La plaga
Uno
en silencio, que nunca me toque a mí! Antes que hacer eso me muero. Poco antes de que el hombre llamara al siguiente, se acordó de preguntarle por las aspirinas, según le habían sugerido antes.
Una risa sarcástica precedió a la respuesta.
–De algún sitio tienen que sacar el dinero los laboratorios farmacéuticos, ¿no? Como ya no pueden fabricar antibióticos, han convencido a las autoridades de que los analgésicos que se compraban sin receta no son tan seguros como se decía. Han conseguido que salgan un montón de normas nuevas, y claro, ahora han subido los precios, porque los fabricantes tienen que recuperar el coste de tratar con los organismos de regulación. ¡Viva la burocracia! Si quiere una aspirina tendrá que conseguir receta antes.
Después de poner el sello en los documentos de entrada de la última mujer, el hombre se los devolvió.
–Ya no falta nadie -dijo-. Para salir, sigan la raya amarilla.
El grupo de Janie se alejó de la zona Infodoctor, y cada uno de sus integrantes dedicó unos minutos a reorganizar sus pertenencias. En el área que acababan de abandonar se oyó a alguien proferir exclamaciones de enojo; todos se volvieron y vieron a un joven pugnar por soltar la muñeca de la máquina. El funcionario indicó a los que hacían cola que se apartasen del Infodoctor, y los acompañó a una de tantas máquinas sin utilizar cuya presencia ya había advertido Janie. Una vez despejada la zona, el hombre habló por un walkie-talkie y se apartó. Del suelo de la zona de inspección no tardaron en salir cuatro paredes que encerraron al Infodoctor con su irritado cautivo. No bajarían hasta llegar los biopolicías y llevarse al joven para un «examen más detallado». Haciendo caso omiso de las súplicas del sospechoso, el hombre dijo:
–¡Siguiente!
Una pasajera se aproximó con nerviosismo a la máquina adyacente.
Janie miró a la mujer que tenía al lado y, dirigiéndole una mueca sarcástica, comentó:
–A lo mejor estaba embarazado.
Dicho lo cual, salió a buscar a la persona que tenía que estar esperándola.
UNO
Alcañiz, Aragón, 1348
Alejandro Canches se limpió el sudor de la frente con un brazo manchado de barro, dejando un rastro de suciedad. A su lado, clavada en un montón de tierra, había una pala de hierro de gran calidad, espléndida herramienta fuera del alcance de quien careciera de los medios de Alejandro; era, sin embargo, demasiado pesada para una noche de tanto calor como aquélla. Alejandro apoyó un brazo en el mango de la pala y descansó su cuerpo en ella, tomándose un pequeño respiro. Deseó con todas sus fuerzas haber podido dejar aquel trabajo para una época del año menos calurosa; por desgracia, era imposible.
Canches, médico de profesión, vio asomarse al agujero a su aprendiz, que, hecho un manojo de nervios, permanecía pendiente de posibles visitas no deseadas. Cogió la pala y volvió a hincarla rítmicamente en el suelo. El agujero se fue haciendo más profundo, más alto el montón de tierra, y, finalmente, el extremo de la pala topó con algo duro, transmitiendo una fuerte sacudida a los doloridos hombros y encorvado espinazo de quien la manejaba. Alejandro se apresuró a poner la pala a un lado e indicar al chiquillo que se metiese en el agujero. Apartaron la tierra con movimientos rápidos de ambas manos, esperando haber llegado por fin a la caja de madera, meta final de sus esfuerzos clandestinos.
De pronto el aprendiz gritó y juntó las manos con fuerza. Alejandro dejó de cavar y cogió la mano del chico; localizó a tientas una astilla grande clavada en medio de la palma, pero la niebla y la oscuridad le impidieron verla.
–¡Chis! – ordenó al chico-. ¡Como nos descubran haciendo esto, ni a ti ni a mí volverán a hacernos falta las manos! ¡Olvídate un rato de que te duele y vuelve al trabajo! Ya te cuidaré la herida cuando hayamos vuelto a la consulta.
Alejandro no vio la rabia con que lo miraba el chico, que logró sobreponerse al dolor y reanudar sus esfuerzos, apartando terrones a regañadientes y sintiendo crecer el encono hacia aquel hombre que no se daba cuenta de lo mal que lo estaba pasando.
–¡Aquí! – exclamó el médico. Sólo unos centímetros de tierra lo separaban de su trofeo-. ¡Ayúdame a desenterrar esto!
