La espada y el bisturí
Capítulo 5
El coronel Pak no volvió a hablar, y Paul no pudo encontrar una respuesta en su cerebro porque éste le daba vueltas. Cuando se atrevió a mirar hacia la silla que se encontraba al otro lado de la habitación, vio que estaba vacía. «Tal vez he soñado las últimas palabras», pensó desesperadamente desde el fondo del abismo en que yacía. Quizá si cerraba nuevamente los ojos, el fantasma del comandante le dejaría en paz.
Cuando se despertó, un brillante sol alumbraba la amplia ventana de la oficina. Todavía se hallaba tumbado en el catre. Una mirada a su cuerpo aporreado le informó que alguien le había vendado las manos y había puesto un emplasto en las partes más magulladas. El doctor Chang, —pensó con soñolencia—. Pak nunca hubiera admitido a Kay en su despacho. El pensamiento de Kay le hizo recordar la amenaza del comandante. Se puso temblorosamente de pie precisamente en el momento en que la puerta se abría y entraba Pak… afable como siempre, con un uniforme nuevo. El comandante estaba limpiando sus lentes con un pañuelo blanco como la nieve. A no ser por el uniforme militar hubiera podido pasar por un benévolo profesor de intercambio cultural que acababa de descender del estrado de algún colegio de verano y estuviera todavía saboreando el encuentro espiritual.
—¿Dónde están?
El comandante apartó las manos de Paul con una sonrisa cortés y habitual. El gesto casi resultó amable.
—Si se refiere a sus amigos, doctor Scott., ayer los envié a una celda de aislamiento.
De manera que la amenaza había sido cierta. La impresión no resultó menos intensa mientras las palabras del hombre caían en el silencio. Paul se hundió en la silla más próxima y se quejó en voz alta. El dolor de la tortura del mayor Sung no era nada comparado con este nuevo descubrimiento.
—Coronel, nunca creí que se atreviera a llegar tan lejos.
Las cejas del comandante se elevaron.
—Atrever, mi estimado capitán, es una expresión muy fuerte para un hombre en su situación actual.
—Esta es una lucha entre usted y yo. El capellán y la señorita Storey no toman parte en ella.
—Si pueden traerlo a usted a la sensatez, participan de un modo vital.
Paul continuaba meciéndose la cabeza entre las manos. Toda la importancia de la noticia había penetrado lentamente en ella.
—¿Los incomunicó usted ayer?
—Sí, doctor Scott. Mientras usted se hallaba desafiando a la Policía de Seguridad.
—¿He estado ignorando para todo el mundo desde entonces?
—El mayor Sung sometió su constitución a una prueba muy severa. Me temo que llevó su celo demasiado lejos. Le pedí al doctor Chang que le diera una inyección de morfina.
—¿Qué les sucederá a mis amigos… si me niego a hacer su juego?
—Nada, realmente.
—¿Nada?
—Serán olvidados gradualmente, doctor. Usted ya sabe que eso les ha ocurrido a otros prisioneros.
Paul no necesitaba otro informe para hacerse cargo de la estrategia enemiga. Más de una vez se le había dado permiso para entrar en el edificio en que estaban las celdas de los incomunicados con objeto de que prestara a los desgraciados soldados la ayuda que pudiera. En su mayoría, las celdas eran utilizadas para castigara los recién llegados al campamento, generalmente con la esperanza de extraerles información militar. El edificio era un antiguo depósito de granos, situado al otro extremo del campamento. La mayor parte de él (como era usual en Corea) estaba hundido bajo el nivel de la tierra. Aquí, con una ingenuidad típica de su profesión, el comandante había construido una serie de minúsculas celdas que en realidad no eran sino pocilgas. Algunas de estas mazmorras individuales eran simplemente algo más altas que féretros, lo bastante grandes para que un hombre se pusiera de pie o se acurrucara para dormir. Otras parecían literas pullman hechas de cemento. El médico del campamento había visto a muchos prisioneros entrar en el viejo granero. Algunos pocos escaparon de él a tiempo, dispuestos a balbucir la información que Pak deseaba. Otros más porfiados salieron directamente hacia el cementerio del campamento, sin hacer escala en el hospital.
