La plaga

Ann Benson · Capítulo 23 de 40

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La plaga

Diecinueve

Probablemente la mano que habían guardado en la bolsa de plástico albergara millones de microbios de la misma clase, y supurara toxinas biológicas a medida que las minúsculas criaturas cumplían su estricto ciclo vital, dividiéndose exponencialmente y, cuando no quedaba nada más que devorar, engrosando la masa ponzoñosa de microbios muertos.

Janie aplicó el mismo aumento al trozo de camisón y corrigió el enfoque. Al principio no encontró nada. Empezó a albergar esperanzas de que no hiciera falta llamar a la policía biológica; por otro lado, la ausencia de microbios reforzaba la hipótesis del comportamiento criminal de Caroline…

No podía quedarse con la duda. Siguió sometiendo la tela al escrutinio del microscopio, viéndola desfilar bajo sus ojos con torturante incertidumbre. No sabía muy bien qué preferir. En realidad, lo que quería era tiempo, tiempo para reflexionar más a fondo sobre la situación y buscar a Caroline por sus propios medios. En apoyo de esa posibilidad, pasaron unos minutos sin que se viera más que un campo de fibras de algodón inmaculadas. De pronto aparecieron unas pocas células, cuyo número fue en aumento hasta ocupar todo el campo de visión. Janie comparó los microbios de un lado y otro, y, tras repetidas comprobaciones, dijo a Bruce:

–Echa un vistazo. Estoy casi segura de que son los mismos.

–A ver… -Comparó los dos campos de visión-. Me parece que tienes razón -acabó por decir.

Janie suspiró. Ahora es cuando pase lo que pase me fastidio, pensó con tristeza.

–Es probable que Caroline estuviera enferma -dijo-, pero no lo es menos que Ted la drogara. Ya ves, parece que no sale ganando nadie.

Se miraron a los ojos, aguardando ambos a que el otro aportara una solución mejor al dilema. Transcurrieron unos segundos de silencio.

–Voy a llamar -dijo Bruce con voz cansada, antes de dirigirse al teléfono más cercano.

DIECINUEVE

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Alejandro quitó la baba que caía por las comisuras de los labios de Kate, y le secó la frente con el mismo trapo. Después cogió de la mesita de noche un cuenco de papilla de avena y hundió en él una cuchara. El aspecto de la papilla no era precisamente apetitoso, pero Alejandro lo había escogido por suave y fácil de digerir, juzgando improbable que su joven paciente se lo vomitara en la cara, como había hecho en casi todas sus tentativas de alimentarla.

–Kate, pequeña -dijo con dulzura-, abre la boca. Si quieres que lo consigamos, tienes que comer algo. Necesitas recuperar fuerzas para seguir luchando…

Pero la niña estaba decidida a no despegar sus finos labios. Alejandro dejó en la mesa el cuenco y la cuchara y salió de la habitación.

Adele esperaba en el pasillo con expresión acongojada.

–¿Y bien? – preguntó, retorciéndose las manos.

Una vez fuera del dormitorio, Alejandro se quitó la máscara de hierbas.

–Lleva tres días sin comer casi nada -dijo-. ¡Tres días! Es un milagro que siga viva.

La voz de Adele se llenó de esperanza.

–¿Significará eso que la medicina funciona?

–Tal vez -contestó Alejandro-, pero me parece demasiado pronto para pronunciarme. ¿Cuántas veces has dado la vuelta al reloj de arena desde que se la administramos por última vez?

–Va a ser la cuarta.

–Entonces más vale que llames a los demás.

Adele asintió y dio media vuelta, temerosa de lo que estaba a punto de suceder. Alejandro volvió a colocarse la máscara y entró en el dormitorio.

–Cuatro nudillos y medio y la mitad de lo que cabe en el cuenco de la mano -dijo en voz alta, mientras mezclaba el polvo y el líquido amarillo para la próxima dosis de Kate. Después de mezclar la pasta, sostuvo la cuchara por encima del recipiente y vio gotear poco a poco la espesa mixtura.

Adele entró en la habitación con el rostro cubierto por una máscara, seguida por el ama de llaves y el administrador, pertrechados de forma similar.

–¿Listos? – dijo Alejandro.

Los tres asintieron con la cabeza.

–Pues entonces sujetadla.

El ama de llaves y el administrador se ocuparon cada uno de un brazo y un hombro; Adele, mientras tanto, mantenía abierta la boca de Kate haciendo presión en las mejillas. Alejandro introdujo el mejunje con la cuchara entre los labios de la pequeña; después se apresuró a dejar el cuenco y pellizcarle la boca y la nariz.

La chiquilla se debatió con fuerza sorprendente, haciendo lo posible por escupir la repugnante pócima. Los adultos hablaban todos a la vez, tratando cada uno de tranquilizarla a su modo, pero Kate no estaba dispuesta a estarse quieta.

–¡Traga, por amor de Dios! – exclamó el médico, viendo que la paciente se obstinaba en quedarse la medicina en la boca. Finalmente, cuando se dio cuenta de que empezaba a ponerse azul, dio orden de soltarla. En cuanto se vio libre del peso de sus torturadores, Kate escupió la pasta verdosa, ensuciándose el camisón y la sábana.

Nadie dijo nada. Ya habían intervenido muchas veces en aquel frustrante ritual, que a veces tenía éxito, y otras desembocaba en un desesperante fracaso. El ama de llaves se dispuso a abandonar la habitación, pero Alejandro la detuvo.

–Un momento -dijo.

–Voy al armario a por sábanas nuevas y un camisón limpio -dijo la mujer a través de la máscara.

–Todavía no. Vamos a hacer otro intento. Esta vez haré una mezcla menos espesa, y a lo mejor así se la traga. – Cogió el cuenco y empezó a medir los ingredientes-. Probémoslo con cuatro nudillos y una mano llena.

–¿Funcionarán esas proporciones? – pregunto Adele.

–No tengo la menor idea -dijo Alejandro-, pero de una cosa estoy seguro: si no conseguimos que se trague esta porquería, las proporciones que hemos usado hasta ahora no servirán de nada.

Mezcló el polvo con el líquido, consiguiendo una sustancia mucho más fluida.

–No tendrá más remedio que tragárselo -dijo.

Repitieron el detestable ritual, sólo que esta vez Kate no pudo resistirse: en cuanto Alejandro le obstruyó las vías respiratorias, efectuó un movimiento de deglución que mandó al estómago cuanto tenía en la boca.

Ni toses ni arcadas consiguieron expulsar el medicamento. Los adultos la felicitaron con gritos y aplausos.

Adele y Alejandro quitaron a Kate el camisón sucio y, mientras el ama de llaves cambiaba las sábanas, la bañaron en una tina de agua caliente.

Dejando a un lado los límites impuestos por el pudor, Alejandro examinó a la niña en busca de algún indicio de evolución. Tras inspeccionarle el cuello y las axilas, dijo:

–Las manchas no parecen más grandes que hace dos días; tampoco se han convertido en pústulas. Es un indicio esperanzador.

No obstante, cuando llegó el séptimo día de tratamiento y casi no quedaba medicina, Alejandro no tuvo más remedio que plantearse la posibilidad de que no tuvieran éxito.

