La plaga
Once
En vez de contestar, Bruce levantó la cabeza y miró a Janie a los ojos con expresión angustiada.
–Creo que ya no estamos en Kansas.
ONCE
Alejandro tuvo su primera audiencia con Eduardo III en el camarín de los aposentos privados del rey.
Cubierto todavía con su bata, lustrosa prenda de hilo de oro que, a juicio de Alejandro, podría haber sido codiciada como toga ceremonial por un monarca de menor enjundia, el rey estaba enfrascado en su laborioso proceso de acicalamiento matinal. Hizo pasar a Alejandro sin decir palabra y, dejando al médico esperando en una esquina, reemprendió su tarea.
Tenía delante una amplia exposición indumentaria, desde elegantes camisas con voluminosas mangas plisadas a pantalones de terciopelo, pasando por jubones con intrincados ribetes de perlas y piedras preciosas.
El rey se paseaba ante la selección de prendas y señalaba las que prefería, haciendo que los criados se llevaran las demás y trajeran a continuación innumerables calzas, ligas de fantasía y ropa interior de seda, que el apuesto monarca estudió con evidente regocijo.
Parece excesivamente jovial para ser un rey cargado de tribulaciones, pensó Alejandro. Según le había dicho De Chauliac, el país estaba en guerra, y, si eran ciertos los rumores que había oído en su viaje desde Aviñón, el coste del conflicto había puesto a Eduardo al borde de la bancarrota.
Por no hablar de la pestilencia que amenazaba las murallas mismas de Windsor…
–Sentaos, doctor -dijo el rey-. Conversaremos mientras me visten mis hombres.
Alejandro miró atentamente a los criados, no hallando entre ellos a nadie que tuviera el aspecto de un ministro o consejero, personajes a quienes pudiera ofenderse manteniéndolos al margen de un debate sobre temas importantes. Las lenguas de la servidumbre se sueltan por unas pocas monedas, pensó.
–Majestad -dijo al rey-, creo aconsejable hablar con vos en privado.
Sorprendido, el rey miró fijamente a Alejandro, percibiendo la gravedad de su expresión.
–Muy bien -dijo. Bastó una señal del monarca para que los dos criados salieran de la habitación a toda prisa, cerrando el segundo la puerta.
Eduardo clavó en Alejandro una mirada incisiva y dijo-: No estoy acostumbrado a ver interrumpidos mis hábitos matutinos. Dada vuestra escasa familiaridad con nuestras costumbres, haré una excepción. Os aconsejo aprenderlas cuanto antes. Hablad.
Quizá no sea tan jovial, a fin de cuentas, pensó Alejandro, recapacitando sobre la precisión de sus anteriores observaciones acerca del rey. Tenía delante a un monarca mucho menos hospitalario que el que le había dado una cálida bienvenida la noche anterior. Carraspeó con nerviosismo.
–Majestad, me preocupan los elogiosos informes que habéis recibido del Papa. Temo que Su Santidad tenga mi talento en más de lo que es. En realidad, señor, ni yo ni nadie, incluido De Chauliac, puede curar la peste.
Sólo me han enseñado a impedir su contagio mediante el aislamiento. No quería que os formaseis una idea errónea.
Eduardo llenó de vino aguado una copa muy alta y la ofreció a su invitado, que declinó la invitación.
–Doctor -dijo el rey, después de tomar él mismo un trago-, estoy convencido de que no sois tan impotente ante la peste como queréis hacerme creer.
–Majestad, soy tan capaz de curarla como lo es una serpiente de mover las alas y salir volando.
Las marcadas facciones del soberano se torcieron en una mueca de intensa contrariedad.
–Decid entonces, por Dios, ¿para qué os ha enviado Clemente? ¡Largo me parece el viaje, para no servir de nada!
–Nunca he tenido el privilegio de formularle directamente tales preguntas, majestad. Tenía entendido que mi viaje respondía a una petición vuestra, no suya. De Chauliac, el médico papal, actuó en todo momento como intermediario. Todas mis instrucciones provienen de él. Se dedicó al proyecto con celo y entusiasmo sinceros.
El rey no hizo ningún comentario; en lugar de ello, se pasó la mano por la frente como si tuviera dolor de cabeza.
–A Clemente lo conozco, pero al tal De Chauliac no. Contadme algo de él.
Alejandro sentía hincados en él los ojos azules del rey, ojos de abrasadora intensidad. Se negaba a creer que aquel monarca, tan sagaz y manipulador a decir de todos, careciera de información acerca de un personaje de la talla de De Chauliac. Tal vez quiera ponerme a prueba, pensó, para ver si digo la verdad.
–Es un hombre inteligente, a quien le basta con su presencia para imponer respeto. Es diestro con las palabras, amén de sumamente erudito, gran pensador dotado de ideas propias. Parece gozar de una confianza total por parte del Papa, pero creo que, cuando se presenta la necesidad, cambia de piel como los camaleones. Lo que sale de su boca puede ser tanto miel como vinagre, según convenga a sus propósitos.
El rey esbozó una sonrisa.
–Así me lo han comunicado otras fuentes.
He superado la prueba, pensó Alejandro, confirmadas sus sospechas, y casi patente su alivio.
La gravedad volvió a adueñarse del rostro de Eduardo.
–Pero ¿qué podemos hacer, siendo vos incapaz de garantizar nuestra seguridad?
El médico procuró tranquilizar al monarca.
–No carezco por completo de medios para proteger a vuestra familia.
De Chauliac me ha transmitido todo su saber sobre métodos preventivos. A su juicio, son los que me permitirán serviros mejor.
Antes de contestar, el rey escrutó a Alejandro con el entrecejo fruncido, y el médico volvió a sentir que lo estaban aquilatando. La pregunta del monarca casi flotaba en el aire: ¿Qué debo pensar de este hombre?
Alejandro pensó que al Papa le habría sido muy difícil enviar a un médico más digno de confianza que él, sin vínculos de obediencia ni a la Iglesia ni a reino alguno. Notable ironía; pero no podía demostrarlo sin desvelar su condición de judío.
El rey acabó por tomar la palabra:
–Explicadme pues cómo debéis actuar. No pienso permitir que esta maldición se lleve a otro de mis hijos.
–Majestad, lo deseo tan poco como vos, y dispongo de un método para evitarlo. Se trata de un régimen complejo que combina el aislamiento total con varios tratamientos preventivos, y sospecho que no será del agrado de quienes se vean obligados a seguirlo. Lo que más temo es irritar a vuestros
hijos con lo riguroso del régimen. Mis esperanzas de triunfo reposan por entero en que los pacientes estén dispuestos a colaborar.
La expresión contrariada de Eduardo se acentuó.
–Ya os he presentado a mi hijo y mi hija, doctor Hernández. ¿Qué opináis de las posibilidades de controlar su comportamiento?
El médico no estaba dispuesto a caer en la trampa de admitir su impotencia antes incluso de haber iniciado su tarea. Todo a su tiempo, pensó con sensatez.
–Sinceramente, majestad, no sé qué deciros. He oído decir que los reales infantes se han acostumbrado a gozar de considerable libertad e independencia. A De Chauliac no le duelen prendas a la hora de admitir que el Papa odia su confinamiento, hasta el punto de calificarlo de intolerable cautiverio.
La sonrisa de Eduardo delató la opinión poco halagüeña que le merecían las sibaríticas costumbres del Papa.
–Sin duda echa de menos a su castellana. El buen pontífice nunca ha sido de los que se privan de los lujos de la vida secular. Es extraño que todavía no haya retirado el apoyo a su médico, y así eludir la responsabilidad de actuar con sentido común.
