La plaga

Ann Benson · Capítulo 4 de 40

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La plaga

Dos

El aprendiz, indeciso, dirigió a Alejandro una mirada de súplica. No había testigos de que hubiera participado en la profanación. Al ver que el médico lo despedía con un rápido ademán, salió corriendo, feliz de escapar por los pelos a la dura prueba de un juicio y posible ejecución.

Alejandro se dejó caer de rodillas, exhausto hasta lo indecible.

Consciente de que su vida nunca volvería a ser la misma, pidió fuerzas a Dios para afrontar los días y noches terribles por venir. Oyó ruido de gente acercándose; entonces se cubrió la cara con las manos y lloró amargamente.

DOS

Janie y su ayudante estaban reunidas en torno a una mesa redonda de su pequeña habitación de hotel de Londres, dotada de sala de estar y una pequeña cocina. La mesa era pequeña y estaba diseñada para dar cabida a un sencillo servicio de té, no a todo un proyecto de investigación científica, como era el caso. Sobresalían de sus bordes montones desordenados de papeles, cuyo fin era acabar compilados de forma coherente y dar pie, una vez reescritos, a una tesis doctoral, tesis que, si se cumplían las esperanzas de Janie, superaría el examen crítico (pero justo, había que admitirlo) de su director de tesis de Massachusetts.

–Si John Sandhaus viera este follón, le daría un ataque de nervios -dijo Janie.

–Lo siento -dijo su ayudante, algo resentida.

–No, no, si no digo que sea tu culpa -se apresuró a añadir Janie-. Ya sabía que habría papeles por todos lados. La pena es que, de momento, no da la impresión de que pueda salvar mi carrera con esto. Se parece a mis primeros proyectos de la facultad: desorden total.

Hojeó como pudo uno de los montones, buscando un documento que, por su tamaño, debía de estar doblado en cuatro, o al menos eso suponía.

Mientras pasaba revista a las diversas autorizaciones, informes geográficos, listados de ordenador y demás extraños garabatos sobre celulosa prensada, fue dándose cuenta de que casi todo lo que había esperado encontrar hecho a su llegada seguía pendiente.

Una vez hallado el documento que buscaba, lo desplegó sobre los que ya estaban encima de la mesa. Se trataba del mapa detallado de una zona de Londres, gran parte de la cual había sufrido el devastador incendio de 1666.

En su tesis, Janie comparaba la composición química del suelo de las partes

quemadas con la de las no quemadas; los lugares de excavación definitivos constaban en detalle sobre el mapa que tenía delante, casi todos con una equis roja, señal de que se había conseguido el permiso de excavación y de que el inevitable papeleo casi estaba solucionado. Algunos lugares tenían una equis verde, indicando que se había obtenido permiso verbal pero faltaba conseguir los papeles.

–¡Uf! ¡Vaya trabajito! Te felicito, Caroline; lo digo en serio.

Caroline Porter vio con sumo agrado cómo se le reconocía su trabajo de organización, ciertamente impecable.

–Ya sé que a simple vista no parece gran cosa -dijo, señalando lo que había en la mesa-. Esperaba meterlo todo en una carpeta antes de irte a recoger al aeropuerto, pero no ha podido ser. – Rió por lo bajo-. Confiaba en que tu vuelo llevara retraso.

Janie sonrió.

–Hoy en día, eso es apostar sobre seguro; pero no, la verdad es que todo ha ido como una seda. Menos mal, porque a mi lado tenía a una cotorra de cuidado. He acabado por apagar los auriculares y dejarme de historias.

¡Ojalá le enseñaran a una cómo hay que comportarse en esas ocasiones!

–A lo mejor si mandas un e-mail a la señorita Francis…

Janie se echó a reír.

–Querida señorita Francis, ¿cómo hacer callar al maleducado e irritante vecino de asiento del avión sin perder las formas?

–Querida lectora -contestó Caroline-, puede usted propinar al zafio en cuestión un cortés porrazo en la cabeza con la hebilla del cinturón de seguridad.

–Ya, pero entonces se me cabrearán todos los pasajeros por haber hecho sonar la alarma del cinturón.

Caroline se sonrió.

