La plaga
Siete
registrado bien los hechos. Da igual, pensó; ya volverían, y se aseguraría de ser informado de su llegada. Quizá se presentase en el laboratorio como quien no quiere la cosa, para charlar con ellas, y, hablando del trabajo, acabara pidiéndoles que le enseñaran el misterioso objeto. A partir de entonces ya no le quitaría ojo de encima.
SIETE
Como iba a ser el último día de su largo viaje, Alejandro y Hernández dejaron sus cómodos lechos de la posada de Montpellier y emprendieron una enérgica cabalgata mucho antes de que amaneciera, impacientes ambos por abandonar la antigua ciudad y dar fin a su viaje a Aviñón.
Tras cubrir una distancia notable, se detuvieron en un pequeño pueblo de granjeros para abrevar a los caballos. El sol todavía no había ascendido lo suficiente para absorber la humedad de la noche anterior, por lo que móviles bancos de neblina los acompañaban en su viaje. Al llegar al abrevadero, se sacudieron el polvo del camino y, mientras se lavaba la cara, Alejandro dijo:
–Me alegraré de que llegue el día en que no tenga que cambiar la suavidad de una cama por la dureza de una silla de montar.
–No te quejes, amigo -dijo Hernández entre risas-. Con algo menos de suerte, podrías haberte visto obligado a llegar a Aviñón a pie.
–Ah, pero si de veras me hubiera sonreído la suerte, ni siquiera habría emprendido el viaje.
–Decir eso es tentar a la fortuna, amigo. Hay quien cree que el curso de la vida humana sigue una especie de plan divino, y yo tiendo a estar de acuerdo. No sabes qué te espera al final del camino. Quizá sea algo agradable; quizá descubras que no has sido tan poco afortunado como piensas. Mientras tanto, da gracias por poder montar.
Un chirrido de ruedas distrajo la atención de los dos viajeros. Una carreta tirada por una mula emergió de la niebla a escasa distancia, crujiendo bajo el peso de su carga.
–Madre de Dios -susurró Hernández santiguándose. Se miraron con expresión horrorizada. Hernández señaló la carreta y dijo-: La verdadera mala suerte es viajar así.
A medida que la carreta se recortaba contra la niebla, Alejandro empezó a distinguir pies y manos a ambos lados de ella. Precedía a la mula un
hombre con manto negro y capucha, que, fusta en mano, se volvía cada pocos pasos para golpear con ella al reticente animal, cuyos patéticos rebuznos parecían querer despertar a los pasajeros de la carreta.
El espectáculo azuzó la curiosidad del médico. ¡Por fin!, se dijo. Por fin podré comprobar yo mismo si lo que hemos oído era cierto.
No quitó ojo a la carreta, que seguía acercándose.
–Fijaos en lo sucios y andrajosos que van -dijo a Hernández-. Debían de ser pobres. ¡Mirad! – dijo, señalando con el dedo-. ¡No hay ninguno que lleve zapatos!
–Que alguien no lleve zapatos no significa que sea pobre -puntualizó Hernández con cinismo-. Lo más probable es que los pobres sean los ladrones que buscaban algo de comodidad para sus pies. – Se santiguó por segunda vez, gesto poco habitual en quien solía mostrarse tan laxo en cuestiones religiosas-. Pido a Dios que nunca me deje caer en depravación semejante.
Oyéndole invocar a la divinidad, Alejandro dijo:
–Sois persona de demasiados recursos para acabar así.
Hernández dirigió a la carreta una mirada lúgubre.
–Creo que tienes razón, loada sea la Virgen -dijo en voz baja-; pero renunciaría con gusto a mi fortuna a cambio de la certeza de no acabar como esa pobre gente.
Esa certeza no existe, pensó Alejandro. Ante este azote todos somos iguales. En cuanto hizo ademán de acercarse a la carreta, oyó protestar a Hernández.
Haciendo caso omiso de las quejas de su escolta, Alejandro siguió adelante hasta aproximarse cuanto le permitió el miedo. El espantoso hedor que emanaba de la carreta le obligó a retroceder unos pasos; a punto de vomitar, volvió la cabeza y aspiró sucesivas bocanadas de aire puro.
Después reanudó su aproximación a la carreta, pero esta vez respirando a través de la tela de la manga.
Dentro del carro de los muertos vio cuerpos retorcidos de mujeres, niños y ancianos, altos y bajos, rubios y morenos, toda la variedad humana que cupiera concebir. Hernández tiene razón, pensó; no eran todos pobres.
En algunos se apreciaban restos de pasada gordura, señal acaso de una vida próspera; otros eran flacos como mangos de escoba, y sus pieles curtidas indicaban a las claras que habían pasado años trabajando duro para ganarse
el pan antes de llegar a tan ignominioso final. Examinó con curiosidad los cadáveres de aquel grupo de desventurados, fijándose en la hinchazón de sus cuellos y dedos, y concluyendo que nada de lo que había oído podía tildarse de exagerado.
–¿Adonde los lleváis? – preguntó al carretero.
Éste levantó la cabeza en dirección a su interlocutor, mirándolo con ojos tan sumamente cansados que apenas parecían menos muertos que los de sus horripilantes pasajeros. Al verlos clavarse en él, Alejandro sintió escalofríos.
–A un campo al norte de la ciudad, donde el cura dirá una misa fúnebre para todos los muertos a la vez. ¡Quiera Dios que no hayan muerto sin confesión!
Aun no sabiendo demasiado bien qué significaba morir sin confesión, Alejandro asintió, queriendo mostrarse compasivo con el destino de aquellos muertos no confesados, y pensando para sus adentros que ojalá Dios no determinara el valor del alma guiándose por el aspecto del cadáver.
Se propuso preguntar más tarde a Hernández el significado de aquella expresión. Se reunió con él junto al abrevadero y siguió con sus abluciones, ya algo más tranquilo, pero sumamente impresionado por el macabro contenido de la carreta.
Los majestuosos arcos del grandioso puente de Saint-Bénézet trazaban su elegante curva sobre el Ródano, en cuyas aguas rielaba el reflejo de su hermosa arquitectura. La visión del puente dejó a Alejandro sin habla. Su enorme y esplendorosa fábrica había aparecido como por arte de magia tras un recodo del camino bordeado de árboles. Al otro lado del río se alzaba la ciudad de Aviñón, y, cual vigía sobre una colina, el espléndido palacio papal. Incluso después de todo lo que había pasado, después de verse capturado, marcado, separado de sus padres e impelido a cometer un asesinato, Alejandro contempló la ciudad con el entusiasmo de un niño; y nada más indicado, puesto que iba a ser en Aviñón donde empezara su nueva vida.
Las torres del palacio papal se erguían majestuosas, grandes brazos blancos que intentaban tocar el mismísimo cielo al que dirigían sus súplicas. El sol del atardecer refulgía sobre los deslumbrantes y albos muros, cegando al observador para cuanto no fueran ellos. Alejandro pensó
que nunca había visto cosa tan hermosa. Uno de los muros estaba cubierto de andamios, pero Alejandro observó que se hallaban desocupados.