–Todo hombre prudente teme a la peste, majestad, y un hombre que ha llegado a Papa debe ser prudente, ¿no os parece? Los ricos y poderosos están tan indefensos como los pobres y desamparados. El mal no hace distingos.
Eduardo se mostró de acuerdo.
–Os aseguro que soy un rey prudente, y tengo más miedo a esa enfermedad que a la más sangrienta de las batallas. – Y añadió con voz firme-: He sobrevivido a muchas, más de las que me correspondían.
–La batalla a la que nos enfrentamos no será sangrienta, pero requerirá coraje y resolución.
–Estad seguro de que Inglaterra cuenta con grandes reservas de ambas cualidades.
–Bien -dijo Alejandro, levantándose-, pues he aquí lo que debemos hacer. Empezaremos aislando el castillo por completo. Nadie deberá entrar ni salir sin un período de cuarentena; debe prohibirse que circulen mercancías de cualquier clase sin permanecer antes un tiempo a las puertas del castillo. Debéis ordenar a los administradores que traigan todos los
suministros necesarios para los próximos tres meses como mínimo. –
Alejandro empezó a recorrer la habitación, profundamente concentrado-.
Hay que tener almacenada la materia prima para las comidas, y traer más animales como reserva de carne. A mi juicio, debéis hacer los mismos preparativos que si os dispusierais a resistir un asedio. Haceos con cuanto os parezca necesario, y a partir de entonces manteneos a distancia de todo y de todos.
Finalizado su discurso, Alejandro miró al rey en espera de respuesta. El monarca parecía angustiado.
–Teníais razón -dijo-; las medidas no serán bien recibidas. ¿No existe otro medio?
–A mí no me han enseñado ningún otro, y ya conocéis el éxito de mi maestro.
Eduardo se asomó a la ventana para contemplar la campiña circundante.
Emitió un profundo suspiro.
–Haced lo necesario -dijo-. Comunicaré a todos que contáis con mi autoridad.
Después de tratar una serie de detalles secundarios, el rey dio fin a la audiencia, dejando que Alejandro se las arreglara solo. El médico dedicó unas horas a pasear por el recinto de Windsor, anotando todas las entradas y salidas, indagando en qué condiciones se hallaban cocinas y lavaderos, e inspeccionando los retretes. La fortaleza era tan enorme que hacía parecer pequeño el palacio papal, y, si bien no tenía nada que envidiar a éste en el aspecto suntuario, Alejandro juzgó acertada la reflexión de De Chauliac: el sentido francés de la belleza era más refinado. Los sillares de Windsor eran más grandes, tallados con menor precisión; los tapices eran menos delicados, y no tan perfecta la trabazón de las planchas del suelo. También en Windsor había andamios; el monarca se había embarcado en una ampliación sustancial del castillo, de acuerdo con la grandeza con que concebía al reino inglés. Tratábase de una obra espléndida, adaptada en su crecimiento diario a los sueños de su patrón, y dirigida a que éste pudiera afirmar un día que los gobernantes de Inglaterra ocupaban una morada majestuosa.
Por la tarde, Alejandro empezó a poner en práctica el sistema de De Chauliac mediante una asamblea de los astrólogos reales, cuyas predicciones diarias, tenidas por el rey por estúpidas supersticiones,
merecían en cambio toda la confianza de la reina Felipa, dependencia que Eduardo toleraba a regañadientes.
–Tengo a tres a mi servicio -explicó la reina en su primera entrevista con el médico-. Mi esposo lo considera una extravagancia; según él, debería bastar con uno, pero me resulta inconcebible prescindir de ellos. – La reina sonrió con dulzura, dejando entrever lo bella que había sido en su juventud-. ¿Renunciaría él acaso a uno de sus ayudantes de vestuario? ¡Ni por todo el oro del mundo! Yo tampoco estoy dispuesta a ceder en cuestión de placeres personales.
–Entonces, majestad -dijo Alejandro-, si os parece bien, os pediría que encargarais a vuestros astrólogos la elaboración de una lista de horas propicias para el baño y las comidas de los distintos miembros de la familia real. Pedidles consejo asimismo sobre los alimentos más adecuados para preservar la salud.
–¡Ingente tarea! – dijo la reina-. Protestarán, no lo dudéis.
–Tal vez, pero es necesario -replicó Alejandro- Solicito vuestra indulgencia para convencerlos de la importancia de la información que se les pide. De ella puede depender la salud de los ocupantes de Windsor.
La reina accedió a su petición de mala gana; sin embargo, el esfuerzo no dio los frutos esperados: el resultado inmediato de los vaticinios fue llenar la cocina de cocineros disgustados, y hacer cundir el descontento entre los regios comensales, dada la dificultad de que astrólogos y pacientes convinieran en los beneficios de un mismo plato y una misma fecha para toda la familia. Tampoco las doncellas se alegraron de llevar a sus señoras cubos de agua caliente a las horas que los astrólogos juzgaron propicias al baño, horas harto extrañas.
No obstante, todos esos problemas quedaron en nimiedades el día en que uno de los astrólogos dijo a la reina:
–Hay días en que las relaciones maritales entre vos y el rey redundan en beneficio de vuestra salud; por desgracia, hay otros en que cabe esperar el resultado opuesto. Os he confeccionado un calendario.
Cuando la reina, contrita, transmitió la información a su esposo, éste dio rienda suelta a su ira.
–¡Herejes! ¿Cómo osan concebir siquiera la idea de intervenir en mis asuntos de cama? Basta de estupideces. ¡Ni una palabra más!
–Sólo quieren protegernos, Eduardo. El médico dijo que…
El rey la interrumpió.
–Tal vez puedan usar sus conocimientos para designar a otra dama cuya compañía juzguen apropiada los guías celestiales cuando no lo sea la vuestra.
La reina se fue enfurruñada, y en adelante las prácticas astrológicas se limitaron a los asuntos ajenos al modo en que el rey disfrutara de la compañía de su esposa en la intimidad.
Una vez comprobados los límites de su influencia sobre el comportamiento del monarca, Alejandro, que ya se sentía un poco desanimado, volcó su atención en el acceso al castillo de personas no residentes en él, confiando en que el capitán de la guardia real se mostrara más dispuesto a colaborar; sin embargo, cuando fue en su busca, descubrió que el buen hombre había decidido marcharse de Windsor y volver junto a su familia, con la reticente aquiescencia del rey. En su lugar, Alejandro encontró a sir John Chandos, que había aceptado ocupar temporalmente la plaza de capitán.
–Me es grato veros en el cargo -dijo Alejandro-. No hay mayor placer que dar con un hombre razonable. He topado con mucha resistencia; apenas inicio mi tarea y ya me parece que todo son dificultades.
–Procuraré complaceros en lo posible, maese médico -contestó Chandos.
–No esperaba menos de vos, señor. Bien, pues lo que hay que hacer es lo siguiente: cerrar por completo el castillo e impedir el acceso de quien no se someta a una estricta cuarentena.
–¿De qué duración? – preguntó sir John.
–Creo que bastará con dos semanas.
–¿Y qué ocurre si se marcha alguien?
–Lo mismo.
–Entonces, ¿dónde harán maniobras los soldados del rey?
Alejandro miró alrededor.
–Aquí, supongo.
–¿En los patios? ¡No hay sitio!
–Por desgracia, sir John, tendrá que haberlo. Una vez cerrado el acceso al castillo, no se concederán permisos sin cuarentena, por muy breves que sean.
–¿Y qué hay de la reparación del armamento, y de los suministros para el cuartel?
–¿No puede disponerse con antelación? ¿Hay algún armero dispuesto a quedarse aquí todo este tiempo?