–Si nos dejaran dirigir el mundo, no existirían esos dilemas… Pero volvamos al que nos toca más de cerca. – Señaló dos lugares en el mapa-.

Estos dos propietarios están de viaje. Uno tiene que volver mañana y el otro después del fin de semana. He dejado mensajes para los dos. – Suspiró-.

Pero este… -Señaló una zona pequeña y sin urbanizar al sur del Támesis-.

Éste va a darnos problemas. Se llama Robert Sarin; es muy viejo, y hace de

«vigilante» de toda la zona, que a saber lo que significa. – Trazó un círculo con el dedo sobre el mapa-. Quizá con éste sí que tengamos pegas. Ayer,

antes de ir a buscarte a Heathrow, estuve hablando un rato con él. No da su brazo a torcer, y eso que no parece tener motivos muy serios para denegar el permiso. Francamente, creo que le faltan un par de tornillos. Me pareció un poco lento de reflejos.

–¿Te parece que servirá de algo si lo llamo yo personalmente?

Caroline meditó su respuesta.

–No pasa nada por intentarlo, pero no veo por qué iba a darte permiso si a mí no me lo ha dado. No nos conoce a ninguna de las dos. Quizá conviniera hablarle de todos los que ya han dicho que sí.

–Buena idea. A lo mejor si sabe con qué gente va a compartir el permiso cambia de opinión. – Revolvió los papeles hasta encontrar la lista de propietarios-. Lady tal, lord cual, el décimo conde de nosecuántos…

Impresiona, ¿eh?

–Mucho -contestó Caroline-, pero no sé si te ayudará demasiado. Creo que el tal Sarin va a ser un hueso duro de roer.

Janie frunció el entrecejo.

–Me está cogiendo dolor de cabeza. ¡Mierda!

–Tengo ibuprofeno -dijo Caroline con una sonrisa.

Janie arqueó las cejas, sorprendida.

–¿Y cómo has conseguido meterlo en el país?

–En la punta de un zapato. Traía cuatro pares, pero sólo me miraron dos.

–Supongo que es para felicitarte, pero que no te cojan llevándolo encima.

–Ni se me ocurriría. Voy a por un par.

Entró en la habitación contigua, la suya, y salió de ella en menos de un minuto. Tendió tres tabletas a Janie y le llenó un vaso de agua. Janie las tomó de un solo trago y se recostó en su asiento, como si esperara entrar en el séptimo cielo en cuestión de segundos.

–¡Ah, la química! – suspiró-. No sé, pero creo que con las drogas de antes lo pasábamos bastante mejor.

Caroline se sonrió.

–¿Cuándo, en los «buenos tiempos»?

Janie se limitó a esbozar una sonrisa forzada. Le pareció ver su casa al pie de los montes Berkshire, tan cuidada, y a su marido y su hija en el porche, balanceándose felizmente en una hamaca. Oyó chirriar a las cigarras en pleno mes de junio, y recordó el bochorno de aquellos veranos

de Nueva Inglaterra. Cortadoras de césped, niños saltando sobre el riego automático entre chillidos de alegría… La colada, los neumáticos para nieve, el ritual matutino en el baño de tres personas acostumbradas a vivir juntas… La imagen desapareció, devolviéndola de nuevo a su soledad.

–Lo siento, Janie… No quería…

Janie hizo un gesto con la mano, tratando de quitar importancia al asunto.

–No pasa nada, Caroline -dijo-. La vida sigue, y tú no tienes por qué andarte con pies de plomo conmigo. No pretendo que todo lo que vayas a decirme lo pases por una especie de filtro para ver si me sentará bien o mal.

Tal como están las cosas, ya tenemos bastante en que pensar. – Volvió a levantar la vista y sonrió-. Y gracias por el ibuprofeno. Te agradezco que compartas tus provisiones conmigo.

Volvió a apartar la mirada.

–No tiene importancia -contestó Caroline.

Se instaló entre ellas un silencio incómodo que Janie interrumpió diciendo:

–Bueno, y ahora que tenemos controlado un dolor de cabeza, vamos a por el siguiente.

–Exacto -dijo Caroline-, el inamovible señor Sarin.

Janie suspiró con fuerza.