Entre los dos desenterraron una parte reducida de la superficie de la caja, justo donde se unían la tapa y uno de los lados. Los dedos de
Alejandro exploraron el borde hasta localizar una rendija; entonces, con una sonrisa triunfante que permaneció oculta en la oscuridad, cogió la pala y la metió en la estrecha grieta con la esperanza de que se desprendiesen los clavos. Por desgracia, la madera todavía no se había podrido lo bastante para dejar sueltas las puntas de hierro. Alejandro sabía que no tardarían en oxidarse; para entonces sería cosa fácil, pero, desgraciadamente, no podía permitirse el lujo de esperar a que la naturaleza cumpliera su misión.
Maestro y aprendiz ejercieron una violenta presión sobre el mango de la pala, haciendo que la tapa se soltara con un fuerte chasquido. La cogieron y, en precario equilibrio sobre el borde que habían desenterrado, tiraron hacia arriba con todas sus fuerzas, jadeantes y sudorosos. El cansancio de Alejandro era tal que casi no podía mover los hombros ni los brazos, pero no estaba dispuesto a detenerse con el tiempo encima y el éxito tan a mano.
Un último y tremendo esfuerzo soltó la tapa por completo. La dejaron en suelo firme, junto a la tumba abierta. Sentado en los bordes de la caja, con la tierra deslizándose en torno a sus pies, Alejandro se inclinó cuanto pudo y cogió el cadáver por los hombros, levantándolo un poco mientras el chico le pasaba una larga tira de tela de saco por detrás de la espalda. Tras repetir la operación debajo de las rodillas, salieron del agujero. Alejandro cogió los extremos de una de las tiras, dejando los otros al chico; tiraron de ellos y, entre jadeos y palabrotas, acabaron por desplazar el cadáver. En cuanto lo vieron asomado al agujero, lo echaron a un lado y lo tendieron en el suelo sin excavar.
Alejandro, exhausto, tuvo que hacer una pausa para recobrar el aliento.
En cuanto se sintió con fuerzas para hablar, dio al sucio cadáver unos golpecitos poco menos que afectuosos y dijo:
–¡De modo que volvemos a vernos, mi difunto amigo Alderón!
Esperaba este encuentro con impaciencia. – Se agachó hasta aproximar su cara a la cabeza del cadáver, y susurró-: Antes de devolveros a la tierra, juro sobre los huesos de mis antepasados que sabré qué os mató.
Alejandro conocía a aquel hombre. Lo había atendido durante su última y dolorosa enfermedad, con una falta de éxito que lamentaba profundamente. Carlos Alderón había sido herrero en Alcañiz, ciudad de la corona de Aragón donde vivía Alejandro; justamente, la pala que acababa de volver a abrir la tumba era obra de aquel buen hombre, como lo serían
también con toda probabilidad el martillo y los clavos con que había sido cerrado su ataúd.
Alejandro recordó que, antes de caer enfermo, aquel gigantón había gozado de fuerza y salud a toda prueba, recompensa, en opinión del médico, a toda una vida de honrado trabajo. Aunque habían hablado poco antes de la enfermedad de Carlos, Alejandro admiraba desde siempre el modo en que el herrero había llevado a su laboriosa familia de campesinos a una posición de bienestar y prosperidad en Alcañiz, permitiéndoles elevarse muy por encima de sus humildes orígenes. La hija se había beneficiado de un matrimonio ventajoso, y los hijos, de muchos encargos en la fragua; la esposa de Carlos había adquirido una obesidad digna de respeto, transmitiéndosele asimismo el temperamento colérico que cuadraba con su elevada posición social.
Por eso, cuando el devoto patriarca empezó a toser sangre, no se preocupó demasiado: Dios lo había tratado bien, y no había motivos para dudar de la continuidad de su buena suerte. Sin embargo, la quincena de espera habitual en toda enfermedad no había puesto fin a la tos, y el esputo se volvía cada vez más sanguinolento. Su mujer le preparó pociones de hierbas e infusiones de eucalipto, sin obtener más que éxitos parciales.
Carlos acabó acudiendo a regañadientes al barbero de la ciudad, quien, tras breve examen del esputo, tuvo la prudencia de declararse incompetente en tales menesteres.
Alejandro, que seguía jadeando junto al cadáver, recordó el día en que el fornido herrero se había presentado ante su puerta gorra en mano, buscando cura para sus alarmantes síntomas. Se notaba que Carlos estaba nervioso, poco acostumbrado a enfrentarse a situaciones de esa clase. Los médicos judíos tenían prohibido atender a cristianos, y, si bien Alcañiz no dispensaba un trato muy favorable a los hebreos, los toleraba sin excesivo rencor. Alejandro provenía de una familia rica y próspera, bien vista en la comunidad judía, hecho que se había traducido en matrimonios ventajosos para sus hermanas menores (aunque el propio Alejandro había logrado escapar de las garras de la casamentera); por eso vacilaba en poner en peligro la situación de sus parientes aceptando asociaciones prohibidas.
