La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 37 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 7

A pesar de su consejo, Paul mismo continuaba hablando entrecortadamente mientras corrían, subiendo por la colina.

—Lo lamento, Kay. He intentado venir antes. Pero no he podido. He estado operando desde medianoche.

—No necesitas excusarte, Paul.

—Quiero que conozcas la gravedad de la situación. Es mejor así. —Se detuvo por si llegaba una granada.— No hemos tenido más que un helicóptero desde el amanecer. Lo hemos empleado para dos casos urgentes.

—Comprendo.

—Esta es la cuarta vez que nos han sitiado. En cada ocasión hemos rechazado nuevamente sus ataques y hemos restablecido la ruta de abastecimiento. Lo haremos también esta vez, si las cosas no se ponen muy graves…

La estuvo manteniendo al amparo de un sólido saliente de la roca, mientras contaba los estallidos de las granadas que caían detrás. Luego se arrojó a tierra repentinamente, arrastrándola a su lado. La última granada de la distante batería enemiga llenó el aire con un largo y quejumbroso silbido mientras pasaba sobre sus cabezas. La detonación, cuando se produjo, fue demasiado lejana para parecer real. Mucho antes de que les llegara el ruido del estruendo, Paul ya había tirado de ella, obligándola a ponerse en pie, y habían reanudado su carrera por la hondonada.

—No nos expongamos —dijo—. Debes mantenerte a cubierto hasta que la cosa se aplaque.

Se encontraban en la última y larga ladera, con el refugio médico exactamente sobre ellos. Paul suavizó la marcha por vez primera y le ofreció la exhausta parodia de una sonrisa.

—Los helicópteros vendrán durante toda la mañana para llevarse a las heridos. Te transportarán a ti de alguna forma.

Nuevamente se aplastaron contra el suelo, mientras otra granada silbaba y caía lo bastante cerca para enviar una masa de barro sobre la hondonada.

—De vez en cuando yerran —repuso, como si estuviera disculpando a los tiradores enemigos—. ¡Adentro, rápidamente!

Esta vez el puesto de socorro estaba tal cual ella lo había imaginado. El sargento Furness y el cabo Jackson, desnudos hasta la cintura y brillantes de sudor, trabajaban calladamente entre los catres… y cada catre era una lamentación con su carga de miseria. Una fila de heridos esperaba al cirujano en la entrada formada por sacos de arena. Durante su ausencia se había formado una hilera de camillas ocupadas con heridos.

Algunas de las camillas se hallaban totalmente cubiertas por las mantas, triste evidencia de que esos hombres estaban más allá de toda ayuda.

—Siéntate en el dispensario —indicó Paul—. Allí no serás pisoteada.

Se volvió hacia la mesa de operaciones mientras el sargento llegaba desde el lado opuesto con una ampolla de pentotal. El caso que le reclamaba, según advirtió Kay, era relativamente sencillo. El tipo de herida que produce la explosión de una granada con metralla. Una rápida limpieza sería suficiente para despachar a ese paciente y hacer lugar a otros.

Observando cómo trabajaba Paul, comprendió que la exactitud del juicio era esencial aquí… y, a su manera, tan importante como la habilidad operatoria. Aun bajo el fragor de las granadas una cierta proporción de casos serían enviados por vía aérea al hospital de la base. Era responsabilidad de Paul decidir quién partiría inmediatamente y quién podría quedarse para someterse a la intervención quirúrgica que él pudiera practicarle en la línea de fuego. Los casos de rutina no eran menos vitales: el constante inyectar del plasma, la inserción de un tubo en una tráquea destrozada, una sutura rápida para aliviar el colapso de un pulmón.

Mientras pasaban las horas y la afluencia de heridos continuaba, Kay se cansó de esperar en el dispensario. Mucho antes de que la furia del ataque hubiera disminuido fuera del refugio se encontró ayudando a los sanitarios demasiado ocupados al principio en pequeñeces y luego como una experta compañera. Una vez que hubieron visto que no le tenía miedo a la sangre, la aceptaron agradecidos. A partir de este momento sólo fue cuestión de tiempo el ponerse a asistir también al cirujano.