–No ha reaccionado como esperaba -dijo a Adele-. Confiaba en que a estas alturas los resultados fueran mejores.

–Pero la luna ha crecido un cuarto. He visto morir a muchos en menos de la mitad.

Alejandro se acordó de los guardias papales que lo habían acompañado en el viaje desde Aviñón, uno de los cuales sólo había sobrevivido tres días al momento de contraer la enfermedad. Se daba cuenta de que en Kate los efectos de la enfermedad no estaban siendo ni mucho menos tan rápidos ni devastadores; pero el hecho de que estuviera menos grave, tan milagroso de por sí, seguía pareciéndole insuficiente. Haré que viva, y que viva sana, pensó; o eso, o moriré en el intento.

Por la noche, mucho después de que todos se hubieran retirado, siguió velando a la enferma, sujetando en una mano el frasco de polvo gris medio vacío que, según la madre Sarah, contenía el polvo de los muertos.

El pelo del perro que te mordió, pensó, recordando el dicho popular.

En el momento mismo de cruzarle la idea por la mente, se incorporó y volvió a mirar el frasco. El pelo del perro que te mordió. El polvo de los muertos. ¡Era lo mismo! Quizá ambos contengan alguna sustancia invisible con poder contra el contagio, pensó, presa de una gran agitación; y, alejándose de la cama, fue en busca de su libro para poner aquellas ideas por escrito.

Después de hacerlo, aprovechó para releer las anotaciones que habían surgido de observar a la madre Sarah. ¡Qué extrañas medidas! Ni más ni menos que un «nudillo» de polvo, y, para el agua, la mitad de lo que cabe

en el cuenco de una mano. Muy distinta habría sido la mezcla de haber seguido usando su propia mano y cambiar su nudillo por el de Adele; más distinta todavía si se tomaba como base el nudillo del dedo meñique de Adele y la mano de su capataz. La mezcla empleada por la madre Sarah sólo había funcionado a medias.

Pero si hacemos como antes, poner menos polvo y más agua, ¿no obtendremos por lógica una medicación menos eficaz?, se preguntó. ¿Y no habría manera de contrarrestarlo? ¿No sería igual de válido administrar ocho dosis diluidas al día en lugar de cuatro más concentradas? ¿Y por qué no darle diez o doce dosis, o incluso más? Su entusiasmo aumentaba por momentos. Se incorporó todavía más y empezó a escribir como un poseso.

¡Una noche llena de pensamientos audaces, en verdad!, pensó. No, ciertamente Kate no podía salir perjudicada de ingerir la materia de que estaba hecha ella misma; además, si bien era cierto que todas las sociedades civilizadas prohibían la práctica de comer carne humana, ¿no había dado la suya a sus seguidores el Jesús de los cristianos?

Cogió el cuenco que contenía la mezcla medicinal. Quedaba un poco.

Añadió más agua amarilla y una cantidad mínima de polvo, hasta obtener una poción muy poco espesa. Empezaría a dársela a Kate en cuanto llegara el momento de administrarle otra dosis.

La niña se despertaba muy pocas veces. Tenía el cuerpo encogido en posición fetal, igual que su madre antes de morir. Sus compañeros de viaje, siempre vigilantes, mantenían la cama limpia de secreciones corporales.

Alguna vez veían contraerse el cuerpecillo de la enferma, y Alejandro se preguntaba si Carlos Alderón habría conseguido introducirse también en sus sueños. Por lo visto el herrero se había cansado de sus incursiones nocturnas, acaso porque la presencia de Adele no le permitía seguir copando la atención del médico.

Poco a poco, sin embargo, Alejandro empezó a advertir cierta mejoría.

Los bultos del cuello de Kate iban perdiendo tamaño, y su color intensidad.

El sueño de la niña era más plácido. Por fin, cuando hacía trece días que se había puesto enferma, Kate abrió los ojos y miró alrededor, viendo a Alejandro dormido junto a la cama, con la boca abierta y la cabeza apoyada en el respaldo de la silla.

–Maese médico… Maese médico… -consiguió articular con labios resecos.

Alejandro se despertó de golpe y sacudió la cabeza para despejarse. Se apresuró a ponerse la máscara, si bien tardó lo suyo en saber de dónde había salido aquella vocecilla. ¿Acaso de otro de sus sueños?

–Maese medico… -repitió Kate.

Ya no era posible dudar del origen de la voz.

–¡Voto a bríos! – dijo Alejandro-. ¡Qué gran noticia! ¡El despertar de la bella durmiente!

Kate consiguió esbozar una sonrisa, no sin resentirse de ello sus labios cortados.

–¿Estoy en casa, en Windsor? – dijo con voz débil-. ¿Dónde está la niñera?

–No, pequeña; sigues en el dormitorio de Adele. Has estado durmiendo durante muchos, muchos días, y nosotros vigilándote. Windsor queda a unas cuantas horas de camino, pero estoy seguro de que la niñera sigue ahí, esperando tu regreso con impaciencia.

Kate volvió a cerrar los ojos y cayó en un sueño inquieto y poco profundo del que tardó poco en despertar, algo más despejada.

–¡Qué sed tengo! ¿Podría beber un poco de agua, por favor?

Alejandro cogió la jarra de la mesita de noche y llenó hasta arriba una copa, que sostuvo ante los labios de Kate después de ayudarla a incorporarse. Al principio la niña bebió con excesiva impaciencia, y el agua escapó por ambos lados de su boca, debilitada por la enfermedad. Se la secó con la manga del camisón.

Menos mal que no puede verse, pensó Alejandro. Parece imposible que sea la misma persona. Kate tenía los ojos rojos y la piel más blanca que las cenizas del fuego de la noche anterior. El esfuerzo de hablar había agrietado todavía más sus labios, hasta el punto de hacerlos sangrar. Hacía tanto que no comía que Alejandro se extrañó de que no hubiera muerto de inanición.

–Disculpad, mi valiente dama. Vuelvo ahora mismo con ungüento para vuestros labios y algo de comida para vuestro estómago.

Encontró en la cocina un tarro de grasa de oca, espesa y amarilla.

Haciendo caso omiso de las quejas de Kate contra el sabor desagradable del improvisado ungüento, Alejandro le embadurnó los labios maltrechos, cuyo tacto le ponía los pelos de punta. Espero que no queden cicatrices, pensó, recordando lo mortificante que le resultaba a él la suya, mucho más fácil de ocultar.

Poco después llamaron a la puerta.

–¡Adelante! – exclamó Alejandro.

Era el ama de llaves.

–¿Se nos ha olvidado darle la medicina? – preguntó con timidez-. Ha pasado la hora y, como no me llamaban, he temido lo peor…

–¡Como veis -dijo Alejandro señalando a Kate-, es todo lo contrario!

¡Ha sucedido lo mejor que cabía esperar!

Viendo que la mujer entraba en la habitación con pies de plomo, él le explicó que no corría peligro por acercarse.

–¡Ha sobrevivido al contagio, como podéis advertir por su preciosa sonrisa!

–¡Alabado sea el Señor! – dijo el ama de llaves-. ¿Traigo comida?

