La espada y el bisturí
Capítulo 2
En la puerta devolvió el saludo del guardián y se detuvo para mirar hacia atrás, al fétido y destartalado barracón que acababa de abandonar después de haber tenido en él unas horas de inquieto sueño.
Más de cien prisioneros, que compartían el barracón cuatro, estaban todavía sumidos en el olvido. En reposo, parecían extrañamente indefensos y de una juventud conmovedora. En verdad, había excepciones: Dalton, el jefe del escuadrón que estaba redondeando su segundo año en la prisión, un hombre que ahora parecía un gnomo de algún infierno sin nombre, y Pierce, el canoso sargento que había sido herido en el mismo ataque. Ambos hombres se quejaban en su sueño mientras seguían combatiendo con sus propios demonios; ambos necesitarían aislamiento forzoso en el futuro próximo. En cuanto a los restantes, pensó, aún había esperanzas de salvarlos… si Pak cumplía su promesa y mantenía las raciones al mínimo indispensable para sostener la vida.
Como había menos de cincuenta jergones, los durmientes se turnaban en el suelo desnudo. Exceptuando los inevitables cuencos para el arroz alineados a lo largo de una pared, no había nada más. La vestimenta de cada prisionero era idéntica: guerrera en distintos estados de ruina y pantalones de nanquín metidos dentro de unos zapatos sin cordones (un cordón de zapatos constituía un excelente lazo si un hombre se proponía estrangular a un guardián o quitarse la vida).
Debido a la costumbre que los guardianes tenían de tapiar cada una de las ventanas, el aire que flotaba sobre los jergones parecía demasiado pesado para ser respirado. La única luz llegaba a través de la reja de la puerta. Era fácil imaginar fantasmas del pasado removiéndose tranquilos en ese momento intermedio entre la noche y el día. El último invierno (cuando la pesadilla de nieve fue una realidad) una docena de hombres murieron ateridos de frío; otros se suicidaron antes de que los guardianes hubieran podido arrancarlos a su último intento de propia destrucción. Otros murieron, también deliberadamente, en una loca carrera hacia los portones, después del tercer día de hambre; un castigo impuesto por algún quebrantamiento de la disciplina que Paul había olvidado hacía tiempo.
El primer año de prisión, reflexionó, separó a los débiles de los fuertes. Hoy los supervivientes del barracón número cuatro estaban unidos en una común voluntad de subsistir… y en un odio común a sus guardianes que rebasaba los límites de la razón. Naturalmente, el hecho de que él sirviera como médico de la prisión (y estuviera con un pie en cada campo) le hacía sospechoso. Hasta Furness y Jackson, que antes le habían otorgado inequívocamente su lealtad, comenzaron a murmurar con los otros, a volverle la espalda cuando él les dirigía un saludo en el campamento. Alejó el recuerdo con un suspiro de frustración y caminó hacia el aire límpido de la mañana.
Visto a la luz de un amanecer de septiembre, el campamento parecía aún más solitario que de costumbre.
Por una razón que Paul no podía definir, siempre encontraba el desorden de las cabañas de cartón alquitranado más soportable durante el mal tiempo. Apretado en medio de aquella planicie sin árboles, ese amontonamiento de techos parecía hoy más desierto que nunca, una aldea de fantasmas olvidada en el brillo sin mácula del amanecer. Por centésima vez pensó cómo se parecía esta prisión a los decorados para una película del Oeste de tercera categoría, meses después que el último vaquero se hubiera trasladado a otro lugar de acción. Sólo las zanjas que había más allá del alambrado de púas y los reflectores situados en las cuatro torres para los centinelas colocaban en su marco al cuadro. Sería bien real media hora más tarde, cuando los prisioneros hubieran dejado el barracón para pasar la lista de la mañana y disponerse a sufrir las tristes rutinas del día.
El hospital estaba en una loma baja, entre los alojamientos del comandante y la cabaña que le había sido asignada al coronel Jasper Hardin. Mientras seguía el sendero que conducía al dispensario, Paul fijó sus ojos por un momento en la vivienda del coronel y en el penacho de humo que se elevaba desde su cocina especial. El sargento mayor Bates se hallaba atareado preparando un pollo en la tabla de la cocina, y con la mano saludó a Paul. Este aparentó no verle. Desde hacía tiempo estaba al tanto de la campaña de Bates para desacreditarlo en su barracón, y su hipocresía era más de lo que podía soportar.
