La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 49 de 60

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La espada y el bisturí

Capítulo 3

Paul levantó del escritorio la cabeza y sacudió sus odiosas cavilaciones. Los recuerdos de ese tipo eran algo que sólo podía soportar por muy poco tiempo. Haciendo un esfuerzo, se impuso la obligación de volver al vestíbulo y al escritorio que había colocado allí como mesa de recepción. En el libro no habían sido registrados nuevos casos. Casi tuvo lástima de sí mismo al encontrarse con una hora de inactividad por delante. En ese momento hubiese dado la bienvenida a cualquier tarea que hubiera podido apartarle de sus pensamientos.

Kay estaría todavía durmiendo después del esfuerzo realizado la noche anterior. Decidió visitar al Padre Tim., que recientemente (y muy contra su voluntad) había sido admitido como paciente. Necesitaba ese compás de espera para recobrarse a sí mismo antes de afrontar de nuevo el campamento, que en esos instantes bullía de vida a causa de que un millar de prisioneros se movían a través de la triste rutina de las tareas del mediodía.

El catre del capellán había sido situado en un lugar especial, apartado de la atestada sala del hospital. El Padre Tim estaba profundamente dormido cuando Paul tomó su ficha. Trece meses detrás de los alambres de púa le habían arrebatado su reserva de vitalidad. Cuando fue admitido en el hospital no era más que un verdadero cadáver y la fuerte tos que le molestó durante su marcha a Sinmak había vuelto, a pesar del buen tiempo. Muy preocupado por las manchas rojas que podían verse en las mejillas del sacerdote, Paul había insistido en la conveniencia de que permaneciera en cama durante una semana de reposo.

El Padre Tim fue registrado en el libro de admisión con el diagnóstico de bronquitis aguda y disentería., una enfermedad que era universal en el campamento. Luego Paul miró con Rayos X su pecho utilizando el pobre equipo que tenía a su disposición y con el cual apenas podía distinguir los pulmones de las costillas. No había habido evidencia de lo que él temía: un brote de tuberculosis. En los pocos días pasados, el rápido mejoramiento del Padre Tim había disipado la mayor parte de sus temores.

Ahora, mientras miraba la delgada figura tendida en el catre, Paul no podía dejar de reflexionar que, con el correr de los días, la apariencia del Padre se había hecho más semejante a la de un santo. Sin duda la barba del prisionero (era extraño que fuera tan fuertemente roja) contribuía a ello tanto como el suave nimbo de sol que caía a través de la claraboya simada más arriba. En la apariencia del Padre había algo que tenía su propia aureola de paz, una fuerza que trascendía de su frágil cuerpo. Incluso en esa breve y muda comunión con el hombre dormido, Paul encontró la vivificación que buscaba.

Sintió que tenía necesidad de refrescarse cuando al salir del portal del hospital se tropezó con el sargento Luppino, uno de los miembros menos ofensivos de la camarilla de Hardin.

—El comandante quiere que vaya en seguida a su alojamiento, capitán.

—Aquí lo que nos sobra es tiempo, sargento. ¿Por qué todo debe ser en seguida?

—A mí que me registren, señor. Supongo que el viejo piensa que es importante mantener alta nuestra moral.

—Aparentemente le sienta bien a usted, Angelo —dijo Paul.

Siguió a Luppino en su marcha petulante a través del campamento. Con un traje caqui recién lavado, con su gorro colocado en un ángulo presuntuoso, el sargento parecía como si acabara de salir de un flamante regimiento. Sus botas brillaban como castañas, y hasta el cigarrillo que llevaba en los labios era un detalle que lo completaba. La mirada que otorgaba a las andrajosas figuras que apartaba con el hombro al pasar, era el sello típico del personal de Hardin. Luppino, a quien Paul recordaba como un suboficial completamente decente, al final había acabado por asumir las mismas características de su grupo.

A pesar de su destartalado exterior —aspecto que Hardin había tenido buen cuidado en conservar intacto—, el alojamiento del comandante era bastante cómodo y agradable. El coronel Pak le había concedido casi desde el principio una virtual autonomía en su esfera, y Hardin había sacado de ese privilegio todas las ventajas posibles. Decir que el campamento estaba dirigido con toda la eficiencia de uno de infantería de marina (como alardeaba Hardin) era altamente inapropiado. La mayor parte de los prisioneros se hallaban demasiado débiles para eso. Sin embargo, el comandante velaba inflexiblemente por la disciplina, insistiendo en que se hicieran formaciones diarias, realizando inspecciones de los barracones y exigiendo más saludos de los que parecía humanamente posible en tales condiciones.

