La espada y el bisturí
Colina 1049
1
La cumbre de la Colina 1049 dominaba el largo cañón del valle que se extendía a sus pies. Por esta razón fueron excavados en su ladera una serie de puestos de observación la última vez que cambió de manos. Después que las líneas de las Naciones Unidas hubieron descendido más hacia abajo en la ladera Norte, los puestos fueron dejados muy abandonados por los vigías, que ahora podían observar a una distancia más corta los movimientos del enemigo.
Aquella tarde, el solitario observador que se hallaba agazapado en una de aquellas cuevas de zorro con espacio para dos hombres, estaba sumido en sus propias meditaciones… si bien permanecía lo bastante alerta como para mantener agachada su cabeza. La cima de la Colina 1049 se encontraba dentro del radio de alcance de los tiradores. Aún no hacía diez minutos (cuando el capitán Scott había llegado casi arrastrándose desde el otro lado de la cresta), una bala había pasado silbando entre los sacos de arena.
Para Paul se había convertido en una costumbre admirar la puesta del sol desde esta ventajosa posición, siempre que su presencia no fuera necesaria en el puesto de auxilio. Esa comunión con la muerte que compartía allí abajo, era una carga que ningún hombre podía soportar por mucho tiempo… y un cirujano menos que nadie. Por tal razón había comenzado a apreciar esos raros momentos de soledad… y aquel día era un día extraordinario en todos sentidos. Hacía seis meses justos (casi le era posible decir la hora) que el Batallón 141 había desembarcado por vez primera en Corea. Sentía que en ese intervalo se había ganado estos breves descansos en su tarea.
«Hoy se cumplen seis meses desde que Kay Storey, moviendo sus brazos, me despidió en el muelle de San Pedro —se dijo con un dejo de amargo orgullo—. A ese tiempo hay que agregarle las tres semanas empleadas para cruzar el mar y el mes destinado a la instrucción final en el Japón.»