La espada y el bisturí
Capítulo 3
El sargento mayor Bates, un perfecto testigo hasta el final, salió caminando entre un murmullo jocoso de los espectadores. Había algo en esa corriente subterránea que se deslizó como agua helada por la espina dorsal de Paul. Tampoco fue muy prometedor el hecho de que Sellers no hiciera ningún movimiento inmediato para restablecer el orden.
—Estoy seguro de que no existe tal informe —le dijo a Hi—. ¿Por qué no lo has exigido?
—Es demasiado pronto para calificar a Hardin de mentiroso —contestó el abogado—. Aguarda a que esté en el estrado él mismo. Hemos planteado una duda razonable. Por ahora no podemos esperar más.
—¿Todavía crees que tengo alguna posibilidad, Hi?
El abogado tomó de soslayo la pregunta.
—Una oportunidad de afuera… cuando traiga a Kay. Estamos ya probando que no es un caso de «coser y cantar», como dicen los diarios. Un buen testigo a tu favor podría cambiar el panorama.
—¿Estás seguro de que Kay será ese testigo?
—Si andamos listos, puede establecer que Hardin es un borracho y un cobarde. Puede, con seguridad, decir al tribunal por qué firmaste esa falsa confesión, y lograr que lo crean. Todo lo que nos es posible hacer entre nosotros, es hacerte aparecer con demasiado espíritu de sacrificio para que ello sea verosímil.
—MacArdle arruinará sus posibilidades para una carrera cinematográfica. Tienes que comprender eso.
—Kay es toda una mujer, amigo. No creo que le importe en lo más mínimo haber arruinado su carrera si te salva. —Hizo un gesto con la boca, mientras el sargento Furness avanzaba hacia la silla de los testigos.— Tal vez vosotros dos seáis demasiado buenos para nuestra época. Lo sospecho desde hace algún tiempo.
El sargento Furness tomó asiento y dirigió una mirada helada a Paul. (Como los otros testigos, era evidente que estaba bien aleccionado.) Bajo la dirección de MacArdle repitió la mayor parte de la historia de Bates. A diferencia de éste, Paul advirtió que su buena fe en cada una de las declaraciones era absoluta.
—Mientras fue prisionero, sargento —inquirió MacArdle—, ¿estuvo usted estrechamente vinculado con el capitán Scott?
—Formé parte de su equipo médico. —¿Durante cuánto tiempo?
—Durante más de un año. Hasta que le pedí al comandante que me destinara a otra parte.
—¿Por qué hizo esa solicitud?
—Fue después que el capitán Scott operó al coronel Pak.
—¿Cuál fue la naturaleza de la operación?
—Cerrar una úlcera perforada.
—¿Tuvo éxito la operación?
—Sí, señor.
—¿Cuáles fueron sus sentimientos después que el coronel Pak mejoró?
—Pensé que merecía morir. No podía soportarlo… ni quedarme allí y observar cómo el capitán lo mantenía vivo.
—¿De manera que fue a ver al sargento Bates y pidió que lo trasladaran?
—Así es, señor.
—Eso es todo.
Hi Saunders se puso de pie.
—Hablemos sobre su traslado, sargento. Usted ha dicho que no podía soportar el hecho de que el comandante mejorara. ¿Mencionó usted su disconformidad al capitán Scott?
—No, no lo hice. Dejamos de hablarnos.
—¿Le trató alguna vez mal el capitán a usted?
—No, señor. Antes éramos buenos amigos.
—¿Antes de qué?
—Antes de que comenzara a tratar a pacientes chinos como si fueran humanos.
Hi se encogió de hombros ante esta explosión.
—¿No se le ocurrió pensar a usted que al dejarlo hacía mucho más pesada su tarea?
—No podía seguir ayudándolos a ellos.
—¿Fue ésa su única razón, sargento? El cabo Jackson ha dicho que le sedujo la mejor comida que se servía en el alojamiento del coronel Hardin. ¿Se rindió usted a una tentación parecida?
—Tal vez comí mejor después. Pero ésa no fue la razón que me movió a obrar así.
—¿Le sugirió el sargento Bates que pidiera el traslado… o la idea partió de usted?
Por vez primera Furness pareció incómodo.
—Fue idea suya en cierta forma.
—Piense en el pasado, sargento. En la época de su traslado, ¿cuántos prisioneros de la Colina 1049 estaban vivos en el campamento de Pyongyang?
—Bien. Estábamos el coronel, el sargento Bates, el cabo Jackson, yo y el sargento Luppino, del personal del coronel. El sargento murió a principios de 1953. Es lo que recuerdo.
—Supongo que ése era el grupo del coronel. ¿Puede nombrar a los demás?
Furness pareció algo molesto.
—Por supuesto. Había otros tres. El capellán, la señorita Storey y el capitán Scott.
—El capellán y la señorita Storey se hallaban en celdas de aislamiento cuando usted fue trasladado, ¿no es así?
—Sí, señor.
—En otras palabras, en ese momento el capitán Scott sólo tenía dos amigos seguros. Se esperaba que ambos murieran… ¿y se pusieron los cuatro contra él?
Por vez primera, MacArdle fue cogido desprevenido. Cuando la hizo, su objeción fue estentórea.
—El abogado defensor no tiene derecho a utilizar la palabra contra.
—Indudablemente describe la situación. El coronel Sellers se inclinó hacia delante en la silla.
—Debo advertir a la defensa que no debe hacer afirmaciones temerarias.
—Si mis afirmaciones son temerarias —dijo Hi—, le pido excusas al tribunal. Sin embargo, subsiste el hecho de que los testigos del fiscal son el coronel Hardin, los sargentos Bates y Furness y el cabo Jackson. Por el momento, el único testigo para la defensa es el capitán Scott mismo.
—El tribunal se retirará para votar sobre la procedencia de su última pregunta, señor Saunders. Hi tomó asiento en la mesa de la defensa mientras las siete espaldas uniformadas desaparecían por la puerta.
—Creo que los hemos baqueteado un poco —repuso—. No es que hayamos establecido una conclusión., pero se dan cuenta de que Hardin ha «magnetizado» a tus ayudantes. Lo que significa a cada uno de los que hubieran podido ayudarte… excepto Kay. Debes comprender por qué tendré que utilizarla.
Paul se cubrió los ojos por un momento.
—Tú eres un buen abogado, Hi —le dijo—. Desearía que no pretendieras ser un psiquiatra también.
—Todo buen abogado tiene que serlo un poco —replicó Hi—. ¿Qué estás tratando de probar aquí, después de todo? ¿Que todos los hombres son hermanos, prescindiendo de quién ha disparado contra quién?
—Podrías llamarlo así.
—¿Entonces por qué estás tú solo en el tribunal? Paul dejó caer su mano; con el gesto sabía que se había rendido. A pesar de sus temores por Kay, no podía retener una oleada de gratitud. Hi tenía razón, por supuesto; ningún hombre (ni siquiera el Padre Tim) podía luchar solo contra el resto del mundo.
—Sea como quieras —accedió—. Ahórrale todo lo que puedas.