–Hernández -dijo-, ¿no os parece extraño que haciendo tan buen día no haya nadie trabajando en los andamios?
Hernández se fijó en el palacio.
–Tienes razón -contestó-. No se ve ningún albañil. Tal vez Aviñón tampoco haya escapado a la enfermedad.
Al adentrarse en la ciudad, se vieron rodeados de indicios de que la ciudad, en efecto, no había permanecido al margen. La gente caminaba deprisa, como si tuviera que cumplir obligaciones urgentes. Contrariando las esperanzas de Alejandro, los ciudadanos de Aviñón no se mostraban amables ni receptivos, sino escurridizos y temerosos del contacto con los jinetes. En todas las caras se leía la desconfianza y una hostilidad sin paliativos. De cada tres casas, una tenía cadáveres delante de la puerta, esperando el paso del carro de los muertos; y los carros en cuestión no dejaban de pasar, cual macabra caravana de camino a la zona de entierro: ni uno que no fuera lleno, ni uno cuyas ruedas no se combaran bajo el peso de la carga.
–Pero ¿dónde enterrarán a todos estos muertos? – se preguntó Alejandro en voz alta al dejar atrás otro carro.
–Importa más saber quién lo hará -contestó Hernández-. ¡El mal se lleva a tantos! ¡Por todos los dioses, judío, temo que también a mí se me lleve!
¿Cómo podremos evitarlo?
–No lo sé -dijo Alejandro, llena su voz de desaliento; y repitió con un suspiro-: No lo sé.
–¿Estás seguro de que en el letrero ponía «Se alquilan habitaciones»? –
preguntó Hernández-. A lo mejor se te han olvidado las palabras exactas…
–No, no se me han olvidado -replicó Alejandro, en cuyos oídos resonaba todavía el portazo. La patrona, mujer viuda, les había prohibido entrar, diciendo que ya no confiaba en que nadie estuviera a salvo de la peste, y aconsejándoles una casa cercana por donde proseguir su búsqueda de alojamiento. Dando media vuelta de consuno, la cansada pareja de viajeros descendió por la estrecha escalera hasta volver a pisar el empedrado de la calle.
La segunda viuda, una anciana cuyo marido acababa de sucumbir hacía tres días a la enfermedad, los recibió con alegría, sola y temerosa como
estaba, sin parientes a los que acogerse. Como la muerte de su marido la había dejado sin medios de subsistencia, y necesitaba más dinero que el que le proporcionaba el negocio de las habitaciones, propuso a Alejandro alquilarle la casa entera y hacerle de ama de llaves a cambio de un sueldo reducido, y de la promesa por parte del joven de ayudarla en las tareas que su avanzada edad le impidiera realizar sola.
El trato parecía favorecedor para ambas partes, pero, antes de cerrarlo, Alejandro habló a solas con Hernández para pedirle su opinión sobre la propuesta de la viuda.
El cristiano la veía con buenos ojos.
–Para un hombre siempre es una suerte tener una mujer que lo cuide -
dijo-, aunque sólo lo haga a cambio de dinero. – Miró de reojo a la expectante viuda-. Ésta, al menos, no te hará perder el tiempo con sus esfuerzos por arrastrarte al altar. – Tras congratularse brevemente por la suerte que los había llevado hasta ahí, Hernández dijo-: Primero haré que se ocupen de los caballos, y después buscaré la contaduría para concluir mi contrato con tu padre. Estaré de vuelta antes de la hora de comer; entonces veremos si los servicios de esta viuda son una buena inversión.
Brindaremos por tu nueva casa, y por que la suerte siga acompañándote.
Alejandro metió en la casa sus limitadas posesiones. El edificio era pequeño, pero incluía muebles macizos y resistentes. El suelo del piso de abajo era de tierra prensada, liso y bien barrido. Había una mesa larga y estrecha con bancos a ambos lados, una silla y un pequeño camastro. En el piso superior Alejandro encontró dos dormitorios separados, dotado uno de ellos de una cama cuyo tamaño le hizo sospechar que había albergado a un niño. El otro dormitorio era grande y cómodo, y, al estar situado en la parte delantera del edificio, disponía de una ventana. La cama de paja se hallaba por encima del nivel del suelo. Un examen atento mostró que la paja era fresca e incluía un número relativamente bajo de insectos; en cuanto a la ropa de cama, aun saltando a la vista que tenía sus años, estaba, además de limpia, en buenas condiciones. Alejandro dejó sus pertenencias en la habitación pequeña, con la intención de ceder la cama grande al corpulento Hernández mientras durara su estancia en Aviñón; después la ocuparía él mismo, como dueño de la casa.
Una vez instalado, se dispuso a hacer pesquisas por Aviñón, en busca de un local adecuado para su consulta. Encontró una botica a escasa distancia
de su nueva morada, y preguntó al boticario si había médicos por la zona.
–Hasta hace poco había dos médicos y un barbero en el barrio -contestó el dueño del establecimiento-, pero todos han muerto de la misma enfermedad que se ha cebado en sus pacientes, y mucho me temo que ya no podrán serviros.
Alejandro aclaró que él mismo era médico, y que no precisaba los servicios de ningún colega.
–Estoy en Aviñón desde hace muy poco tiempo, y espero la llegada de mi familia. Me interesaría encontrar habitaciones de alquiler para establecer una consulta.
–En ese caso os sugiero que os dirijáis a la viuda del doctor Selig; tenía su consulta dos manzanas al este de aquí, en una callejuela próxima a donde atiende el zapatero. Hasta es posible que quiera venderos el equipo del doctor. – Miró a Alejandro con tristeza-. Tiene hijos pequeños que alimentar.
El boticario se inclinó hacia Alejandro, como si quisiera comunicarle un gran secreto.
–El bueno del doctor había hecho un trato conmigo; si no conseguía curar a un paciente, me lo enviaba a mí, y yo procuraba ayudarlo prescribiéndole medicinas y pócimas adicionales.
El interés de Alejandro se avivó.
–¿Han tenido algún éxito con esta pestilencia?
–¡Bah! – rió el boticario-. Ninguno de los tratamientos ha servido de nada. ¡Nadie sabe determinar la fuente del contagio! Ni siquiera he tenido mucho éxito con los síntomas. – El boticario volvió a inclinarse hacia Alejandro-. Dicen que los judíos han envenenado los pozos, y, por mi parte, tiendo a creerlo.
Alejandro procuró disimular su sorpresa. No era la primera vez que oía tan ridícula acusación. Por lo visto, una vez despojado su aspecto de los atributos tradicionales del judío, la gente se sentía libre de hablar mal de su pueblo en presencia de él. Alejandro se apretó un poco más el cuello de la camisa y siguió la corriente al boticario, susurrando:
–¡Qué horror! ¿Y cómo luchar contra ello?