—Bien, capitán Scott. ¿Necesito decirle algo más?
Apartó sus recuerdos y prestó atención a la sonrisa permanentemente tranquila de Pak. Un solo golpe de su puño hubiera borrado para siempre la felina sonrisa. Resistió a tiempo el impulso.
—Ya ha dicho bastante, coronel.
—Por fin nos comprendemos. He jugado mi carta de triunfo, doctor. Como usted ve, gana la baza.
—¿Puedo ver a mis amigos?
—Por supuesto… si usted lo desea. Créame, estoy tratando de ser razonable.
En el campamento los prisioneros se hallaban apretujados alrededor de los barracones. Paul advirtió las miradas de «saber a qué atenerse» de su propio grupo y comprendió que habían deducido las peores conclusiones de su larga permanencia en el alojamiento del comandante. El sentido común le aconsejaba que se aproximara a sus antiguos amigos y les mostrara sus heridas. Un perverso impulso le hizo meterse las manos en los bolsillos y continuaren silencio hacia el granero, como si estuviera realizando una inspección médica de rutina.
Como siempre, dos guardianes estaban en la entrada. La manera en que le saludaron antes de dar un paso hacia atrás para dejarle pasar, resultó una nota desagradable. Si hubiera vestido el uniforme enemigo, las dos marionetas uniformadas no hubiesen podido parecer más deferentes. Paul cerró sus oídos al murmullo hostil del campamento y bajó las escaleras que conducían a las celdas.
El carcelero, con una linterna de ojo de buey a su lado, se hallaba durmiendo en el banco que había cerca del extremo del angosto corredor. Instantáneamente se puso de pie, lo que fue otra indicación de que Pak ya había arreglado para su visita el escenario. Paul siguió en silencio al hombre, en tanto la vacilante linterna le indicaba el camino en medio de una completa oscuridad. Se escuchaba un quejido sordo y constante que no era totalmente humano y había un hedor que parecía más viejo que la Edad de Piedra. La celda de Kay se encontraba en el último extremo del corredor. Una estancia desnuda de muebles que sólo contenía un montón de paja y no tenía luz ni ventilación. Había una reja al nivel del techo.
El carcelero puso la interna en manos de Paul y se echó atrás para cederle preferentemente el paso. Todo un minuto transcurrió antes que se impusiera la obligación de levantar la linterna y mirar hacia dentro.
Era difícil creer que la figura agachada entre las paredes de piedra como un muñeco en una caja de resortes fuera Kay Storey. Ella no alzó ni un momento los ojos, aun cuando la linterna estaba dirigida directamente sobre su cabeza inclinada. Esto en sí mismo era una escalofriante evidencia de que había estado bajo un constante interrogatorio a partir del momento en que la puerta se hubo cerrado.
—Soy Paul, Kay.
—¿Paul?
El había hablado en un ronco susurro, temeroso de perturbar su entumecido reposo en unos momentos en los que no tenía ningún alivio que ofrecerle. Su respuesta fue como si la hubiera hecho entre sueños, casi inaudible.
La repentina, incrédula forma en que se abrieron sus ojos cuando por fin alzó la cabeza, le dio una puñalada en el corazón.
—Creía que no vendrías nunca —dijo ella tranquilamente.
Fue una simple declaración, sin asomo alguno de reproche.
—Pak me lo ha comunicado hace un momento.
—¿Qué es lo que he hecho, querido?
—Nada, Kay. Absolutamente nada.
—¿Entonces por qué me han puesto aquí? El sabe que no poseo ninguna información militar.
