La espada y el bisturí
El Proceso
1
La pantalla de la memoria se desvaneció, y de nuevo volvió a encontrarse en la concurrida sala del tribunal en San Francisco… oscuramente consciente de que los jueces se habían levantado para votar sobre una cuestión legal. El capitán Scott envió una sonrisa a su abogado… e íntimamente admitió que la experiencia había sido alentadora. Por lo menos se había ahorrado todos los preliminares.
—¿Cómo marcha el asunto, Hi?
El abogado defensor le devolvió la sonrisa.
—Te he visto distraído, compañero. Y no puedo reprochártelo. Para un profano, hasta ahora la cosa va resultando terriblemente aburrida.
—Exactamente no estaba distraído —replicó Paul—. Es una artimaña que se aprende en los campos de concentración comunistas. Puedes llamarle desconectar el presente… cuando el presente comienza a volverle loco a uno.
—No has perdido mucho. Hasta ahora, MacArdle y yo no hemos hecho otra cosa sino golpearnos mutuamente. He conseguido que Jackson admitiera que él y el sargento mayor eran compinches en la prisión… y que se unió al grupo de Hardin porque la comida era mejor. Pero a pesar de todo, insiste en que la verdadera razón de su cambio fue el que tú operaras al comandante del campamento. Lo mismo dice Bates, por supuesto.
Paul echó una mirada al sargento mayor, que se hallaba cómodamente apoyado en la silla de los testigos, mientras esperaba el retorno del tribunal. Bates le devolvió la mirada con especial insolencia. El cirujano se alegró en verdad de haberse ahorrado la primera parte del testimonio de ese cómplice.
—Me parece que con ése no has conseguido progresos.
Hi movió la cabeza.
—MacArdle le ha hecho ensayar, como si se tratara de una función en Broadway.
—¿Cuándo presentarán la confesión?
—Me imagino que Hardin mismo la leerá desde el estrado. MacArdle sabe que yo la mantendré apartada tanto como pueda de las actas. Es demasiado listo para deslucir esa gran escena.
—¿Por qué dejan que la lea Hardin?
—El coronel la trajo de Corea, ¿recuerdas? Es su triunfo mayor. Evidentemente se propone utilizarla par asestarte el golpe de gracia.
—¿Y qué pasa con Kay? ¿Tratarán de complicarla en eso?
Hi sacudió nuevamente la cabeza.
—MacArdle no. Hasta ahora las cosas están marchando en la forma que él desea, exceptuando unos pequeños ardides que he introducido para obligar a los testigos a demostrar un motivo egoísta en el asunto de los alimentos. Si lo dejo a su decisión, no la mencionará… salvo como a prisionera que compartió tu cautiverio.
—¿Y el Padre Tim?
—También lo han eludido con bastante éxito. Por lo que hasta ahora sabe el tribunal, ambos se encontraron en eso porque no pudieron evitarlo. El hecho de que también fueran amigos tuyos, no ha sido mencionado.
—¿No es tiempo ya de traerlo a colación, Hi?
—Ese elemento lo estoy reservando para la sesión de la tarde —contestó tranquilamente el abogado—. Mac seguramente pondrá a Hardin en el estrado después del almuerzo, como último testigo de la acusación. No me rompas la cabeza, Paul., pero forzosamente tengo que recurrir a Kay.
—Dijiste que la mantendrías al margen.
—Sólo porque así lo deseabas tú. Ahora que he visto actuar a MacArdle me temo que sea imposible.
Paul se movió incómodo. Había previsto este cambio de frente por parte de Hi, y, puesto que le había concedido a su abogado defensor libertad para llevar a cabo su estrategia, sabía que no tenía poder para combatirlo.
—MacArdle no hará sino crucificarla —dijo con rapidez.
—A ella eso no le importará si puede ayudar en tu caso —replicó Hi—. No pretendas ser un mártir tan exclusivo.
—¿Cómo puede ayudar ella?
—Llegando a la conciencia de este tribunal marcial. Diciéndole que la persecución de Hardin contra ti se remonta a la cobardía que él mismo demostró en la Colina 1049, y aún.
—¿No puedes sacar a relucir eso mismo de distinta manera?
—Tal vez hubieras debido escuchar, después de todo —respondió Hi—. Durante toda la mañana he estado tratando de romper esa barrera. Ha sido una verdadera lucha traer la Colina 1049 a conocimiento del tribunal. MacArdle sigue insistiendo en que se te juzga por lo que sucedió después de que tu grupo fuera hecho prisionero.
Paul miró con tristeza los siete asientos vacíos del estrado.
—Por eso es por lo que están ausentes ahora., para decidir hasta dónde limitarán mi interrogatorio.
—Seguramente yo podré aludir al pasado de Hardin cuando éste preste declaración.
—Hasta cierto punto, si andamos listos. No me es posible dejarte ir demasiado lejos; no debe parecer que pones tu palabra contra la de él. Esa es otra razón por la que necesitamos a Kay. Ella se halla en condiciones de decir lo que le venga en gana. Con suerte, hasta podemos hacer que ellos la escuchen.
—¿No hay modo de que olvides a Kay?
—La olvidaré por ahora —contestó Hi alegremente—, pero la llamaré esta tarde. Atento, muchacho., aquí llega Sellers y compañía. Y puedo leer por adelantado su fallo.