–Dispuesto o no, encontraré uno y lo convenceré -dijo Chandos.
Otro a quien la necesidad obliga a servir, pensó Alejandro, recordando su compromiso con el Papa.
–Ocupaos de todo lo necesario, sir John, y confiemos en la brevedad de nuestro confinamiento -dijo-. Dios mediante, no nos veremos retenidos demasiado tiempo.
A continuación se convocó a los trabajadores del castillo y se les expuso el plan de convertir Windsor en una unidad autosuficiente mientras durara la epidemia. Las protestas brotaron con rapidez y energía. Alejandro insistió en no dejar entrar en el castillo a guarnicioneros, fabricantes de arcos, sastres y artesanos en general; según él, había que deshacerse de las reservas de comida y cereales, incluidas las destinadas a los animales, y sustituirlas por nuevos suministros. Todos los armarios y contenedores debían ser vaciados y limpiados, listos para recibir su nuevo contenido en condiciones prístinas.
Cada uno de sus edictos suscitó protestas entre la multitud, pero, a base de paciencia y palabras escogidas con tiento, Alejandro logró convencer a los ocupantes de Windsor de que las severas restricciones que se les imponían los mantendrían a salvo de la peste. Reservó para el final el golpe de gracia:
–De hoy en adelante, todos los moradores del castillo se bañarán y cambiarán de ropa a diario. La ropa usada deberá lavarse de inmediato. Las lavanderas mantendrán caliente a todas horas un caldero de agua destinado a ese fin.
Un grito unánime surgió de boca de los residentes del castillo.
Alejandro impuso silencio con unas enérgicas palmadas, y dijo:
–¿Queréis sobrevivir a la peste? Sólo así podréis volver a vuestras costumbres higiénicas de antes, esas que tanto parecen gustaros. – La reacción se limitó a unos murmullos, carentes de la vehemencia de las objeciones anteriores-. Pues haced lo que os he dicho. Cuento con el apoyo de su majestad en todo lo referente al tema.
Mientras la multitud se dispersaba, sir John, que lo había estado viendo todo, dijo:
–Vais a ser un hombre impopular en el castillo.
Alejandro se encogió de hombros.
–Ya lo he sido otras veces, y mucho más; pero se les pasará el disgusto en cuanto vuelva a abrirse el portón y estén vivos para vivir un año más.
A medida que imponía sus regulaciones, Alejandro descubrió con asombro que cuanta más contundencia infundía en sus órdenes más dispuestos a la obedencia hallaba a sus pacientes, sobre todo los hijos del rey, cuya legendaria falta de respeto a la autoridad le pareció tener más vínculos con la verdad que con la leyenda; sin embargo, y según lo predicho por De Chauliac, la disposición casi jovial de la regia progenie no tardó en convertirse en un acatamiento teñido de rencor. Suspendida temporalmente la guerra con Francia, los jóvenes del castillo, con el Príncipe Negro como abanderado, soportaban cada vez peor su inactividad forzosa y pidieron permiso para sacar caballos y armamento a campo abierto, pretensión que el rey refrendó con el argumento de que preservar el potencial bélico equivalía en importancia a la lucha contra la peste. Alejandro se negó en redondo, e insistió en que los patios del castillo quedaran como único espacio para el perfeccionamiento de las habilidades guerreras.
A cada encuentro, el rey parecía contemplar con mayor desconfianza las intenciones de Alejandro, hasta el punto de que éste empezó a preguntarse si Eduardo lo tendría por un impostor en misión secreta, un agente del Papa que, haciéndose pasar por médico, se propusiera imponer restricciones encaminadas a adormecer la capacidad de ataque de las tropas inglesas cuando se reanudara la guerra con Francia, hecho que, según sabían todos, acabaría por producirse un día u otro. Las inquietudes del médico no tardaron en confirmarse, materializándose en una severa admonición del monarca.
–Maese médico, vuestras medidas empiezan a olerme a traición. Si veo en vuestras órdenes la influencia insidiosa del rey de Francia y la pretensión de menguar la fuerza de mi ejército, haré que os encadenen y os devuelvan a Su Santidad.
Alejandro, enfrentado a una nueva muestra de la desconfianza real y contrariado por su incapacidad de contrarrestarla con argumentos, sólo supo decir:
–Majestad, soy español, y ninguna lealtad me liga a Francia, así como tampoco dirige mis esfuerzos la influencia papal. Os ruego que creáis que mi único interés reside en hacer bien mi trabajo y llevarlo a buen puerto. La integridad de mis esfuerzos y mi único vínculo de lealtad se refieren a mi profesión.
Sus palabras parecieron aplacar al rey durante un tiempo, y volvió a reinar una paz relativa que duró hasta que, poco después, parte de los cortesanos pidió permiso a Alejandro para marcharse de Windsor y volver a sus dominios.
Alejandro contestó a su petición de la siguiente manera:
–La decisión no es mía, sino del rey. Lo único que depende de mí es cuanto concierne a vuestro regreso; si, después de marcharos, queréis volver, deberéis ser aislados durante un período de cuarentena, hasta que os considere en estado de convivir con los demás ocupantes del castillo.
Si contraéis la enfermedad fuera del recinto, es posible que la infección no se declare hasta bastante después de vuestro regreso; en efecto, he observado que siempre media un período de tiempo entre la aparición de los síntomas en dos víctimas sucesivas. El médico del Papa, que me transmitió personalmente sus conocimientos, opina que la enfermedad puede contagiarse incluso por la vista.
Alejandro evitó expresar su desacuerdo con dicha teoría. No estaba dispuesto a poner en peligro el éxito de su política de aislamiento del castillo descalificando las supersticiones que pudieran actuar a su favor.
A pesar de todo, hubo muchos que se decicieron a volver junto a sus familias, sin que el rey, que ya había permitido la partida del capitán de la guardia, pudiera evitar la pérdida de varios de sus mejores cortesanos y caballeros. Uno a uno, sus compañeros de armas fueron abandonando las comodidades y seguridad de Windsor para emprender el camino a sus respectivos feudos, ignorando, la mayor parte, qué encontrarían o llevarían a casa si tenían la suerte de llegar.
Así, con una corte menguada, fueron pasando los días, más tranquilos que nunca. Alejandro consideraba una suerte que los vastagos reales de más edad tuvieran séquito propio, ya que, de no ser así, su constante búsqueda de diversiones podría haberse convertido en un incordio. El príncipe Eduardo disponía de tres criados atentos a sus necesidades, amén de la compañía de sir John Chandos, que hacía bravos esfuerzos por entretener al
príncipe y sus jóvenes camaradas con prácticas de espada y clases de estrategia. El príncipe se las arreglaba para no aburrirse demasiado, aceptando su destino con estoicismo y soportándolo como el valiente guerrero en que, según decía, llegaría a convertirse. Las damas de compañía de la reina, acostumbradas a gozar del arte de poetas, juglares y narradores, mataban el tiempo bordando, y se encargaban ellas mismas por turnos del canto y la lectura. Se las oía a todas horas en sus aposentos, conversando con dulces voces y tentando las cuerdas de la lira. Alejandro oyó decir incluso que algunas se dedicaban a jugar a los dados, actividad poco habitual en las damas y que acaso explicara el repentino aumento de risas en el ala correspondiente del castillo.
En cambio, la princesa Isabel supuso todo un reto para Alejandro, que veía cuestionada a todas horas su autoridad y reglas sanitarias.
En prueba de ello, oyó una mañana que alguien llamaba a la puerta y, al abrirla, encontró a una niña que le solicitó presentarse de inmediato ante la princesa. La menuda y rubia damita se recogió las faldas y efectuó una diestra reverencia. Después intentó esconder bajo el tocado un rizo rebelde, y, viendo que se le resistía, ahogó una risita con la mano. Alejandro no tuvo más remedio que sonreír.