Mientras sostenía la cabeza de un herido en el cráneo (Paul se había detenido en el caso lo bastante para limpiar la herida y cubrirla con una venda, antes de disponer su prioridad para ser transportado en el primer helicóptero), Kay supo que se había dado por enterado de la presencia de otra persona y que se sentía agradecido de aquel par de manos que habían recobrado su antigua habilidad.

No mostró ninguna señal exterior de reconocerla mientras trabajaba. Este era un Paul que nunca había conocido; un técnico cuya concentración era absoluta. A pesar de que le había ayudado en varios casos, no dejaba de maravillarse de su fácil competencia y de sus decisiones, que imponían orden en aquel caos de sangre y dolor.

Según sus cálculos superficiales, Kay estimaba que de cada seis casos que llegaban a la mesa de operaciones, cinco eran elegidos para evacuarlos al MASH. La mayor parte de ellos tendrían una probabilidad de sobrevivir gracias a las manos de estos incansables cirujanos y a la eficiencia del servicio de helicópteros del hospital que se posaban en el campo de aterrizaje. Trabajando a toda velocidad a su lado, había perdido la noción del tiempo., pero de todas formas comprendió vagamente que había caído ya la tarde cuando él se quitó por fin la máscara y advirtió con asombrados ojos su presencia.

—¿Por qué estás todavía aquí, Kay? Furness debiera haberte hecho subirá un helicóptero.

—No se ha atrevido —contestó ella—. Me necesitaba demasiado aquí. Espero que tú también.

—Partirás en el momento en que haya un sitio disponible.

—Siempre que ese lugar no sea necesario para otro.

Esta vez le tocó a Kay mirar a su alrededor. Comprendió que la marea de nuevos casos se había detenido, aun cuando el estrépito de afuera era más intenso que nunca.

—¿Todas las mañanas son así, Paul?

—Sólo cuando nos atacan de verdad —respondió él—. Ahora podemos descansar un momento. Traeré café.

—Esa es mi tarea, doctor. Por lo menos recuerdo eso de mi época de enfermera.

Todavía se hallaba llenando las tazas para los ayudantes cuando el Padre Tim bajó por los escalones del refugio. El frágil cuerpo del sacerdote estaba agobiado por la preocupación. Con una sonrisa de gratitud aceptó una silla de lona que Kay le ofreció y una taza humeante. Toda esa larga mañana habían trabajado juntos entre los heridos, pero no habían tenido ocasión de hablar antes.

—¿Quiere usted decirle a Paul que no debe tenerme como un peso sobre su conciencia, Padre? —dijo ella, tanto para beneficio de Paul como del capellán.

Apenadamente se había dado cuenta de que el cirujano se dirigía hacia el otro extremo del refugio para revisar con el sargento Furness la lista de prioridades de evacuación.

—Lamento que hayas tenido que ver esto, Kay.

—Créame, Padre Tim, estoy contenta de haberme quedado. Necesitaba observar a Paul trabajando. Me ha ayudado a comprender lo que usted quiso decirme ayer.

El sacerdote dejó a un lado la taza y se inclinó en la silla, oprimiéndose los ojos con los dedos.

—Sea eso como sea, querida, respiraremos con más tranquilidad cuando tú te encuentres de nuevo en la base.

—¿Tan mal se hallan las cosas afuera?

—Me temo que estamos siendo fuertemente atacados. Nunca ha sido tan duro como ahora.

—¿No hay ayuda en camino?

—Puede que llegue a tiempo. Hasta ahora siempre nos han enviado refuerzos. Entretanto, los helicópteros están haciendo un buen trabajo.

—Dígame algo sobre el coronel Hardin, Padre. ¿Siempre se emborracha durante los ataques? —dijo Kay bajando la voz.

El capellán asintió sobriamente con la cabeza.

—Es un secreto a voces en el refugio del puesto de mando. Hasta ahora se va librando bien., porque su personal le encubre. Lo que el coronel no puede soportar es que Paul comprende su miedo, y… lo protege. Lo hará esta vez también, salvo en el caso de que Hardin se vuelva loco.

—Si usted le ha enseñado a perdonara Hardin, ha realizado usted maravillas.

—El perdón vino de su propio corazón, Kay. Es médico antes que nada y el coronel es un hombre enfermo.