Desde el principio, Hardin había fijado arrestos para la más pequeña infracción… y los suboficiales eran despiadados en su cumplimiento. Era verdad que había poco que arrestar en aquellos días. La rutina corriente era facilitar los castigos para el arreglo de los caminos y la reparación de los perjuicios ocasionados por las bombas en Pyongyang. Este trabajo estrictamente ilegal era distribuido a través de la oficina del coronel Pak, y sus guardianes arreaban a los prisioneros a y desde sus tareas. Pero desde hacía tiempo, Paul creía que le pagaban un tanto a Hardin por el trabajo que realizaban ellos. Generalmente el pago era hecho en comida, jabón y otros artículos muy apreciados en aquel lugar. Apoyaba su convicción el aura saludable que llenaba la cabaña, tan tangible como el olor a pollo asado que todavía flotaba en el aire estancado. Hardin, con arreglo a su invariable costumbre, mantuvo al médico del campamento esperando durante un cuarto de hora antes de aparecer estruendosamente desde la cocina. Venía masticando el último trozo de una pata de pollo e ignoró por completo a su visitante, mientras se instalaba en su improvisado escritorio. Al mirar aquella tosca mesa de trabajo, Paul vio que los documentos que el comandante estaba hojeando eran copias de sus propios informes médicos, hechos en la máquina mimeográfica que Bates se había procurado recientemente en Pyongyang. No era la primera vez que Hardin había preparado su sermón completado con notas.

—¿Porqué es tan nutrida la lista de enfermos?

La pregunta, formulada mientras continuaba masticando la pata de pollo, hirió la mente de Paul con tristeza y dolor. Cada vez que se hallaba en presencia de Hardin tenía la sensación de que le apretaba un dogal, aun cuando la cuerda era todavía invisible.

—Yo diría que es sólo normal, señor., para una mala semana.

Hacía tiempo que había abandonado la esperanza de mantener un modus vivendi con el coronel. En Sinmak luchó con Hardin cuando el hombre se hallaba demasiado borracho para sostenerse en pie y arrancó de su puño una arma asesina en potencia. En esta misma habitación le había visto rodar por el suelo como un animal enfermo y pedir un trago con los ojos llenos de lágrimas. El hecho de que hubiera perdonado al comandante por su atentado contra su vida y de que le hubiera rescatado del alcoholismo que casi había estado a punto de destruirle, era algo que Hardin olvidaría… o perdonaría.

—¿Qué quiere decir con eso de una mala semana? En este campo tan mala es una como otra.

—Hemos podido sobrevivir, señor., gracias a un acuerdo que he concertado con el coronel Pak. —Paul se arrepintió inmediatamente de las palabras que acababa de pronunciar, sabiendo que el sargento mayor Bates estaba con el cuaderno detrás de la puerta.

—He prometido cuidar bien a sus guardianes si él hace otro tanto por nosotros.

—No es atribución suya concertar acuerdos aquí, Scott. Usted recibe mis órdenes.

—Por supuesto, señor. Lo único que yo he intentado es conseguir todo el alimento y los remedios posibles para todo el campamento.

—Parece como si estuviera usted obrando en forma equivocada. Su sala está totalmente repleta.

—He admitido solamente los casos más graves de desnutrición y avitaminosis.

—Omita la jerga médica, capitán. Explíqueme ese trato que ha hecho con el coronel Pak.

—Los detalles son de público conocimiento, señor.

—Así es, capitán, y lo que he oído no le favorece mucho.

Paul se mostró paciente.

—¿Estoy acusado de colaboración, coronel? Si es así, quisiera encararme con mis acusadores.

—No han sido hechas acusaciones… hasta ahora. Sin embargo, me pregunto por qué pasa usted tanto tiempo en el despacho del coronel Pak.

—Informo sobre esas reuniones, señor, tan pronto como tienen lugar. Hasta ahora, sólo han sido interrogatorios rutinarios.

—¿Cómo se le ocurrió a usted hacer ese trato?

—Fue sugerencia del comandante y no mía. Estaba impresionado por las vidas que salvamos durante la epidemia de meningitis.

—Sin embargo, hubo veinte muertos, si mal no recuerdo. —Hardin miró significativamente un papel que había sobre el escritorio.— Cuatro de ellos eran oficiales. La epidemia arraso a todo el campamento, pero ni un solo guardián cayó enfermo. ¿Cómo explica usted eso?

—La enfermedad comenzó en el barracón número dos, cuando murió allí el teniente Crosby. Otros se contagiaron antes de que se me permitiera comenzar el tratamiento con sulfadiazina. Naturalmente, el coronel Pak insistió en que su propio personal recibiera tratamiento en primer término.