–¿Sí? – dijo.
La niña se mantuvo a la espera y acabó diciendo:
–¿No vais a responder a mi reverencia?
–Ah, sí -dijo Alejandro, ruborizándose-. Perdonadme. – Se inclinó profundamente ante la niña, y, advirtiendo en ella una mirada de censura, añadió-: Todavía no domino el arte de la reverencia. Os presento mis disculpas.
–Las acepto, y os doy las gracias por ellas -contestó la niña, sonriendo.
A continuación procuró adoptar una expresión más seria, en consonancia con la misión que le habían encomendado. Erguida en toda su estatura, dijo con voz firme pero aguda-: Mi señora se halla muy contrariada y de mal humor por las reconvenciones de la niñera.
La chiquilla aguardó la respuesta de Alejandro sin dejar de moverse.
–¿Y de qué modo espera vuestra señora que resuelva yo tan intolerable situación?
–Le gustaría que aclaraseis ciertos asuntos en presencia de la niñera, que se ha acogido a vuestros edictos para limitar las actividades de la
princesa.
Alejandro se sonrió del aplomo de la niña.
–¿Y qué opináis vos de la disputa?
La pequeña sonrió con picardía, dando motivos a Alejandro para sospechar que se proponía hacer pasar alguna revelación maliciosa bajo el disfraz de opinión.
–Lo que yo opine no tiene importancia, dada mi edad y sexo -dijo-, pero no os ocultaré que aprecio en la niñera constantes esfuerzos por mantener a mi hermana en la cuna. Quiere que Isabel siga siendo niña toda la vida.
¡Aja, su hermana!, pensó Alejandro, intrigado por la chiquilla.
–¿Y qué edad tiene vuestra hermana, visto que ha adquirido saber suficiente para gobernarse ella misma?
–Dieciséis años -contestó la niña con seguridad-. Mi hermana ya se ha prometido dos veces, y es cabeza de su propia casa.
–Es mucho para tan tierna edad. No me extraña veros tan orgullosa de su independencia.
La niña había cobrado confianza, y dirigió al médico una expresión radiante de alegría, satisfecha por el éxito con que había transmitido el mensaje.
–Debemos darnos prisa -dijo, tendiendo la mano a Alejandro-; si no, Isabel se enfadará conmigo por retrasar vuestra llegada. No suele gustarle que la hagan esperar.
Alejandro tomó la mano de la niña y volvió a soltarla.
–Vayamos, pues, a satisfacer las necesidades de su alteza.
Al acercarse a los aposentos de Isabel, Alejandro oyó los gritos estridentes de una joven en pleno berrinche, acompañados por un ruido de objetos estrellándose contra el suelo y las paredes. La voz de una mujer de más edad se sobreponía de vez en cuando al barullo. Cuando llegaron frente a la puerta, la niña hizo detenerse a Alejandro con un gesto de la mano y, llevándose el índice a los labios, le impuso silencio.
–Haced el favor de esperar aquí, señor -dijo en voz baja-. Anunciaré vuestra llegada a la princesa.
La espera fue tan larga que dio ocasión a Alejandro de contar todas y cada una de las piedras de la pared, y grabar en la memoria el dibujo de las baldosas del suelo. Sentado en un banco más bien incómodo a las puertas de la antecámara de la princesa, escuchó el ir y venir de los criados y
especuló sobre el alboroto que la rebelde Isabel había provocado de modo tan manifiesto al oído. La niña reapareció con una nueva reverencia, y Alejandro tuvo la cortesía de levantarse y saludarla con una ligera inclinación.
–¿Deseáis sentaros, princesa?
–Gracias, señor, pero en estos momentos prefiero no hacerlo: mi señora nos espera. Y permitid que os corrija: no soy princesa. Me llamo Catalina, y los miembros de nuestra casa me llaman Kate.
–Siendo así, ¿me concederíais el honor de dirigirme a vos con ese nombre?
La pequeña expresó con una risa infantil lo mucho que la divertía el encargo de Isabel, que le daba ocasión de comportarse como una adulta.
–El honor es mío, señor; y ahora, entremos en los aposentos de la princesa antes de que la impaciencia la haga ponerlo todo otra vez patas arriba.
Kate abrió la puerta y dejó pasar a Alejandro a la antecámara, habitación grande, llena de luz y reveladora del gusto más exquisito. Los colores y diseños de las alfombras y tapices comunicaban enseguida la condición de mujer de su ocupante. Alejandro había pasado delante de la puerta en más de una ocasión, pero era la primera vez que entraba, y lo miró todo con cara de niño sorprendido.
–¿Admiráis el gusto con que escojo los muebles, doctor Hernández?
La voz cristalina de la princesa, llegada del fondo de la habitación, cogió desprevenido a Alejandro, que giró sobre sus talones y se dispuso a saludarla con una reverencia. Después de la primera noche en Windsor, en que había estado a punto de volcar la mesa, Alejandro había practicado innumerables veces el arte de inclinarse con elegancia, confiando en perfeccionar una técnica que le era ajena y ahorrarse episodios vergonzosos.
Con Kate le había ido mejor; Isabel, en cambio, se llevó una impresión tan mala como la primera vez, ya que el médico, anonadado, interrumpió a medias la reverencia al ver a la joven que acompañaba a la princesa.
Durante la cena de bienvenida había estado sentada muy lejos de él, y la escasa iluminación le había impedido ver sus facciones con claridad. De lo que se acordaba muy bien era de su cabello.
Alejandro ya había visto otras veces un tono de cobre bruñido como aquél, pero nunca en alguien de piel tan clara, casi traslúcida. La joven,
pequeña, de ojos grandes y aspecto frágil, se había colocado ligeramente por detrás de la alta y esbelta princesa; llevaba un vestido rosa con flores blancas bordadas, y parecía algo mayor que su señora, con la que tenía en común el porte propio de la nobleza, sin compartir su imperiosidad.
Rodeaba su cuello un collar de cuentecillas de oro del que pendía una cruz de oro con un rubí en el centro. Permanecía inmóvil y mirando al suelo, como si hubiera quedado hipnotizada por el intrincado diseño y vistosos colores de la alfombra. Isabel, distante y correcta, esperó pacientemente a que Alejandro se rehiciera de la impresión, pero, evitando las presentaciones de rigor, miró directamente al médico; éste, boquiabierto, se mostraba incapaz de quitar ojo a su acompañante.
–¡Doctor Hernández! ¿Os encontráis bien? – dijo Isabel, ligeramente irritada-. ¿Queréis que hagamos como si vos fuerais la princesa y yo el médico?
Alejandro consiguió zafarse del embrujo de la joven y contestar a su señora.
–Perdón, alteza. La belleza que contiene esta habitación me ha tenido absorto durante unos instantes.
El comentario, audaz pero cortés, salió espontáneamente de su boca, quedando el propio Alejandro sorprendido por su atrevimiento.
La dama de cabellos cobrizos que acompañaba a Isabel se quedó de piedra, y cubrió con su mano lo que Alejandro tomó por una sonrisa. El médico hizo el esfuerzo de dejar de mirar su rostro encantador y fijarse en Isabel.
–Tengo entendido que me habéis hecho llamar. ¿En qué puedo serviros?
–Pues, ya que os habéis decidido a preguntármelo, el mejor servicio que podéis prestarme es darme permiso para ver a mis sastres y joyeros. Vuestro plan de confinamiento me ha obligado a arreglármelas con ropa que habría preferido tirar, y además, esa absurda manía de lavarla constantemente la ha estropeado. Necesito urgentemente a mi sastre para realizar mejoras en mi vestuario. Estoy segura de que no os opondréis a que le mande venir.