–¡No creáis, ya se está haciendo bastante! En Arles han quemado a tres judías en la pira después de que un sacerdote descubriera frascos vacíos en su casa, cuando hacía pocas horas que habían sido vistas junto al pozo.
Ahora la gente de la ciudad no sabe qué hacer con el agua; hay quien dice que está bien, y quien se niega a beber del pozo diciendo que prefiere morirse de sed que arriesgarse a sucumbir a la peste.
Fingiéndose más seguro de lo que estaba, Alejandro dijo:
–No me parece del todo desacertado, aunque dudo que la peste tenga su origen en el agua; todos la bebemos, y no por eso nos morimos todos; además, si el pozo estuviera envenenado, ¿no habría muerto ya hasta el último ciudadano de Arles? Parece más lógico no tener miedo del agua.
–¡Pero se trata de un flagelo, de un castigo de Dios! – protestó el boticario-. No podemos aplicar la lógica a su descubrimiento.
–Debemos aplicarla a todos los descubrimientos -dijo Alejandro.
Viendo que el boticario no contestaba, le pareció buen momento para dar fin a la conversación: ya había oído decir bastantes sandeces.
Despidiéndose con toda la cortesía de que fue capaz, fue en busca de la viuda de Selig, resuelto a no enviar nunca pacientes a un hombre como el boticario, tan lleno él mismo de veneno.
La viuda abrió la puerta de la consulta de su difunto marido, y, tras oír las explicaciones de Alejandro, lo convidó a entrar. El médico se tomó su tiempo a la hora de inspeccionar local y equipo. La viuda se quedó junto a la puerta, paciente y distante, contestando las preguntas del recién llegado de forma cortés pero breve.
Alejandro inquirió el precio del local y el equipo, expresando su interés por la compra de ambos a la vez. Los utensilios le convenían; no eran de lo mejor que se podía comprar, pero superaban con mucho a los que había utilizado en Alcañiz. Al oír la propuesta de la viuda, Alejandro vaciló un momento: le parecía un precio demasiado bajo para reflejar el verdadero valor de la mercancía, y así se lo hizo saber a la mujer.
–Señora, una suma más alta sería sin duda más adecuada.
–Os he ofrecido este precio porque necesito vender cuanto antes. Tengo que cuidar a mis hijos.
Alejandro hizo el recuento de monedas correspondiente al precio más elevado y las puso en manos de la viuda. Ésta se lo agradeció con profusión, le tendió la pesada llave de hierro de la puerta y dio media vuelta con intención de marcharse. Alejandro la llamó:
–Señora -dijo-, ¿cuidó vuestro marido a muchos enfermos de peste?
La viuda seguía sin querer mirarlo a los ojos, y contestó como si hablara con el suelo.
–Durante su última semana de vida no hizo más que eso. Se quedó sin fuerzas. Cuando se llevaron su cadáver, estaba cubierto de pústulas; pero yo estoy segura de que murió consumido por el esfuerzo.
Se marchó, llevando en una mano lo poco que le habían dejado los años de dedicación profesional de su marido.
Alejandro se quedó solo en la consulta vacía; al contemplar sus nuevas posesiones, sintió una extraña mezcla de entusiasmo y temor. La sala era más grande y oscura que la que tenía en Alcañiz; tendría que conseguir que entrara más luz, de cara a las operaciones más delicadas. Luz para mi nueva vida, pensó al salir y cerrar con llave la puerta, que seguía llevando el letrero con el nombre de Selig. Mañana buscaré a alguien que me haga un letrero, pensó, y pondré mi nombre en la puerta.
Tal como había prometido, Hernández volvió a casa de Alejandro a tiempo para la cena, informando del éxito de sus gestiones bancarias.
–Tenemos que ir juntos dentro de tres días, y entonces se me recompensará generosamente por proteger de asaltos tu ignorante pellejo. –
Y, dirigiendo una expresiva mirada a su protegido, añadió-: Me alegro de no haber sido importunado por rufianes vestidos de soldados reales. – Después rió y dijo-: Aunque creo que me pagan demasiado. Me parece que el peor enemigo a que nos hemos enfrentado ha sido un sol abrasador.
–Aun así-contestó Alejandro-, vuestra tarea no era fácil, y habéis sabido cumplirla. Nadie se quejará de que se os pague de más. Fue un precio convenido de antemano.
Comieron carne hervida y pan crujiente a la luz de dos velas colocadas en medio de la mesa. La viuda trajo un vino delicioso hecho por su marido, y los compañeros de viaje hicieron el prometido brindis a la salud de los dos.
Alejandro preguntó al cristiano qué planes tenía para el futuro.
–¿Qué haréis ahora que os habéis quedado sin empleo? Quizá os conviniera pasar un tiempo en Aviñón. Esta casa es demasiado grande para mí solo, e intuyo que la viuda se alegraría de recibir una moneda más por semana.
Hernández le agradeció la oferta.
–La verdad es que te he cogido cariño, muchacho, y sé que voy a echarte de menos. Han pasado muchas cosas desde nuestro primer encuentro en el monasterio de Alcañiz.
Tomó un trago de vino y prosiguió.
–Para un hombre como yo, tener un buen caballo y una pequeña fortuna en oro es una tentación demasiado grande. Ahora puedo ir a donde me dé la gana, y dormir bajo las estrellas todas las noches que quiera. Además, ya estoy cansado de contar siempre lo mismo; creo que es hora de ir a buscar nuevas anécdotas.
Hernández bajó la voz para no traer malos recuerdos a la viuda.
–Mis planes son huir de esta peste. Creo que correría más peligro en Aviñón que junto a un fuego de campaña.
Oyendo las declaraciones de su valiente amigo, Alejandro se puso serio, pero, en un esfuerzo por recuperar el clima de afecto que había reinado hasta entonces entre los dos, formuló una audaz predicción:
–Volveréis a Aviñón, y yo estaré esperándoos con impaciencia. Confío en que sepáis divertirme con el relato de vuestras nuevas aventuras; entretanto, sé de alguien que echará mucho de menos la calidad de vuestra compañía y conversación.
Hernández volvió a brindar por su joven anfitrión con elegante ademán.
Previendo todas las cenas por venir en que su única acompañante sería la dueña de la casa, Alejandro se dio cuenta de hasta qué punto iba a echar de menos al soldado.
–Y ahora, jovencito, te dejaré para dedicar el resto de la noche a buscar una moza bien dispuesta. Siento la necesidad de repetir una vez más mis viejas historias.
La noche antes de ir juntos a la contaduría, Hernández se levantó de la mesa antes de acabar la cena, quejándose de que le dolía la barriga.
–Esta comida francesa es demasiado para mí. Llevo una semana comiendo más huevos y queso que en toda una vida en Aragón. Creo que esta noche dejaré que descansen mis órganos digestivos.