–¿Quieres comer algo, pequeña?-preguntó Alejandro.

Kate asintió con la cabeza.

–Traed caldo caliente y un poco de pan. ¡Y después localizad a vuestra señora y dadle la buena noticia!

El ama de llaves no tardó en volver con una bandeja, que Alejandro colocó sobre sus rodillas. Rompió el pan seco en pedacitos que fue mojando en el caldo, y, tras dejarlos enfriar un poco, los introdujo con cuidado en la boca de la chiquilla.

Al principio topó con ciertas dificultades, ya que a Kate no le resultaba fácil separar los labios, y volvían a sangrarle las agrietadas comisuras; pero el médico la trataba con paciencia y dulzura, y acabó por conseguir que se lo comiera todo. Entre el principio y el final del proceso, las sombras que el sol proyectaba en el suelo se habían movido considerablemente.

Solventado el problema de la alimentación, Alejandro volvió a arropar a la niña y salió en busca de Adele, a quien encontró revolviendo el mismo baúl del que había sacado el camisón rosa. Mientras examinaba que prendas podían ser de utilidad, la joven canturreaba, y al ver al médico le dirigió una sonrisa luminosa.

Alejandro llevaba días sin ver alegría en el rostro de Adele. Hasta haciendo el amor habían permanecido silenciosos y graves. ¡Cómo me deleita su hermosa sonrisa!, pensó.

Adele se levantó, dejando lo que hacía para más tarde. Se fundieron en un abrazo jubiloso, desesperado casi, y permanecieron unidos durante largos y tiernos instantes.

–¡Amor mío! – dijo Adele con una emoción que casi le hacía temblar la voz-. Tengo la sensación de que hay motivos para la esperanza. Quizá las cosas se arreglen. Quizá, después de tantas desgracias, el bien y la cordura vuelvan a instalarse en el mundo. ¡Estoy tan cansada de oír hablar de muerte y sufrimiento! – Se separó de Alejandro y volvió a su tarea-. ¿Hago mal en pensar así? ¿Nos libraremos al fin de la amenaza de la peste?

Él le pasó la mano por el pelo un par de veces antes de contestar.

–Siento tener que recordarte que ya no nos queda polvo.

–¡Pero tiene que haber un modo de conseguir mas!.

–¡Ten la seguridad de que convenceré a la madre Sarah de que es necesario! Y haré que me enseñe a prepararlo. ¡Creo que ese polvo es la cura que lleva tanto tiempo eludiéndonos! Eso sí, antes de emprender mi búsqueda, me aseguraré de que tú y Kate lleguéis sanas y salvas a Windsor.

Pronto podremos juzgar hasta qué punto ha mejorado, y hacer planes para el viaje de vuelta al castillo.

–¡Cuánto me alegrará ver de nuevo a Isabel! – dijo Adele, acariciando con ternura la mejilla de Alejandro-. Tú eres tan dulce y atento que, francamente, echo de menos su lengua viperina; en ese aspecto no tienes la menor posibilidad de sustituirla.

Él le cogió la mano.

–Doy gracias a Dios por afligirme con tan noble carencia.

Le alegró tener ocasión de introducir cierto grado de humor en su conversación, ya que lo que estaba a punto de decir no iba a ser del gusto de Adele.

–Amada mía, el regreso no será tan sencillo como crees. No podemos volver a Windsor como si nada y anunciar la curación de Kate. Recuerda cómo acabó Matthews: no mostraba ningún síntoma de enfermedad, y aun así nadie vaciló en cumplir mi petición de matarlo para proteger a los demás ocupantes del castillo.

Aparte de sir John, nadie había oído reconocer a Alejandro que la muerte de Matthews había sido idea suya. Adele no dijo nada, pero se apartó un poco de él. Alejandro la miró con tristeza infinita, y completó su confesión.

–Todo apunta a que no habría tardado en contagiarse; en ese sentido, tengo la íntima certeza de que era necesario. Sin embargo, nunca me convenceré de haber actuado bien. Cada día acude a mi memoria el

recuerdo de cómo le fallé. He jurado prolongar la vida, no acortarla con mis propias manos.

Adele se ablandó.

–Querido -dijo-, desde ese día te he visto apesadumbrado más de una vez, y sospecho que el motivo es ese soldado.

Alejandro inclinó la cabeza, avergonzado.

–Matthews no es el único paciente al que he fallado. En Aragón tuve otro por el que habría dado la vida, tal era mi furia por la inutilidad de todos los tratamientos.

Cortó en seco la explicación, pensando que sólo podía traerle problemas; además, no quería dar pie a que el fantasma de Carlos Alderón volviera a adueñarse de sus sueños.

–A mi juicio -dijo Adele-, Dios no espera milagros de nadie más que de Su hijo.

–No se trata de lo que Dios espere de mí -contestó Alejandro-, sino de lo que espero yo mismo.

Adele volvió a acariciarle la mejilla.

–Si es así, debes librarte de obligaciones imposibles cuyo peso no tardaría en destruirte.

Él le dio la razón con un suspiro de fatiga.

–Pero dejemos eso -dijo-. Me temo que hay cosas más urgentes que discutir. Es necesario idear un plan.

Explicó pacientemente a Adele lo que tenía previsto que sucediera a su regreso: un recibimiento igual al de Matthews y Reed, seguido por una cuarentena.

–No obstante, en cuanto alguien averigüe que Kate ha contraído la peste, no tengo la menor duda de que querrán expulsarla o matarla. Ni siquiera el rey se opondrá.

–¡El rey Eduardo nunca permitiría que tratasen así a una hija suya!

Alejandro miró a Adele a los ojos y dijo:

–He oído decir que no tuvo escrúpulos a la hora de acabar con su propio padre.

El silencio de Adele confirmó el rumor.

–Debemos mantenerlo en secreto, Adele. Kate tampoco debe decírselo a nadie. Su expulsión o muerte estarían en consonancia con mi anterior edicto contra Matthews, y los residentes del castillo esperarían de mí que tomase

la iniciativa. ¿Cómo justificar la supervivencia de la niña, después de pagar Matthews con su vida? No puedo evitar la sospecha de que Eduardo consideraría un alivio librarse de ver a diario la prueba de sus indiscreciones de antaño. No cabe duda de que, una vez eliminado el efecto irritante que supone la presencia de la niña, la reina tendría a su esposo en mejor concepto. Nadie intercederá por Kate.

Adele interrumpió su trabajo, en el que tanto entusiasmo había puesto hasta hacía breves instantes, y acercándose a la ventana, contempló el paisaje invernal.

–Explícame cómo quieres que te ayude -dijo con tono afable-. Haré cuanto esté en mi mano para facilitarnos las cosas a todos.

–Ante todo, confiemos en que Isabel haya conseguido ocultar tu ausencia a su padre. Me temo que tendrás que hallar un modo de volver junto a ella sin mi ayuda.

–Eso, por suerte, tiene fácil arreglo. Conseguiré de ella una habitación donde someterme a mí misma a cuarentena. En cuanto llegue al pasadizo secreto, le enviaré un mensaje a través de la cocinera, y así, guardando en todo momento las distancias, me proveerá de alojamiento seguro pero aislado.