El tono condescendiente y modales desdeñosos de la joven, su altivez, correspondían exactamente a las descripciones, pero ni las advertencias de De Chauliac habían preparado a Alejandro para semejante grado de mordacidad. Cuidado con ofenderla, pensó. Deseó con fervor haber recibido clases de diplomacia por parte de De Chauliac, además de las de
medicina. Le habría complacido mucho poder decir: «Echad dos gotas de esta pócima vegetal en el vino, alteza, y no tardará en curárseos la arrogancia.» Intuía, sin embargo, que el consejo no habría sido bien recibido.
–¿No cabría la posibilidad de que las prendas fueran depositadas en el exterior según lo prescrito, y llevadas después a vuestra presencia para que las inspeccionaseis? Estoy seguro de que no pasarían de moda en tan poco tiempo.
Alejandro lamentó inmediatamente lo irónico del comentario, en cuanto vio que todas las damas presentes en la sala contenían la respiración en espera de una nueva pataleta. La acompañante de Isabel volvió la cabeza sin dejar de taparse la boca con la mano, y esta vez Alejandro tuvo la certeza de que se aguantaba la risa. Echó una mirada furtiva por toda la habitación, buscando desesperadamente un aliado en aquella lucha de ingenio, pero no vio a nadie dispuesto a prestarle apoyo.
Sorprendentemente, la princesa no dio rienda suelta a su furor.
Haciendo un esfuerzo manifiesto por contenerse en presencia de tantos testigos, miró a Alejandro de hito en hito y, erguida la cabeza en un gesto de superioridad, asestó con calma lo que Alejandro temió fuera un golpe mortal.
–Comentaré a mi padre el incidente. – Acto seguido dio media vuelta y miró a su acompañante, la joven del cabello cobrizo-. Ven, Adele; nos retiraremos al salón -ordenó, saliendo la primera de la antecámara.
La dama pelirroja acabó por alzar la vista y concentrarla en Alejandro, cuya mirada sostuvo con pareja intensidad; sin embargo, lo que se leía en los ojos de la joven no era tanto temor como una chispa de alegría. Después se apresuró a ir en pos de su señora, que se alejaba resueltamente del médico. Antes de desaparecer en la intimidad del salón de Isabel, volvió por última vez la cabeza.
Tenía los ojos verdes. Alejandro se había quedado sin habla.
Kate acompañó al médico de vuelta a sus aposentos, entreteniéndolo con su alegre conversación.
–A mi hermana le gusta casi tanto que su sastre esté pendiente de ella como llevar la ropa que le hace. No se contentará con que le envíen los nuevos modelos. La niñera sospecha que el sastre sólo trae artículos sencillos pero que se puedan adornar, dando pie a que Isabel gaste una parte
aún mayor de su asignación en bordados y botones de fantasía; según la niñera, si del sastre dependiera se los pondría de hueso o de barro cocido, reduciendo el coste de la prenda. Isabel siempre escoge el oro y la plata más finos, y los beneficios del sastre crecen sin ningún esfuerzo por su parte.
Isabel está tan encantada con el trabajo de ese hombre que ni se da cuenta de cuándo le cobra demasiado.
La niña rió con alborozo de la escandalosa revelación que acababa de hacer, como si se tratara de un secreto muy bien guardado.
–¿Y qué opina vuestra madre de tanto derroche?
Las vacilaciones de Kate demoraron su respuesta.
–Mi madre -contestó al cabo- no pertenece a esta casa, y lo que le parezcan los asuntos de Isabel es todavía menos importante que lo que piense yo. Vive en Londres, y casi nunca oye los rumores que corren sobre la familia real. Cuando voy a visitarla le explico las intrigas de corte lo mejor que puedo, pero no siempre estoy al tanto de lo más interesante. Todo lo que mi padre juzga inadecuado para los oídos de una doncella se me oculta.
De modo que esta niña tiene el mismo padre que Isabel, pensó Alejandro, y le resulta doloroso hablar de su madre. Decidió dejar sus pesquisas para otra ocasión.
Kate, ajena a sus cavilaciones, le preguntó:
–¿Os gusta el ajedrez?
–Nunca he jugado, pero imagino que si supiera me gustaría.
–¿Queréis que os enseñe? – dijo la niña con entusiasmo.
–Me complacería sumamente aprender de tan encantadora maestra un arte tan valioso -contestó Alejandro.
–¡Estupendo! Entonces os espero en el salón de las damas después de comer. Me alegrará tener un nuevo contrincante; ninguna de las damas de compañía de mi hermana está a mi altura, y ya estoy cansada de dejarlas ganar.
–Adele, la dama de honor de vuestra hermana ¿juega con vos? –
preguntó Alejandro.
–Sí, pero no le interesa mucho, y como jugador no pasa de mediana.
Creo que prefiere leer o bordar, y todo su tiempo suele estar monopolizado por Isabel. Confío en que no tardéis en superarla, aun siendo un principiante.
Alejandro se echó a reír.
–No os hagáis demasiadas ilusiones, Kate; lo único que sé del ajedrez es lo que he observado desde que estoy en Windsor. Si esperáis que os plante cara de inmediato os llevaréis una gran decepción.
–Ah, monsieur -concluyó la chiquilla-, en lo que concierne al futuro inmediato, restringiré mis expectativas al mínimo, pero esta noche sabré si debo albergar esperanzas. Mi madre dice que siempre hay que estar preparado para lo que menos se espera.
Se separaron tras intercambiar las reverencias y cortesías de rigor.
Cuando no hacía ni una hora que Kate se había marchado, Alejandro recibió la visita de sir John Chandos, en quien, bajo una apariencia algo adusta, había descubierto a un amigo atento y servicial.
–No os envidio, señor -dijo Chandos-. Isabel se ha pasado casi una hora importunando al rey para convencerlo de que vuestros métodos son desacertados y no deben tolerarse. Quiere haceros volver a Aviñón de inmediato.
Alejandro pensó que a esas alturas, por lo que se sabía en Inglaterra, cabía la posibilidad de que en Aviñón no quedara nadie vivo. Lamentó tener tan poco conocimiento de las intrigas entre el Papa y el enérgico rey Eduardo, y del modo en que podían afectarlo a él.
Sabía, en todo caso, que el rey de Francia, cuyos derechos al trono reclamaba Eduardo para sí, estaba mucho más influido por el papa Clemente que su impío primo inglés, según le habían contado durante el viaje a Inglaterra. El capitán de su escolta estaba al corriente de muchas intrigas palaciegas, y poco más podía hacerse en las largas noches de acampada junto al fuego que narrar historias largas y llenas de detalles descriptivos, historias que sin duda ganaban en lustre cuantas más veces se contaban.
¡Cómo le habrían gustado a Hernández esas acampadas!, pensó Alejandro, a quien, sin embargo, tales ocasiones habían puesto más de una vez en un brete, obligándolo a recurrir a su agilidad mental para idear una historia supuestamente vivida que no delatara su verdadera identidad. Sus esfuerzos se habían traducido en fabulaciones cuyo poder de inventiva solía asombrarlo a él mismo cuando le llegaba el turno de hablar. El capitán se había explayado sobre la década larga de guerra con los ingleses, guerra que
había tenido que interrumpirse por la peste, más mortífera que las más cruentas batallas.
Alejandro emergió de sus cavilaciones para dar a sir John una respuesta prudente.
–Me he dado cuenta de que la princesa es una mujer de gran vivacidad.
