La espada y el bisturí

Frank G. Slaughter · Capítulo 13 de 60

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La espada y el bisturí

El Proceso

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La imagen del barco se oscureció en su memoria, a pesar de que todavía oía a medias el grito de la sirena. A solas en su habitación del Casino de Oficiales, el capitán Paul Scott vio que la aurora estaba anunciándose tras el brumoso cielo.

La silenciosa plegaria había sido un alivio, lo mismo que su comunión con el pasado. Se alegraba de haber evocado el comienzo con Kay… y se sentía más feliz todavía de poder afrontar sin remordimientos ese comienzo. Hasta que encontró a Kay, Paul no se había dado cuenta cabal de que era un miembro (desde un punto de vista razonable) de la raza humana. La lección necesitó mucho aprendizaje; sufrió su último examen en el infierno del campo de prisioneros de Pyongyang. Allí, teniendo a su lado a Kay, aprendió a olvidar sus propias exigencias. Por vez primera había descubierto que estar enamorado distaba sólo un paso de admitir que se es más dichoso al dar que al recibir.

Pocas horas antes, en el salón del Casino de Oficiales, había tratado de darle las gracias a Kay por el papel que había desempeñado en su educación. No había tenido palabras para expresarle su agradecimiento… ni siquiera por ser la mujer a la que amaba.

Paul se volvió hacia su catre espartano lanzando un suspiro. Pensando que quizá el sueño volvería a rehuirle, al reclinar la cabeza en la almohada se encontró cayendo en el olvido.