–¿Estás segura?

–Alejandro, puedes estar convencido de que la princesa me quiere como a una hermana, y de que hará lo que digo.

Alejandro no la contradijo, pese a albergar serias dudas de que la princesa fuera capaz de un amor tan desinteresado.

–En dos semanas podrás reintegrarte sin peligro a la vida cotidiana del castillo. Como es lógico, Kate y yo pasaremos por lo mismo que Matthews y Reed. Justificaré nuestra larga ausencia diciendo que resolví permanecer más tiempo lejos del castillo por estar tan próximo en el tiempo nuestro contacto con la madre de Kate, cosa que en parte es cierta. A nadie desagradará mi cautela. Sospecho que pocos habrán echado de menos mis arengas diarias sobre cómo protegerse del contagio.

Adele sabía que confirmar aquella última sospecha no tendría efectos benéficos sobre el estado de ánimo del medico; por eso se abstuvo de comentarios y se limitó a preguntar:

–¿Cuánto tardará Kate en ponerse bien para el viaje?

–No lo sé a ciencia cierta; es la primera vez que veo a alguien recuperarse de este azote, y carezco de experiencia para aventurar una predicción. Dentro de unos días tendré más elementos de juicio. De momento sigue muy débil, y no puede contemplarse la posibilidad de interrumpir su convalecencia. Su juventud le permitirá recuperarse con rapidez, pero en este momento su fragilidad es extrema, y podría darse el caso de que obstaculizara la curación. Lo he visto en otras ocasiones.

–En ese caso, supongo que no nos queda más remedio que esperar, y rezar por un pronto regreso a la salud.

–Sí, eso creo -contestó Alejandro resignadamente.

Kate los sorprendió con la rapidez de su curación. En seis o siete días había recuperado gran parte de su exuberancia habitual. Los cortes de los labios desaparecieron, y ya era posible mirarla sin sentir pena de verla hecha un saco de huesos; empezaba a perder la palidez de sus mejillas, y su deliciosa sonrisa brillaba en todo su esplendor. No se cansaba de hablar con quien estuviera dispuesto a oírla.

Alejandro vio llegada la hora de marcharse. Pese a su impaciencia por dar término al desagradable encargo del rey, se daba cuenta de que el regreso a Windsor supondría el final de su dichosa intimidad con Adele. En cuanto a Kate, estaba seguro de poder convencerla de guardar el secreto, pero cabía suponer que entre los residentes de Windsor habría quien no contemplara su relación con el mismo entusiasmo y benevolencia.

–Partiremos para Windsor dentro de dos días -acabó por comunicar a Adele.

–¡Virgen bendita! ¡Cuánto he anhelado oír esas palabras!

Adele, llena de entusiasmo, llamó al ama de llaves para que empezara a ocuparse del equipaje. Alejandro la miró con hondo pesar, consciente de que, por muy herido que se sintiese, no podía recriminarla que se sintiera de aquella manera. Dio media vuelta y fue a decir al mozo de cuadra que les tuviera listos los caballos, transido de pena el corazón por un amor que carecía de futuro.

En el camino a Windsor había un pequeño monasterio con una capilla.

Al acercarse a él, Adele dijo:

–Detengámonos aquí. Quiero confesarme. Hace demasiado tiempo que no me absuelven de mis pecados, y desearía que Dios volviera a sonreírme.

Desmontó sin esperar la reacción de Alejandro.

–¿Quieres que te espere aquí con Kate? – preguntó el médico, todavía a lomos de su montura.

Adele le dirigió una mirada inquisitiva y llena de curiosidad.

–¿Qué os impide acompañarme?

Imposible alegar una explicación convincente, se dijo Alejandro. No tengo más remedio que entrar. Y, encogiéndose de hombros, se apeó del caballo, hecho lo cual ayudó a Kate a bajar del que compartía con Adele.

Un monje bajo y de aspecto poco robusto acudió de inmediato al oír la campana. Llevaba hábito marrón.

–Quiero confesarme, padre -dijo Adele.

El monje miró sucesivamente a la joven y al hombre alto que acompañaba a la niña. Alejandro tuvo la sensación de estar siendo sometido a un examen en profundidad.

–¿Y vos? – le preguntó el monje.

Alejandro vaciló antes de contestar.

–Rezaré mientras esperamos a la dama -dijo al cabo.

–Como deseéis -contestó el monje antes de invitarlos a entrar.

A Alejandro le pareció que Adele tardaba mucho en desnudar su alma al sacerdote. ¿Qué clase de pecados pueden exigir una exposición tan detenida?, se preguntó. Se dedicó a contemplar la capilla, estirando el cuello al máximo para fijarse en los adornos de las bóvedas.

Hasta sus templos más pequeños están llenos de lujo, pensó. ¡Qué ventanas más altas! ¡Qué brillantes colores! Reinaba en la capilla un silencio casi total, pese a que había otros siete sacerdotes orando. Rezan en silencio, pensó Alejandro, recordando las penetrantes letanías que su padre solía recitar cada Sabbath.

Los siete sacerdotes se levantaron al mismo tiempo y empezaron a recorrer lentamente el pasillo central. El primero entonó con voz nítida y armoniosa una melodía que sus seis compañeros repitieron al unísono. Sus voces subían hasta el techo y reverberaban en las claves de bóveda, creando un efecto mágico y de punzante belleza. El efecto balsámico de aquellas voces perfectamente conjuntadas llenó a Alejandro de una emoción difícil de explicar. Mientras salían del santuario en fila de a uno, los sacerdotes siguieron cantando. Las voces se fueron perdiendo en el interior del monasterio, hasta que sólo quedó su eco vibrando en el aire.

De repente alguien tocó a Alejandro en el hombro. No se había dado cuenta de que tenía los ojos cerrados; los abrió al instante y halló ante sí a Adele, cuyo rostro expresaba una paz inefable.

–Me han absuelto -dijo.

Alejandro se puso en pie y la miró.

–¿Qué pecados has cometido para que se demore tanto el perdón? –

preguntó con delicadeza.

Adele sonrió dulcemente, reconciliada consigo misma.

–He estado con un hombre que no es mi marido.

Alejandro apenas pudo contener un gesto de dolor.

–Entonces ese pecado también recae sobre mi conciencia -dijo.

–He incurrido en falsedad para con mi rey.

–Lo tiene bien merecido.

–Aun así es mi rey. Mi familia le juró lealtad. También he traicionado a mi señora Isabel con mi tardanza.

–¿No querías hacerlo?

–Ése es el pecado -contestó Adele-: que sí quería. Y, dada la gravedad de mis transgresiones, no sólo me hacía falta penitencia, sino guía. El buen padre ha tenido la amabilidad de instruirme. – Se volvió para ver al sacerdote ponerse en pie delante del altar; después, mirando de nuevo a Alejandro, dijo-: Ahora estoy lista para regresar a Windsor.

