La plaga
Treinta
dosis tras dosis en la lengua de su amada, pero, en cuanto retiraba la mano de su boca, Adele las escupía indefectiblemente.
Se dejó caer en una silla que había al lado de la cama, derrotado y sin esperanzas. No pudo hacer más que aguardar junto a Adele, confiando contra todo pronóstico en una milagrosa curación. Le cogió una mano y notó que estaba ardiendo; así, piel con piel, invocó la fuerza inmensa de su amor para devolverle la salud.
La luna ya había recorrido un buen trecho del firmamento cuando Adele exhaló su último suspiro, y se quedó inmóvil en el lecho, sustraída al dolor por la placidez espectral de la muerte. Alejandro permaneció sentado mucho tiempo con Kate en brazos, convertido de nuevo en un hombre solo con el corazón destrozado.
TREINTA
Rosow guió colina abajo a su equipo de exhaustos biopolicías, y les ordenó registrar de nuevo las mismas callejuelas de antes. Habían seguido todas las pistas proporcionadas por los vecinos de la zona, pero los resultados brillaban por su ausencia. Hasta habían detenido a un par de marginales, pero enseguida los dejaron libres, en cuanto quedó claro que no servía de nada retenerlos. Rosow tuvo la clara impresión de que uno de los marginales jugaba con él y procuraba hacerle seguir una pista falsa. Se planteó ahondar más tarde en el interrogatorio, pero el aspecto de aquel hombre no le gustaba: si bien su extrema delgadez se amoldaba a la descripción de uno de los testigos, se le veía demasiado flojo y enfermizo para haber podido empujar cuesta arriba un carrito lleno. Rosow se fijó en que a duras penas se sostenía sobre sus pies, y caminaba con dificultad.
Estará borracho, se dijo, y corroído por la cirrosis. Así pues, no tuvo más remedio que dejar que se marchara.
Para colmo de males, ningún biopolicía tenía permiso para llevar el uniforme verde durante más de ocho horas seguidas.
–¡Al carajo con las reglas del sindicato! – musitó Rosow, viendo a sus hombres quitarse los pesados uniformes-. ¡Joder, si en otras épocas los caballeros no se quitaban la armadura hasta que no se lo decía el rey!
Una vez finalizado el tiempo de descanso obligatorio, reemprendieron la búsqueda en el mismo punto en que la habían interrumpido; a esas alturas, sin embargo, todas las pistas se habían borrado. Ya no quedaban
surcos, huellas ni pedazos de periódico por investigar. Hasta la última roca que pudiera dar lugar a sospechas había sido examinada en busca de huellas del paso del marginal con su carrito. Quizá estén escondidos en una de estas casas, pensó Rosow, escrutando las viviendas unifamiliares pulcramente escalonadas a ambos lados de la colina; pero la idea acabó por parecerle ridícula. Dar cobijo a marginales no estaba nada bien visto, y, si bien no era exactamente ilegal, Rosow estaba seguro de que pocas personas «normales»
estarían dispuestas a arriesgarse. De todos modos, probaron en unas cuantas casas, sin más resultado que asustar a quienes residían en ellas.
De hecho, ni siquiera sabía si la pareja a la que buscaba era consciente de la persecución. Uno de sus integrantes era un ser totalmente ajeno a las complejidades de la vida moderna, un fugitivo nato. En cuanto al otro, era probable que padeciera una enfermedad mortal; en ese caso, no lema quien lo ayudara, y hasta podía haber fallecido ya. ¡Que lástima que tenga que morir, tan joven y guapa!, pensó Rosow. Consideró poco probable que las condiciones mentales del conductor del carrito le permitieran distinguir entre un pasajero muerto y uno enfermo de gravedad, en el supuesto de que tuviera interés en ello. De todos modos, Rosow no tenía dónde elegir; fueran o no conscientes de que los perseguía, tenía que encontrarlos y, previo examen, decidir qué hacer con ellos. De su éxito en la persecución dependían muchas vidas.
Así pues, poco antes del alba, el exasperado teniente volvió a conducir a sus hombres colina arriba, hasta el campo donde cesaban las huellas. Los dividió en dos grupos, uno de los cuales fue enviado al perímetro oeste y el otro al perímetro este, con el propio Rosow al mando. Al iniciarse la búsqueda, el sol empezaba a despuntar por el horizonte. La noche había sido larga. El teniente confió en que el día les deparara mayores éxitos.
Janie y Bruce observaban al anciano con mentalidad de niño que dormía en una silla entre los dos. Parecían dos padres velando a un hijo enfermo.
Bruce levantó uno de los párpados de Sarin y vio que la luz provocaba una contracción de la pupila.
–Está grogui -dijo-. Parece como si se hubiera encerrado en sí mismo.
