La espada y el bisturí
Capítulo 7
Cuando Paul se despertó a la mañana siguiente no tuvo necesidad de preguntarse dónde estaba; su mente repiqueteaba tan alegremente como un carillón.
Después que hubieron dejado al capellán en el ómnibus de San Pedro, Kay y Paul se cogieron de la mano y fueron a hacer su propio recorrido por los restaurantes de Hollywood. Cenaron como unos príncipes en el Romanoff y bailaron en el Mocambo y en el Ciro, sintiéndose felices y seguros de que se habían ganado esas horas de permanecer juntos. Luego volvieron al departamento del Boulevard Pico; y no hubo tensiones ocultas cuando la cerradura de la puerta del departamento sonó al cerrarse detrás de ambos.
Ahora, tras haberse levantado con ligereza, recorrió dos veces el pequeño departamento antes de admitir que se encontraba solo. La segunda vez vio que el servicio de café se hallaba preparado en la cocina. Una nota estaba apoyada contra la cafetera. Como la misma Kay, era concisa e iba derecha al asunto:
"Te dejo porque me han llamado para hacer un ensayo temprano.
(Nuestra última función antes de reunimos con las unidades de Corea.)
Estaré en el muelle… si me dejan salir a tiempo. Si no, en abril nos
reuniremos en Seúl. Recuerda. Ambos participaremos en esta guerra."
A su vez escribió apresuradamente su propia despedida mientras el café hervía. Una mirada al reloj le había recordado la tiranía del tiempo. En el Hollywood Hotel recogió su maletín y pagó el importe de dos noches por una habitación que no había utilizado. Mientras llamaba un taxi recordó a Daphne Holt. Una hora después descendería de un avión de Nueva York. Sin duda alguna era agradable comprobar que su vínculo con el mundo de Daphne había terminado.
No había tiempo que perder para llegar al transporte. Sólo al ascender por la plancha con su unidad médica fue cuando advirtió que había olvidado anotar la dirección del departamento del Boulevard Pico. El padre Tim la tendría, por supuesto. Por su parte, enviaría a Kay sus señas más tarde.
Necesitó media hora para revisar los alojamientos y asegurarse de que los hombres que se hallaban bajo su mando estaban bien instalados. Una banda tocaba en el muelle cuando volvió a cubierta, y el transporte comenzaba a alejarse imponentemente.
En cierta forma el aire festivo era forzado, aun cuando en el muelle había docenas de novias y esposas, y la ejecución que la banda hacía de «Aloha» no hubiera podido ser más entusiasta. Paul encontró por fin al capellán entre la multitud de soldados que había en la proa. Una mirada le informó por qué motivo el Padre Tim saludaba tan cariñosamente: Kay Storey acababa de aparecer entre el gentío y corría hacia el extremo del muelle con toda la habilidad de un jugador de fútbol resuelto a llegar a la portería.
El espacio de agua entre el barco y la orilla era ya demasiado ancho para poder gritar de un lado a otro. Evidentemente, ella había previsto que no podría llegar a tiempo para despedirse bien de él: cuando estuvo en el borde, el letrero que levantó relató su propia historia en grandes letras de un pie de alto:
"LLEVANDO LA ANTORCHA A SEUL
¡FELIZ DESEMBARCO!"
Todas las voces del barco se elevaron como una sola en respuesta a ese mensaje, en la convicción de que era un saludo general. Apretado entre los brazos que se movían como aspas de molino en un brezal, Paul sintió que su garganta se oprimía ante la energía de esas frases. Gracias a Kay Storey, la tibia ceremonia de adiós (que la ejecución de la banda sólo había subrayado) se transformó en una auténtica despedida, mezcla de lágrimas y de emocionantes vítores.
Ahora que todas aquellas vigorosas voces jóvenes se habían acallado, recordó una vez más que la juventud es eterna, que los jóvenes siempre sufrirán los males originados por sus mayores. «Las guerras de Norteamérica —pensó solemnemente— siempre serán ganadas… mientras haya una Kay Storey esperando que termine la guerra.»
—«La muchacha de al lado» —dijo el Padre Tim—. Así es como la llamé el día que nos conocimos. ¿Comprendes el motivo, Paul?
—Sí, Padre Tim. Lo entiendo perfectamente.
Ahuecó sus manos para agregar su grito de despedida al de los otros, sabiendo de antemano que Kay no podría distinguir su voz. Pero estaba seguro de que le había visto entre la emocionada multitud de soldados: que le estaba saludando únicamente a él. Y se dio cuenta de que la amaba más allá de toda razón… aun cuando todavía no había puesto en palabras su amor.