De ahí la comprensible cautela del joven al ver aparecer en la puerta a aquel nuevo paciente; nunca había tratado ni tocado a un cristiano, salvo en la facultad de medicina de Montpellier, y ni siquiera ahí había llegado a
poner sus manos en un cristiano «decente», sino en presidiarios y prostitutas que no tenían más remedio que estarse quietos. La familia Canches se exponía a graves problemas con el clero local. A pesar de todo ello, y de su competencia como médico, Alejandro era demasiado compasivo, demasiado ignorante de las consecuencias de sus actos; su tierna edad le impedía desentenderse de Carlos Alderón. Cometió, pues, la imprudencia de permitirle entrar en su consulta, y decidió volcar en él todos sus conocimientos.
Probó sin éxito todas las curas para enfermedades pulmonares, incluidas sangrías, purgas, enemas y vapores húmedos. Enrolló un pergamino y, tal como le habían enseñado, colocó un extremo en el pecho del paciente, utilizando el otro para escuchar. Quedó perplejo por el resultado: uno de los pulmones de Alderón parecía limpio, mientras que en el otro se oían extraños silbidos cada vez que el aire entraba o salía. Empezó a sospechar que sólo uno de los pulmones estaba afectado, pero no habría podido comprobarlo más que abriendo el pecho del paciente. «¡Si pudiera verlo por dentro!», suspiró con frustración. Asistió con impotencia al deterioro físico y debilitamiento espiritual de Carlos, quien, a la hora de morir, había pasado de gigante a consumido pellejo lleno de huesos quebradizos.
Pese al tiempo transcurrido, cuando Alejandro y su aprendiz cargaron el cadáver en el carro, siguió pareciéndoles muy pesado, cosa que llevó al médico a preguntarse si habrían podido con él de haber muerto de una herida que no consumiera la carne. Cubrió al herrero con heno fresco, disponiendo en torno la pala y otras herramientas. Seguidamente se pusieron sus capuchas de tela gruesa para taparse la cara parcialmente, confiando en pasar por granjeros de camino a un mercado matutino.
Los dos estaban sofocados y sucios, y tenían pánico a ser descubiertos, pues el peligroso viaje de vuelta a la consulta iba a representar más de una hora por caminos llenos de baches; pero las quejas del chico no arreciaban; la hemorragia de la mano seguía sin detenerse, y sus gemidos tuvieron el lamentable efecto de poner todavía más nerviosa a la mula, ya asustadiza de por sí. Alejandro sacó de debajo del asiento una botella de vino tinto de alto contenido alcohólico y ordenó al chico que bebiera un buen trago, a sabiendas de que el efecto del vino no duraría hasta el momento de tener que mover de nuevo el cadáver. Lejos de oponer resistencia, el chico bebió con avidez, como si fuera un licor exquisito, y ésa la última vez que tenía
ocasión de beberlo. A partir de ahí el viaje siguió un curso más tranquilo, con la única orientación de una luna cuya luz menguaba por momentos. La mula, nerviosa, se resistía a avanzar a oscuras sin el beneficio de una linterna, y, durante la travesía, el médico se sintió capaz varias veces de arrastrar el carro a mayor velocidad que ella.
Justo antes de que rompiera el alba, metieron el carro en el establo contiguo a la casa de Alejandro y cerraron con cuidado el pesado portón.
Una vez puesta a salvo de miradas su truculenta carga, recorrieron el oscuro pasillo de acceso a la casa con ayuda de una linterna. Aun resintiéndose a cada paso del esfuerzo que acababa de realizar, el médico recordó su promesa de curar al chico en cuanto hubieran llegado a la consulta, y no permitió que el dolor se lo impidiera.
Examinó la mano del chico, sosteniéndola a la luz de la linterna.
–Siento no haber podido atenderte antes -se disculpó.
La gravedad de la herida incrementó su sentimiento de culpa. El muchacho se retorcía de dolor; ni siquiera borracho dejaba de resentirse de la herida. Al extraer la astilla, Alejandro procuró que la mano no se moviera, pero el chico intentaba retirarla cada vez que el médico se la tocaba.
–¡Estáte quieto, chiquillo, que así no hay manera de coger bien esta astilla de los demonios!
Las malas palabras de Alejandro instaron al aprendiz a obedecer, pero ya era demasiado tarde: la astilla se quebró en el punto en que volvía a salir de la mano, dejando dentro una parte considerable.