Este confinamiento parece pesarle tanto como el que mi maestro imponía al Papa.
Sir John se echó a reír.
–La conozco desde que era pequeña, y todo en ella revela la excesiva permisividad de su padre. El rey no tiene reparos en admitir que ha mimado a sus hijos, sobre todo a Isabel. Su progenie se queja a menudo del trato de favor que dispensa Eduardo a su hija; lo dice incluso mi señor el príncipe de Gales, heredero del trono de su padre.
Alentado por el tono informal con que sir John hablaba de los miembros de la familia del monarca, Alejandro decidió preguntar sobre Kate.
–He conocido a una chiquilla encantadora que se refiere a la princesa como su hermana, y trata al rey de padre. ¿Podríais decirme qué posición ocupa?
El maduro caballero sonrió.
–Una niña extraordinaria, ¿no os parece?
–Sí-contestó Alejandro-, y provista de una agilidad mental sorprendente.
–Es hija del rey y de una de las antiguas damas de honor de la reina, casada con un hombre que había servido al rey en Francia pero que murió en una batalla mientras Eduardo atendía otros asuntos aquí en Windsor. El rey desarrolló una admiración «cortés» bastante intensa por la dama, quien, según los rumores, empezó por resistírsele pero acabó cediendo antes de recibir la noticia de la muerte de su marido. Se dice que quería proteger la posición de su esposo en la corte del rey.
»Poco menos de un año antes de que su marido partiera a Francia, la dama dio a luz a Catalina. Su esposo ya no volvió. La fascinación de Eduardo por ella era cosa sabida en la casa real, y pocos dudaron de que Kate fuera hija suya, máxime habiendo nacido con la inconfundible marca de los Plantagenet. La reina, como es lógico, reaccionó con rabia al hecho de que el rey exhibiera su infidelidad en sus propias narices. Se vengó de Eduardo obligando a su amada a volver a Londres, donde residía su familia;
en cuanto a la dama, su castigo consistió en perder a su hija, la cual, por orden de la reina, ha crecido en los aposentos de Isabel bajo la supervisión de la niñera, en calidad de dama de honor de la princesa.
Alejandro estaba escandalizado.
–¿Y la reina no se compadeció de que la pobre mujer también hubiera perdido a su esposo? Me parece Un castigo extremadamente cruel.
Sir John se encogió de hombros y suspiró.
–En los temas que la costumbre pone bajo jurisdicción del rey, la reina no tiene ningún poder; en cambio, goza de plena potestad para gobernar sus asuntos domésticos sin aprobación del monarca. De hecho, no era la primera indiscreción que cometía el rey; años atrás se había enamorado de la mujer de uno de sus partidarios más leales, el duque de Salisbury, mientras también el duque se hallaba fuera de sus dominios sirviendo al rey.
No lo culpo -dijo Chandos-; me acuerdo muy bien de la dama: en ausencia de su marido, defendió su castillo de los invasores escoceses durante más de un mes. Cuando el rey acudió en su ayuda, ella lo recibió con sus mejores galas y una expresión victoriosa que le iluminaba el rostro. Huelga decir que su majestad se quedó atónito. ¿Qué hombre permanecería impasible ante una mujer así?
Alejandro habría querido decir: «¿Y qué rey tomaría a la mujer de uno de sus partidarios cuando esa mujer le ha defendido la frontera?» En lugar de ello dijo:
–Noble mujer, por lo que decís.
–Magnífica, en efecto -dijo sir John-. Pues bien, se produjo un escándalo mayúsculo del que todo el mundo parecía tener conocimiento, y, al cabo, Salisbury no tuvo más remedio que deshacerse de sus propiedades y salir del país. Según dicen, la condesa nunca se ha sobrepuesto a la vergüenza, y añora constantemente su vida anterior. Como Eduardo no estaba dispuesto a verse implicado en otro escándalo como ése, permitió que Felipa arreglara lo de Kate a su capricho.
–¡Y eso que dan la impresión de ser una pareja muy unida, y de admirarse mutuamente! – se extrañó el médico.
–Es cierto que están muy unidos. Fue un matrimonio de elección por ambas partes, cosa rara entre la realeza.
–Pero ¿es posible que un incidente así no empañe el afecto que sienten uno y otra?
Sir John meditó su respuesta.
–Cuando uno se obsesiona por lo malo del pasado, tiene mucho que perder y poco que ganar. Intuyo que tanto él como ella tienen el deseo y la capacidad de perdonar al otro, y lo hacen con frecuencia. De todos modos, es curioso que hayáis hecho caso a Kate; de todos es sabido que habla hasta con las paredes.
No tiene nada de curioso, pensó Alejandro. A veces me siento tan solo que preguntaría al gato por sus últimas adquisiciones de ratas muertas si creyera tener posibilidades de que me contestara.
Llegaron a la entrada del salón principal, y el centinela los anunció al rey. Eduardo les hizo señas de que se acercaran, y Alejandro advirtió, consternado, que tenía a su hija sentada junto a él. Le puso de mal humor tener que convencer al rey de que las peticiones de la princesa eran poco oportunas, hallándose ella presente.
En cuanto sir John se hubo marchado, el monarca se volvió hacia Alejandro y empezó a hacer preguntas acerca del problema que había surgido por la mañana.
–Doctor Hernández -dijo, pronunciando con detenimiento-, mi hija me ha informado de ciertas disensiones en torno al acceso al castillo de su sastre. Quisiera conocer vuestra opinión respecto al tema.
Alejandro carraspeó con nerviosismo.
–Majestad, cuando se trata de introducir en el castillo al agente causal de la peste, sea cual sea, un sastre es igual que un panadero o un herrero.
Según he dicho ya con absoluta claridad, creo que basta un enfermo para contagiar al castillo entero, y debemos mantenernos en guardia a todas horas contra la introducción involuntaria de la pestilencia en el refugio seguro en que hemos conseguido convertir este lugar a costa de nuestra libertad.
Isabel tenía la respuesta preparada, y, en cuanto empezó a hablar, Alejandro comprendió que ya había consultado a su padre y delimitado el alcance de sus expectativas, ya que su propuesta fue sorprendentemente mesurada.
–Doctor Hernández, os propongo llegar a un acuerdo. ¿No podríamos someterlo a él y sus mercancías a cuarentena dentro del castillo, hasta tener la certeza de que no están infectados? Es una posibilidad a la que habéis aludido anteriormente. – Se levantó de la silla y empezó a pasear por la sala
retorciéndose las manos-. Si, pasado un período de pongamos seis o siete días, el sastre no da señales de estar enfermo, ¿no tendríamos derecho a juzgarlo inofensivo?
–Por desgracia, princesa, no estoy en situación de aseverarlo. Lo cierto es que no existe medio alguno de estar seguros de que no pueda contagiaros a vos, o a cualquier otra persona del castillo; por lo demás, proponéis un lapso de tiempo exageradamente corto.
Isabel miró a su padre con expresión suplicante, dirigiéndole una muda petición de ayuda. No se parecía en nada a la terca arpía que se había enfrentado con Alejandro por la mañana; volvía a ser tan encantadora e inocente como en su primer encuentro, y Alejandro entendió que su padre la adorara sin disimulos.
La mirada implorante de la princesa no cayó en saco roto. El rey se dirigió a su médico en los siguientes términos:
–La propuesta de Isabel no me parece del todo errada; además, preferiría no verla sufrir. Quizá podamos llegar a un arreglo beneficioso.
¿Sufrir? ¿Por falta de sastre?, pensó Alejandro con incredulidad, recordando a los niños andrajosos y sin hogar que había visto por las calles de Aviñón, sin ningún pariente vivo que pudiera velar por ellos. Le indignaba que aquella mujer, por muy princesa que fuera, no se diera cuenta de ser increíblemente afortunada, y esa indignación le dio fuerzas para resistir.