–A ver si aún va a fastidiarnos todo el proyecto. Esa muestra de suelo es imprescindible. – Mostró a Caroline dos de sus dedos, separados por un centímetro de distancia-. Estoy a esto de conseguir el título, y no sabes lo que me está cansando no tener trabajo.

–¿No podrías llamar a John Sandhaus y ver si te deja cambiar los puntos de excavación?

–¿A esa especie de Atila? – dijo Janie, mientras ordenaba el montón de papeles-. ¡Mal lo veo! Para empezar, ni siquiera quería dejarme venir a Londres. Me preguntó: «¿Por qué no encuentras algo que hacer aquí?» Le encantaría tener ocasión de obligarme a volver y hacer alguna excavación en Estados Unidos.

–No te están facilitando las cosas, ¿eh? – dijo Caroline.

–No, la verdad es que no -suspiró Janie-. Pero no me dejes seguir con el tema, que hoy no tengo tiempo de comerme el coco. – Su mirada se hizo más aguda-. ¿Sabes qué? Esta misma tarde empezaremos con las primeras

excavaciones. El mejor momento siempre es cuanto antes. – Señaló varias equis en un barrio de Londres-. Así podremos llevar muestras al laboratorio, y tendré la sensación de haber hecho algo.

Hojeó otro montón de papeles y dijo:

–Supongo que habrás puesto por aquí los papeles de autorización para el laboratorio…

Caroline desplazó un par de cosas y extrajo unas hojas grapadas por una esquina.

–Te equivocabas de montón -dijo, sonriente.

–Estupendo -dijo Janie, cogiendo los papeles y metiéndolos en la cartera-. Y, ya que estamos, nos acercaremos al campo ese. Seguramente lo mejor será que pongamos el señalador, siempre que podamos hacerlo sin que nos vea el tal Sarin. ¿Cómo es la zona? ¿Es posible entrar a escondidas?

–Hay dos árboles grandes y un bosquecillo alrededor, no muy alto pero bastante espeso. Creo que el lugar de excavación está bastante lejos de la casa.

–En ese caso, voto por que nos arriesguemos. Además, a lo mejor estando ahí se me ocurre algo para hacer cambiar de idea a ese tipo.

Janie, contrariada, dio un golpe de lápiz sobre la mesa a riesgo de romperlo, y se hizo daño en los dedos. Aquel arrebato desentonaba con su contención habitual, pero le pareció totalmente justificado. Al pedir permiso a Sarin para excavar, había recibido del anciano «vigilante» una negativa tan cortés como firme. Janie prácticamente se había puesto de rodillas, y a continuación había llamado a todas las personas cuya autoridad se le antojaba capaz de revocar la negativa. Le dolía la oreja de pasarse el día haciendo llamadas inútiles; en ninguno de los cien y pico ministerios de Inglaterra había nadie dispuesto a neutralizar la tozudez de Sarin con una orden.

Lo que más la molestaba era la pertinacia con que el viejo se resistía a dar motivos para negarse. Después de haber examinado el terreno durante el trabajo de campo del día anterior, Janie había llegado a la conclusión de que no contenía nada muy valioso. Se trataba de un campo de lo más normal, con suaves desniveles, mucha mala hierba, arbustos sin orden ni concierto y un par de rocas de cierta envergadura. Janie suponía que el encargado debía de vivir en la casa de piedra y techo de paja que se hallaba al otro extremo del campo. Lo más destacable del conjunto eran dos viejos robles casi sin

hojas que crecían a ambos lados del camino, y se fundían por encima de él en un abrazo centenario. No era, como esperaba Janie, un lugar pintoresco y encantador, sino triste y de aspecto algo lúgubre. «No veo que haya nada que vigilar -comentó a Caroline al verlo-. No son precisamente los jardines de Kensington.»

Janie abrió la nevera de su pequeña habitación de hotel y cogió una nectarina madura, cuya piel, suave y de color ámbar, cortó con un cuchillo pequeño y afilado. La carne madura se separó del hueso con facilidad. ¡Qué placer tan sencillo!, pensó. De esas cosas en las que no te fijas hasta que todo cambia y se hace difícil conseguirlas. La fruta era tan jugosa que Janie tuvo que morder y succionar al mismo tiempo para no mancharse la ropa.