Para alivio de quienes se habían quedado en el castillo, tanto Alejandro como Kate sobrevivieron sin problemas a sus dos semanas de confinamiento; para entonces, la niña había recuperado toda su alegría y el color sonrosado de sus mejillas. Adele se reintegró al entorno de Isabel sin que el rey hubiera llegado a advertir su ausencia. Kate volvió a sus costumbres de siempre, importunando a todo el mundo, contando historias inverosímiles y proponiendo a todas horas partidas de ajedrez. Hasta la vieja y paciente niñera, cuya capacidad de aguante habría podido parecer ilimitada, se lamentaba a veces en voz alta de no poder gozar siquiera de un instante de silencio.

El otoño, que al inicio del viaje empezara apenas a pasear por el paisaje su pincel impulsado por el viento, había agotado su suntuosa paleta de oro y cobre. Frías ráfagas de viento arrastraban ramas muertas y hojas secas por la desnuda campiña. Casi habían pasado tres meses, y los tristes habitantes del castillo de Windsor se reincorporaban al ritmo invernal, cansados de

antemano de las diversiones cuya práctica solía hacerles más llevaderas las largas noches de la estación fría.

Un día gris, Alejandro fue convocado a los aposentos privados del rey, y al llegar a ellos encontró a Eduardo esperándolo con un montón de pergaminos encima de la mesa.

–Tenéis que leerlos -dijo el monarca-. Todos los informes coinciden én que la peste está desapareciendo de los alrededores de Windsor. Quizá sea hora de investigar lo que tienen de cierto. ¿Qué os parece la idea de organizar una misión? ¿Y si enviásemos a unos cuantos hombres a recorrer la campiña con orden de traer información de primera mano?

Alejandro echó un vistazo a los mensajes.

–Majestad, se trata tan sólo de unos pocos informes, y provienen de localidades muy dispersas.

–Dispongo de un número suficiente de misivas, y todas dicen lo mismo: que desde las primeras nieves prácticamente no se oye hablar de nuevos casos de peste.

Alejandro se propuso explicar sus temores, pero traduciéndolos a términos que resultaran familiares al rey, un hombre tan valeroso como impaciente, a quien, para colmo, se llevaba impidiendo demasiado tiempo el acceso al reino cuyo cetro ostentaba.

–Imaginad que se está librando una gran batalla, y que vuestros espías se han dispersado por diez leguas a la redonda sin dar con ningún ejército.

Pensad después en lo que haríais si, de todos esos espías, uno se alejara una legua más que los otros y encontrara un ejército bien pertrechado, listo para realizar una audaz incursión sobre vuestro campamento.

La prolija alegoría del médico empezaba a poner a prueba la paciencia del rey, que resopló y dijo:

–Os cuesta poco echar por tierra mis conclusiones, maese médico, pero no ofrecéis alternativas. Conociendo la responsabilidad que me liga a mis súbditos, ¿qué haríais vos en mi lugar, con un castillo lleno de prisioneros airados y un reino que precisa atención?

–Haría que vuestros servidores de fuera del castillo se adentrasen un par de horas más por los mismos caminos, a fin de comprobar la ausencia de ejércitos en las proximidades. Recordad, majestad, que el Papa lleva más tiempo aislado que vos; y, según las últimas noticias, sigue bien.

El rey suspiró, contrariado.

–Estoy convencido de ser cien veces más desdichado que Clemente.

¡Estoy en guerra, y tengo que ocuparme de la victoria!

–Majestad, sé que deseáis reanudar vuestra vida normal, y que vuestro reino se beneficiaría de vuestras atenciones. ¡También a mí me haría feliz poder salir de estas murallas sin constricciones, pero no puede ser! Os imploro paciencia; dad tiempo al tiempo.

Eduardo frunció el entrecejo de forma amenazadora, expresando su decepción.

–¿Con cuánto tiempo os satisfaréis? – preguntó.

No va a aguantar mucho más, pensó Alejandro. ¿Cuál es, en efecto, el mejor momento para empezar una nueva vida? ¿Que diría De Chauliac?

–Tal vez convenga consultar a los astrólogos -dijo.

El rey rechazó la idea con un movimiento de manos.

–No son más que una pandilla de charlatanes. Me dirán lo que más convenga a sus propios intereses. No es vuestro caso, maese médico. Por lo tanto, la decisión os corresponde a vos, y no se hable más. Nombrad un día.

Empezar de nuevo, pensó Alejandro. La primavera. Miró al rey y dijo:

–¿Cuánto tardan en aparecer aquí las primeras flores?

–Cinco o seis semanas, como mucho -contestó el monarca.

–Entonces, si todo va bien saldremos libremente a buscarlas.

Alejandro y Adele se veían lo más a menudo posible; y, teniendo en cuenta lo solicitada que estaba Adele por la aburrida princesa, las ocasiones eran muy inferiores en número a los deseos de ambos.

Pero la suerte cambió el día en que el viejo criado de Alejandro se prendó de una de las cocineras; a partir de entonces, empezó a solicitar permisos para visitarla, y Alejandro accedió encantado. Una de esas noches, en el mes de enero, Adele acudió a los aposentos de su amado, tras sustraerse con astucia a su exigente señora.

–¿Qué quiere? ¿Que le dediques todo tu tiempo? – dijo Alejandro cogiéndola entre sus brazos.

–Me tiene ocupada con sus planes de gastar la asignación en cuanto encuentre sastre nuevo. Me paso el día mirando bocetos, como si de repente mi criterio en cuestiones de moda gozara de un prestigio inusitado.

Alejandro suspiró.

–Pronto empezará la primavera, y no podré permanecer aquí mucho más tiempo. Quisiera aprovechar lo poco que nos queda para estar juntos. Me

dan ganas de declarar mi amor por ti a todo Windsor. ¿Qué digo? ¡Al mundo entero! Y que piensen lo que les venga en gana. Cada vez me es más difícil guardar el secreto. Empiezo a cansarme de no poder expresar mi alegría.

–Alejandro, el rey… Debemos tener en cuenta su reacción.

Francamente, me veo incapaz de predecirla.

–Pero has hablado con Isabel…

–Sí, y no le he arrancado una palabra. No quiere decir lo que opina de nuestro asunto.

–Pero entenderá, imagino, lo que siento por ti… Seguro que también ella conoce el amor.

Adele juntó las manos de Alejandro y se las llevó a los labios para besarlas. Después le dirigió una mirada cargada de tristeza.

–Me temo que no entiendes su posición. No se le pide que ame, sino que se case con quien haya elegido su padre. Es muy consciente de que acaso deba renunciar al amor en aras del deber. Ah, eso sí, cuando el rey estudia posibilidades de matrimonio, no deja de tener en cuenta su opinión; pero bastará con que se presente una alianza beneficiosa para que la acepte sin consultar a Isabel. Le dirá lo que oyen todas las princesas: que, si Dios quiere que encuentre el amor, lo hallará en su marido.

–Y sin embargo el rey y la reina se aman. Lo he visto con mis propios ojos.

–Pero el matrimonio de Eduardo fue idea de su madre, que detestaba a su padre. Era una mujer enérgica y dotada de gran talento para la diplomacia, y se las arregló para poner a Eduardo en situaciones que le permitieran encontrar una esposa conveniente sin que sintiera coartada su libertad. A Felipa la conoció como una de las cuatro hijas de un noble flamenco aliado de la familia real francesa, que es de donde procede la reina. Fue muy astuta. Su hijo, el noble rey que nos gobierna, no parece haber heredado ese talento.

