La espada y el bisturí
Capítulo 5
Después de la llamada telefónica de su abogado, Paul no había podido volver a conciliar el sueño. No era que la llamada le hubiera perturbado demasiado; tampoco era que temiera verdaderamente el mañana. El capitán Paul Scott había aprendido a dejar a un lado la mayor parte de los temores, junto con la cólera y las emociones imprevisibles tales como el arrepentimiento. Sin embargo, esperaba poder presentarse con la mente despejada ante su consejo de guerra; después de su despedida con Kay Storey, tenía la sensación de haber merecido ese respiro.
En el frente de Corea le era fácil envolver su mente en un negro terciopelo siempre que podía disfrutar de un descanso de algunas horas. En la prisión, su cerebro, así como sus músculos, se habían ido relajando sin sufrimiento a medida que se hundía en el pozo del olvido. Aquí, en la espartana comodidad de su habitación del Casino de Oficiales, se levantó al fin de su catre, teniendo que reconocer que el sueño le rehuía.
Cubriéndose con una bata de baño, abrió la única ventana que había en su habitación, y miró sobre los céspedes del Presidio el distante y tenue cabrilleo del Pacífico. La niebla había aparecido con la proximidad de la aurora; había empañado las luces del Golden Gate Bridge y pronto llegaría a desvanecer la línea de la costa de Oakland. En alguna parte, entre esa niebla, se encontraba el edificio en donde sería ventilado su caso.
Paul respiró profundamente el aire frío y sintió que un tumulto, que le era familiar, invadía su corazón. Su aislamiento contra el miedo no era todavía perfecto; la cólera y el arrepentimiento entraban aún de puntillas en sus pensamientos. Las enseñanzas del Padre Tim habían sido bien asimiladas… pero la carne es siempre más débil que el espíritu.
Había partido para la guerra de Corea siendo un hombre… y había vuelto de ella con una personalidad distinta. Todavía no estaba muy seguro de cómo se había operado el cambio. El Padre Tim podría habérselo explicado, pero el capellán del batallón se hallaba más allá de toda pregunta terrenal. ¿Hubiera comprendido… y perdonado su actual y solitaria angustia, la salvaje necesidad de llamar a Kay, de rogarle que permaneciera junto a él?
Por lo menos esta noche había encontrado la fuerza suficiente para alejarla de sí; en el salón del Casino de Oficiales le había sido posible dominarse y parecer lo bastante tranquilo… para despedirse con palabras que no tenían más que un significado. Sabía que si Kay hubiera estado a su lado ahora, la habría tomado en sus brazos y se habría unido a ella para toda la eternidad.
Sin embargo, tema que aprender a soportar su carga… si estaba destinado a pasar el resto de su vida en una prisión, en algún lugar calcinado por el sol. Kay no podría seguirlo a Leavenworth si el veredicto era de culpabilidad. Pero ella aún podía tener una brillante carrera con la ayuda de Lindman; podría llegar a ser feliz con él.
Así había razonado al apartarla de su lado en el pardusco salón del Casino de Oficiales. Había elegido deliberadamente el lugar… y aun así había necesitado todo su dominio para volverse y clavar sus ojos en el cuadro que había sobre la chimenea cuando Kay, por último, lo había dejado. Siempre recordaría ese cuadro, que representaba la Batalla de Buena Vista, con la carga de la caballería, los mejicanos huyendo y Winfield Scott como un águila azul en medio de las explosiones.
Ahora, mientras continuaba de pie frente a la ventana empapada de niebla, emitió un ahogado suspiro. En estos instantes (semejantes a aquellos en los que la voluntad de vivir de un hombre está en su punto más bajo) su necesidad de Kay Storey era tan real como el hambre. No era la última vez que su fantasma le visitaría con «lo que podría haber sido.», pero aun ahora, en la víspera de su juicio, Paul sabía que no hubiera podido proceder de otra manera.
La prueba de Pyongyang había hecho posible tal renunciamiento. Antes que comprometer a Kay en sus problemas, estaba dispuesto a ir a la derrota solo.
Era una decisión que no hubiera podido explicar (Hi Saunders sólo había acertado a mirarle fijamente esta tarde, cuando había tratado de expresarla en palabras). «Así sea —pensó con tristeza—. Déjalos que te señalen con el estigma de comunista; no hubieras podido obrar de otra manera.»
El Padre Tim podría haberle reivindicado, desde luego. Hasta Kay podría haberle ayudado. Tal como estaban las cosas, no había ninguna voz que le defendiera más que la suya propia. Y, aunque hablara por boca de ángeles, su fracaso parecía ineludible.
Eran las tres y media en su reloj de pulsera, siete horas antes de que tuviera que comparecer ante su consejo de guerra. Tal vez aliviaría la angustia de la espera si reunía sus recuerdos una vez más., si volvía al comienzo, al momento en que su vida se cruzó por vez primera con la de Kay Storey. El capitán Paul Scott, que continuaba parado frente a su ventana abierta, había cerrado los ojos en una silenciosa oración. La niebla había llenado la tierra y el mar cuando miró hacia fuera, pero la imagen del pasado era ahora un claro cristal.