–Mi señor, debo recordaros que atenuar mis restricciones no nos reportará beneficio alguno; lo único que hará es abrir las puertas a una posible tragedia que no redundará en provecho de nadie, y menos de vuestra hija, quien tiene derecho a esperar una vida larga y próspera, y sin duda un brillante matrimonio. – Vio que Isabel se estremecía al oír hablar de matrimonio. Eso es, que se avergüence, pensó; le conviene pasarlo mal, aunque sea unos segundos-. En nada la ayudaré a sobrevivir si permito la entrada en el recinto de posibles portadores de la infección. Recordad, os lo ruego, que en el tiempo que llevo a vuestro servicio no hemos perdido a ningún habitante del castillo, a pesar de las constantes bajas a que se ve sometida la población que vive fuera de él. No cabe duda de que mis restricciones están surtiendo el efecto deseado. Si relajamos la vigilancia y dejamos que entre la enfermedad, no podré curarla; en cambio, creo que sí puedo impedir su aparición.
Pero el rey, cansado de oír las gemebundas súplicas de su hija y las quejas constantes de los servidores de Isabel, acabó por ceder y ordenó abrir las puertas al sastre.
–Haced cuanto sea necesario para salvaguardar la seguridad del castillo
-dijo a Alejandro; y, volviéndose a Isabel, añadió-: Ni una palabra más sobre el asunto. La cuarentena del sastre durará cuanto juzgue conveniente el doctor Hernández.
Alejandro tuvo que repetir su inspección del complejo, en busca de un lugar adecuado para poner en cuarentena al nuevo visitante. Después de muchas dudas, se decidió por una capilla pequeña y poco concurrida que se hallaba en el ala este del recinto inferior, dotada de abundantes ventanas que le permitirían vigilar de cerca al ocupante sin entrar en contacto con él.
Sometidos a interrogatorio los guardias que quedaban en el castillo, se encontró a uno diestro en el manejo de las herramientas, y su labor, tosca pero eficaz, permitió colocar barras de madera en ventanas y puertas.
A medida que avanzaban los preparativos, la princesa convocó varias veces a Alejandro a sus aposentos con el propósito de sondearlo acerca del confinamiento del sastre, cuya duración intentaba acortar en cada entrevista.
Aunque Alejandro siempre se alegraba de que le dieran la oportunidad de volver a ver a la huidiza Adele, empezó a cansarse de las diatribas de su señora, hasta que un día le espetó:
–Princesa, he resuelto que el período de confinamiento dure seis meses.
No hay otra forma de estar seguros de que la enfermedad no entre en el castillo.
Lo impertinente de la observación hizo que la princesa se pusiera pálida de ira.
–¿Cómo os atrevéis a jugar conmigo, monsieur? ¿Habéis olvidado quién soy?
–En absoluto, mi señora -replicó Alejandro-. Sois mi paciente, y acataréis las normas con que velo por vuestra salud. Ahora bien, como no deseo prolongar vuestra ansiedad, quizá podamos llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos, como hicimos en pasadas negociaciones.
–Exponed vuestra propuesta -dijo Isabel con cautela.
–Propongo limitar la cuarentena a dos semanas, a cambio de que vuestro comportamiento se atenga a mis normas sin negociaciones ni objeciones por vuestra parte durante los seis meses que debía durar en
principio la cuarentena del sastre. Y quiera Dios que no se prolongue tanto nuestro aislamiento.
Isabel reiteró sus protestas, denunciando con energía las «intolerables»
condiciones del trato propuesto por Alejandro. Éste le recordó que el rey le había dado plenos poderes para aislar al sastre cuanto tiempo quisiera, y la princesa acabó por transigir.
–Traed a una de vuestras damas de honor, y yo llamaré a sir John para que haya testigos de nuestro acuerdo.
Isabel salió disparada hacia sus aposentos privados para esperar la llegada de sir John, murmurando y quejándose todo el rato en una exhibición de malos modales que a Alejandro le pareció muy poco principesca.
La niñera de Isabel lo había presenciado todo con malévola satisfacción, contenta de que al fin alguien hubiera sido capaz de sojuzgar a la impertinente princesa, y deseando para sus adentros poder vengarse también ella del cúmulo de vejaciones que había tenido que soportar en sus largos años de servicio. Alejandro interrumpió su regocijo pidiéndole que enviara a Kate en busca de sir John. La niñera se retiró, dejando solo a Alejandro en el suntuoso salón.
El médico oyó casi de inmediato que alguien abría una puerta, y, cuando advirtió que se trataba de Adele, el corazón le dio un brinco.
La joven, menuda y delicada, caminaba con pasos tan livianos que daba la impresión de estar flotando hacia él, seguida por un suave crujir de faldas; con su vestido claro, parecía una figurilla de porcelana. De su toca ceñida colgaba un vaporoso velo, que, al detenerse su dueña frente a Alejandro, se posó suavemente alrededor de sus hombros. Algunos mechones cobrizos se escapaban de la toca, partes de su esplendorosa cabellera, que Alejandro habría querido ver en todo su esplendor. La joven sonrió con dulzura, y la mirada de Alejandro se engolfó en un mar de belleza.
Se imaginó rodeándola por la cintura y atrayéndola hacia sí, al tiempo que con la otra mano la despojaba del velo y la toca, dejando que las maravillosas trenzas cayeran libremente por la curva de su espalda; absorto en su fantasía, se vio a sí mismo cogiendo a manos llenas el sedoso cúmulo de rizos y llevándoselo a la cara sin reparos para embriagarse con su aroma.
La realidad fue muy distinta: Alejandro se puso en pie con presteza y saludó
a Adele con una cortés inclinación. Ella correspondió al respetuoso saludo con una reverencia no menos gentil, y, para sorpresa del médico, le tendió la mano. Alejandro la tomó sin pensar e imprimió en ella un beso prolongado, sin apartar la vista ni un segundo de los ojos verdes de la dama. Ésta no protestó ni retiró la mano. Por fin, incapaz de seguir aguantando el enloquecido latir de su corazón, y temeroso de que estallara y lo privara de nuevas alegrías, Alejandro hizo descender la mano de la joven y acabó soltándola con infinito pesar.
¿Qué fuerza extraña y fascinante hace correr la sangre cual relámpago por mis venas? He visto a esta dama en pocas ocasiones, nunca he hablado con ella en privado, y aun así me veo prisionero de sus encantos. Alejandro se esforzó por mantener la compostura, y, no sabiendo qué hacer, se quedó callado, convencido de que cualquier palabra que saliera de su boca competiría en aspereza con el croar de una rana. Se había quedado sin saliva.
–Buenos días, doctor Hernández -dijo la joven.
¿Y por qué, se lamentó Alejandro, le habrá dado Dios una voz de ángel con que cautivarme todavía más?
La voz celestial siguió hablando.
–Soy Adele de Throxwood, dama de compañía y confidente de la princesa Isabel. Me ha pedido que actúe de testigo en un trato que ha de cerrarse entre ella y vos, y obedezco con sumo placer.
Alejandro acabó por recuperar la voz y, después de dar las gracias a Adele, dijo:
–También estará presente sir John.
Sólo entonces le cayó encima todo el peso de su desasosiego, dejándolo sin habla. Nunca había besado a una mujer, ni siquiera en la mano, y, según las costumbres de su pueblo, siempre había dado por supuesto que la primera mujer a quien tocara sería su esposa. ¿Qué habría dicho aquella dama tan elegante en caso de descubrir su verdadera identidad? ¿Se habría apartado de él con asco, horrorizada por tan pérfida impostura?