–Por lo tanto, Eduardo amaba a Felipa antes de casarse con ella.

–Cierto, y, según se dice, con pasión. Pero no quiero aburrirte más; seguro que conoces la historia.

Alejandro guardó silencio, permitiendo que Adele lo tomara por miembro de un segmento de la sociedad aragonesa en que se hablaba de temas como aquél. Confesar su ignorancia habría equivalido a delatarse.

–De todos modos, Isabel tiene que darse cuenta de…

–¿Tan poco conoces a las mujeres? – lo interrumpió Adele-. ¡Tu inocencia me desarma! Isabel tiene celos de nuestro amor. ¡Sé que los tiene!

Cada vez que le hablo de ti cambia de tema. Es mi mejor amiga, y como tal querría abrirle mi corazón, mostrarle la hondura de mis sentimientos; necesito su apoyo, pero, por desgracia, me lo cicatea; y sé que es por envidia. Se ha vuelto insensible a la idea del amor, y siempre está en guardia contra ella. Sabe perfectamente que un amor mal dirigido por su parte tendría resultados desastrosos.

Alejandro dio rienda suelta a su rencor.

–Es princesa; no le faltan ni riqueza ni hermosura, y goza de todas las ventajas que quepa imaginar. No puede ignorar que le encontrarán marido en cuanto Europa se quite de encima la férula de la peste. Hasta mi mentor, De Chauliac, me habló de ello; dijo que el Papa tenía planes para Isabel.

–Bien, pues, cuando eso suceda, no te quepa duda de que nos beneficiará. Mientras Isabel se prepare para la boda, estará demasiado ocupada para pensar en mi felicidad, al igual que su padre. Es cuestión de esperar. Ten paciencia, amor mío. ¡Por favor!

¿Esperar? ¿Hasta el regreso a Aviñón, donde sabe Dios qué encontraré?

–Pero tendré que marcharme antes de eso; mi trabajo en Windsor se aproxima a su fin, y el rey no tolerará que mi presencia se prolongue un minuto más de lo necesario.

–Entonces tienes que decirle que estás trabajando en una cura para la peste, pero que queda mucho por hacer. Sin duda entenderá la importancia de ese trabajo, y te prestará su apoyo. Además, seguro que el restablecimiento de Kate está lo bastante lejos en el tiempo para que ya no quepa temer la reacción de su padre.

–En ese tema no estoy dispuesto a confiar en él.

Adele suspiró, contrariada.

–Pues dile sin rodeos que quieres quedarte; que te ganarás la vida como médico. – De repente se le iluminaron los ojos, y dijo con entusiasmo-: Tengo una idea. Se acerca la parición. Diré a Isabel que tengo que ir a mis tierras para supervisarla. Falta poco para que salgan las primeras flores, y para entonces estará tan absorta en su vestuario que apenas dispondrá de tiempo para mí. Le solicitaré permiso para volver a salir del castillo, y sé

que me lo concederá. Pide tú permiso al rey para ausentarte, alegando cualquier pretexto…

El entusiasmo de Adele empezaba a contagiar a Alejandro.

–Podría decir que necesito renovar mi suministro de hierbas medicinales… No sería falso…

–¡Y aunque lo fuera, no se daría cuenta! – dijo Adele con alborozo-. Te reunirás conmigo en mi propiedad, y así tendremos tiempo de planear la campaña para el consentimiento de Isabel.

Viendo rebasadas sus esperanzas, Alejandro sintió nacer en su corazón una pequeña llama de optimismo que le confortó el espíritu. Quizá tuviera al alcance lo que hasta entonces le había parecido imposible. Y, mientras Adele supervisa la administración de sus tierras, me aseguraré de conseguir los medios con que curar la plaga, para el caso de que volviera a visitarnos, pensó. Dispondré del tiempo y libertad necesarios para el éxito de mi empresa. No cabía en sí de gozo, alentado por la posibilidad de que se hicieran ciertas sus dos máximas aspiraciones.

A mediados de febrero, en un día de sol, se oyó chirriar el rastrillo, y los ocupantes de Windsor salieron en tropel de la fortaleza, cual horda de prisioneros enloquecidos al ver que su largo y angustioso confinamiento llegaba a un fin tan repentino como inexplicable. Alejandro vio a sus protegidos coger las rosas del azafrán, blancas y violetas, y ponerse a bailar abrazados unos con otros. Multitud de jinetes se dispersaron en todas direcciones, emprendiendo anheladas cacerías o viajes de regreso a un hogar cuya suerte los traía intranquilos. En pocos días la noticia de que el castillo volvía a estar abierto hizo que empezaran a acudir innumerables comerciantes con ganas de hacer su agosto. Isabel empleaba todo su tiempo en inspeccionar la mercancía, paseando la mirada con avidez de prenda en prenda, a cuál más suntuosa; no tuvo, pues, reparo en dar permiso a Adele para ausentarse de Windsor.

Alejandro, confabulado con su amante, solicitó la autorización del rey para emprender un largo viaje en busca de hierbas primaverales con que renovar su botiquín, que el invierno había hecho menguar hasta extremos peligrosos.

–¡De modo, maese médico -dijo el rey entre risas-, que no sois más inmune al deseo de respirar aire puro que las víctimas de vuestras severas restricciones! Los santos son testigos de que este invierno ha sido

insoportablemente largo. ¡Salid, coged hierbas a carretadas, si os place!

Cuando volváis hablaremos de los preparativos de vuestro viaje de regreso a España, puesto que se da la feliz circunstancia de que vuestros desvelos hayan hecho innecesaria una presencia más prolongada. Estoy seguro de que echáis de menos vuestro hogar, y de que ardéis en deseos de volver a Aragón, junto a vuestros seres queridos.

Alejandro, sin embargo, había dedicado sus horas libres, cada vez más abundantes desde el cese aparente de la epidemia, a reflexionar sobre la propuesta de Adele, y había llegado a creer en la posibilidad de empezar una nueva vida en suelo inglés, estableciéndose acaso como médico en alguna población cercana. En Aragón lo había perdido todo, y Aviñón no le ofrecía perspectivas mucho más halagüeñas.

¿Estará harto de mí este atribulado monarca? ¿Se opondrá a la petición que estoy a punto de hacerle? La única manera de saberlo era hablar.

–Majestad -dijo tímidamente-, me estoy planteando quedarme en vuestro país. Ignoro qué encontraré en Aviñón a mi regreso.

–¿De veras? No se me había ocurrido, pero podría ser una noble decisión. Sufrimos escasez de médicos capacitados. Pero ¿qué hay de vuestra familia? ¿Cómo reaccionará?

–¡Ah, sí -dijo el médico-, hace ya tanto tiempo que hablé con vos del tema! Soy soltero, majestad, y he llegado a la triste conclusión de ser además huérfano. Lo último que supe de mis padres fue que habían emprendido el viaje a Aviñón, donde teníamos planeado reunimos; pero no llegaron, víctimas, sospecho, de la peste, como tantos otros. He perdido toda esperanza de encontrarlos, y hasta de obtener pruebas reales de su fallecimiento.