Después de limpiar de tierra y sangre la mano del chico, Alejandro echó vino a la herida para lavarla más a fondo. Sabía desde hacía tiempo que las heridas que se lavaban con agua y se trataban con vino tenían más probabilidades de curarse sin infección, si bien se le escapaba el motivo.
Aplicó a la herida algo de aceite de clavo para mitigar el dolor. El chico se quedó sin aliento.
–Enseguida dejará de escocerte -dijo Alejandro-. Ahora estáte quieto mientras te vendo la mano. Y bebe más vino, que te ayudará a dormir.
Rezó en silencio por que el muchacho no perdiera la mano, y aun la vida, por culpa de la infección que no dejaría de producirse.
Al despuntar por el horizonte los primeros rayos de sol, Alejandro se echó en la cama sin fuerzas para nada. Durmió mal, acosado en sueños por
Carlos Alderón, espectro nauseabundo que, envuelto en negra mortaja, lo perseguía sin tregua por bosques oscuros y traicioneros. Alejandro siempre estaba a un paso de verse alcanzado por la mano del herrero, y cada vez se internaba más en la desconocida espesura, tropezando torpemente con incontables obstáculos; le pesaban las piernas, como si intentara avanzar por un terreno pantanoso lleno de malas hierbas. Sólo tenía ganas de una cosa, salir del pantano y disfrutar de un largo descanso.
El sueño llenaba de terror el cuerpo exhausto del médico, que se revolvía en la cama sin poder sustraerse a la inquietante persecución. Siguió huyendo con el fantasma de Alderón pegado a sus talones, y sin lugar donde refugiarse. Aún tenía muy lejos el descanso.
Cuando, tras muchos esfuerzos, el médico logró volver a abrir los ojos, el sol entraba de lleno por las rendijas de los estrechos postigos. Agotado, se incorporó con dificultad, resintiéndose a cada movimiento de los esfuerzos de la noche anterior. Nunca había tenido los hombros tan doloridos. ¡Tonto!, pensó. ¿Cómo no va a dolerte con lo que has trabajado?
Abrió el armario de las medicinas, encontró un ungüento de mentol y alcanfor y se lo aplicó a los hombros.
El agua con que se lavó la cara sólo le refrescó un poco; llevaba un día fuera del pozo, y resultaba desagradable por lo tibia. Alejandro todavía llevaba la ropa manchada de barro de la noche anterior, y, dado su desaliño, le pareció poco prudente salir de casa, siquiera para ir al pozo. Se apresuró a despojarse de su desastrado atuendo y se pasó por todo el cuerpo un trapo empapado en la poca agua que quedaba. Hombre puntilloso, se proponía sinceramente dar ejemplo de limpieza, esperando con ello alentar a sus pacientes a adoptar costumbres semejantes, de efecto enormemente benéfico sobre su salud. Con toda aquella mugre encima, difícilmente iba a dar ejemplo a nadie, como no fuera a ciertos animales de corral.
Recogió dentro del sombrero su larga melena negra y, después de ponerse una camisa y un pantalón de lo más sencillos, cogió dos cubos de madera. Al abrir la puerta lo sorprendió la intensidad del calor, haciéndole recordar cuan desagradable era el trabajo que tenía por delante.
Era mediodía; el sol estaba en su punto álgido e inmisericorde, vertía sus rayos sobre la plaza mayor, agrandando las grietas de la tierra reseca.
Alejandro se protegió con la mano y, doblando la esquina, se encaminó al pozo comunitario.
Descubrió con consternación que el pozo estaba copado por cristianas que habían ido a buscar agua fresca para sus casas, y nuevos chismorreos para sus lenguas infatigables. El pozo tenía un tejadillo que aliviaba del sol abrasador a quienes se reunían bajo su protección. Alejandro esperó su turno a pleno sol, tratando de ocultar su impaciencia sin mucha convicción.
Al advertir su nerviosismo, las mujeres no tuvieron más remedio que echarse a un lado, pese a lo mucho que deseaban prolongar su estancia a la sombra antes de volver a las exigencias de sus respectivas familias.
Alejandro colgó del gancho uno de los cubos y lo hizo bajar. ¡Qué fresco era el chapoteo del cubo contra el agua! ¡Qué atroz su dolor de hombros al hacerlo subir una vez lleno! Debería despertar al chico, pensó.
¡Estas tareas le corresponden a él, no a mí! Recordó entonces la mano herida del aprendiz, y decidió dejarle dormir hasta la hora de la disección, que iba a exigir mucho más de él. Maldiciendo la mala suerte de la astilla, Alejandro regresó a su casa con paso vacilante, sosteniendo con dificultad los dos cubos llenos de agua. Después volvió al pozo, pero sólo con un cubo, repitiendo la operación hasta llenar del todo la espaciosa pila de la consulta.