A medianoche sudaba y temblaba de frío alternativamente; se arrebujaba en la manta y, al minuto siguiente, se la quitaba de encima de una patada. Alejandro confió, contra todo pronóstico, en que su amigo fuera víctima de una gripe pasajera, y le administró un tratamiento en
consonancia, haciéndole beber té y pasándole por la frente una esponja con agua fría.
Tras pedir prestada una linterna a la viuda (y prometer rellenarla de aceite al día siguiente), Alejandro recorrió a toda prisa la escasa distancia que lo separaba de su nueva consulta, a fin de coger los instrumentos que, de cumplirse sus temores, le serían precisos para, enfrentarse a la enfermedad de Hernández. Iba a necesitar cuchillo y escalpelo, un cuenco para sangrías, algo de láudano para calmar el dolor y mucho vino, que compraría a la viuda.
De vuelta a casa, comprobó que Hernández había empeorado mucho: le costaba respirar, y su piel, morena de costumbre, estaba blanca y reluciente.
Alejandro pidió a la dueña de la casa que le trajera un vaso grande; en cuanto lo tuvo entre manos, lo llenó de vino y obligó a Hernández a beberlo. El enfermo pareció tranquilizarse.
De pronto, sin previo aviso, el gigantón se incorporó, y, con los ojos saliéndosele de las órbitas, vomitó violentamente, cubriendo la habitación del contenido sin digerir de su estómago. La viuda huyó con un gemido de asco; Alejandro la oyó bajar por la escalera, pero no trató de seguirla.
Purgado de sus sufrimientos gastronómicos, Hernández entró en una fase de mayor calma. Alejandro abrió los postigos para ventilar la apestosa habitación, y después acercó una silla al lecho del enfermo.
–Voy a velaros, Hernández, y a atender vuestras necesidades.
Descansó la cabeza entre los brazos y durmió a intervalos, soñando alguna que otra vez con Carlos Alderón.
El graznido de un mirlo sobre el alféizar de la ventana abierta lo despertó. Miró al enfermo y comprobó que seguía plácidamente dormido, tapado hasta el cuello con la gruesa manta, cuyo color oscuro contrastaba inquietantemente con la blanca tez de su rostro.
–Debéis de tener fiebre -dijo Alejandro, colocando la palma de su mano en la frente sudorosa de Hernández-. En efecto -se contestó a sí mismo, retirando la manta de la cara del enfermo.
Ya había visto cuellos de cadáveres cubiertos de horribles bultos, pero el verlos desfigurar a un hombre vivo le revolvió el estómago. Hernández tenía el cuello terriblemente hinchado y deformado, con un bulto grande y esférico rodeado de manchas azules y negras. Acercó la mano al cuello de Hernández, y ya antes de tocarlo notó el calor que emanaba de él. Rozó la
piel ardiente con las yemas de los dedos, palpando suavemente la masa circular, cuya dureza lo sorprendió. No tenía la menor duda acerca de su contenido, una pasta espesa y turbia descrita por todos los testigos de la enfermedad. Decidió aliviar el dolor de Hernández sajando el enorme forúnculo.
Llamó a la dueña para que le trajera agua, pero no obtuvo respuesta; al bajar al piso inferior, vio que la cama donde dormía la viuda, al lado de la chimenea, estaba sin deshacer, y supuso que había huido. Retiró del camastro la fina sábana y la hizo trizas; después fue a la cocina y encontró dos cubos, lleno de agua el uno, y el otro sólo a medias. Subió con el cubo lleno y las tiras de tela y lo puso todo encima de la mesita contigua a la cama de Hernández.
Tras lavarse rápidamente las manos y secárselas con un pedazo de sábana, cogió un frasquito de láudano, despertó a Hernández con una suave sacudida y le pidió que abriera la boca.
–Sacad la lengua, Hernández; os voy a dar algo que hará que os duela menos.
El aragonés no parecía del todo consciente, pero obedeció. Habían intercambiado los papeles: de los dos, era Hernández ahora el chiquillo desamparado e ignorante, y Alejandro el guerrero prudente y experimentado, dispuesto a luchar contra el invisible agresor.
Alejandro volvió la cabeza para respirar una bocanada de aire fresco que le era imprescindible, ya que Hernández tenía la lengua cubierta por una capa blanca cuyo olor excedía cualquier descripción. Sintiéndose fortalecido, dijo:
–Y ahora quieto, que esto va a tener un gusto horrible. – Al mismo tiempo, dejó caer unas gotas de láudano sobre la lengua de su amigo, y, tratando de distraerlo, añadió-: Me haría muy feliz que esta vez no lo devolvierais, como hicisteis con vuestra última comida.
Hernández quiso sonreír, pero su expresión se llenó de angustia: el mero acto de torcer la boca le provocaba atroces dolores en el cuello. Tuvo el coraje de no gritar, pero no pudo evitar que se le saltasen las lágrimas.
–Paciencia, Hernández; no tardaré en ejercer mi limitada pericia sobre vuestro pobre cuello. No sufriréis mucho tiempo más.
Hernández, que no podía hablar, acercó lentamente su mano a la de Alejandro, y, después de darle unos golpecitos, repitió la operación con una
de sus axilas. Tratando de descifrar el significado de los gestos de su paciente, Alejandro abrió la camisa de Hernández y se la pasó por debajo de los hombros para poder examinarlo mejor. Encontró los mismos bultos y las mismas manchas. Los bultos eran del tamaño de una manzana, y, al tocarlos, todo el cuerpo de Hernández se contrajo. Incapaz de acallar por segunda vez sus sufrimientos, el enfermo gritó de dolor.
Poco a poco, el láudano fue ejerciendo sus mágicos efectos, hasta que el paciente quedó tendido e insensible, atontado por la droga. Como ignoraba cuándo recuperaría Hernández la conciencia, Alejandro obró con rapidez: limpió su instrumental frotándolo escrupulosamente con uno de los trozos de sábana y, tras mojar con agua otro pedazo de tela, quitó el sudor que había bajado del cuello de Hernández hasta la zona de la hinchazón.
Después colocó con tiento varios trozos de tela más alrededor del centro amarillento de la buba, confiando en absorber la emisión de líquido que sin duda saldría a chorro al practicar el corte, pues prefería no tocar la purulenta sustancia. Aplicó el escalpelo al centro del bulto, colocó otra tela más alrededor e hizo presión. Hernández empezó a debatirse con lentitud, sintiendo el dolor a través de las brumas del láudano. Alejandro siguió ejerciendo una fuerte presión sobre el cuello del paciente, y sintió menguar poco a poco el tamaño de la hinchazón.
Después de un rato cesó el flujo, y a buena hora, pues Hernández empezaba a recuperar la conciencia. Juzgando aconsejable prolongar el sopor, Alejandro le ofreció más láudano, pero Hernández se opuso con un débil gesto de manos. Parecía querer decir algo.