En contraste con la postura relajada del rey, Alejandro parecía clavado a la silla, y su nerviosismo saltaba a la vista. Acababa de poner su porvenir en manos del mismo hombre a quien había sometido durante meses a severas restricciones, y no sin resistencia. En ese instante, pensando en el poder inmediato que detentaba el rey sobre su vida, Alejandro se arrepentía de haber impuesto a la casa real ciertas reglas particularmente duras. Quiera Dios que se acuerde de su superviviencia, no de su descontento.

Pero Eduardo se sentía tan feliz por el fin de las restricciones que no echó en cara a Alejandro su rigor.

–Teniendo en cuenta lo que decís, maese médico -dijo al nervioso solicitante-, no hallo razón de peso contra vuestra permanencia, si de veras la deseáis.

Viéndose liberado del peso de la incertidumbre, Alejandro se apresuró a contestar:

–Lo deseo, majestad, y muy de veras.

–Que así sea, pues -dijo el rey.

Alejandro estaba eufórico.

–Majestad, no sé cómo daros las gracias. Con vuestra venia, iré en busca de ciertas cosas necesarias para mi nueva consulta.

Se levantó de la silla e hizo una reverencia para despedirse del monarca.

Este permaneció sentado y lo llamó por su nombre cuando estaba a punto de salir. Alejandro se detuvo, dio media vuelta y se adentró unos cuantos pasos en la sala.

–¿Mi señor?

–Tengo algo más que deciros, pero vuestra prisa me lo impide. –

Hablaba de hombre a hombre, no como monarca dando órdenes a uno de sus súbditos-. Tengo con vos una deuda de gratitud, maese médico, y no quisiera dejar de reconocerlo. Os habéis mostrado igual en valor a cualquiera de los soldados que sirven bajo mi bandera, con la diferencia de que vuestro coraje no siempre ha sido bien recibido por sus beneficiarios.

De todos los hijos que me ha dado mi reina, sólo nuestra amada Juana ha sucumbido a la peste; es una declaración que me llena de júbilo, y creo que sin vuestros esfuerzos no estaría en situación de hacerla. Podéis consideraros afortunado por los dones que os ha concedido Dios, a cuya infinita sabiduría debemos vuestra presencia en nuestro reino.

Lo próximo que hizo el rey fue pedir disculpas. Observando titubeos, Alejandro adivinó que era la parte más difícil de su confesión.

–Siento que en determinadas ocasiones se os hayan dado motivos de sobra para sentiros incomprendido o vilipendiado. Nunca sabréis hasta qué punto me habéis resultado valioso, a mí y al conjunto de Inglaterra.

Acto seguido, Eduardo cogió un mapa y volvió a hablar como el monarca que era.

–Y ahora, acercaos antes de que cambie de opinión. De pronto he sentido el impulso de mejorar vuestra posición en nuestro país. Puesto que habéis decidido permanecer en mi reino, debemos procurar que no os falte

de nada. De haber conocido antes vuestras intenciones, os habría reservado una parcela de las mejores; en fin, todavía quedan unas cuantas que no están nada mal. Creo que ésta será de vuestro agrado.

Alejandro no entendía las intenciones del rey.

–Majestad, me siento confuso…

Eduardo sonrió.

–Os estoy haciendo un regalo. Estas tierras serán vuestras de pleno derecho. – Desplegó el mapa y enseñó a Alejandro la propiedad que tenía previsto darle-. Aquí, un poco más al norte… Su antiguo propietario ha muerto sin herederos, y los derechos al título han revertido a mis manos.

Alejandro estaba atónito.

–Majestad, no tengo palabras. Me siento muy honrado.

–Y vos me honraréis a mí aceptando el regalo. Todo ello, claro está, dependerá de la eficacia y buena voluntad del abogado del difunto. Por lo visto, ahora que hemos asistido al fin de una epidemia, empieza a adueñarse del país una nueva pestilencia cuyo principal síntoma es el aumento repentino del número de abogados, ya excesivo de por sí. La principal contribución a la sociedad de estos individuos parece ser la difusión de la enfermedad de la avaricia. ¡Ojalá la peste hubiera dejado más médicos y menos abogados! – El rey estalló en carcajadas-. En fin, deseo cosas que no están a mi alcance. Cuando volváis de vuestra expedición, todo estará dispuesto para que toméis posesión de la propiedad. También se os concederá el título que la acompaña, durante la ceremonia que debe celebrarse de aquí a tres meses en Canterbury. He recibido un mensaje de Su Santidad en que me comunica la llegada de nuestro nuevo arzobispo dentro de ese período. Recibiréis el título coincidiendo con su investidura.

Alejandro supuso que el Papa ya no se acordaría del ejército de médicos reclutado por De Chauliac, pero no pudo evitar preguntar:

–¿Debo entender que el último mensaje de Su Santidad no contenía instrucciones referentes a mi persona?

–Ni siquiera os mencionaba.

He aquí el fin definitivo de mi misión, pensó Alejandro.

–Gracias, majestad. Suplico vuestro permiso para retirarme.

–Una última cosa antes de dároslo, maese medico: todavía no he agotado mis reservas de generosidad, y parte de ellas recaerán sobre vos.

Habéis dicho que sois soltero. ¿Tenéis intención de casaros? Quizá pueda seros de ayuda. Hay en mi reino muchas damas principales sin compromiso.

La pregunta del rey tomó a Alejandro por sorpresa. Piensa bien antes de contestar, se dijo.

–¿Pensabais concederme la mano de alguna en particular, majestad?

–De momento no -dijo el rey-, pero, entre huérfanas y viudas, hay muchas candidatas que podrían conveniros. Teniendo en cuenta vuestras nuevas propiedades, dudo que el hecho de tener orígenes españoles pueda dar pie a alguna objeción; y, si administráis bien vuestras tierras, no tendréis dificultad alguna en mantener una esposa, siquiera aficionada al lujo.

Es demasiado pronto para solicitar su mano, pensó Alejandro, aunque la tentación era fortísima. Deja que pase algo de tiempo. No te desvíes del plan.

–Para ser sincero, majestad -dijo-, apenas había pensado en el matrimonio hasta escuchar vuestra proposición. Siempre he dado prioridad a mi trabajo, y, por otro lado, no preveía quedarme en el país. Concededme algo de tiempo para reflexionar.

El rey asintió con la cabeza.

–Como deseéis, maese médico. ¡Eso sí, os lo advierto: soy muy aficionado a ejercer de casamentero! ¡Pronto habré dado en matrimonio a las más deseables, y tendréis que escoger entre brujas desdentadas y marchitas!

Después de mucho reír, el rey acabó cansándose de su propio chiste y, mirando al médico, dijo:

–Con esto quedan zanjados los temas urgentes. Id, y contad con mi bendición y agradecimiento. Por mi parte, me dirigiré a Londres. Creo que Windsor va a quedarse vacío, y no puedo decir que lo lamente. – Despidió a Alejandro con un gesto de la mano-. Id con Dios, doctor Hernández.