Se alegró de no tener que hacer más viajes, pues temía los ojos inquisidores de las cristianas. Cada vez que volvía al pozo encontraba a una joven de vestido sencillo que intentaba llamar su atención; no queriendo alentar su curiosidad, el médico siempre apartaba la mirada. La joven le había estado dirigiendo miradas pícaras que no permitían dudar de sus intenciones; Alejandro, no obstante, optó por ignorarla y no corresponder a sus sonrisas, esperando con ello poner fin a sus avances, tan silenciosos como evidentes.
No sospechaba que un atuendo tan sencillo pudiera hacerlo atractivo a ojos del sexo opuesto. La belleza física, entre los suyos, no era de por sí una ventaja, y Alejandro se ocupaba bien poco de la suya; era, no obstante, un hombre alto y, pese a su constitución nervuda, musculoso, de rasgos marcados y piel tersa y morena. Tenía una expresión agradable, aunque, por lo general, seria y pensativa. Rara vez sonreía o reía a carcajada limpia, enfrascado como solía estar en algún hondo misterio de la medicina; ahora bien, cuando lo hacía, sus ojos color ámbar chispeaban con un brillo extraordinario. Sólo una alegría sincera lograba borrar lo hosco de su expresión; en esas ocasiones, el contraste sorprendía incluso a sus
allegados. De hecho, Alejandro tenía intimidad con poca gente, dado su talante tímido y, salvo en lo profesional, reservado. Era de esos hombres misteriosos y enigmáticos de que se encaprichan las jovencitas, carentes de la profundidad psicológica necesaria para valorar sus verdaderas cualidades; sin embargo, la inocencia e inexperiencia de Alejandro eran tales que desconocía su propio encanto, y no se dio cuenta de que la joven del pozo susurraba algo a sus compañeras. Pese a no ir vestido como de costumbre, la chica lo había reconocido y sentía curiosidad.
Una vez a salvo en su consulta, Alejandro empezó a prepararse para la desagradable tarea de diseccionar el cadáver de Carlos Alderón, tarea que, o bien confirmaría sus sospechas de que el origen de la enfermedad de Carlos, lejos de hallarse en un supuesto desequilibrio de pulmones y corazón, estribaba en algo más concreto y visible, o bien daría pie a nuevas y abundantes preguntas. Así como le repugnaba la podredumbre a la que iba a enfrentarse, le entusiasmaba la perspectiva del descubrimiento. Era una oportunidad de aprendizaje poco frecuente. Durante su estancia en la facultad de medicina, sólo había presenciado cuatro disecciones; cediendo a regañadientes a intensas presiones por parte de los poderes laicos, el Papa de los cristianos había permitido una disección anual para cada escuela de medicina, derogando la prohibición oficial de la Iglesia. En esas terribles ocasiones, el cuerpo de estudiantes en pleno se reunía al aire libre para ver a un barbero-cirujano abrir el cadáver y desmenuzarlo a lo largo de tres días.
Los órganos putrefactos eran sometidos a la atención y estudio detallado de los estudiantes, mientras el profesor, siempre a respetable distancia, describía lo que no podía ver de cerca. Citando a Galeno, cuyos escritos eran para la medicina como la Tora para los judíos, los profesores daban por buenos datos a menudo erróneos, como descubriría más tarde Alejandro; esos datos, en efecto, habían sido escritos muchos siglos antes. Desde entonces hemos aprendido muchas cosas, pensaba siempre al presenciar las disecciones. ¡Seguro que podríamos hacerlo mejor! Quería la verdad sobre el cuerpo humano; quería verlo más de cerca él mismo, y extraer conclusiones basadas en observaciones propias, ya que era consciente de ser ésa la única manera de alcanzar su meta. Sólo podía conseguirlo de una manera: a hurtadillas.
Cogió el instrumental. El cuchillo no era malo, pero habría querido disponer de uno todavía mejor. Maldijo el poco tiempo que tenía: le habría
gustado examinar el cadáver lo más a fondo posible. Tras despertar a su aprendiz, comieron juntos un almuerzo ligero de pan y queso, antes de que el trabajo les quitara el hambre del todo.
Volvió a examinar la herida del muchacho, comprobando que las previsiones de infección empezaban a cumplirse. No por ello dejaría de serle de ayuda el chico, máxime cuando no había otra manera de lograr que el trabajo progresara según sus deseos. Puso otra gota de aceite de clavo en la herida, y se dispusieron a diseccionar el cadáver.
