La plaga
Veinticinco
La frase de Sarin arrancó nuevas lágrimas a la mujer que se hallaba junto a él.
–Ya, ya lo sé -sollozó Janie-. Mi amiga, la que está aquí al lado…
Sarin la miró con extrañeza.
–¡Pero si no está muerta! – dijo.
VEINTICINCO
Las damas de compañía de Isabel deshicieron el equipaje sin interrumpir su alegre conversación. Desde la aparición de la peste, habían vivido días grises y anodinos; los relucientes colores de sus nuevas galas marcaban el final del funesto influjo de la enfermedad. Les resultaba difícil contener su entusiasmo, conscientes de lo que las esperaba por la mañana: emocionantes torneos y valerosos caballeros. Adele era la única que no participaba en la animada cháchara de sus compañeras. Estaba demasiado concentrada en buscar una solución a sus problemas.
«Por muchos mareos que tengas, no pienso eximirte de participar en los festejos», le había dicho Isabel. Había insistido en que Adele estuviera presente, alegando que de ese modo saldría de su ensimismamiento, amén de satisfacer en extremo a su amiga.
Pero ¿cómo voy a sentirme alegre, y cómo voy a contribuir a su satisfacción, si la propia Isabel ha sido causa de gran parte de mis tormentos? Pese a la supuesta reconciliación, Adele no podía olvidar que lo que había movido al rey a enviarla a la remota Bohemia había sido el deseo de consolar a su hija.
Adele se dio cuenta con dolor de que ya no confiaba en la princesa, y que su amistad, tan profunda en otros tiempos, se había convertido en recelo. No confío en que hable con su padre a favor de mi matrimonio, pensó; y, a medida que se convencía de ello, empezó a sentir gran indignación contra aquella a quien en tiempos había tributado un afecto de hermana.
Pero otra sospecha la corroía en lo más hondo, tan terrible, que apenas se atrevía a formularla para sus adentros. ¿De veras fue idea de tu padre enviarme, o tuya? ¿Serías capaz de sabotear mi felicidad sólo porque tú careces de ella?
La princesa, por su parte, siguió con los preparativos de la fiesta como si los lazos de intimidad que la ligaban a Adele permanecieran intactos.
Nada más se había dicho acerca del proyecto de matrimonio; la promesa de ayudar a Adele a revocar la decisión del rey no se tradujo en planes concretos. Cada una iba a lo suyo, y su conversación se limitaba a lo imprescindible.
La vieja niñera observaba los acontecimientos con honda resignación.
Siempre había temido que Isabel fuera cruel e insensible por naturaleza; testigo de la saña con que la reina había tratado a Kate, no albergaba la menor duda de que la princesa hubiera salido a su madre.
Adele procuró pasar inadvertida mientras las demás damas se ocupaban de acicalar a su princesa. Permanecieron reunidas en torno a ella durante un buen rato, alisando, tirando de aquí y allá y prendiendo alfileres hasta que todo estuvo en su sitio, todo excepto las joyas y el calzado.
–Sólo tardare un minuto en dar los últimos toques -dijo Isabel con entusiasmo, antes de entrar en su habitación y dejar solas a sus acompañantes.
Y, fiel a su promesa, apareció enseguida cubierta de pies a cabeza con el atuendo oficial de la orden de la Jarretera. Su larga falda de color zafiro estaba hecha por entero de brillante terciopelo; no menos azules y relucientes eran las piedras preciosas que adornaban su corona. El corpiño y las mangas de tan magnífica prenda estaban bordados con hilo de plata, y un fino velo plateado caía en cascada por la elegante curva de la espalda de la princesa. Ésta levantó un poco la falda, suscitando un coro de risitas entre las presentes, y mostró sus delicados pies calzados con zapatillas de plata bordada cuyas puntas ostentaban pequeñas gemas como adorno.
Las damas de compañía estallaron en aplausos, y acto seguido examinaron el vestido en detalle, dado que todas iban a llevar uno parecido, aunque con menos adornos; era un regalo de Isabel, costeado por las arcas reales. Nadie se abstuvo de alabar la finura de ejecución y minuciosidad ornamental del vestido; nadie excepto Adele, que siguió sentada en silencio, absorta en sus náuseas, cada vez mayores, y en el creciente desagrado que le inspiraba Isabel.
Su desprecio no pasó por alto a la princesa, que se alejó del grupo de damas en dirección a su favorita. La conversación se hizo menos animada, hasta apagarse del todo en el momento en que Isabel se detuvo delante de Adele, que volvía a estar blanca como su camisa. Isabel trazó un elegante
círculo ante su compañera. Se oyó el suave roce de la tela de la falda al volver a su lugar. Adele no hizo ningún comentario.
Isabel arqueó las cejas con desconfianza y dijo:
–Es raro que estés tan callada, Adele. ¿Sigues indispuesta?
–Ahora más, porque también me duele el corazón.
Isabel la miró con curiosidad.
–No te entiendo -dijo.
–Deberíais entenderlo, puesto que es obra vuestra. – Y, acto seguido, Adele expresó sus sospechas sin alzar la voz-: No fue idea de vuestro padre enviarme de viaje con vos. No le beneficia en nada; por lo tanto, tiene que haber sido idea vuestra.
La sonrisa se borró del rostro de Isabel.
–Hablaremos de ello con mi padre en otro momento, querida amiga; esta noche es noche de celebración.
–¿Qué tengo yo que celebrar? – replicó Adele con amargura-. ¿Qué cosas estupendas van a sucedemos? Vos os casaréis con alguien a quien no amáis, y yo, por obra vuestra, me veré separada contra mi voluntad del hombre a quien amo. ¿Veis en ello motivo de celebraciones?