Paul miró al guardián, que se hallaba un poco más arriba, con los brazos cruzados y cuyos párpados sin pestañas parecían una prolongación del uniforme. Como no sabía si el hombre entendía el inglés, se preguntó si podría arriesgarse a decir la verdad. Indudablemente, era una crueldad innecesaria ocultar la razón del confinamiento de Kay en esa moderna mazmorra. Cualquier cosa era mejor que el terror sin nombre que la rodeaba.
—¿Has visto al Padre Tim? —preguntó… solamente para ganar tiempo.
—Nos trajeron juntos a este lugar, ¿Sabe él por qué?
—No lo he visto todavía —admitió Paul—. Ni siquiera estoy seguro de poder decírtelo a ti.
—¿Entonces se trata de algo que hemos hecho?
—No, querida. Pak os está utilizando a los dos… en un juego que me está haciendo a mí.
Una vez que había expuesto el hecho básico, consideró que podía referirlo todo, omitiendo los peores detalles de la tortura a que le había sometido el mayor Sung.
Kay le escuchó en silencio… lanzando sólo una exclamación de piedad cuando mencionó a Sung. Cuando al final vio su cara levantada, advirtió que había recibido la noticia con mucho más valor del que él había demostrado.
—Ahora que estoy aquí —dijo ella lentamente—, me pregunto cómo no lo he pensado antes.
—Aunque te parezca extraño, Pak es algo así como un escolar. Cree en la doctrina que predica… y se enorgullece de su habilidad como polemista. Tiene esperanzas de vencerme… ahora.
—¿Estás seguro de que no te torturarán otra vez?
—Creo que no. Como médico, soy demasiado valioso para inutilizarme.
—Entonces no te preocupes un minuto más por nosotros. Pak no nos dejará morir. Si lo hiciera, perdería la única arma que tiene.
—No porque haya rehusado ceder hasta ahora voy a dejar que tú y el Padre sufráis. Ahora iré… y le diré a Pak que ha vencido.
—No puedes hacer eso, querido. Yo no te dejaré hacerlo.
Paul no pudo dejar de sonreír, a pesar de la piedad que retorcía su corazón.
—¿Cómo podrás evitarlo?
—Tú mismo te detendrás, Paul… cuando lo pienses bien. Pak no ha triunfado. No le ha sido posible quebrantarte con la tortura. ¿Y acaso hemos de quebrarnos nosotros por el hecho de estar encerrados en una mazmorra?
—Es peor que eso. Tú has visto lo que pocas semanas en estas celdas puedan hacer de un hombre.
—¿Te refieres a aquellos que se fugaron y fueron apresados? A los chinos no les importaba si vivían o morían. El Padre Tim y yo nos encontramos aquí por otras razones. Pak cree que tú vas a ceder. Cuando vea que se ha equivocado, probablemente nos liberará.
Paul no quería discutir con ella para llegar a la desesperada verdad de que Pak no se detendría ante nada.
—Puede ser que tengas razón —dijo—. Pero lo dudo.
—Habla con el Padre. Estoy segura de que te dirá lo mismo.
Paul sabía que ella respondería así desde el momento en que había mirado al interior de la celda. Había avanzado por el corredor resuelto a rebatir todos sus argumentos, a insistir en salvarla. No esperaba que la fuerza de ella pudiera debilitar su decisión.
—¿Soportarías eso por mi causa, Kay?
—Por todas nuestras causas. Hasta ahora, la vida del campamento no ha sido dura para mí. Puedo agradecerte eso, Paul. Siento que te lo retribuiré si soy capaz de evitar que firmes esa confesión. Además, el armisticio puede ser firmado en cualquier momento.
—Hemos vivido con esa esperanza durante un año —repuso Paul.
—Vivamos entonces un poquito más. ¿Me prometes que no cederás, querido?
—Lo prometeré, pero… sólo por ahora.
Tras haberle dicho unas palabras de cariño, la dejó. El carcelero tomó la linterna y le condujo hacia un segundo corredor, a la celda del capellán.
