La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 47 de 60

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La espada y el bisturí

Pyongyang

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La pesadilla de la nieve había vuelto justamente antes del amanecer. Ahora, sentado rígidamente en su jergón en el barracón número cuatro, Paul parpadeó durante un largo y terrible momento antes de que sus ojos pudieran enfocar con claridad la luz del verano que resplandecía más allá de las rejas. Era un cierto alivio notar que el día prometía ser bueno y caluroso. Durante un tiempo, el horror de la nieve llegando hasta las ventanas sería sólo un fantasma del pasado.

Se alegró de haberse despertado antes que los demás. Como médico de todo el campo de prisioneros, tenía autorización para dejar cuando quisiera los barracones. Desde que había terminado con la epidemia de meningitis, encontraba más simple huir de sus compañeros de prisión siempre que pudiera hacerlo con naturalidad.

Miró al muchacho que estaba dormido en un jergón vecino. «Un nuevo prisionero —pensó sombríamente— es una novedad aquí.» Ahora que el coronel Pak había aumentado, a petición suya, la ración de alimentos (lo bastante, por lo menos, para reducir a un mínimum las muertes por inanición), no había vacantes desde hacía más de un mes.

El recién llegado era un piloto de las fuerzas aéreas, recogido entre los escombros de un bombardero americano. Su uniforme verde grisáceo todavía estaba inmaculado y era un deslumbrante contraste con los harapientos durmientes de más allá. Era significativo, pensó Paul, que el piloto hubiera tomado el jergón próximo al suyo… sin saber que los otros se apartaban de él todo lo que el estrecho alojamiento les permitía.

Pensando en lo que dirían cuando él volviera la espalda, Paul dejó a un lado la pregunta. Le bastaba con saber en su propio corazón que había actuado para el bien general cuando trató por igual a guardianes y prisioneros en la última batalla para detener la mortal epidemia. No podía reprochar al campamento por considerarlo su primer gran paso hacia el camino de la colaboración. ¿Cómo hubieran podido pensar de distinta manera… cuando sus obligaciones en el hospital lo reclamaban de la mañana a la noche? ¿Cómo le hubiera sido posible convencerlos de que sus interminables entrevistas con el coronel Pak eran precisamente las que a muchos de ellos les habían rescatado de la tumba?