Masticó poco a poco, saboreando su jugo dulce y delicioso, y recordando los tiempos en que solía comer dos o tres nectarinas al día sin tomarse la molestia de pensar en su procedencia. Tras chuparse los dedos y secarse las manos en el tejano, cogió el teléfono y marcó un número inglés de ocho dígitos, quedando su índice americano en frustrada expectativa de pulsar el noveno.

El teléfono sonó dos veces, en rápida sucesión; oyó débilmente las señales al otro lado de la pared que separaba su habitación de la de Caroline.

–¿Diga? – contestó una voz conocida.

–Ojo al parche, querida; aquí tu jefa, que está, para decirlo claro, de un humor de perros.

–¡Hombre, qué alegría! Justo lo que me hacía falta: la jefa de mal humor. ¿Qué pasa?

–Lo mismo de ayer -dijo Janie-. Burocratus nervosa. No se ha descubierto cura, y es mortal de necesidad.

–Explícale lo de las vasectomías involuntarias, ya que eres cirujana.

Janie rió.

–No sé si en Inglaterra ya las hacen; además, no olvides que ya no soy cirujana; ése es el motivo principal de que ande metida en esta estupidez de proyecto. Debería haber hecho caso a John y dedicarme a excavaciones locales. ¿Sabes qué? Me parece que ahora mismo vamos a ir a ver al bueno de Sarin.

En cuanto oyó acercarse un coche a la casa, el anciano cerró el libro con el cuidado que exigía su fragilidad, echó a un lado la cortina de encaje y

miró a través del cristal ondulado de la ventana. Protegiéndose con una mano del resplandor del crepúsculo, intentó ver el campo que se extendía tras los dos viejos robles con los mismos ojos que sus visitantes. ¿Qué habrán visto?, se preguntó. ¡No puede ser que lo sepan!

Al lado del viejo había un perro que ladeaba la cabeza con curiosidad, preguntándose qué estaría mirando su amo.

–Ya han llegado, compañero -dijo Sarin, acariciando la cabeza de su mascota-. Al fin los tenemos aquí.

Observó atentamente a las dos mujeres que salían del coche alquilado; las dos iban bien vestidas, y le pareció advertir un aire de prosperidad en una y otra. Se notaba que la más alta era también la mayor. Llevaba una media melena de estilo informal, con algunas hebras grises en la sien; su rostro era agradable, pero expresaba una preocupación contenida. Fijándose en las arrugas de su entrecejo, no muy marcadas pero significativas, el anciano se preguntó de qué tendría que preocuparse una mujer tan guapa y sin problemas materiales. También se fijó en sus largos dedos, y en la gracia con que movía las manos al desplegar un mapa. Su acompañante era más joven que ella; menuda y pelirroja, tenía la cara cubierta de pecas. Hay una de las dos que lleva el mando, pensó el anciano.

Las diferencias parecieron pronunciarse al verlas más juntas, examinando el mapa, señalando varios puntos y haciendo comentarios que no logró descifrar. Recorrieron en toda su extensión el camino de entrada, cuyas piedras gastadas amenazaban el equilibrio de sus zapatos de tacón. El viejo sonrió, pensando que le gustaba el aspecto de sus visitantes, y que, en el fondo, estaba ansioso por tener compañía. En tantos años no había hecho más que unas pocas amistades, una de las cuales ya chocheaba. En definitiva, Sarin gozaba de pocas ocasiones para satisfacer su necesidad de hablar con alguien de vez en cuando.

Había ido a comprar galletas al colmado, lujo poco frecuente en un hogar modesto como el suyo. Por si fuera poco, había sacado su mejor mantelería y cubertería, volviendo a doblar las servilletas para esconder algunas manchas con la esperanza de que pasaran desapercibidas. Mientras se esforzaba por ofrecer una bienvenida digna a sus visitantes, se le ocurrió que podían ser las últimas, y, si bien su educación había sido algo peculiar y solitaria, no dejaba de ser harto correcta. Le apenaba no poder darles lo que venían a buscar; aun así, estaba resuelto a paliar su decepción con el más

atento de los tratos. Si algo lamentaba era no poder cuidar mejor la casa después de la muerte de su madre: todavía no la había sometido a una limpieza a fondo, y empezaba a estar hecha un desastre.

