La espada y el bisturí
Capítulo 4
El coronel Jasper Hardin salía del Presidio en el momento en que Kay llamaba desde la puerta a un taxi. La reconoció sólo por casualidad, como lo hubiera hecho un buen estratega. Saltó a un segundo taxi y ordenó al conductor que no perdiera de vista al primero. El hecho de que fueran al mismo lugar aquella noche parecía una feliz coincidencia.
Ahora, sentado con su propia amiga en un diván del restaurante del Mark, Hardin se regocijaba nuevamente pensando en su buena fortuna. Era un placer que todavía no había mencionado a la bonita muchacha, de cara más bien delgada, que compartía su mesa. Sin embargo, se sorprendió a sí mismo soltando una carcajada mientras bebía la cuarta copa de la noche.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia, Jasper?
—Lo lamento, Gloria., pero no te interesaría.
—Haz la prueba. Te has mostrado terriblemente silencioso esta noche.
—Es porque tengo cosas que desenredar. No es fácil, siendo Némesis.
—¿Némesis?
—Exactamente… aun cuando la víctima merezca ser exterminada.
—¿No te ayudaría algo si te desahogaras?
—Naturalmente… con la compañía adecuada. Por eso te he llamado esta noche. —Dejó caer una mirada apreciativa sobre su compañera, satisfecho al notar que ella se había ruborizado un poco bajo la mirada de su propietario.— Si quieres conocer más detalles, conecta mañana el aparato de televisión.
—Espero que me cuentes algo esta noche —protestó ella—. Después de todo, eres tú quien conoce los más íntimos pormenores del asunto.
Los ojos de Hardin se dirigieron nuevamente hacia la mesa de Lindman. Vio que el productor había tomado por segunda vez la mano de Kay Storey. Sintió todo el
rubor de un Peeping Tom[3] en su primera aventura. «Lindman va nuevamente tras de ella —se dijo con alegría—. Esta vez las columnas de la chismografía tienen razón.»
—¿No puedes decirme qué es lo que te resulta tan gracioso, Bunny?
Miró duramente a Gloría.
—Te he pedido que no me llames así, querida. Especialmente en público.
—Esta noche ofreces el aspecto de un oficial mandando su tropa —dijo Gloria—. Has puesto la misma cara que cuando te sacaron aquella fotografía en Tokio. ¿Recuerdas? Inmediatamente después que huiste de Corea…
—¡No huí, demonios! Fui repatriado… después del armisticio.
—No uses esas palabras tan altisonantes, Jasper. Todavía pareces enormemente satisfecho contigo mismo. Me pregunto por qué.
—¿Acaso no puede un hombre alegrarse cuando encuentra que hay justicia en el mundo?
Kay Storey era el último puntal de Scott, se dijo Hardin. Si ella hubiera permanecido leal, es posible que el tribunal hubiese sopesado su veredicto: un hombre con un amigo en el banquillo de los testigos, es siempre más importante que un hombre solo. Ahora, Hardin sabía que no tenía que preocuparse más. Lindman nunca habría pasado una velada con Kay Storey, en el más famoso lugar nocturno de San Francisco, si ella no hubiera resuelto ya abandonar a Scott a su destino.
—Ahora no se nos puede escapar —dijo Hardin—. Al fin lo tenemos liquidado.
—¿Qué hizo el capitán Scott, Jasper? Y trata de no gritar.
—¿No lees los diarios?
—¿Para qué… cuando tú explicas las cosas tan claramente?
La enfurruñada sonrisa había fascinado en otros tiempos a Hardin. Esta noche tenía la oscura convicción de que Gloria (que no era ni la mitad de lo estúpida que parecía) le estaba tendiendo un lazo. Sin embargo, era su auditorio… y como tal merecía una respuesta.
—Te diré qué es lo que no puedo perdonarle a Scott —contestó—. Me hizo sentir miedo.
—No puedo imaginarte a ti sintiendo miedo por algo.
El espejo que había sobre la pared de enfrente, aseguró a Hardin que el cumplido de Gloria era sincero. Esta noche, con su elegante uniforme, era un soldado de cuerpo entero… y la hilera de cintas de condecoraciones que llevaba sobre su pecho habían sido ganadas en la última guerra.