—Excusas de esa especie las encontrará usted en cualquier parte, Scott.

—Los hechos se mantendrán, señor, ante cualquier junta médica. Lo mismo que mi acuerdo concertado con el coronel Pak. He prometido hacer cuanto pueda para conservara los guardianes en buen estado de salud. En cambio, él ha concedido una ración suficiente para sostener la vida de cada uno de los prisioneros. Vitaminas para cubrir cualquier decaimiento normal.

Paul advirtió cómo su voz resbalaba en la mirada apática de Hardin. Había visto esos mismos ojos vidriosamente inexpresivos en otras estériles entrevistas sostenidas antes.

—¿Así que ésa es su razón para llenar con simuladores su hospital?

—Esos hombres están seriamente enfermos, señor. A pesar de su dieta mejorada, la mayor parte de ellos se hallaban demasiado débiles para mantenerse de pie cuando los admití.

—Este es un campo de prisioneros, y yo soy el responsable de su disciplina. No podré mantener la moral si usted convierte su sala en una casa de reposo.

Por un instante solamente, mientras afrontaba aquella burlona y despectiva mirada que acusaba demasiada salud, Paul dejó que su resentimiento aflorara a la superficie.

Fue un verdadero placer arrebatar el papel de las manos de Hardin y marcar un solo número.

—Hablando de casas de reposo, ¿quiere comparar las cifras de las calorías que hay en su cocina con mis propias cifras para la lista de la dieta de los barracones?

El mazazo hizo sonar la campana. Por un momento el congestionado rostro de Hardin se puso blanco.

—¿Es eso una amenaza, Scott? —gruñó.

—Estoy recordándole que ni un solo hombre de su personal ha aparecido en las listas de enfermos desde la epidemia. Su propia salud ha sido excelente desde que se recuperó de su… fatiga de combate. —Paul acentuó ligeramente la palabra, sintiendo una recóndita alegría mientras Hardin bajaba los ojos.— Como digo, me gustaría saber su secreto. Puesto que usted no quiere compartirlo, debo mantener lo mejor que pueda el estado sanitario.

Pero Hardin ya había recobrado su aplomo.

—Usted está aquí para responder a mis preguntas, capitán, no para hacerlas. No quisiera recordarle que el grado tiene privilegios. Incluso debe comprender este hecho elemental.

Mientras Hardin se lanzaba a una larga y vaga diatriba contra lo que llamaba mimos a los pacientes del hospital, Paul le oía sin escucharle realmente. Lamentaba ya haber dado su golpe al orgullo del coronel. Por el momento, el proyecto número uno de Hardin evidentemente era lograr la destrucción del cirujano de su batallón. Era lo bastante astuto para comprender que Paul había salvado al campamento de verse completamente diezmado… y por tanto tenía un cierto valor. Pero para la victima eso era solamente una protección temporal. Cuando la guerra terminara y fueran abiertas al fin las puertas de la prisión, Hardin estará seguro de que podía golpear… y el golpe seria definitivo.

—Hablemos de esos casos que usted llama avitaminosis, Scott… digo que esos hombres solamente están en el hospital para obtener alimentos extras, lo que significa que habrá menos para los otros…

—Créame, señor. No hay otra forma de salvarlos.

Desde que la entrevista había comenzado, Paul se mantenía rígidamente en posición de firmes. Podía sentir su resentimiento colarse hasta sus huesos, y mirándolo pensaba: «Usted no se abstuvo anoche de ir a la letrina por estar medio ciego y por temor a caer en la zanja. Usted no sabe lo que es pudrirse con el escorbuto o despertarse aullando de dolor con el beriberi.»

—He visto que tiene usted al capellán O'Fallon en la lista de enfermos. ¿Se está volviendo simulador él también?

—El capellán se halla en observación por una presunta tuberculosis pulmonar.

—¿Ha hecho usted ese diagnóstico?

—No definitivamente, hasta ahora. Los Rayos X no son concluyentes.

—¿Entonces por qué lo tiene usted en reposo?

—Había desmejorado mucho, señor. En este campamento nadie ha recibido menos… o dado más.

—Eso es una cuestión de opiniones —espetó Hardin—. Quiero que O'Fallon sea dado de alta en cuanto sea posible… junto con los otros a los que usted ha estado mimando. No habrá casos especiales, capitán, ni favoritismos. ¿Está esto claro?

—Completamente, señor.

—Ahora solamente debo decirle esto. El año pasado realizó un trabajo adecuado al organizar nuestra sanidad. Pero nadie es indispensable. Ahora que su trabajo ha sido hecho, otros pueden continuarlo. Recuerde esto antes de hacer un nuevo trato con el coronel Pak.