Llegaron por fin los esperados golpes en la puerta. Sarin se alejó de la ventana y, arrastrando los pies, se dirigió a la puerta de madera. Al abrirla, topó con dos sonrisas femeninas muy ensayadas.

–¿El señor Sarin? ¿Robert Sarin? – preguntó la mujer más alta.

–En efecto -asintió el anciano, sonriente.

–Soy Janie Crowe, y ésta es mi ayudante, Caroline Porter.

–Adelante, por favor -dijo Sarin, invitándolas a entrar con un gesto de la mano.

La más alta tuvo que agacharse; la otra, en cambio, traspasó el umbral con agilidad y sin bajar la cabeza. Sarin les ofreció asiento, pero, cuando ya se dirigían a las sillas, se dio cuenta de que estaban llenas de cosas.

–¡Vaya por Dios! Disculpen, ahora mismo lo quito.

Se apresuró a recoger cuanto pudo: unos calcetines, un jersey, la correa del perro (se había olvidado de colgarla en la pared, como hacía su madre) y un plato sucio con un tenedor. Una vez instalados, intercambiaron los cumplidos de rigor y compartieron el modesto refrigerio.

Antes de tomar la palabra, Janie esperó a que las tres tazas de té hubieran vuelto a sus respectivos platos.

–Señor Sarin, le agradezco la oportunidad de tratar el asunto con mayor detalle. Como ya le dije por teléfono, estoy realizando una prospección arqueológica de esta zona de Londres. – Señaló a Caroline con un ademán de cabeza-. La señorita Porter me ayuda en mi tarea. Tenemos que extraer un metro de tierra de unos diez centímetros de diámetro, el cual, una vez dividido en estratos, deberá ser analizado con fines de investigación científica.

Investigación científica, se repitió a sí misma: el arma más eficaz en su arsenal de persuasión. Su experiencia le había enseñado que pocos se resistían a la sensación de importancia que suponía participar en una

«investigación científica». Por desgracia, Sarin se mostró inmune. Colocó la taza en el platillo y, después de carraspear, dijo:

–Lo siento, lo siento de veras, pero, como ya le dije, me temo que va a ser imposible.

Janie no pudo evitar fruncir el entrecejo.

–Señor Sarin, si no puedo conseguir esta última muestra, todos los resultados anteriores carecerán de validez. Es muy importante para mí. Sin duda estará usted al corriente de las dificultades que entraña hoy en día viajar de Estados Unidos a Gran Bretaña. ¿Me permite que le pregunte el porqué de su negativa? Teniendo en cuenta lo poco que le pido, me parece una posición algo rígida.

Siguió un silencio bastante incómodo, en que el anciano pugnaba por discurrir una explicación razonable. Ya le había dicho su madre que pensar no era lo suyo. Decidió echar mano de las razones que había memorizado de niño, y que nunca había tenido ocasión de repetir. No esperaba que las entendieran; a él mismo le costaba, aun habiendo consagrado su vida entera al estudio de aquel lugar y su historia. Había días en que dedicaba varias horas a preguntarse el porqué de aquella vigilancia a la que había sido sometido el pedregoso campo a través de los siglos. Caía una rama, y a la mañana siguiente ya no estaba. Hasta la última bellota era recogida, aunque él no hubiera llegado a presenciarlo. Había mucha gente implicada en ello, gente a la que veía poco, y a la que apenas conocía.

Inició su parlamento con sumo cuidado, poniendo todo su empeño en que la explicación resultara plausible.

–Señora Crowe, este suelo nunca se ha excavado. Fue cedido a la ciudad de Londres con la condición expresa de que nunca se hollara el terreno. Esta casa y los jardines que la rodean fueron edificados antes de la cesión y están exentos de las restricciones; desde entonces no se ha tocado nada.

Janie, poco acostumbrada a esa clase de obstáculos, repasó mentalmente las opciones que tenía. La negativa de Sarin parecía gravada por el peso de una alta e innominada autoridad, y Janie no sabía cómo reaccionar.

–¿Alguna vez le han explicado a usted los motivos de esa restricción?

Me parece bastante drástica.