—Pero, ¿cree usted que Hardin debería estar al mando de esto?

—Francamente, no., aun cuando es algo que nunca explicaremos en el informe. Hasta ahora ha mantenido su posición y para el mundo exterior su táctica ha estado por encima de cualquier reproche. Paul espera que le deje extenderle un certificado médico como incapacitado para seguir en el mando. Especialmente después de la demostración de hoy. Por eso es por lo que en el informe de esta mañana lo ha declarado como enfermo en su alojamiento. Si esto dura demasiado, puede certificar también que tiene que ser evacuado.

El teniente Crosby entró en el refugio un poco después, lleno de barro hasta los ojos. Una mirada informó a Kay de que el comandante provisional se hallaba molesto en extremo cuando se dirigió a Paul. Nuevamente tuvo conciencia de la curiosa reversión de los papeles en el batallón. Un observador ignorante del lugar que ocupaban los dos hombres, hubiera jurado que Crosby se presentaba para recibir instrucciones.

Tratando de no parecer una fisgona, oyó su conversación sólo a fragmentos, Crobsy venía de hacer una inspección en los puestos y traía la noticia de que existía una creciente intranquilidad entre los hombres. Evidentemente, sentían que la Colina 1049 era ya insostenible., pero el comandante de la división acababa de transmitir por teléfono una orden disponiendo que se mantuviera la posición.

—El coronel daría una contraorden si estuviera sobre sus pies, doctor.

—¿Cómo se encuentra ahora?

—El sargentos Bates está tratando de reanimarlo con café y anfetamina. ¿No podría darle algo fuerte para hacerle reaccionar?

—Algo lo bastante fuerte como para sacar al comandante del estado en que se halla —repuso Paul—, lo mataría.

—¿Y suponiendo que pudiéramos comenzar una retirada general, mientras todavía hay luz?

—Usted dice que ha perdido contacto con la Colina 1056. Sería un suicidio sin tener apoyo en el flanco.

—No, si seguimos las hondonadas —repuso Crosby ansiosamente—. La compañía auxiliar ha traído un transporte blindado coreano que ha quedado sin gasolina. Podríamos utilizarlo como protección.

—¿Protección para quiénes.? ¿Para el mando y unos pocos heridos? Aún así sería un suicidio para los hombres.

Paul había hablado en tono cortante. Kay advirtió que todo el refugio estaba escuchando.

—Pero, doctor.

—Vuelva al puesto de mando, teniente —dijo Paul en un tono más amable—. Permanezca con sus teléfonos hasta que el comandante de la división cambie esas órdenes. Eso es todo lo que puede hacer.

A pesar de lo que había resuelto, Kay no pudo dejar de reunirse con Paul después que el teniente hubo hecho una desairada salida. El cirujano se hallaba vigilando el traslado de un herido entablillado desde la mesa de operaciones al helicóptero. A una señal suya, ella permaneció al lado de la camilla hasta que el hombre estuvo a bordo del aparato.

—Me hubiera gustado haberte podido enviar en este helicóptero, Kay. Pero está sucediendo lo mismo desde la madrugada.

—Los heridos deben ser evacuados antes que nadie. Ambos sabemos eso.

Paul se volvió lentamente y la miró con admiración.

—¿Deseas quedarte… después de lo que acaba de decir Crosby?

—¿Ordena el alto mando una retirada?

—Desde luego que no. Pero está empezando a parecerme que Crosby no es lo bastante experimentado para esta tarea.

De pie al lado de Paul en la entrada del refugio, necesitó todo su dominio para evitar que su mano cogiera la de él. La presión le habría dado a Paul la respuesta que precisaba, la seguridad de que ella se negaría a tener miedo mientras pudieran compartir el peligro. Observaba en silencio en tanto que los sanitarios transportaban otras cosas al helicóptero. Un momento después el aparato despegó de la ladera de la colina, pareciendo balancearse precariamente entre la tierra y el cielo, hasta que ganó altura y giró hacia el Sur dirigiéndose a la lejana base.

—No seas siempre una heroína —dijo—. No es saludable.

—Estoy donde quiero estar, Paul. ¿Quieres creerme ahora?