Se cubrieron boca y nariz con máscaras de tela llenas de hierbas aromáticas, recurso que pospondría el momento inevitable en que el mal olor los obligase a abandonar el trabajo. Quitaron el heno con cuidado, reservándolo para el camino de vuelta al cementerio; después levantaron el cadáver con las tiras de tela y lo llevaron a la consulta. Como los postigos estaban cerrados contra miradas indiscretas, tuvieron que iluminarse con antorchas, hecho que no tardó en incrementar el calor, ya de por sí inaguantable. Una vez depositados sobre la mesa los restos de Carlos Alderón, los despojaron con cuidado de la mortaja con que tenían intención de envolverlos de nuevo más tarde.
Al cadáver, consumido y marchito ya en el momento de ser enterrado, le faltaba poco para ser un esqueleto. La carne que quedaba tenía un color como de panza de pescado. Los dedos de las manos y los pies estaban retorcidos y crispados, como si aferraran joyas de gran valor, con los huesos asomando tras una piel traslúcida. Enfrentado a tan horrible espectáculo, Alejandro no pudo contener sus náuseas. La bilis se le subió a la garganta, y tuvo que volverse y respirar para que no se le revolviera del todo el estómago. Y sin embargo, pese al calor, el hedor y el miedo que lo atenazaba, el joven médico sentía un entusiasmo desbordante. Él mismo se asombraba de aquella mórbida fascinación por una cosa muerta, algo que había perdido toda semejanza con un ser humano; sus impías ansias de profanarlo lo llenaban de desazón.
Efectuó una larga incisión hacia abajo desde el centro del pecho del cadáver, y, realizando otra en cada extremo del corte, echó a ambos lados la piel y el músculo hasta dejar a la vista las costillas. Dando gracias por no tener que enfrentarse a la dificultad de una hemorragia, como habría sucedido con un paciente vivo (¡Ah, pensó, qué no daría por una experiencia así, si fuera indolora!), abrió la caja torácica con un golpe de
escoplo, procurando no dañar lo que había debajo, y dividió el esternón por la mitad. El olor a podrido se hizo más intenso. Haciendo caso omiso de un nuevo ataque de náuseas, Alejandro escudriñó la cavidad y examinó los pulmones con atención: había una notable diferencia de tamaño. ¡Lo sabía!, pensó, sintiendo crecer su entusiasmo. Palpó el pulmón más grande; sus dedos resbalaron por una superficie viscosa, pero el órgano era duro y firme al tacto, y se extrañó de que el aire pudiera ser absorbido a través de una masa de apariencia tan sólida. En contraste, el segundo pulmón era blando y flexible, y, a pesar de su color grisáceo, recordaba en forma y textura a un orejón.
Al abrir el pulmón más grande, tuvo la impresión de estar cortando carne; en cambio, la textura del pequeño resultó muy distinta, todavía flexible, sin la dureza del primero. Aquello no cuadraba; Alejandro siempre había dado por supuesto que los dos pulmones eran iguales, puesto que ambos lados del pecho se elevaban al unísono. Por eso, y a pesar de la abominación que tenía delante, Alejandro sonrió detrás de la mascarilla, y sus ojos chispearon de entusiasmo. Era una de las pocas ocasiones en que estaba contento de verdad, seguro de haber descubierto la causa de la muerte de Carlos Alderón.
La superficie interna del pulmón más pequeño era oscura, casi como si estuviera tiznada, de acuerdo con la teoría médica, tan popular, de que el aire emponzoñado podía ser responsable de ciertos desequilibrios.
Alejandro se preguntó qué oscuro veneno habría invadido el pulmón de Carlos Alderón, llevando a la formación de un ancho escudo como defensa.
No entendía que ese escudo pudiera desembocar en la muerte.
Perplejo, apartó los pulmones para descubrir el corazón, de un color marrón oscuro, todavía firme al tacto, y cubierto por manchas de una sustancia blanca y grasienta muy semejante al sebo que los granjeros mezclaban con el pienso a fin de engordar a las gallinas. Aquel corazón era muy parecido a los que había visto en animales vivos abiertos por el pecho.
La vida del señor Alderón había sido plácida, cosa que llevó a Alejandro a dar por supuesto que no tenía enfermo el corazón, puesto que, en caso contrario, ya en vida habría dado muestras de mal carácter. Pese a lo mucho que los separaba, y al arduo secretismo de los tratamientos, Carlos nunca le había dirigido una mala palabra. Alejandro lamentó su falta de experiencia
en corazones humanos; de todos modos, aquél le parecía más bien grande, de acuerdo con el temperamento apacible de su dueño.