Como oficial principal del campamento, era lógico que Hardin disfrutara de una residencia separada. Por la misma razón tenía derecho a sus propias raciones; nadie sabía las artimañas que Bates había utilizado para obtener alimentos tan inauditos como aves frescas., pero, por lo menos, Hardin se hallaba privado de su botella desde hacía casi un año. Paul se había ocupado de ello, ya que había vigilado la abstinencia del coronel. Ahora que la abstinencia del comandante era un jait accomplt, su deliríum tremens era sólo una nota irónica en el registro del hospital.
Bates había sido el aliado incondicional de Paul en la cuestión de la abstinencia; la pequeña comadreja era lo bastante astuta para ver que Hardin debía ser privado del alcohol mientras permaneciese prisionero, puesto que de otra forma acabaría volviéndose loco. Las persianas que aún tapaban los vidrios de la cabaña eran un recuerdo de las precauciones que habían tomado para mantener oculto su estado. Más tarde (después que Hardin cesó de aullar como un perro implorando sake), Bates comenzó a tratar el episodio como un producto de la imaginación de Paul. Cuando el coronel se encontró bastante bien como para reasumir sus tareas de pasar revista diaria, el sargento mayor recuperó su aire insolente.
Paul no había esperado recibir gratitud del mismo Hardin. Si algo reforzó el odio del comandante, fue el tratamiento que le había salvado. Era sorprendente (a causa del espartano régimen del campamento y de los alimentos que Bates le procuraba en las cantidades que podía) que pareciera más saludable de lo que jamás había parecido durante años., pero éste también era un hecho del cual Hardin se atribuía todo el mérito. La casi fatal sed alcohólica de ayer, como la cobardía que le empujó a abandonar la Colina 1049, habían sufrido el mismo oscurecimiento.
Eliminando firmemente de su pensamiento al coronel y a su psicosis, Paul atravesó la entrada del hospital y penetró en el santuario de su propio dominio. Parte del edificio había sido un templo budista antes de que el marxismo hubiera invadido Corea del Norte. La estatua dorada del dios miraba a Paul, desde la altura de su nicho de laca. (Todas las mañanas encontraba solaz en la inescrutable sonrisa, aun cuando pareciera despiadada a los ojos occidentales.) Con la visita en el vestíbulo de los enfermos chinos, Paul comenzaba su día como cirujano del campamento.
A causa de la insistencia desplegada por Paul para mejorar la dieta de los prisioneros (a pesar de que, en su mayor parte, dicha dieta era a base de arroz y verduras), la proporción de enfermos había descendido notoriamente en el campamento durante la primavera. En los meses de verano las fiebres habían afectado una vez más a los prisioneros; después de una reciente reducción en los envíos de vitaminas y otras drogas esenciales, las salas habían comenzado a llenarse de nuevo. Hoy necesitó dos horas completas para hacer su recorrido. Hallándose muy débil a causa del hambre, no se atrevió a descansar, por temor a no poder continuar. El alimento que hubiera podido conservar casi sano a un prisionero en reposo, no era suficiente para aquella exigente rutina. Sin embargo, había rehusado decididamente complementar las raciones de los barracones con las de la despensa del hospital. En el mejor de los casos, éstas eran demasiado reducidas para dividirlas entre aquella cantidad de enfermos.
Desde hacía tiempo sabía que era esencial vigilar cada caso. El doctor Chaag, el exinterno que estaba a cargo de ese hospital antes de su llegada, podía cumplir instrucciones concretas, pero era capaz de deshacerse en un torrente de excusas si se veía en el trance de afrontar algo realmente serio. Los cuatro sanitarios que atendían la sala eran bastante competentes bajo su forma adusta… y Kay había sido una fortaleza desde el comienzo. Paul todavía encontraba imposible abandonar el hospital con la conciencia tranquila hasta no haber visitado cada lecho y verificado cada anotación en los cuadros clínicos.