–Adele -dijo la princesa-, dejaremos este tema para otro momento.
Ella dio rienda suelta a su furor.
–No habrá más momentos. Pienso dejar vuestro servicio de inmediato.
Isabel se puso tensa.
–Te lo prohibo. Te lo prohibirá mi padre.
–Al diablo con vos y vuestro padre.
Isabel abofeteó con fuerza a la joven, y, viéndola llevarse la mano a la cara con ojos llorosos, sonrió y dijo:
–Lady Throxwood, sigo esperando vuestra opinión acerca del vestido. –
Miró a Adele a los ojos y preguntó: ¿No os parece digno de admiración?
Adele contuvo su ira y, llenos sus ojos de un odio no inferior al de la princesa, contestó:
–En verdad, alteza, que no hay palabras para describiros.
Percibió con gran satisfacción la cara de rabia que puso Isabel al darse cuenta del verdadero alcance de la respuesta. La princesa, que se había quedado sin habla, se recogió la falda como si fuera a marcharse, pero, antes de que tuviera tiempo de dar media vuelta, Adele cedió a la peste que
minaba su cuerpo y, riendo amargamente, vomitó sobre los plateados piececillos de Isabel.
Al cruzar el puente levadizo del castillo de Canterbury, Alejandro vio que se estaban erigiendo gradas en campo abierto, señal de que muy pronto gran número de aguerridos caballeros lucirían sus habilidades en público.
Adele se lo había explicado en una de sus últimas noches compartidas, procurando prepararlo para los beneficios y obligaciones de la caballería.
Alejandro informó al vigilante quién era y qué quería, y fue remitido al capitán de la guardia, quien, al parecer, se hallaba al corriente del paradero del rey. Sólo se llevó las alforjas; en cuanto al caballo, lo dejó atado al poste, aunque con mucha cuerda, indicando al mozo que no lo llevara a la caballeriza hasta nueva orden.
–Me temo que está de maniobras con parte de sus tropas -dijo el capitán-. No habrá audiencias hasta mañana.
–¿No podría ver a ninguno de sus consejeros? Traigo noticias sobre el resurgimiento de la peste en la campiña.
La sorpresa dejó al capitán boquiabierto.
–¡Dios misericordioso! – exclamó-. ¡Entonces no hay tiempo que perder! Debéis hablar con maese Gaddesdon, el médico de la familia real, que acaba de regresar de Eltham con los hijos pequeños del rey. Él sabrá qué hacer.
Después de mucho buscar, Alejandro encontró a su desconocido colega en la antecámara de los aposentos del rey, y, una vez hechas las presentaciones, dijo que venía por un asunto urgente.
–¡Ah, sí, maese Hernández! El rey se deshace en elogios sobre vuestras facultades. Es un honor conoceros.
–Al contrario, noble señor -dijo Alejandro, procurando no olvidar las buenas costumbres inglesas-. Soy yo quien debe sentirse honrado. – Y, sin perder más tiempo, se embarcó en una explicación pormenorizada de los acontecimientos que lo habían llevado a la conclusión de que la peste estaba rebrotando en zonas periféricas, y expuso su teoría sobre cómo curar a las nuevas víctimas-. Todo ello consta en las cartas que envié a su majestad, y que sin duda debió de enseñaros.
–En efecto -dijo Gaddesdon-; pero seguid, os lo ruego.
Por su expresión, y por el modo en que asentía gravemente en los momentos indicados, el médico regio parecía estar escuchando con suma
atención.
Alejandro pasó a las conclusiones:
–Tengo serios motivos para creer que estos casos representan el inicio de un regreso a gran escala de la epidemia, ya que se ajustan a lo sucedido en Europa: un avance de varias leguas por jornada, hasta que los efectos se hacen sentir al borde mismo del océano. Nada nos desvía de esa conclusión.
Gaddesdon guardó silencio durante unos instantes.
–Maese Hernández -dijo al fin, tratando a su colega de igual a igual, a pesar de que la educación de Alejandro era muy superior-, aquí somos de la opinión de que los sucesos de que informáis, sucesos escasos y aislados, no suponen una amenaza suficiente para que cunda la alarma entre la población. El rey Eduardo está impaciente por reinstaurar la normalidad cuanto antes y que, de resultas de lo acontecido en estos últimos últimos doce meses, la previsión anual de ingresos deja mucho que desear. Tenemos una guerra que sufragar, y os daréis cuenta sin duda de que ello exige importantes dispendios. A mi juicio, mientras no dispongamos de pruebas mucho más sólidas no hay nada que hacer.
–¿No basta el deceso de todos los integrantes de un monasterio? ¿Y la familia que pereció anteriormente? ¿No basta con eso?
–¿Cómo podéis tener la certeza -contestó Gaddesdon- de que los habitantes del monasterio no fallecieron durante el otoño, quedando insepultos?
–Olía a muerte reciente.
–Toda muerte desprende hedor, y, al calor de un edificio cerrado, me atrevo a decir que ni el más sutil de los olfatos sabría discernir diferencia alguna.
–¿Y la cura? ¿Me prestará el rey su apoyo?
–Su majestad opina que dañar todavía más a los muertos supondría un grave sacrilegio. Yo le he informado de que no conozco cura semejante para ninguna otra enfermedad, y le he hecho partícipe de mis dudas respecto al mérito de vuestro tratamiento. Eso sí, el rey ha aceptado meditar sobre ello, y tengo entendido que así os lo ha hecho saber. Debéis ser paciente y esperar su veredicto.
De repente, en un desagradable acto de lucidez, Alejandro lo entendió todo. ¡Este hombre cree que usurpo su posición ante el rey! Y muchos