El viejo contestó con una diplomacia inesperada en hombre de facultades tan limitadas.

–No sabría decirle cuáles son. – No querría decírselo, pensó, ya que el motivo le era sumamente familiar-. Temo no poder serle muy útil en ese aspecto.

Se produjo un silencio revestido de un carácter irrevocable. No había nada más que hacer. Se trataba del mandato de alguien fallecido tiempo

atrás, y el anciano no podía oponerse a él aunque quisiera, posibilidad esta última de la que Janie dudaba. Dejó la taza sobre la mesa y se levantó sin prisas, alisándose el vestido. Caroline siguió su ejemplo, repartiendo miradas ansiosas entre su jefa y el anciano, a la espera de ver quién daría el siguiente paso. Después de que se levantaran, Sarin permaneció sentado durante breves instantes, mirando al sesgo y moviendo los labios de forma casi imperceptible, como si ensayara frases. Caroline miró a Janie, que expresó su perplejidad con un encogimiento de hombros.

–Bien -dijo Janie, confiando en captar la atención de Sarin-, le agradezco su tiempo y el agradable refrigerio. Quizá volvamos a vernos algún día.

Sus palabras surtieron el efecto deseado, haciendo que Sarin se pusiera en pie con dificultad y, escogiendo bien sus palabras, contestase:

–Estoy seguro de que así será, y siento de veras no poder serles de mayor ayuda.

–Gracias -dijo Janie antes de marcharse.

Ya al volante del coche, Janie miró el campo con indignación.

Necesitaba aquella muestra para confirmar las demás; si no la conseguía, tendría que empezar de nuevo todo el trabajo de la tesis.

–La robaremos -dijo, al tiempo que ponía en marcha el motor.

Antes de adentrarse en el campo, Janie y Caroline aguardaron a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Las dos iban de negro y con la cara tiznada a juego, pero, a pesar de lo ingenioso de su atuendo, Janie se sintió muy pequeña y vulnerable en el momento de dirigirse al centro del campo, pisando con cuidado y escudriñando la oscuridad en busca de obstáculos.

Janie llevaba el largo perforador y Caroline la bolsa de lona donde almacenarían la muestra de tierra. El campo estaba lleno de baches, y el cuidado con que avanzaba Janie no le impidió tropezar; en sus esfuerzos por recuperar el equilibrio, golpeó una roca con el perforador. A falta de árboles o edificios, el ruido metálico se propagó por todo el campo como un toque de clarín que anunciara su llegada.

Caroline se abalanzó sobre Janie y, murmurando imprecaciones, sujetó el tubo para que dejara de vibrar. Se quedaron quietas, con el corazón desbocado, indagando en la oscuridad por si algo daba a entender que habían sido descubiertas. Sólo vieron las macizas siluetas de los dos robles

y los grupos de arbolillos diseminados por todo el perímetro, algunos de los cuales impedían ver bien la casita.

Aun así, Janie imaginó la presencia de observadores ocultos; los sentía rodeando su posición como animales al acecho. Pero no, ningún par de ojos brillaba en la oscuridad; no se oían jadeos ni gruñidos, sólo algún que otro ruido llegado de la ciudad. Así pues, puso su mano en el brazo de Caroline y prosiguieron su avance hacia donde esperaban encontrar el señalador, con todos los sentidos en estado de alerta.

¡Menos mal que inspeccionamos la zona antes de ir a ver a Sarin, pensó Janie, y menos mal que no ha llovido después de poner el señalador! La aguda señal sonó en la oscuridad, tenue pero perfectamente audible, haciendo que se dirigiesen hacia el lugar de donde parecía proceder.

Montaron el perforador con rapidez y empezaron a clavarlo. Dado lo pedregoso del suelo, la inserción requirió un gran esfuerzo físico, y, a pesar de que era una noche templada, las dos mujeres no tardaron en ponerse a sudar. Por fin, cuando el perforador hubo alcanzado la profundidad correcta, se tomaron unos minutos de respiro.

Al otro lado del campo, en la vieja casa de piedra, Sarin despertó de una siesta más larga de lo habitual y, echando un vistazo a su reloj de pulsera, se maldijo por haber perdido casi toda la tarde. En el momento de sentarse en la mecedora no se había dado cuenta del esfuerzo que había supuesto su encuentro con las dos visitantes. Había pasado varias horas durmiendo como un tronco.