Se quitó la podre de las manos con un trapo, y después se las lavó con agua. Tras secarlas escrupulosamente, se sentó a una mesa cercana y sacó sus utensilios de escritura: una pluma de gran calidad, un botellín de tinta negruzca y un diario de pergamino encuadernado en piel, su «libro de la sabiduría», como solía llamarlo. Era un regalo que lo había acompañado a la facultad de medicina de Montpellier, última bendición de su padre antes de poner a su único hijo en manos de cristianos para una educación que, a decir verdad, habría preferido ahorrarle. Alejandro se había jurado a sí mismo ser motivo de orgullo para su familia, pese a las objeciones de ésta contra su entrada en el mundo cristiano. Estaba decidido a demostrarles que su empeño no era gratuito. El libro ya contenía varios esmerados dibujos y numerosas páginas de notas muy precisas, datos todos a los que se refería constantemente en su trabajo. Lo abrió por una página en blanco e inscribió concienzudamente las palabras e imágenes que, más tarde, le permitirían recordar sus observaciones del interior del pecho de Carlos, cuando esa información pudiera ser de utilidad en la curación de otro paciente.
Su concentración fue interrumpida por el muchacho, con unos insistentes golpecitos en el hombro que le recordaron la necesidad de actuar con rapidez. Una vez finalizadas sus anotaciones, Alejandro dejó el libro y emprendió la desagradable tarea de volver a colocar cada pulmón en su posición original, mientras el chico disponía los miembros de tal forma que el cadáver pudiera ser envuelto de nuevo con los recortes de la mortaja.
Alejandro se acercó a la ventana y miró por una rendija para saber qué hora era.
–No tardará en ponerse el sol -dijo al muchacho-. Podremos volver a enterrar el cadáver. – El inminente final de aquella prueba a la que se había sometido a sí mismo lo llenó de alivio-. Pronto tendremos ocasión de abrir los postigos y disipar este olor tan horrible.
El aprendiz asintió sin decir palabra. Volvieron a ponerse el atuendo de viaje que habían usado la noche anterior, pese a su extrema suciedad. La ropa que acababan de usar para el examen del cadáver hedía a muerte y putrefacción, olores con los que no habría podido ni el jabón más potente; la dejaron, pues, hecha un ovillo en un rincón del establo, prefiriendo
quemarla más tarde a arriesgarse a llamar la atención haciéndolo en una noche de tanto calor.
Trasladaron el cadáver por el pasadizo y lo colocaron en la parte trasera del carro. En cuanto el heno estuvo dispuesto con el mismo cuidado que la primera vez, Alejandro abrió la puerta del establo y condujo a la mula delante del carro para engancharla; el animal se resistía a colaborar, demostrando que el transcurrir del día no había modificado en nada su talante irritable. Seguro que esta bestia no tiene un corazón demasiado grande, pensó el médico, indignado; sólo hay que ver lo mezquino de su carácter. Caricias y palabras dulces lograron al fin calmar a la mula, oportunidad que Alejandro aprovechó para tensar cuanto antes las cinchas de cuero alrededor de la panza del animal.
El chico, cuya mano volvía a sangrar después de varias horas de trabajo, empezó a gimotear y a quejarse de que no podía aguantar el dolor.
Pese a su impaciencia por emprender el camino de una vez, Alejandro le mandó volver a la consulta a por una botella de vino, y, mientras esperaba su regreso, hizo salir a la mula del establo por la senda que llevaba al camino principal.
El aire nocturno, fresco en comparación con el de la casa, sentó como un bálsamo a sus pulmones irritados. Era como si el hedor de la consulta y el aire caliente que había tenido que respirar durante aquel día tan largo hubieran prendido fuego a su garganta y su pecho. Aspiró a bocanada limpia el aire de la noche, y el ruido de su respiración le impidió oír que algo se movía junto a él.
–Judío… -Alejandro se quedó de piedra, enmudecido por aquella voz joven de mujer. ¿Cómo podía habérsele pasado por alto su presencia?
–¡Judío! – repitió la joven con mayor energía.
A Alejandro no le hizo falta mirar para darse cuenta de que aquella voz pertenecía a la chica que lo había estado mirando con tamaño descaro junto al pozo. ¡No creo que se arriesgue a que la encuentren conmigo, pensó, y menos a oscuras! Se volvió hacia ella sin hablar, y la miró a los ojos.
–¿Es costumbre entre los vuestros responder a una dama con tan poca cortesía?
Alejandro habló bajo y con estudiada frialdad, pues no quería dar pie a que la joven interpretara mal sus intenciones.
–Señora -dijo, concediéndole un título de respeto de cuyo merecimiento dudaba-, entre los míos, los hombres no se permiten estar en compañía de una joven cuando la desigualdad de sus condiciones lo hace desaconsejable.