Por contraste, esta pocilga era de tipo horizontal, un suelo de cemento con rejas a lo largo. Sólo había lugar para que su ocupante pudiera volverse de un lado a otro. El Padre Tim yacía allí serenamente con sus manos cruzadas sobre el pecho. Era una posición de reposo que sugería (demasiado gráficamente) la efigie de un cruzado en alguna tumba medieval. Pero la sonrisa de reconocimiento del sacerdote fue cálida y tranquila cuando Paul estiró un brazo entre las rejas y apretó su delgada mano.
—Te agradezco que hayas venido, Paul.
—Hubiera venido antes… si me lo hubieran permitido.
El capellán asintió con la cabeza.
—No necesitas excusarte. He aprendido bastante el idioma chino en el año que llevo aquí. Por lo visto has conseguido hacerle perder prestigio al mayor Sung. Los guardianes apuestan a que será trasladado.
—Temo que al negarme a ceder no haya ayudado a nadie, Padre. Esa es la razón por la que usted y Kay se encuentran aquí.
—Ya lo sé, Paul. Y me consta que no cambiarás de idea.
—Precisamente he venido aquí para decirle que había cambiado ya de idea.
—Pero ¿te ha disuadido Kay?
Paul miró agudamente al sacerdote, pero la expresión de serena comprensión del Padre Tim no había cambiado. No era la primera vez que se anticipaba a su pensamiento.
—No estoy seguro, Padre. Dígame qué debo hacer.
—Dejarnos.
—¿Aquí?
—No nos prives a nosotros de nuestro pequeño heroísmo. No nos rendiremos al impío en el primer momento en que se nos pone a prueba.
—Eso es lo que temo. Que ustedes no pidan misericordia hasta que sea demasiado tarde.
—¿Le has pedido tú misericordia al comandante, Paul? ¿O al mayor Sung?
—Pak tiene una docena de confesiones sobre el lanzamiento de bacterias en esta guerra. ¿Una más puede representar tanta diferencia?
—Sin duda, Paul. Recuerda que los mejores cerebros de Asia solicitarán pruebas reales antes de aceptar una acusación tan monstruosa.
—Padre, la muchacha a quien amo está destinada a morir en la oscuridad ¿Cómo puedo condenarla a eso?
—La muchacha a quien amas será la primera en alegrarse cuando resistas a Pak. —Un acceso de tos agitó el frágil cuerpo del sacerdote, quien volvió su cabeza.— Es mejor que te vayas, Paul. Vernos así te perturbará innecesariamente
—¿Cuánto tiempo durará aquí… con esa tos?
La tos había cedido y el capellán pudo hablar de nuevo.
—No le he concedido un solo pensamiento a la muerte, Paul. Y me he negado a sufrir. La mente puede elevarse sobre la mayor parte de los dolores si el corazón tiene fe. Es una cosa que aprenderás con el tiempo.
—Tal vez la esté aprendiendo ahora —repuso Paul lentamente.
Recordó la horrible tortura del bambú… y el extraño alivio que le había elevado, aunque brevemente, sobre la angustia del cuerpo. Era completamente natural que la figura deshecha por la tos que se hallaba ante él le renovara esa experiencia y sus consecuencias. En ese momento, cuando el sacerdote parecía vacilar al borde la extinción y sin embargo ignorar el vacío, sintió la revelación de la profunda afinidad que le unía a él.
—Vuelve al campamento —dijo el Padre Tim—. Vuelve a tus obligaciones como si nada hubiera pasado. Esta noche, antes de dormirte, reza una oración… por todos nosotros. Encontrarás la fuerza para continuar mañana. Comprometo mi vida en eso.
—Ya lo ha hecho usted, Padre.
El sacerdote sonrió.
—Sólo la fe es eterna, Paul. Y hasta ella puede apagarse un poco si no se la reafirma.