Se lavó la cara con agua fría, secándose después con una toalla rasposa.

El perro seguía estirado junto a la puerta, esperando pacientemente su paseo de todas las tardes.

Sarin ofreció un cuenco de agua fresca a su paciente compañero; después de acabársela a lengüetazo limpio, el perro dirigió a su amo algo muy semejante a una sonrisa. La correa seguía en el suelo, donde la había tirado Sarin para que pudieran sentarse las visitas; el perro la señaló con el morro, meneando frenéticamente la cola.

–Sí, sí, ya te he entendido, compañero -dijo Sarin. Se extrañó de no haber tenido nunca dificultades de comunicación con su compañero canino, mientras, en contraste, los seres humanos le exigían tantos esfuerzos-. Cojo un jersey y nos vamos.

Se metió en el bolsillo una pipa y cerillas, y salieron juntos a dar un paseo vespertino.

El perro se dedicó a olisquear el terreno, buscando el lugar adecuado para dejar su marca. Levantó la pata, bautizó un arbusto y siguió correteando con entusiasmo. Al anciano no le resultaba fácil seguirlo, dada la rigidez de articulaciones propia de la vejez. El perímetro del campo daba para media hora más o menos, siempre y cuando no se interpusieran distracciones inesperadas, como adolescentes fumando sus apestosos porros, u otras tonterías por el estilo.

Avanzaron sin trabas hasta que, de pronto, el perro se detuvo y volvió la cabeza, hacia campo abierto; ir-guió las orejas, ladeó un poco la cabeza y contuvo sus jadeos. En lo alto, un halcón cifró en un grito sus intenciones depredadoras, haciendo que el perro, desorientado, mirara primero hacia arriba y después a su amo. Éste lo tranquilizó con unas caricias en la cabeza. Siguieron rodeando el campo sin interrupciones, hasta que, diez minutos más tarde, el perro volvió a erguir las orejas y gañir.

–¿Qué pasa? – preguntó el anciano, sujetando al perro con la correa-.

¿Has visto algo, compañero?

El perro trató de zafarse de su sujeción y arrastrar al viejo al centro del campo. Sarin le siguió el juego, y acabó corriendo tras él.

Caroline se levantó y se desperezó los brazos y las piernas, dispuesta a reanudar el proceso de extracción una vez finalizado el breve descanso; de repente, un brillo lejano al otro lado del campo captó su atención. Aguzó la vista: ¡una linterna! Tocó a Janie en el hombro y susurró:

–¡Mira lo que hay ahí! ¡Una luz!

–¡Mierda! – dijo Janie entre dientes-. ¡Debe de haber oído el golpe del perforador! Si nos reconoce a alguna de las dos, la hemos cagado.

Miró alrededor y vio recortarse contra la oscuridad un grupo de árboles capaz de proporcionarles refugio, siempre y cuando lograran alcanzarlo a tiempo. Agarró a Caroline del brazo y empezó a arrastrarla en aquella dirección.

–¡El perforador! – susurró Caroline con inquietud-. ¿Y si lo ve?

–Que lo vea. Ya no tiene remedio. El mango está todo lo bajo que puede estar, así que es posible que se le pase por alto. Confiemos en que sea demasiado bobo para darse cuenta de lo que es.

Corrieron en dirección a los árboles, mirando hacia donde habían dejado enterrado el perforador. Una vez escondida detrás de un tronco grueso, Janie descargó de aire sus pulmones, ya que, sin darse cuenta, había estado conteniendo la respiración desde el momento de salir corriendo del punto de excavación. Vieron a Sarin y su perro rastrear la zona al tuntún. Aun siendo consciente de que robar un tubo de tierra distaba de ser una infracción grave, la negativa explícita de Sarin llevaba a Janie a considerar el acto de excavar aquella parcela como algo terriblemente inmoral, una ofensa clara y flagrante a la dignidad del anciano. Se sentía más avergonzada que asustada, como si estuviera violando un antiguo y arcano código de honor.