Habló con voz bronca y cansada.
–No malgastes conmigo tus pócimas, Alejandro. Debajo del brazo y cerca de mi virilidad siento el mismo dolor que en el cuello. Pronto no seré más que un montón de bubas, y ya no podrás ayudarme. Dudo que vuelva a levantarme de esta cama. Déjame morir con algo de honor, te lo ruego.
El parlamento había consumido todas las fuerzas de Hernández. Cerró los ojos y permaneció inmóvil, exhausto por el esfuerzo de dar a conocer sus deseos.
Alejandro había oído decir que en sus últimas horas de vida las víctimas de la peste sentían una terrible desesperación; la adivinaba en Hernández, pero no había imaginado que esa desesperación se apoderara con tanta
fuerza de los supervivientes. Aferrando la ennegrecida mano de Hernández, le susurró:
–Como queráis, amigo. No agravaré vuestro sufrimiento.
A media tarde, el aragonés tenía las manos completamente negras.
Alejandro no se había atrevido a mirarle los pies, pero sospechaba que se hallaban en el mismo estado. Se quedó sentado junto al lecho sin poder hacer nada, preso de un estado de ánimo que alternaba entre el más lúgubre abatimiento y una rabia impotente. Recordó la muerte de Carlos Alderón, y lo frustrante que había resultado no poder detener el curso de la enfermedad del herrero.
–¿No me concederéis tiempo para prepararme? – dijo a Hernández, que ya no podía oírle.
Teniendo ante sus ojos aquella ruina de cuerpo, Alejandro recordó lo robusto y vigoroso que había sido. Durante el breve desarrollo de la enfermedad, los músculos habían sido consumidos por la fiebre, y Hernández parecía mucho más pequeño y huesudo que antes, como si se le hubiera escapado la esencia vital. El cuello había vuelto a llenársele de una sangre negruzca que supuraba de la herida y formaba grumosos coágulos desde la oreja al hombro.
Mientras Hernández se iba deslizando por la pendiente final, Alejandro, ansioso por mantener alguna clase de contacto con aquel hombre al que había llegado a admirar, y que en aquellos instantes era su único amigo, se dirigió a él con dulzura, a sabiendas de que no le oía.
–Maldigo mi suerte, Hernández -dijo-; de no ser por esa chica, seguiría en Alcañiz, con mis amigos y parientes. Y si el obispo se hubiera comportado de forma honrosa, tal como vos me habéis demostrado que pueden comportarse los cristianos, no habría sentido el terror a ser descubierto durante el viaje. – Avergonzado, inclinó la cabeza-. Ni habría tenido motivos para ocultaros mi secreto. Os hago saber que lo maté; le clavé mi puñal en el pecho, y vi con mis propios ojos cómo se vaciaba del rojo fluido vital. Es un peso que llevo en el alma, y algo tendré que hacer para expiarlo.
Hernández gimió, y Alejandro le secó el sudor de la frente.
–Pero, si nada de esto hubiera sucedido, no habría tenido el privilegio de conoceros, amigo mío. Ha sido un placer mayor de lo que habría podido llegar a imaginar. Os voy a echar de menos, y mucho.
Hernández murió al anochecer, tras abrir brevemente los ojos y echar un último vistazo a lo que le rodeaba. Después de susurrar «Madre de Dios», cerró los ojos, y vació por última vez sus pulmones.
Consciente de que ya no podía hacer nada por el soldado, Alejandro lo cubrió con la sábana y se dirigió lentamente a su propio dormitorio; exhausto, se dejó caer sobre la cama sin hacer siquiera el esfuerzo de quitarse la ropa.
El papa Clemente, sentado en sus aposentos privados, se protegía del asfixiante calor con un abanico. ¿De qué sirve este ejercicio?, se preguntó en silencio. En esta habitación no ha entrado aire fresco desde que el canalla de De Chauliac me encerró en ella; ¡y siguiendo mis órdenes, maldita ironía! Se enjuagó el sudor de su frente congestionada con el pañuelo húmedo que conservaba a su lado desde el inicio de su encierro.
El discreto sonido de una campanilla lo distrajo por unos momentos de su congoja. «¡Cristo que todo lo puedes, haz que sea algo sabroso, dulce, o acaso lozano y bien dispuesto! ¡No puedo con este aburrimiento!»
Cuál no fue su decepción al ver que se trataba únicamente de un pergamino, si bien de imponente tamaño. Lo abrió con impaciencia; necesitaba algo que lo distrajese de su aburrida rutina como cautivo de su médico. Empezó a leer sin tomarse la molestia de examinar el sello.
Santidad:
Os escribo con gran pesar, movido por asuntos de suma importancia para la Santa Iglesia de Cristo y el reino de Inglaterra. Finalmente ha caído sobre nosotros el terrible flagelo que lleva ya un tiempo asolando toda Europa. Habíamos confiado en mantenernos al margen de sus estragos en virtud de nuestro aislamiento de Francia, mas, ajeno a toda súplica, el mal ha cruzado las aguas y ha traído su inmundo veneno a nuestras bellas costas. Empezó por Southampton no hará todavía un mes, y en estos momentos se halla ya firmemente arraigado en nuestra hermosa ciudad de Londres y sus alrededores.
Es mi triste deber informaros de la muerte de John Stratford, nuestro devoto arzobispo, acaecida en Canterbury el sexto día de agosto. Su eminencia abandonó este mundo tras cinco días de enfermedad, asistido por su médico y diversos miembros de su familia, que, abrumados por tan grave pérdida, se hallan hoy más allá de todo consuelo.
Pero es hora de hablaros del dolor que aflige a mi persona; en efecto, me veo en la obligación de poner en vuestro conocimiento una pérdida todavía más angustiosa para mí y mi buena reina Felipa. Nuestra querida hija Juana ha sucumbido al mismo espantoso morbo cuando realizaba su viaje nupcial a Castilla. Enfermó al atravesar la región de Burdeos, y junto a ella varios miembros de su séquito.
La muerte de nuestra hermosa Juana, además de marcar de forma atroz a nuestra apenada familia, ha dejado maltrecha nuestra alianza con el rey Alfonso. Temo que la negativa de mi Isabel a casarse con su despreciable hijo Pedro haya hecho poco por el entendimiento mutuo de nuestros reinos, y ya sabéis que nunca vi con buenos ojos un enlace entre Pedro y Juana.
Dedicamos muchos esfuerzos a convencer a Alfonso de que Juana podía ser buena sustituta de su hermana; la propia muchacha estaba dispuesta, y, ahora que se halla en el cielo, espero que Dios la recompense por tan noble actitud. Sin duda su muerte prematura habrá agravado las diferencias entre Castilla e Inglaterra. La pérdida de Juana no tiene remedio, de no ser la aportación de otra hija en edad de contraer matrimonio, y mi reina se opone ahora a perder de vista a cualquier miembro de su progenie, por temor a no volver a verlo. La he convencido de que permita a los más jóvenes viajar al castillo de Eltham, donde aguardarán que pase el flagelo en compañía de nuestro médico real, maese Gaddesdon. Sin embargo, la reina se opone a que el joven Eduardo e Isabel se unan a ellos, y, a decir verdad, ni uno ni otra desean hacerlo.
