La plaga
Delete *.*
Necesitaba urgentemente un descanso; el corazón volvía a latirle a toda velocidad, y tenía la cabeza aún más turbia que antes. Abatido, reflexionó sobre el hecho de haber acudido a un ordenador para el diagnóstico y el tratamiento, sin hablar en ningún momento con seres humanos. Había franquicias de Infodoctor por todas partes, en un proceso de expansión que recordaba el de McDonald's unas décadas antes; el fluorescente verde en forma de caduceo se había convertido en algo tan identificable como, en otros tiempos, los anuncios luminosos de las hamburgueserías. No le costaba demasiado imaginar el horrible panorama: miles de enfermos de peste sujetos por la muñeca a esos monstruos informáticos, con los cuellos hinchados, los ojos desorbitados y el sudor chorreando por el suelo, cada uno vigilado por un despiadado biopolicía dispuesto a disparar sin atender a razones.
¡No sigas perdiendo el tiempo!, se dijo furioso, haciendo un esfuerzo por levantarse. ¡Te queda muy poco! Cogió un puñado de jeringuillas de un armario y se las metió en el bolsillo, todas excepto una que pensaba usar para inyectarse una buena dosis de tetraciclina en cuanto se descongelara.
Esta vez tendré la precaución de aflojar el tapón antes de que se cree una presión excesiva… Advirtió de refilón la presencia de un bote de aspirinas en una vitrina, y se lo metió en el bolsillo con todo lo demás. Provisto de un arsenal completo para hacer frente a su silencioso agresor, Ted apagó la luz y volvió al laboratorio, donde quedaban huellas por borrar.
Podía destruir todas las pruebas de su ineptitud excepto la lista de suministros que había dado a Frank; aunque, desvinculada de los correspondientes archivos de ordenador, esa lista carecía de sentido. Ted sabía lo fácil que era destruir los archivos, así como los programas que permitían acceder a ellos. Encendió los dos ordenadores sin vacilar.
Saltándose por completo el sistema operativo, fue directamente al directorio raíz. Bendito sea el fantasma del dos, pensó, agradecido. Tecleó:
DELETE *.*
Pulsó ENTER y apareció un mensaje en pantalla:
¡Se eliminarán todos los archivos! ¿Está seguro (s/n)?
Introdujo la letra S.
Introduzca la contraseña, por favor.
Después de hacerlo, se oyó un discreto zumbido, señal de que se estaba destruyendo todo el contenido del disco duro. Después la pantalla quedó en blanco. Había muerto una inteligencia artificial: software por valor de un millón de dólares anulado por una breve corriente de electrones. Ted repitió el proceso en el segundo ordenador, sin compasión ni remordimientos de conciencia.
Acto seguido se levantó y se dirigió con paso vacilante a la unidad de almacenaje donde había visto a Caroline guardar el trozo de tela; buscó en la estantería de los objetos más pequeños, pero la tela seguía sin estar ahí.
Tras dedicar quince minutos a poner la unidad patas arriba, se rindió y procuró pensar dónde podría haber dejado Caroline el letal hallazgo. Por lógica, no había ningún otro lugar adecuado en todo el instituto. Las demás unidades de congelación estaban protegidas, dada la naturaleza tóxica de su contenido. Le pareció irónico que de todos los objetos que habían pasado por aquel laboratorio, la tela en cuestión, acaso el menos protegido de todos, fuera uno de las más mortíferos. En el siglo XIV, Europa y Asia habían perdido aproximadamente la mitad de su población por culpa de la peste bubónica. Y podría volver a suceder, pensó Ted, ahora que varias cepas de bacterias han compartido material genético codificado para resistir a los fármacos. Furioso, dio una patada a la silla que tenía más próxima. Se sentó con dolor de pie, gimoteando incoherencias.
Cuando Janie y Bruce llegaron al almacén de Leeds, el aparcamiento estaba lleno, y Bruce optó por dejar el coche justo delante de la reja que cerraba el camino de acceso. Después de coger las carteras del maletero, se dirigieron a la zona de seguridad principal, donde Bruce reanudó sus negociaciones con el guardia, en el punto exacto en que las había dejado el día anterior. La llamada desde el hotel le había permitido comprobar que Ted seguía sin haberse puesto en contacto con ellos; aun así, Janie y él entraron en el edificio compartiendo una sensación de optimismo. De un modo u otro, no tardarían en verle la cara a la bestia a la que se enfrentaban.
El guardia echó un vistazo al montón de formularios rellenados por Bruce.
–He comprobado todos los permisos, y me satisface decirle que no hay ninguna objeción. Lamento que no pudiéramos darle la autorización ayer, pero todas las precauciones son pocas, ya sabe. Puede pasar. Le traeremos las muestras de la zona de almacenamiento. – Echó un vistazo a Janie-. Su
acompañante tendrá que esperar aquí, pero no creo que tarde demasiado.
