La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 20 de 60

Páginas del PDF

La espada y el bisturí

Capítulo 4

Al volver a su puesto de socorro, Paul se alegró de encontrar al Padre Tim parado al lado de la camilla de Hansen. Tenía una estola sobre los hombros y un libro abierto en sus manos… pero a Paul le constaba que las frases que salían de sus labios eran recitadas de memoria. El cirujano del batallón había oído más de cien veces esa oración por la recuperación de los heridos, y sabía que no debía interrumpirlo. Los pocos minutos que el Padre Tim necesitaba para ayudar a Hansen no entorpecerían su tratamiento… y tenía un profundo respeto por el bálsamo que esa letanía podía significar para los nervios desgarrados por la guerra.

Cuando el sacerdote cerró su libro y, doblando su estrecha estola, lo guardó en su estuche, Paul advirtió que el muchacho de la camilla estaba visiblemente tranquilizado.

Como siempre, se sintió agradecido a esa misteriosa terapéutica, sin intentar averiguar su causa.

—Estarás bien ahora, Hansen —repuso el padre Tim—. Quizá no lo sepas, pero el cirujano que te va a operar esta noche es el mejor de todo el Octavo Ejército.

Paul se apartó a un lado para dejar que el sargento Furness se acercara a la camilla.

—Gracias por su voto de confianza, Padre —dijo—. ¿Quién le ha contado que operábamos?

Una débil sonrisa iluminó el cansado semblante del Padre Tim.

—La voz del coronel Hardin se deja oír cuando está furioso. No te detendré en tu trabajo, Paul. Nos encontraremos nuevamente esta noche antes de que termine el «concierto».

—Parece que están sintonizando ahora, Padre —repuso el sargento Furness.

Los tres hombres levantaron sus ojos hacia la cumbre de la colina, donde una serie de deslumbrantes resplandores anaranjados continuaban rasgando la suave luminosidad del crepúsculo. A cada explosión la tierra retumbaba, como si un invisible coloso estuviera golpeando coléricamente con el pie, allá lejos, en el valle.

—¿Está preparada la mesa, Tom?

—Preparada y esperando, capitán.

—Éntrelo y empiecen a anestesiarlo. Me reuniré con ustedes dentro de un momento.

Paul tomó al Padre Tim del brazo y caminó con él hacia la barranca, hasta la puerta del refugio de oficiales. Era una costumbre que seguía siempre que podía, porque los frágiles nervios del Padre no soportaban muy bien la iniciación de los bombardeos. Sin embargo, a diferencia de Hardin, que se limitaba a encerrarse para refugiarse cuando el peligro amenazaba, el Padre Tim parecía arriesgarse, exponiéndose deliberadamente.

En una ocasión, Paul se vio obligado a hablarle con energía para que no recibiera en su cuerpo un balazo en su prisa por acudir al lado de un soldado que estaba agonizando. De haber sido factible, Paul hubiera insistido en que el Padre administrara los últimos auxilios espirituales al amparo del puesto sanitario.

—Trate de descansar, Padre —le dijo—. Por el momento sólo se están probando los unos a los otros.

La experiencia le había enseñado a Paul que el presente concierto (que era como los de la Colina 1049 llamaban a los bombardeos nocturnos) era únicamente el preludio de otra de aquellas descabelladas ofensivas que hasta ahora sólo habían puesto en evidencia el desprecio del enemigo por su propio potencial humano. Unos instantes después, el ritmo acelerado de los disparos de artillería confirmó su presunción. Allá lejos, atrás, en los bastiones americanos de la 240 y la 155, los cañones de largo alcance (Los Long Toms) ladraban constantemente, como una

sinfonía llena de disonancias contrapunteadas por los aislados estallidos de los M-l[8] en la ladera Norte. Era una música infernal… y aunque se sabía de memoria cada una de las notas de la demoníaca cadencia, le hacía rechinar los dientes.

Y sin embargo, cuando volvió al puesto de socorro y terminó de lavarse y secarse, Paul sintió que su pánico se había disipado. En los flancos de la Colina 1049 los hombres podrían seguir matándose unos a otros hasta el amanecer. Aquí, por lo menos, se hallaba por encima del estrépito. Su tarea era definida, y la vida de una persona dependía de su habilidad.

Hansen se encontraba ahora en la mesa de operaciones; Furness había comenzado a inyectarle la ampolla de pentotal sódico. Jackson, que esta noche serviría como auxiliar de Paul, aguardaba ante la mesa del instrumental. El cirujano y sus ayudantes se habían desnudado hasta la cintura. Trabajarían de esta forma durante la noche de verano, mientras la artillería enemiga enviaba sus obuses hasta sus puertas.

—¿Está listo para dormir durante un rato, soldado?

—Desde luego, doctor. ¿Puedo confiar en que me evacuarán mañana?

—El alto mando del regimiento ha prometido recogerle por la mañana.