Mis ministros y consejeros son incapaces de llegar a un acuerdo. Todo está sumido en la confusión; nadie quiere permanecer en Londres por miedo al contagio que tiene al pueblo bajo en sus negras garras. En mi corte, el servicio escasea, y me he visto obligado a disolver el parlamento por un tiempo indefinido. En Windsor carezco de consejeros capacitados, y los asuntos de corte se están viendo peligrosamente desatendidos. Los escoceses se agrupan en mis fronteras con los ánimos en alto, proponiéndose aprovechar nuestra debilidad pasajera con la absurda creencia de que la peste no se cebará en ellos.
Humilde y sinceramente os pido vuestro santo consejo para la solución de estos asuntos. Nos acucia, ante todo, la necesidad de nombrar al sucesor del difunto arzobispo; entre los obispos de Aviñón se hallará sin duda un buen candidato, cuando no entre los prelados de nuestro propio pueblo.
Dejo la decisión en manos de Dios y Vuestra Santidad, mas os recuerdo humildemente nuestro deseo de tener cuanto antes a alguien en el cargo.
Se habla entre vuestros enviados de que tenéis a vuestro servicio un médico diestro en los métodos de impedir la difusión del contagio; a fe que ha demostrado su saber protegiendo a vuestra santa persona. Os agradecería que nos enviarais a un médico versado en tales artes preventivas, ya que nos falta experiencia y debemos proteger a nuestra Isabel del malhadado final a que se ha visto expuesta su hermana. Es la favorita de su madre, que ya ha sufrido en sus carnes el dolor de ver a una de sus hijas precederla en la eternidad. Dios mediante, quisiera ahorrar otra triste pérdida a mi buena reina.
He empezado a tener en cuenta nuevos arreglos conyugales para Isabel. Una de las posibilidades es casarla con la familia de los Brabante, cuyo jefe, el duque, ha propuesto enlazar a su hijo mayor con nuestra hija.
Vacilo en refrendar la unión por miedo a debilitar nuestro linaje, ya que Isabel es prima carnal de su presunto esposo, y Vuestra Santidad ha expresado la opinión de que semejantes enlaces producen vastagos débiles y a menudo carentes de facultades mentales. Así como estamos convencidos del vigor de nuestro linaje, dudamos del de los Brabante. Mi reina y yo os pedimos consejo en esta propuesta de alianza; en cuanto a Isabel, todavía le duele la vergüenza de su reciente rechazo, hecho que se recuerda en la corte de los Brabante.
Nuestra bella isla no ha entrado aún en un estado de anarquía, mas no está lejos de ello. Mi campaña en Francia ha llegado a un punto muerto; hay mucha incertidumbre, y mis leales caballeros se han pronunciado en contra de mantener el cerco en estos momentos. La peste se lleva cada día más víctimas, sin hacer distinción entre la gente vil y los de alta cuna. A falta de manos que manejen la guadaña, los campesinos se están quedando sin cosecha. La cebada cría flores, y la miel se queda en los panales; no hay, pues, hidromiel. El ganado no tiene quien se ocupe de él; muchos animales han sucumbido a la peste, y sus carcasas estropean los prados y corrompen el aire. El mundo entero se debate en manos del diablo, pugnando por escapar del camino de la peste, pero a cada día que pasa más y más personas perecen de horrible muerte.
Mi reina y yo, juntamente con nuestra real casa, esperamos vuestra sabia respuesta a nuestras dudas. Os rogamos ponerla en manos de jinetes
veloces, pues el horrendo mal escoge sus víctimas a capricho, sin respetar siquiera los deseos y proyectos del más poderoso. Prostrado a los pies de Vuestra Santidad e implorando el favor de su bendición apostólica, tengo el honor de ser, padre santísimo, con la más honda veneración por vuestra santidad, el más humilde y obediente de vuestros servidores e hijos.
Eduardo Rex.
El papa Clemente VI acabó de leer la carta del rey y, pensativo, se abanicó con ella. Los acontecimientos relatados en la misiva de Eduardo requerían grandes dosis de reflexión, y, sometido al aislamiento impuesto por su médico de cabecera, Guy de Chauliac, el papa Clemente tenía tiempo de sobras para pensar.
Monsieur le docteur había decretado que, mientras durara la epidemia, el Papa tuviera poco contacto con otras personas, por no decir ninguno.
Había sepultado a Clemente en sus aposentos privados, mandando que se encendieran todas las chimeneas de las espaciosas salas. Se atrancaron las ventanas, y las puertas sólo se abrían con permiso explícito del médico, quien aconsejó a Clemente llevar ropa que le tapara las mangas y el cuello y tener la cabeza cubierta a todas horas. La insípida comida se servía en porciones minúsculas, y ello porque De Chauliac creía que el pecado de la gula aumentaba las posibilidades de contraer una enfermedad.
Clemente se acarició la barbilla con expresión atribulada, pensando que, para un hombre de gustos tan mundanos como él, aquella vida monástica era peor que la muerte. De Chauliac creía firmemente que la infección nacía del contacto directo con la plaga, pero, viéndose incapaz de explicar el modo en que ésta se desplazaba, se había limitado a ordenar que Clemente quedara aislado del todo.
Privado así de todo género de placeres, se entendía que el Papa fuera propenso a los enfados, y la carta de Eduardo no mejoró esta disposición de ánimo. Clemente tiró de la cinta de terciopelo que colgaba junto a su diván y hacía sonar la campanilla. Se produjo la esperada y discreta aparición de De Chauliac, que, arrodillado frente al Papa, besó su anillo en prueba de sumisión.
–Levantaos, De Chauliac; no creo en la sinceridad de vuestro gesto. Los dos sabemos que soy yo quien se somete a vos, y no lo contrario. Deseo que llegue pronto el día en que, desaparecida la peste, pueda castigaros como merecéis por la pena que me habéis infligido.
Pero Clemente no era tonto. Sabía que la peste había acabado con la mayor parte de los ciudadanos de Aviñón, mientras que él seguía lozano y lleno de vida. Sabía también que su constante buena salud no podía deberse únicamente a la suerte.
De Chauliac obedeció y, erguido en toda su estatura, se encaró al Papa, que, sentado, miró hacia arriba con indignación.
–¿En qué puedo serviros, Santidad? – preguntó el médico con voz melosa.
–En verdad que ya me habéis servido bastante, monsieur. Quisiera que me libraseis de este horrible cautiverio.
Las quejas del Papa nunca cogían desprevenido a De Chauliac.