Y, con el paso de los minutos y la prosecución, por parte de Sarin, de su vagar sin rumbo por la oscuridad, Janie empezó a experimentar un frío extraño, como si sintiera en la espalda el tacto gélido de infinitos dedos. Se le puso la carne de gallina en todos sus miembros, pese a llevarlos cubiertos. Sólo corría una leve brisa, pero todas las hojas se pusieron a temblar. Los sentidos de Janie enviaban extrañas advertencias a su cuerpo: la sensación de que no estaban solas al borde del campo.

Echó un rápido vistazo alrededor, buscando la razón de ser de sus escalofríos. Pese a no ver más que oscuras columnas de madera coronadas por masas desordenadas de hojas al viento, Janie fue incapaz de controlar los latidos de su corazón o acallar el insistente martilleo que la ensordecía.

No pudo evitar que empezaran a correrle gotas de sudor entre los pechos.

La luz detuvo al fin su errático camino, quedando fija en un punto.

Oyeron al perro de Sarin tirar jadeando de la correa, y a su dueño exclamar en son de desafío:

–Sé que están ahí, lo sé. – Su tono se suavizó-. ¿Por qué no me dejan en paz?

Al volverse, Sarin mostró la silueta caída de sus hombros y partió en dirección a la casa. Perro y amo no tardaron en perderse de vista.

Janie salió de detrás del árbol, seguida a escasa distancia por Caroline.

Volvieron a adentrarse en el campo con toda la rapidez y discreción de que fueron capaces, y, después de extraer el perforador con su precioso contenido de tierra, lo introdujeron en la bolsa de lona y se alejaron. Al meter la llave en la puerta del coche, Janie no cupo en sí de alivio por haber llevado la tarea a su fin; pero, como telón de fondo de sus pensamientos,

una punzante sensación turbaba su tranquilidad, la terrible y vergonzosa sensación de haber hecho algo que no había que hacer.

Sarin se sentó temblando en el desvencijado diván, y su fiel mascota se acomodó en el suelo. No acababa de entrar en calor, ni siquiera después de ponerse otro jersey. Pensó dejar que el perro pasara la noche encima de la manta, lujo que le permitía pocas veces. A falta de alguien con quien compartir sus temores, habló con el animal.

–¡Al final han venido, compañero, pero en el libro no dice qué tengo que hacer! Sólo que no puede excavarse… ¡Señor! – gimió-. Mamá siempre decía que vendrían, pero yo esperaba que aún tardaran un poco… Todavía no estoy preparado…

Viejo estúpido, pensó, ¿toda la vida para prepararte, y aún no lo estás?

Se acordó de su madre, que había dedicado su vida a la misma tarea, y se alegró de que no viviera para presenciar su cobardía una vez llegado el momento crítico.

–Americanos… -dijo al perro:-. ¡Sé tan poco de los americanos! Ahora tienen su trocito de tierra y se han marchado, ¡y no recuerdo qué se espera de mí!

Se le empañaron los ojos. Su llanto expresaba la rabia de un hombre corto de entendederas enfrentado a una tarea sumamente compleja, tarea en cuyo éxito confiaban sus exigentes antepasados. ¡Qué decepción se llevarían si me vieran!, pensó.

–Estoy seguro de que volverán -dijo al perro-. Lo que no sé es cuándo. –

Hundió la mano en el cálido pelaje del cuello del animal, aferrándose a él como un niño con miedo a perderse-. Eso sí, cuando vuelvan tendremos que procurar que no nos cojan desprevenidos.

Dos días más tarde, la estridente doble señal del teléfono despertó a Janie de un sueño intranquilo. Se quitó las sábanas de encima y, caminando descalza sobre el suelo frío, fue a ver quién era. Contestó al saludo del técnico del laboratorio, y, percibiendo gran entusiasmo en su voz, se sacudió de encima la modorra matinal a fin de escuchar con atención. El técnico hablaba a toda velocidad, y Janie lo imaginó gesticulando al otro lado de la línea, traduciendo su exaltación con incesantes manoteos. Sin haberse despertado del todo, masculló un par de preguntas que no por ello dejaban de venir al caso, y, una vez asimiladas las amables respuestas del técnico, se despidió educadamente. Tras ponerse un par de calcetines, entró