien le corresponde hablarte de expiación. Dios, en su sabiduría, ya te ha dado tu cruz especial. Creo que aprenderás a sobrellevarla valientemente.

—¿Significa eso que Paul no podrá pertenecerme nunca?

—En realidad, ningún ser humano pertenece a otro. El hecho es más evidente cuando un hombre se halla totalmente consagrado, diría que es la primera lección que la esposa de Paul debe aprender.

—Estoy segura de que él quiere casarse conmigo, Padre.

—No hay nada que desee más. Ahora hasta podría persuadirse a sí mismo de que le sería posible volver a la práctica de su medicina en Hollywood., mientras tú disfrutabas allí del éxito que tanto mereces. Pero me temo que haya sobrepasado esos límites, Kay. Ahora su destino se encuentra en otra parte.

—¿No cree usted que debiera casarse?

—Por supuesto que debiera hacerlo.

—Pero ¿no soy la mejor esposa que podría elegir?

—Emocionalmente, estás perfectamente condicionada para él. Pero se necesita más que amor para sostener un verdadero matrimonio. Se precisa un logro compartido.

—Es indudable que «La muchacha de al lado» tiene su valor.

—Su valor está por encima de los rubíes. Cura las heridas del alma con tanta seguridad como Paul cura las del cuerpo. Tal vez continúe haciendo esto… incluso después de la guerra; quizá ya haya encontrado su destino.

—¿No pueden combinarse los destinos?

—Ruego para que así sea. Amándoos a los dos, no podría hacer menos. —El sacerdote sonrió.— Ahora me estás pidiendo que interprete la voluntad de Dios. Sólo Él puede dar órdenes a su Ejército.

—Usted y Paul deben haber hablado de todo.

—Hemos hablado más de una vez. Creo que debería ir adonde cualquier hombre esté oprimido por el hombre. Precisamente anoche me habló de los mineros de Virginia Occidental, de las miserias que conoce personalmente. En aquellas colinas podrían usar de un hombre como el doctor Scott. Tal vez se instale allí finalmente y abra una clínica.

Kay reprimió una débil sensación de abandono al escuchar cómo fluía la tranquila voz del sacerdote. Su sabiduría había ya penetrado en las raíces de su ser. Lo que le acababa de decir era indiscutible; el verdadero «curador» debía habitar en un mundo especial, y los impulsos que le movían debían ser inviolables. «Suceda lo que suceda —se dijo solemnemente—, nunca entorpeceré su camino.»

—La primera lección que debemos aprender es la más dura, Kay. No tiene nada que ver contigo o con Paul como personas. Debemos considerar esta lucha en Corea tal cual es realmente: como algo situado en el marco de una cultura sin Dios. Hasta el enemigo tiene su lugar en la historia cuando es juzgado con perspectiva.

—Yo creía que usted carecía de enemigos, Padre.

—El demonio es mi eterno enemigo. Si la guerra de Corea no es nada más que eso, pasará a la historia como un símbolo. Aquí en estas montañas, el mundo libre ha establecido una línea a través de la cual el demonio no ha podido pasar. Ni siquiera poniéndose su más antiguo disfraz: la armadura de Marte.

—¿Cree usted que venceremos aquí, Padre?

—El hecho de que hayamos comenzado a luchar es lo que en realidad importa. Será recordado siempre… aunque la presente paralización termine en una tregua. Aunque la tregua sea rota.

—¿Por qué me está diciendo usted estas cosas?

—Porque debes comprender que todos formamos parte de esta lucha. Tú con tu música, Paul con su bisturí, y yo con las enseñanzas del Hombre a quien sirvo. Si la fuerza bruta del enemigo fracasa en Corea, ésa será solamente nuestra primera victoria. La guerra contra el mal seguirá en marcha. Con otras armas, en otros campos de batalla.

El sacerdote permaneció con ambas manos extendidas sobre los sacos de arena del parapeto… como si el refugio fuera su púlpito especial y Kay una congregación de una sola persona. Luego se volvió y la tomó para colocarla suavemente a su lado. Con ese simple movimiento volvió a ser nuevamente el Padre Tim, un capellán del Ejército bastante cansado, con un uniforme de faena sucio y manchado.

—No deje de hablar, Padre.

—He dicho todo lo que importaba, Kay. Lo bastante para hacerte ver que Paul y yo estamos en esta guerra para siempre, porque esta guerra no terminará nunca.

El Padre Tim cruzó el puesto de observación y miró hacia abajo, a la ladera Sur de la Colina 1049.

—El sermón ha terminado justamente a tiempo. Paul está subiendo por la hondonada, y puedo ver a los hombres que se reúnen en el refugio del puesto de mando para oírte cantar. Bajaré y le diré al cabo Jackson que afine su guitarra.