–Recuerdo humildemente a Su Eminencia que hasta hoy nuestros esfuerzos por proteger vuestra salud se han visto coronados por el éxito.
–Soy consciente de vuestro éxito, De Chauliac, pero vuestros métodos espartanos me cansan. Estoy seguro de que no habrá necesidad de alargarlos mucho más.
–Santidad, esta misma mañana he recibido el informe de la facultad de medicina de la Universidad de París, escrito a petición de nuestro noble rey Felipe. Un grupo de médicos y astrólogos de gran erudición han volcado sus notables intelectos en la tarea de resolver tan intrincada cuestión, y concluyen que esta pestilencia se debe a un suceso celeste harto inusual: Dios Todopoderoso colocó al planeta Saturno, cuerpo tenaz pero impaciente, en línea casi perfecta con el jovial y vigoroso Júpiter, conjunción que no suele tenerse por nada extraño; sus caminos se intersecaron en la zona celeste que se sabe colocada bajo la influencia de Acuario. Encuentros celestiales semejantes produjeron ya en otros tiempos sucesos fuera de lo común, tales como pequeñas inundaciones, malas cosechas y demás. Por desgracia, la llegada de Marte con su temperamento belicoso añadió un carácter mortífero a lo que de otro modo habría pasado desapercibido. Marte, que ama la guerra, hizo que Júpiter y Saturno entraran en dura liza. Esta desafortunada mezcla de cualidades ha permitido que la pestilencia domine nuestras vidas.
Clemente deploraba la continua influencia de la astrología sobre los seguidores del cristianismo, pero no podía desautorizar abiertamente la práctica de una ciencia tan fatalista.
–¿Estáis de acuerdo con estos descubrimientos, monsieur?
De Chauliac, siempre prudente y diplomático, contestó:
–Mi príncipe, carezco de intelecto para estar en desacuerdo. Estamos hablando de hombres muy sabios, los más eruditos de nuestro reino, y todos ellos han puesto sus mentes al diligente servicio de su majestad. Es muy posible que las condiciones celestes que describen hayan influido de forma sumamente malévola en los acontecimientos terrestres.
Hallando fastidiosa la retahila de palabras sin sentido que le endilgaba De Chauliac, el Papa volvió a abanicarse.
–Sigo queriendo saber la duración prevista de mi confinamiento, y seguís sin haberme contestado.
De Chauliac sonrió gentilmente a su paciente y, echando mano de su habitual talento con las palabras, salvó sin problemas la trampa que le tendían.
–No somos más que hombres tratando de explicar el plan de Dios, y Dios no da a conocer sus planes a nadie. Os ruego que tengáis paciencia y prosigáis con vuestra reclusión. A su hora, todo pasará.
Aun no siendo la paciencia una de las virtudes más notorias del pontífice, Clemente poseía prudencia suficiente para saber que su consejero tenía cierto grado de razón, si no toda, y se resignó al odioso aislamiento.
–Monsieur, para los ángeles será motivo de risa verme sobrevivir a este flagelo sólo para ser abatido al azar por uno de los rayos de Dios. En mi vuelo a los cielos, sentiré terriblemente este encierro.
Viendo con alivio que la situación volvía a estar en sus manos, De Chauliac se permitió una risita. Acto seguido, Clemente tendió a su médico la carta de Eduardo, que De Chauliac leyó a toda prisa.
–Terribles acontecimientos, Santidad; terribles en verdad.
–¡Así es! – replicó Clemente-. ¡Esa boda estaba atada y bien atada! Y
ahora, nuestras astutas maniobras diplomáticas quedan por tierra. Una alianza entre Castilla e Inglaterra habría reportado grandes beneficios a nuestra Santa Iglesia; cuando Pedro reine, tendrá en mayor cuenta que Eduardo los asuntos de la Iglesia, y podría haber influido sobre éste a través de su hija Juana.
De Chauliac dio vueltas a lo que acababa de oír.
–La princesa Isabel ya ha rechazado a Pedro, ¿no es cierto?
–¡Sí, y posee una molesta influencia sobre su padre! Es tozuda en demasía; en cuanto se propuso la alianza con Castilla, hizo saber a Eduardo
lo poco que le placía Pedro. ¡De vez en cuando, el muy tonto comete el error de consultar a sus hijos antes de zanjar un trato, como si sus opiniones fueran de algún valor a la hora de determinar el resultado de tan trascendentes decisiones! Mima mucho a su hija. Mis embajadores me han dicho que le recuerda a su madre.
–A quien, por tortuosos caminos, debe ni más ni menos que el trono -
señaló De Chauliac, sabedor por lo demás de que los «embajadores» de Clemente no eran más que espías cuya labor era calibrar en todo momento la influencia de la Iglesia católica en la corte inglesa. Eduardo también lo sabía-. Siendo como decís, no entiendo que nos convenga protegerla; si es tan terca e intratable como se rumorea, nos costará mucho controlarla.
–Pero no debemos subestimar la importancia de esa joven como instrumento para afirmar nuestro peso en Inglaterra. Poco ha de importarnos que sea una mimada; lo esencial es que será madre de reyes, y que acaso ella misma se convierta algún día en reina dotada de cierta influencia. Con la ayuda de Dios, a medida que mengüe su belleza se irá haciendo menos presuntuosa, y empezará a dar muestras de su regia crianza. A fin de cuentas, es hija del rey de Inglaterra, amén de noble dama de considerable linaje.
–Entonces rezaré con diligencia por que Dios os guíe en éstos asuntos.
De Chauliac sabía que Clemente aplicaría sus notables dotes de estadista a las peticiones de Eduardo, y que escogería con tino al nuevo arzobispo de Canterbury. De momento, lo que más preocupaba al médico era la otra demanda de Eduardo, aquella en que solicitaba un médico capaz de proteger a sus hijos tal como De Chauliac había protegido a Clemente.
De Chauliac era consciente de no poseer pericia médica comparable a la sutileza diplomática desplegada por su sagaz paciente, aunque no habría confesado su ignorancia por nada del mundo. Pese a lo extenso de su formación y a su cargo oficial de médico del Papa, Guy de Chauliac tenía la certeza de no saber más sobre la causa de la terrible epidemia que cualquier pescadera. No podía hacer sino lo que ya había hecho: aislar al paciente sano confiando en no exponerlo a lo que transmitía la enfermedad, fuera lo que fuese, y continuar con los tratamientos en cuya eficacia tenía fe, pero no seguridad. Carecía de pruebas sólidas de que sus cuidados tuvieran alguna clase de efecto, pero, dado que Clemente parecía impresionado por sus esfuerzos, seguía adelante con ellos.