Haga el favor de seguirme.
El guardia les volvió la espalda y se encaminó a la puerta que daba acceso a la zona de espera. Bruce sonrió a Janie y levantó ambos pulgares; ella le devolvió la sonrisa e imitó su gesto tranquilizador. Era para ella un alivio inmenso saber que no tardaría en disponer de nuevo de las muestras de tierra, y su gratitud no tenía límites. El modo en que Bruce la había ayudado a superar las dificultades revelaba una admirable hondura de carácter. Janie cada vez sentía mayor aprecio y respeto por él.
Permaneció en la zona de espera mientras Bruce se alejaba en pos del guardia. Nerviosa, se pasó las manos por el pelo y colocó detrás de la oreja unas hebras rebeldes. De repente notó que algo ligero le caía encima del pecho. Miró hacia abajo, y se llevó el disgusto de ver que uno de sus pendientes se había caído al suelo y echaba a rodar hacia la puerta de segundad a una velocidad tan sorprendente como alarmante. Janie lo siguió sin pensar y se agachó a recogerlo.
Fue cuestión de un centímetro. En cuanto la mano de Janie atravesó el plano vertical del escáner, éste leyó su material genético y lo comparó con el listado de una base de datos de huellas corporales. Recogió la fecha y hora exactas en que Janie había atravesado la barrera; sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con Bruce, el ordenador no encontró las huellas correspondientes a Janie, y, lógicamente, concluyó que algo iba mal. En cuestión de segundos empezó a sonar a todo trapo la alarma electrónica, y el guardia giró sobre sus talones para ver qué la había activado. No tardó ni un segundo en desenfundar el arma y apuntar a Bruce, que se interponía entre él y Janie.
–Que no se mueva ninguno de los dos -dijo con tono amenazador.
Como a todos los guardias de instalaciones médicas, le habían enseñado a enfrentarse a cualquier situación dando por supuesta la peor posibilidad, y ajustar después su reacción mediante un cauteloso análisis de las circunstancias. «El último recurso al principio», le habían dicho durante la instrucción. Apuntó directamente a los «intrusos», y ni Janie ni Bruce dudaron un instante de que cualquier movimiento brusco acabaría con las vidas de ambos en un abrir y cerrar de ojos.
Una vez satisfecho con el grado de inmovilidad de sus cautivos, el guardia dijo:
–Doctor Ransom, haga el favor de echarse a un lado.
Pese a lo educado del tono, Bruce sabía que el guardia no se andaba con bromas; aun así, mantuvo la calma y permaneció en su lugar a fin de proteger a Janie, para estupor de ésta.
–¿Qué va a hacer con ella? – preguntó al guardia.
–Me temo que tendré que detenerlos a los dos, señor.
–¿A los dos? – dijo Bruce con incredulidad-. ¿Y mis autorizaciones?
El guardia miró el cañón de su arma y dijo:
–Ya sabe, señor, que el acceso a estas instalaciones está estrictamente regulado. Ciertos profesionales civiles como usted pueden entrar una vez obtenidas las autorizaciones pertinentes, pero nunca permitimos el acceso de individuos a quienes no se hayan tomado las huellas. Nunca -repitió con mayor énfasis-. La alarma indica que la señora se halla en esa situación.
Bruce estaba furioso.
–¡Esto es un escándalo! Es la primera vez que oigo hablar de esa norma.
Se disponía a seguir protestando cuando aparecieron cuatro biopolicías más con sus fusiles químicos a punto. Janie y Bruce no tardaron en quedar rodeados.
Poco después recorrieron un largo pasadizo que llevaba al extremo de una de las alas del edificio, sintiendo en la espalda el duro extremo del cañón de un fusil. Entraron en algo parecido a una vieja cárcel con celdas de barrotes. Janie fue introducida en una celda, y Bruce en otra a escasos metros de la primera. Una vez cerradas ambas, el biopolicía se acercó a la pared contigua a la celda de Bruce e introdujo una tarjeta de plástico en un pequeño tablero; después pulsó dos botones y se oyó un fuerte chasquido en las puertas de las celdas. El biopolicía sacudió la puerta de ambos reductos para comprobar que estuvieran cerrados, y dijo al salir de la sala:
–Volveré más tarde por sus pertenencias.
El enérgico cierre de la puerta principal resonó de forma amenazadora por la pequeña sala, apenas amueblada.
Janie se dejó caer contra la pared con las rodillas contra el pecho, sorprendida por el brusco viraje de los acontecimientos. Bruce se quedó de pie y se limitó a levantar los brazos y cogerse a las barras, totalmente mudo.
El silencio pesaba como si fuera de plomo.
–Bruce… -dijo Janie con calma.