¡Qué acomodaticio se había vuelto en el poco tiempo que llevaba lejos de sus iguales! ¡Con qué facilidad había sabido olvidar su pasado y acostumbrarse a una vida de privilegios, reinventándose a sí mismo según lo exigieran las circunstancias! La línea divisoria entre cristianos y judíos era clara, y pocos se atrevían a atravesarla. Alejandro era consciente de que
tratar de amores con una dama cristiana de alta cuna era del todo inconcebible. Le estremecía pensar en el castigo a que lo habría sometido el señor legítimo de la joven, que en el caso de Adele era el propio rey Eduardo, puesto que Adele vivía en casa de su hija.
Debe de tomarme por un miembro de la nobleza española, puesto que no ve inconveniente en coquetear conmigo. No se da cuenta de que somos de condición despareja. Señor, ¿por qué me has permitido llegar tan lejos sano y salvo, sólo para acabar atormentándome con algo que se halla fuera de mi alcance?
Adele tomó asiento en un banco acolchado e hizo señas a Alejandro de que se uniera a ella, petición que fue obedecida de inmediato. Una vez juntos en el banco, Adele se inclinó hacia el médico.
–Mi señora se queja a todas horas de que coartáis su libertad -le confió-, como si fuera la única que soporta el peso del confinamiento.
La joven había tenido la astucia de centrar la conversación en un tema del que Alejandro podía hablar sin ponerse nervioso.
–No conozco otro modo de garantizar vuestra integridad. Mi maestro ha conseguido mantener con vida al Papa mientras más de la mitad de los habitantes de Aviñón morían alrededor de él. Su éxito sólo puede atribuirse a la estrecha vigilancia a que ha sometido los hábitos diarios de Su Santidad. Según lo que se rumoreaba en el palacio de Aviñón, las quejas del Papa habrían dejado cortas a las de vuestra señora.
–Me cuesta imaginarlo, porque los incesantes lamentos de Isabel la han vuelto poco menos que insoportable. ¡Con lo agradable que puede llegar a ser en tiempos mejores! Adoro lo vivaz de su compañía, pero está llevando muy mal la situación, y la encuentro huraña en extremo. – Suspiró y bajó la vista con pesar-. Echo de menos su alegría, y espero con ansia el momento en que nuestras actividades dejen de verse constreñidas.
–Yo también, lady Throxwood.
Kate entró en la antecámara por la puerta que daba al pasillo, seguida por sir John. Intercambiados los saludos y reverencias de rigor, Kate salió por otra puerta y Adele pidió permiso para anunciar a Isabel la llegada de sir John. Éste observó el entusiasmo con que Alejandro miraba alejarse a la dama, así como la tristeza que se apoderaba de sus ojos al verla desaparecer por la puerta de Isabel.
El comentario de sir John tomó a Alejandro por sorpresa:
–Hermosa dama, ¿no es así?
El médico no se había dado cuenta de que sus sentimientos estuvieran tan a la vista de todos. Carecía de experiencia en el terreno del amor; su pasión repentina por Adele era algo nuevo para él, y la reservaba para la intimidad. No se le ocurrió cómo contestar a la pregunta de sir John sin delatarse. Hasta entonces se le había pasado por alto la posibilidad de que otros hombres pudieran encontrar atractiva a Adele, y la sorpresa de caer en la cuenta suscitó en él una mezcla de celos y perplejidad que, traducida en rubor, hizo reír a sir John.
–No os dé vergüenza, amigo mío; y no temáis, no albergo pretensiones respecto a la dama.
Alejandro, cuyo alivio saltaba a la vista, seguía sin saber qué decir. Al cabo, y temiendo una respuesta contraria a sus deseos, preguntó:
–¿Tiene algún pretendiente, o está comprometida?
Sir John disipó sus temores.
–La princesa aprecia mucho la compañía de lady Throxwood, y ha prometido mantenerla mientras siga a su servicio. Su padre murió en Francia, y su madre cayó víctima de la peste; por lo tanto, a falta de familiares, su matrimonio depende del rey. Ya habéis podido comprobar que Eduardo no es muy amigo de contrariar a su hija; de ahí que nadie haya pedido todavía la mano de Adele.
Sir John siguió adelante, enumerando con satisfacción los encantos de la dama.
–La conozco desde niña, como pariente lejana que es, y aplaudo vuestra sensibilidad a sus notables cualidades. Hay que destacar la paciencia con que trata a su señora, cuyo carácter tempestuoso ha llevado a más de una a la desesperación. Quizá eso explique la sincera admiración que siente Isabel por ella. Parece ser la única capaz de sacar a flote los aspectos positivos de la princesa. – Dirigió a Alejandro una sonrisa cómplice-. Pero basta de discursos. Ya conocéis lo mejor de ella, y, por el modo en que la miráis, sospecho que vuestros embelesados oídos se mostrarían sordos a cualquier chismorreo de mala ley que pudiera sacar a colación acerca de la dama.
La respuesta de Alejandro tardó en llegar, y estaba cargada de dudas.
–Temo que me halle carente de práctica en las artes del amor. He dedicado todo mi tiempo a mi profesión, y tengo poca experiencia en cuestión de mujeres. Nunca hasta ahora había encontrado a una cuyas
virtudes pudieran contrapesar mi absorbente vocación. Es un estado de ánimo que llena de desconcierto a un inocente como yo.
–Mantener una inocencia total en este castillo es tarea más que ardua.
–No es la primera vez que os lo oigo decir -observó Alejandro, recordando el relato de la llegada de Kate a Windsor.
Y, como en tantas otras ocasiones, se descubrió a sí mismo tenso y expectante, aturdido por el esfuerzo constante de tener que descifrar un idioma gutural y entender las desconcertantes costumbres de los ingleses.
Alejandro, plenamente consciente de las diferencias que lo separaban de ellos, se refugió en sus pensamientos, reviviendo los tiempos en que vivía tranquilo y a salvo en su hogar de Alcañiz. Nunca llegaré a ser como ellos, pensó. Pertenecemos a mundos distintos.
De pronto vio que tenía delante a Isabel y Adele, y se preguntó cuánto tiempo llevarían aguardando a que saliera de su trance. Viendo que por fin había captado su atención, Isabel lo miró a los ojos con lo que distaba poco de ser una expresión de desafío, y dijo:
–Sir John y lady Throxwood serán testigos de nuestro acuerdo, y de vuestra promesa de que la cuarentena de mi sastre quedará limitada a dos semanas. Por favor, repetid el trato que hemos cerrado antes.
El médico volvió a formular los términos, e Isabel preguntó a los testigos cómo los interpretaban. Al cabo, convencida de haber obtenido un acuerdo sin fisuras, se volvió hacia sir John para darle instrucciones precisas.
–Escoged a un jinete veloz, el que tenga más posibilidades de éxito, y ordenadle que se prepare para ponerse a mi servicio. En breve enviaré a lady Throxwood con más instrucciones.
Chandos se despidió con una inclinación de la cabeza. Isabel se volvió hacia Adele.
–Dirígete enseguida a la entrada del castillo en compañía del doctor Hernández. Ordenarás al jinete escogido por sir John que parta de inmediato en busca del sastre James Reed. Pídele que describa con precisión las condiciones del servicio que solicito a maese Reed. En caso de que éste vacilare en acudir a mi lado a causa de la cuarentena, da instrucciones al jinete de que recuerde al sastre el considerable valor que supone ser proveedor mío en todo momento. – Miró a Alejandro-. Doy por hecho que os ocuparéis de que maese Reed goce de todas las comodidades