Confió en que la chica lo entendiera como que su condición de cristiana la colocaba en una posición de superioridad; prefería no tener que aclarar el verdadero sentido de la frase.
La joven rió y, jugando con su negra melena de un modo que pretendía excitar a Alejandro, dijo:
–No considero que estar en compañía de un hombre apuesto sea pecado, aunque, por alguna extraña razón, ese hombre lleve ropas de mendigo. Esta mañana, cuando os vi junto al pozo, creí que os proponíais gustar a todas las mujeres. Confieso que a mí sí me gustó vuestro aspecto. ¡Pero esto es otro cantar! Decidme, ¿no os pagan vuestros pacientes, o es que vais a una fiesta de disfraces?
Alejandro improvisó una excusa.
–Me dirijo a un lugar lejano para buscar ciertas hierbas medicinales que sólo florecen de noche. Es un terreno difícil, y mi ropa de a diario quedaría destrozada.
La joven sonrió de forma seductora y se acercó lo bastante para tocar la tela de la capa, como si quisiera comprobar su calidad.
–Esto, en cambio, debe de estar a prueba de destrozos -dijo.
Alejandro se sobresaltó, para regocijo de la joven, que siguió palpando la capa y, sin dejar de mirar al médico, fue recorriendo el borde frontal de la prenda hasta llegar cerca de la cintura. Buscaba una señal para seguir con su exploración, pero Alejandro se mantuvo inmóvil, paralizado por el miedo, y maldiciendo una vez más su falta de prudencia.
Estaba seguro de que la llegada del aprendiz avergonzaría a la joven hasta el punto de obligarla a huir. ¡No irá a dejar que alguien la vea aquí conmigo!, pensó. Se escabulló de los avances de la chica. ¿Dónde estará ese maldito muchacho?.
Percibiendo su resistencia, la joven frunció levemente el entrecejo. Una acometida directa a la cintura hizo que Alejandro diera otro paso atrás.
–Señorita -dijo, nervioso-, esto no puede ser bueno para ninguno de los dos. ¿Acaso nuestros dioses no nos prohiben estar juntos de este modo?
–Mi Dios -contestó ella entre risas- me prohibe incluso estar con un hombre de mi misma fe, a menos que lo escoja mi padre y nos casemos
como está mandado. Si hiciera lo que estoy haciendo con un cristiano, la ciudad entera me rechazaría. En cambio, siendo poco casta con vos tengo la certeza de que no se lo diréis a nadie; de lo contrario, mi padre exigiría vuestra muerte, y no dudéis de que las autoridades darían su beneplácito.
–Señorita…
La joven volvió a reír y añadió:
–Además, dicen que los judíos son distintos en su virilidad a los cristianos, y, si bien no diré que sepa gran cosa de cómo son los cristianos, confieso tener curiosidad…
Mientras la seducción seguía adelante, Alejandro sintió alzarse involuntariamente su virilidad. ¿ Qué deslealtad es ésta?, protestó para sus adentros. ¿Levantarse por esta ramera?
–Señorita -repitió-, os lo ruego… No lo hagáis…
Pero, lejos de apartar la mano, la joven la deslizó con entusiasmo en el interior de los pantalones de Alejandro, quien reaccionó cogiéndola por la muñeca y empujándola hacia atrás. El miedo hizo que se excediera en la presión, provocando sin quererlo un agudo dolor. La chica gritó, cogiéndose la muñeca magullada.
La mula, tan espantadiza como de costumbre, se revolvió cuanto le permitieron sus ataduras. Acosado por la joven, Alejandro había dedicado escasa atención al revoltoso animal, aun dándose cuenta de su inquietud. Al oír el grito, la mula se encabritó, decidida a sacudirse de encima las incómodas cintas de cuero. El carro al que estaba sujeta se inclinó, y Alejandro asistió con horror a la caída del heno, seguida por la del cadáver de Carlos Alderón, que, precariamente envuelto en su mortaja, se desplomó a los pies de la joven con el rostro emergiendo de la tela. El apergaminado herrero se quedó tirado en el suelo, mirando a la chica como si le sorprendiera su falta de pudor.
Los gritos se oyeron por toda la ciudad, suscitando inmediatas exclamaciones de alarma. El aprendiz, que ya había hallado suficiente alivio a su dolor, salió corriendo del establo a tiempo de ver a la joven huir hacia la plaza con las faldas arremolinadas, y oír sus gritos de terror.
Alejandro supo de inmediato que no había escapatoria. La chica iría corriendo a ver al alguacil, y llamarían al sacerdote para ocuparse del cadáver profanado.