Sabía que no iba a ser tarea fácil escoger un protector para los hijos de Eduardo; más que razones médicas, cabía aducir consideraciones diplomáticas. El astuto y cínico Eduardo III, que, a pesar de las debilidades que hubiera podido heredar de su patético progenitor, había demostrado ser un gobernante muy capaz, desconfiaba de los franceses, y no toleraría un médico francés. Casi todos los médicos de Aviñón habían muerto, y los pocos que quedaban eran judíos en su mayoría, aún más inadecuados, por lo tanto, para entrar al servicio de la familia real inglesa. De Chauliac guardaba para sí la opinión de que Clemente era demasiado benévolo con los judíos de Aviñón, sobre todo en un momento como aquél, en que tantos fieles estaban dispuestos a echarles la culpa de la epidemia. Alentar tal creencia serviría para que el pueblo no se fijara tanto en las limitaciones demostradas por el clero y la profesión médica en su lucha contra la peste.
En definitiva, no había más solución que reunirlos a todos y escoger con el mayor tino posible; sin por ello excederse, puesto que había que evitar un fortalecimiento excesivo de la influencia del elegido.
–Santidad -dijo el médico, logrando que su paciente dejara de abanicarse-, consideraría una sabia decisión publicar un edicto papal en que todos los médicos de Aviñón fueran convocados a audiencia; de ese modo podré elegir con buen criterio. Debemos tener la seguridad de enviar a alguien cuya presencia no resulte ofensiva para la familia del rey, especialmente para la princesa. Adiestraremos a varios hombres, a fin de disponer de un número considerable de candidatos para la selección final; y, ya que los tenemos reunidos, ¿no os parecería acertado enviar emisarios a todas las cortes de Europa? ¿Por qué limitar nuestra influencia a Inglaterra?
El Papa miró a su médico con ojos muy abiertos.
–¡Sois un genio, De Chauliac! Estoy seguro de que nadie se atreverá a protestar. Encontrad a todos los médicos disponibles y traedlos aquí el lunes que viene a mediodía. Supervisaréis personalmente su adiestramiento.
–Bien, pero ¿quién atenderá las necesidades de Vuestra Santidad hallándome yo tan ocupado?
El Papa sonrió.
–Sois demasiado astuto, De Chauliac. Veo que me será imposible escapar de vos. No temáis, obedeceré vuestros edictos; pero ante todo debo contestar a Eduardo, que sin duda querrá oír las buenas nuevas.
Clemente se dirigió a su escritorio y extrajo un rollo de pergamino.
Desde el inicio de su aislamiento, De Chauliac no le había permitido recurrir a los servicios de su escribano, y el Papa se había visto obligado a escribir él mismo toda su correspondencia.
Así me distraeré un poco, pensó, contento de tener algo en que ocuparse. Mojó la pluma en tinta negra y empezó a escribir: Querido hermano en Cristo:
Gran dolor nos ha causado la noticia del reciente óbito de John, arzobispo de Canterbury; agradecemos a vuestra majestad la presteza con que nos la habéis comunicado, permitiéndonos así poner presto remedio a tan grave pérdida. Ofrecemos también nuestras plegarias a vuestra difunta hija Juana. La pena que ha hecho nacer en vos su muerte es sin duda ilimitada, imposible de describir con meras palabras. ¡Y aun así, noble Eduardo, cumplís con diligencia vuestro papel de representante de la Santa Iglesia! El dolor no os impide enfocar vuestros pensamientos a proteger la influencia de Cristo sobre Inglaterra. Cuando, llegado para vos el eterno descanso, os reunáis con Dios Todopoderoso, momento que esperamos tarde todavía muchos años en llegar, no dudéis de que la nobleza de vuestros actos recibirá justa recompensa. Os agradecemos vuestra fortaleza en tiempos tan azarosos como los presentes.
Recibimos con interés vuestra idea de casar a Isabel con el joven duque de Brabante; admitimos albergar ciertas reservas respecto a la proximidad familiar de los contrayentes, y loamos la paciencia con que posponéis la consumación del matrimonio. Dirigiremos inmediatamente al cielo nuestras plegarias, y, Dios mediante, gozaremos muy pronto de Su guía en tan importante asunto.
Querido hermano, aconsejad paciencia a Isabel; todavía no ha alcanzado su pleno florecimiento, y no tardará en verse felizmente casada.
Nuestros embajadores nos la describen como una bella joven llena de vitalidad, dotada de inteligencia y encanto considerables. Su soltería no debe desesperarla.
Nuestro médico, De Chauliac, os agradece el elogio de sus notables logros médicos. Tal como solicitasteis, os enviaremos a un médico instruido por el propio De Chauliac, confiando en proteger a vuestros amados vástagos del terrible azote de la peste. Debéis velar por una estricta observación de sus órdenes; no permitáis que la princesa se extravíe por
exceso de carácter. Debe observar con diligencia los consejos del médico, y rezar a diario por la continuidad de su buena salud.
Noble monarca, en esta ciudad sufrimos tormentos indecibles. Sería imposible describiros con veracidad el estado en que se encuentra la hermosa Aviñón. Cientos de personas mueren a diario y son enterradas en el acto, o bien, a falta de sepultura disponible al momento, quedan en el río esperando el eterno descanso. Diríase que Dios se propone eliminar por entero a nuestra especie. Nos preguntamos qué pecado habrá podido provocar Su terrible ira. Cuidad de vuestra salud, y seguid las indicaciones de nuestro emisario. Os imploramos que os protejáis a vos mismo y a vuestra familia, y que oréis cada día por que Cristo y Su madre bendita velen por vos a todas horas.
Jinetes veloces llevarán este mensaje hasta vos, a fin de que os veáis aliviado cuanto antes de la inquietud con que contempláis tan graves asuntos. La expedición saldrá en cuanto se halle organizada como es debido. En estos tiempos terribles, debemos tomar todas las precauciones para que el viaje llegue a buen fin.
In nomine Patris et Filii et Spiritus Sanctis, os enviamos nuestros mayores deseos de que no se turbe vuestro bienestar ni la prosperidad de vuestro reino.
Clemente VI, obispo de Aviñón.
Clemente dio la carta a De Chauliac, quien la leyó con atención y, sonriendo, dijo:
–Eduardo creerá que queremos meterle un espía en casa. A estas alturas ya no estará tan seguro de la oportunidad de su petición; por lo tanto, importa poco a quién enviemos: sea quien sea, obtendrá escasa cooperación por parte del rey, aun siendo éste quien solicitó su presencia.
–Tal vez -dijo Clemente-, pero resulta divertido saber que podemos provocar tantas alteraciones en la casa real; quiera o no, le enviaremos un médico, el más entusiasta y entregado que encontremos. Entonces descansaremos a gusto, conscientes de seguir siendo una espina clavada en el costado de nuestro querido hermano inglés.
La pena volvió a adueñarse de Alejandro en cuanto despertó; desaparecida la viuda y muerto Hernández, la casa, pequeña y silenciosa, le pareció más grande y vacía. Nunca se había sentido tan solo; sus únicos conocidos en Aviñón eran el intolerante boticario y la taciturna viuda Selig.