Cuando dejaba atrás la inspección matutina, conseguía procurarse unos momentos de descanso en la dudosa intimidad del consultorio que había instalado al lado mismo de la sala de cirugía. Había un pedazo de espejo en la pared. Observó su imagen antes de acomodarse en la única silla que había y que tema el respaldo roto, y cerró los ojos. Su cara, tanto como su cuerpo embutido en la guerrera del andrajoso uniforme, eran flacos como los de un esqueleto; los tendones del cuello tirantes como las cuerdas de un violín. «Evidentemente —se dijo—, no puedes seguir así mucho tiempo más…»
Hardin le recomendó para ese puesto porque no tuvo otra alternativa. Una vez que Paul demostró su capacidad, el comandante se mostró lo bastante prudente para mantenerse al margen de todo asunto del hospital… y generalmente se contentaba con una ocasional reprimenda para la cual Paul hubiera podido proporcionar con anticipación las palabras. Recientemente, el ataque había sido organizado mediante la campaña de rumores que había comenzado a colocar sobre el médico del campamento la terrible etiqueta de «progresista». Hasta ahora, con la sólida realidad del hospital para sostenerlo, Paul había podido sobrellevar la mortificación.
Descansando la cabeza sobre el escritorio, por un momento recordó la operación de urgencia de la noche anterior: el levantamiento de un cráneo fracturado. Lo había hecho con la inexperta ayuda de Chang; el sargento Furness había sido el involuntario anestesista, y Kay había servido de instrumentista. El paciente era uno de los guardianes, la herida la consecuencia de un intento de evasión en el barracón número dos, que había terminado con el despiadado ametrallamiento de siete prisioneros. Era una clase de operación que solía hacer con frecuencia. Este último caso había sido uno más de rutina. Pero esta vez era la vida de un enemigo la que había salvado, y apenas la historia se propagara en el campamento, la brecha que le separaba de los otros se haría aún más ancha.
Por el momento, sin embargo, no era su ostracismo lo que le preocupaba. Estaba recordando un ominoso incidente ocurrido cuando la operación se hallaba en su momento más delicado. Durante un segundo de terror animal, tuvo la seguridad de que las luces situadas sobre la mesa habían disminuido hasta convertirse en brasas. Su mano (que apretaba el trépano de Hudson que utilizaba en la operación) tembló tan violentamente que necesitó de todo su dominio para mantenerla en su lugar. El ataque pasó y pudo terminar la intervención quirúrgica. Pero su agotamiento emocional era completo cuando salió hacia el consultorio.
Kay, que le había seguido inmediatamente, se arrodilló a su lado y le rodeó con sus brazos. Fue uno de los pocos momentos de ternura que se habían permitido allí.
—¿Qué ha pasado, Paul? Casi he estado segura de que te desmayarías sobre la mesa.
—Temo que sea ceguera nocturna.
—¿No significa eso una falta de vitamina A?
—Esa es la causa corriente.
—Tenemos aquí algunas vitaminas. ¿Por qué no las has tomado?
—Por la misma razón que me induce a comer la comida de los barracones ya dormir con los otros. Solamente por el hecho de que ellos están convencidos de que disfruto de privilegios especiales aquí, siento que tengo que rehusarlos.
—Tienes derecho a unas cuantas tabletas, querido.
—El abastecimiento es limitado. Todas las que poseemos las necesitaremos para nuestros pacientes con pelagra… y los casos de beriberi.
—Paul, ¿cómo puedes llamarte médico… y ser un tonto tan testarudo? ¿Supón que enfermas de pelagra… o que puedas quedar ciego?
Entonces, rindiéndose obedientemente, tragó algunas de las preciosas tabletas, que Kay había traído del botiquín cerrado con llave.
—Que esto sea nuestro secreto —advirtió Paul—. De otra manera me llamarían sin recato alguno un progresista.
—No se atreverán. Mucho menos después de haberlos salvado a todos ellos más de diez veces.
—Lo que realmente he hecho aquí es mantener unidos algunos cuerpos con sus almas.
—Si quisieras explicar por qué actuaste como lo hiciste durante la epidemia…
—Nunca me perdonarán el haber curado también a los guardianes. Comprende, Kay, que el odio es el único lujo que un prisionero de guerra puede permitirse. Querían ver a unos cuantos chinos morir desesperadamente… de la misma manera que pereció el pobre Crosby.
—Muy bien, querido. Admitiremos que esta existencia saca a flote lo peor que hay en algunos de nosotros. El Padre Tim te conoce bien., lo mismo que yo. ¿No constituimos nosotros un jurado lo bastante importante por ahora?
La cogió en sus brazos… y la besó por vez primera desde hacía muchos meses. Sus labios eran tibios y vivos cuando se apretó firmemente contra él. En su abrazo, el mísero mundo que los rodeaba pareció disolverse y perder su significado.