Pocos segundos después el muchacho roncaba pacíficamente. Sobre la mesa, la lámpara de petróleo siseaba débilmente, bañando el refugio con un blanco resplandor. Al entrar, Paul había corrido la cortina de la puerta, aislando el mundo de las curaciones del mundo de la guerra. La tarea de sondear las heridas era un asunto delicado. Se entregó a ello con cuidado, con un hemostático en su mano libre, listo para impedir cualquier signo de hemorragia. Era un proceso tan tedioso como vital. El más pequeño resto de tela escondido en aquella entreabiertas laceraciones podía convertirse en un foco de infección posterior, que originaría indecibles problemas. Los minutos perdidos ahora en remover tales fragmentos podrían ahorrar más adelante meses de hospitalización.

De vez en cuando las pinzas tintineaban sonoramente en la quietud del refugio. Sus cromados dientes extraían de la herida las esquirlas de acero que iban dejando caer en el cubo colocado al lado de la mesa. Furness, con la jeringa de pentotal en su mano, anestesiaba con gran habilidad al paciente. A cada rápido movimiento de las pinzas, Jackson estaba listo con una esponja de hilas para embeber la brillante sangre que fluía e inundaba la herida al ser extraída la esquirla.

—Con ésta van trece, capitán. Este individuo debe hierro a los rusos. Espero que nuestros compañeros se lo paguen.

Hansen se quejó bajo la anestesia, y el sargento presionó suavemente el émbolo de la jeringa. La inyección, inundando con su mitigante contenido la corriente sanguínea, aquietó el movimiento casi instantáneamente. Una vez más, Paul bendijo la magia del pentotal sódico; en casos como éste, le gustaba que el paciente fuera tratado lo más delicadamente posible.

—¿Está terminando ya, señor?

Paul miró a Furness medio asombrado. Tan intensa era su concentración, que se había olvidado del correr del tiempo. Una media hora completa había transcurrido inadvertidamente mientras se dedicaba a la meticulosa limpieza de las heridas.

—Casi. Retractor, por favor, Harry. Haremos una exploración final y acabaremos.

Jackson le puso con firmeza la lanceta de metal en la palma de la mano y preparó nuevas compresas. Agrandando con cuidado cada una de las heridas, Paul las limpió de extremo a extremo inspeccionando minuciosamente su aponeurosis. No había rastros de partículas de tela ni de metal; el último posible foco de infección estaba ahora en el cubo.

—Lo vendaré, sargento. Suspenda la anestesia.

Furness sacó de la vena la aguja y se mantuvo allí para ayudar a colocar el largo vendaje que Paul había comenzado a arrollar alrededor de la pierna del paciente. La activa dosis de suero antitetánico había sido inyectada ya. Al día siguiente, la resistencia de Hansen al en otro tiempo terrible tétano se habría elevado a un punto en el que estaría ampliamente protegido. Cuando hubo vendado la otra pierna, Paul inyectó una alta dosis de penicilina como una precaución más… y se apartó, mientras sus dos asistentes llevaban al muchacho a un lado del alejado refugio, donde había siempre preparadas media docena de camillas.

El pulso de Hansen sólo era un poco más rápido que antes de la operación, pero Paul decidió no correr ningún riesgo. Por orden suya fue abierta una unidad de plasma. Sus ayudantes eran tan hábiles en esa rutina, que apenas había transcurrido un momento cuando ya el líquido marrón oscuro estaba corriendo por sus venas. Ni siquiera un hospital base, reflexionó Paul, hubiera podido tener una más completa seguridad de recuperación. Y sin embargo, la operación había sido realizada a la distancia de un tiro de piedra de las trincheras enemigas.

No había habido más heridos mientras estuvieron trabajando; el batallón se había hecho experto en guarecerse bien durante esos ataques nocturnos. Sin embargo, aunque las pérdidas se habían reducido al mínimo, Paul sabía que llegarían una docena de heridos antes del amanecer. Por lo menos esta vez podría utilizar su propia iniciativa, ya que Hardin estaba encerrado en su refugio. Frecuentemente operaba desde el anochecer hasta la aurora, bajo el duro resplandor de la lámpara de petróleo.

—Será mejor que descanse mientras pueda, señor —dijo Jackson—. Tom y yo hemos dormido un poco antes.

Paul asintió con la cabeza y se volvió hacia la puerta. Como siempre, experimentó una cálida sensación de satisfacción al saber que sus dos ayudantes (gracias a sus meses de trabajo en equipo) podían resolver sin su intervención la mayor parte de los problemas postoperatorios.

—Tómense un descanso ustedes también —murmuró.

Esto también era parte del ritual nocturno. En el umbral del refugio se detuvo para ponerse la camisa (no había probabilidades de encontrarse con Hardin, pero la precaución fue maquinal). Furness ya había apagado la lámpara que pendía sobre la mesa de operaciones. Con sólo una pequeña linterna de petróleo para iluminarlo, el refugio tenía un curioso aire hogareño. Paul dominó su impulso de permanecer allí y se obligó a cruzar el umbral de la puerta. Siempre era un poco doloroso apartarse de ese pequeño mundo.