No lo entiendo.
–Ni yo, pero creo que vamos a tener que arreglárnoslas solos.
–Quizá convenga esperar a que se despierte. Ha dicho que sólo quería descansar.
–A saber cómo estará cuando vuelva en sí -dijo Janie-. Durante todo el proceso sólo ha estado lúcido a ratos.
Después de echar un vistazo a Caroline, dirigió a Bruce una mirada llena de aprensión, como diciéndole que se dieran prisa.
–Tenemos el libro -dijo-. lo ha estado usando desde el principio, igual que una receta. Dice que sólo queda una cosa por usar, y nada nos impide leer cómo emplearla. De hecho, es lo único que ha estado haciendo él: leer.
– El tono de preocupación de Janie fue a más-. Vaya, que no es que tenga poderes mágicos fuera de nuestro alcance.
–Janie, no conviene que nos precipitemos… ¿Y si cometemos un error?
Miró la mesita de noche y se quedó quieto de repente.
–¿Qué pasa? – preguntó Janie.
Bruce señaló algo.
–No queda una cosa, sino dos.
Uno de los objetos era una botella de líquido turbio y amarillento, con un tapón de corcho viejo y reseco. El otro era una bolsita que contenía una especie de polvo.
–No hay mucho, ni de lo uno ni de lo otro. ¿Y si nos equivocamos?
–¿Crees que si este viejo chocho no se ha equivocado vamos a equivocarnos nosotros? ¡Pero hombre, si casi ni sabe leer! – Janie cogió el libro y consultó la página por la que estaba abierto. Había dos letras distintas sobre el papel amarillento, una de ellas antigua y desvaída, de trazo nervioso y grosor desigual. El desánimo cundió en Janie a la primera ojeada-. ¡Vaya por Dios! Quizá tengas razón; creo que está escrito en francés, al menos una parte… -A continuación su mirada se posó en la otra caligrafía, obra a todas luces de una mano más moderna. La letra era menuda pero legible, y Janie reconoció algunas palabras comunes a ambos textos-. Debe de ser la traducción -dijo. Leyó el apretado texto con esperanzas renovadas, y reconoció en él las instrucciones para lo que ya habían llevado a cabo. Cada vez más entusiasmada, señaló un fragmento del texto inglés-: Mira, aquí es donde nos hemos parado.
Bruce leyó por encima del hombro de Janie.
–La carne y los huesos de muertos no recientes -dijo en voz alta-. El pelo del perro…
Janie dejó el libro en manos de Bruce y cogió la bolsita de polvo, parte del cual quedó flotando en el aire en cuanto desató el cordel. Nada más
olfatearlo, apartó la cara y estornudó.
–Huele fatal -dijo, restregándose la nariz con una mueca; de pronto, sin embargo, su expresión asqueada dio paso a una sonrisa llena de entusiasmo-. Pero ¿sabes qué? Tiene razón: es «el pelo del perro que te mordió», como dice el refrán. ¡Anticuerpos! ¡Puede que funcione!
–Dios santo… Tienes razón… -Bruce concentró la vista en la página que tenía delante, y empezó a leer desde el principio. A medida que recorría los renglones, su mirada adquirió un brillo renovado-. ¡Manos a la obra, pues! Aquí pone que tenemos que mezclar el polvo con el líquido, y después tomar un poco nosotros mismos. Dice que «nos protegerá de los estragos de la plaga…».
–Voy a la cocina a por algo para mezclar.
Mientras Bruce seguía leyendo, Janie salió de la habitación y regresó al momento con una cuchara y un cuenquecillo.
–Hecho -dijo, casi sin aliento-. ¿Cómo lo mezclo? ¿Indica las proporciones?
–Espera, estoy a punto de llegar… -Leyó en voz alta-: «Agréguense cuatro nudillos de polvo y el líquido que cabe en el cuenco de la mano…»
–¿Cuatro qué? ¿Nudillos? ¿Y el cuenco de la mano, dices?
–No me lo invento, Janie. Lo pone aquí-dijo enseñándole el libro-.
Léelo tú misma, si quieres…
–Da igual, ya te creo. Ahora mismo estoy dispuesta a creer cualquier cosa.
Aunque le temblaban las manos, Janie echó parte del polvo en el cuenco; después acercó la mano con un dedo medio doblado y decidió que la cantidad era suficiente. El tapón del frasco se deshizo en cuanto trató de extraerlo, hasta el punto de que tuvo que sacarlo en dos trozos con la uña.
Llenó de líquido amarillento el cuenco de una mano y lo vertió en el recipiente, encima del polvo. Mezclando ambas sustancias con la cuchara obtuvo una pasta muy poco compacta.