—Ya sé que es difícil de imaginar —dijo—. Pero la prueba del combate no es lo peor que un soldado debe sufrir. El miedo que un canalla como Scott puede inspirar es mucho peor.
—¿Por qué, Bunny?
—Porque es más profundo. Es algo que está más allá del bien y del mal, tal como nosotros lo entendemos. Dentro de la oscuridad del alma, donde se alimenta el comunismo. —Hardin se detuvo y se preguntó qué editorial estaba citando.— Hasta ahora, el fuego de un pelotón es nuestra única defensa contra los Scott… o el tribunal marcial, si no nos hallamos en guerra. Sin embargo, ¿qué puede hacer la muerte, o las rejas de una prisión, si el veneno ha realizado ya su obra?
—Pero ¿qué es lo que hizo?
—Esa, querida, es la clase de ignorancia que hace poderoso al veneno. ¿No has leído cómo rehusó abandonar su refugio en la Colina 1049 cuando le di la orden para ello? ¿Ni cómo yo dormí bajo la lluvia en Sinmak, mientras él estaba resguardado en un buen alojamiento?
—Sí, Jasper. ¿Eso es todo?
—Es sólo el comienzo. En el campo de concentración salvó la vida de cien comunistas. Lo sé porque mi sargento mayor los contó. Operó al coronel Pak, el comandante de la prisión, cuando todo el campamento quería que Pak muriera. Juró que nuestras tropas usaban bombas con bacterias. Cuando llegó la orden de repatriación, no quiso acatarla. En el nombre de Dios, muchacha, ¿qué se necesita para conmoverte?
—¿Puedes demostrar que el capitán Scott era comunista? ¡Suponte que él refiere en el juicio una historia diferente!
—Lo hará., no te quepa la menor duda. Conozco al picapleitos que lo defiende. No me sorprendería que fueran pájaros del mismo plumaje.
—¿No se escucha a ambas partes en un consejo de guerra?
Hardin pensó que Gloria podía resultar irritante a veces. Mientras sentía que su enojo crecía, consideró la posibilidad de dejarla… hasta que recordó que ya le había resultado demasiado costosa y que sería una tontería no sacar a su inversión todo el provecho.
—Por supuesto que escucharán a las dos partes —respondió—. En este país los traidores gozan de un juicio imparcial. En esto es en lo que diferimos de nuestros enemigos.
—Me alegro de que así sea, Jasper.
—Deja de actuar como una tonta —barbotó—. La confesión de Scott ya está registrada… y tengo testigos que respaldan cada uno de los puntos que he dejado establecidos: Hombres que lo vieron conducirse como un renegado… y como un sedicioso. No importa lo que esté tramando con Saunders: es su palabra contra la nuestra. El capellán ha muerto. Como puedes ver en este mismo momento, la muchacha de Scott lo ha dejado.
—¿Estás seguro?
—¿Se acercaría Lindman a ella en la forma en que lo hace si no fuera así?
—Puede que sea como tú dices, Bunny. Yo sólo deseaba conocer con exactitud tu versión.
—Estará bien clara mañana. El juez espera que el veredicto sea pronunciado dentro de dos días… —Hardin cortó en seco la referencia a esta profecía que le había sido dada en secreto.
—Creo que he hablado ya demasiado —murmuró—. Salgamos de aquí.
—Como quieras, Bunny.
Hardin se balanceó ligeramente al incorporarse, pero las paredes de espejo devolvieron una docena de imágenes del héroe, creando la ilusión de que era más grande que la vida. Se esforzó en dar rigidez a su continente y miró con frío y marcial alejamiento a cada uno de los rostros que encontró en su pérfida marcha hacia el ascensor. El ligero mal humor que había experimentado se evaporó rápidamente mientras continuaba provocando envidiosas miradas en las personas de otras mesas. Ahora que había obligado a Gloria a seguir su itinerario, su sensación de bienestar era completa.
Diez años en Leavenworth era la sentencia mínima que obtendría Scott; el mayor MacArdle lo había dicho por la tarde en el sumario final. Si jugaba bien cada una de las cartas, podría resultar sentenciado a perpetuidad. Hardin se preguntó qué estaría haciendo en esos momentos el amigo de los comunistas. Temblaría de miedo, sin duda, y rogaría frenéticamente a sus extraños nuevos dioses. Era imposible creer que su sangre fría pudiera durar hasta la víspera de su humillación.