–¿Se sabe cuánto hay que tomar?
Bruce volvió a concentrarse en el texto.
–No lo pone.
–Pues entonces será cuestión de adivinarlo. Venga, vamos a tomarnos una cucharada cada uno. – Cogió una cucharada de pasta y la acercó a la boca de Bruce-. Abre -dijo.
Él examinó el mejunje con recelo, y después miró a Janie, no muy convencido.
–Que abras -repitió ésta; y, en cuanto vio abierta la boca de Bruce, le metió la cuchara hasta el fondo.
–¡Puaj! – dijo él con una mueca de asco. Haciendo de tripas corazón, se lo tragó, y después se limpió la boca con la mano-. ¡Es como zumo de mofeta! – Se tocó el estómago con la otra mano y dijo-: No sé si voy a poder retenerlo.
Ella se tomó su dosis con la nariz tapada; se ajustaba perfectamente a la definición de Bruce, y dejaba un regusto como de arena.
–Ha sido espantoso -dijo-. ¿Cómo diablos vamos a evitar que Caroline lo vomite?
–En mi opinión, el problema más grave va a ser hacer que se lo trague: no se si todavía puede engullir; y aunque tuviésemos una jeringuilla es imposible convertir esta pasta en una solución inyectable. Es demasiado grumosa. No hay más remedio que hacer que se lo tome.
Bruce volvió a remover la mezcla e intentó meter una cucharada en la boca de Caroline. Le tocó el labio inferior con la punta de la cuchara, esperando que abriera la boca; pero no fue así. Tras varias tentativas igual de frustrantes, miró a Janie y dijo:
–Me parece que será imposible.
–A ver, déjame a mí. – Cogió el cuenco y la cuchara de manos de Bruce y se sentó en la silla que había estado ocupando él-. Venga, Caroline…
Abre esa boquita por mí.
La fórmula, tan útil para dar de comer a los bebés, no surtió el efecto deseado en un adulto. Caroline siguió con la boca cerrada.
–A lo mejor Sarin tiene un embudo -dijo Bruce-. Voy a mirar.
Volvió del salón con las manos vacías.
–No he encontrado nada. Tendremos que despertarlo.
Janie asintió con la cabeza, consciente de que no podían esperar más.
Bruce tocó suavemente el hombro de Sarin, dispuesto a sacudirlo, pero, en cuanto sus dedos tocaron el cuerpo del anciano, supo que la chispa de la vida lo había abandonado. Su cuerpo seguía caliente, pero la energía, la fuerza vital, el «ser», en una palabra, habían desaparecido. Sólo quedaba el cuerpo. Apartó la mano.
–Janie -dijo en voz baja-, está muerto.
Ella se apartó de la cama y acudió junto a Bruce. Cogió al viejo por la muñeca y le buscó el pulso sin resultado.
–Ahora sí vamos a tener que arreglárnoslas solos -dijo.
Siguieron junto a Sarin, como si celebrasen un breve e improvisado velatorio.
–Se merece algo más -dijo Janie-, pero ahora mismo…
–Ya, ya sé -dijo Bruce-: tenemos que seguir con lo nuestro. Sigue haciéndome falta un embudo.
El rápido registro de la cocina no se tradujo en ningún hallazgo, ni de embudo ni de nada que pudiera suplir sus funciones. Janie apuntó otra posibilidad:
–Podemos hacer uno de papel. De niña solía hacerlo para decorar pasteles. Podemos cerrarlo por arriba y estrujarlo como un tubo de pastelería.
Pero la pasta era demasiado acuosa, y el papel del embudo la filtró casi de inmediato.
–¡Claro! – exclamó Bruce de repente-. ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes?
–¿El qué?
–En el aire acondicionado del coche hay un tubo condensador. Podemos introducírselo por la garganta y dejar caer la mezcla gota a gota.
Salió disparado hacia la puerta, dejando a Janie con la palabra en la boca. Recorrió el camino que llevaba a los robles y, cuando estaba a punto de llegar al coche, vio algo a lo lejos que le llamó la atención. Entonces se detuvo y miró hacia el otro lado del campo.
Venciendo al vendaval que soplaba entre los árboles, volvió a la casa y llamó a Janie; ésta, que estaba pasando una toalla húmeda por la frente de Caroline, volvió la cabeza y vio que él le hacía señas de que lo siguiera.
Salieron juntos al umbral.
–¡Oh, no! – exclamó ella al ver a lo lejos a los biopolicías-. ¿Cómo nos han encontrado? ¿Y cómo se han enterado?
–Ni idea, pero creo que más vale que nos llevemos a Caroline y salgamos corriendo.
–¿Adónde?
–Tendremos que ir a mi piso, y recemos por que no haya nadir esperándonos.