Adele se dirigió a sus propiedades como integrante de la nutrida comitiva que acompañaba al rey en su viaje a Londres. Les ofreció pasar la noche en su casa, pero Eduardo rehuso, movido por el ansia de volver a recorrer el país y reanudar las múltiples guerras que habían ocupado su tiempo antes de declararse la epidemia. Alejandro llegó un día después, y Adele le explicó la situación del rey:

–Ha habido tantos muertos que tiene que reestructurar todo su ejército.

Debe nombrar nuevos consejeros para sustituir a los muchos que han

fallecido. ¡En Londres va a haber mucha gente que se dispute su atención, todos los que ansian mejorar de estado! No le envidio. Las obligaciones del gobierno lo tendrán ocupado mucho tiempo.

Para un hombre como Alejandro, siempre absorto en su trabajo, todo eso eran tonterías, cosas a las que nunca había dado importancia. Fue por ello por lo que se le pasó por alto uno de los beneficios más evidentes de su nueva posición en Inglaterra. Cuando, después de mucho conversar, se acordó de hablar a Adele del regalo del rey, se llevó la sorpresa de verla caer de rodillas y ponerse a rezar con fervor.

–¿Qué es esto, querida? ¿No te alegras por mí?

–¡Alejandro! ¡Eres un bobo, y yo más por quererte! ¿No entiendes lo que significa? Cuando te nombren caballero, pasarás a formar parte de la nobleza, aunque no seas inglés. ¡Podremos casarnos! ¡Casarnos, amor mío!

Transcurrieron los días sin que Alejandro pensara en nada más que en gozar a diario de la compañía de Adele, y hacer planes con ella para consolidar un futuro compartido. Cada vez anochecía más tarde, pero ello no impidió que las tres semanas de ausencia concedidas por Isabel pasaran volando. Alejandro se olvidó de volver al bosque de la madre Sarán para reponer sus existencias de extrañas medicinas. Asuntos más gratos reclamaban su atención: pronto tendría tierras que administrar, y ¿qué mejor aprendizaje que observar el modo en que Adele y sus capataces respondían a las exigencias diarias del gobierno de su propiedad?

–En el momento oportuno -le dijo Adele el último día que pasaban juntos- hablaré en privado con Isabel de nuestro compromiso. A partir de ahí será obligación tuya pedir mi mano directamente al rey, pero no dejaré que comparezcas delante de él sin haber obtenido el apoyo de su hija. En este asunto, nos conviene tenerla como aliada.

–Ahora lamento haber insistido tanto en que no saliera del castillo -dijo Alejandro.

–Bastará con que tenga otros asuntos entre manos para que no se acuerde.

Alejandro recordó la saña con que en ocasiones lo había tratado Isabel.

La voluble princesa no le merecía la misma confianza que a Adele.

–Esperemos que estés en lo cierto-dijo.

La despedida tuvo lugar en el patio. Aromas de pino y flores hacían más fragante el aire primaveral. La brisa jugueteaba con la cabellera de Adele,

que la intensa luz del sol hacía brillar cual cobre bruñido. Alejandro le besó la mano, como en su primer encuentro, y una vez más sus labios se demoraron ávidamente en la piel de la joven.

–Hasta que volvamos a encontrarnos, pensaré en ti a todas horas -dijo con dulzura.

Tampoco esta vez dedicó el día a recorrer la campiña en busca de hierbas medicinales, ni regresó a la morada de la madre Sarah por el camino de los dos robles, camino que a sus ojos tenía mucha más importancia que la misión que se disponía a emprender.

Cabalgó por caminos embarrados, maldiciéndolos con la misma virulencia que en otros tiempos había caracterizado a Eduardo Hernández; no obstante, el mal estado de la senda no le impidió alegrarse de haberla encontrado, puesto que lo llevaría sin desvíos a su lugar de destino, un lugar donde sólo había estado una vez.

Llegar a él le costó varias horas de duro galope. Exhausto, vio erguirse ante sus ojos la pequeña iglesia en la que se habían detenido con Adele en el primer viaje de vuelta a Windsor. Tras subir por la escalera, tiró de la cuerda de la campanilla y esperó, hecho un manojo de nervios, con la vista fija en sus botas sucias pero sin verlas. Su corazón se repartía entre el júbilo y una dolorosa pesadumbre. Conocía a muchos judíos que habían abjurado de su fe y su Dios con el objetivo de prolongar y hacer más sencillas sus vidas, y siempre había despreciado aquel rasgo de debilidad. Ahí estaba, sin embargo, a punto de hacer lo mismo. Su intransigencia cedió a la comprensión de que ciertas cosas pueden llevar a un hombre a redefinirse y dejar atrás el pasado.

No por ello dejaba de avergonzarse. Recordó a los desdichados judíos a quienes había visto en Francia agonizando en la hoguera, antes de verse sustraídos a su cruel agonía por el certero flechazo de un soldado cristiano vulnerable a la compasión. Recordó también el recelo con que lo había mirado el hosco capitán al término del lamentable incidente. Si ese hombre hubiera sabido del asesinato del obispo, pensó, habría sido mi alma la primera en visitar su horrible infierno.

Concluyó con resignación y tristeza que, por lo visto, su destino nunca le depararía una satisfacción plena. Fuera cual fuese la fe por la que optara, sabía que siempre iba a tener algo que ocultar o lamentar. A fin de cuentas,

se dijo, ese Jesús al que adoran no era más que un judío renegado, igual que yo.

Justo entonces se abrió la puerta, interrumpiendo sus cavilaciones.

Alejandro descubrió ante sí al mismo sacerdote que había confesado a Adele, con una vela en la mano. La suave brisa del atardecer hacía temblar la llama, creando un extraño y terrorífico juego de sombras en la severa faz del clérigo.

–Decid, hijo mío -articuló lentamente el sacerdote, mirando a Alejandro con recelo.

–Soy Alejandro Hernández, un infiel aragonés. Busco ser instruido en vuestra fe.

Dos días más tarde, en el camino de vuelta a Windsor, Alejandro meditó sobre las estrictas enseñanzas que le habían impartido. Desde el inicio de la epidemia, eran tan pocos los que habían pasado por el monasterio en busca de conversión o guía que el sacerdote tenía acumuladas enormes reservas de celo religioso para cuando se diera el caso.

Pertrechado de virtuoso fervor, el clérigo había volcado toda su energía en obtener la sumisión de Alejandro mediante el miedo, recurriendo a la amenaza del infierno y la condenación. Consciente de que la sinceridad no habría hecho más que levantar sospechas, Alejandro había tenido la prudencia de no hablar más de lo necesario. «Confieso mis pecados -se había limitado a repetir, sin entrar en detalles; y, ante la insistencia del sacerdote, había añadido-: Es Dios quien tiene que juzgarme, y sin duda es lo bastante sabio para conocer los pecados cometidos en los límites de Su creación sin necesidad de ser informado por el propio pecador.»

Por otro lado, pensó sintiendo crecer su indignación, hay que ser imbécil para creerse algunas de sus ridículas enseñanzas. Ningún hombre inteligente podía aceptar que el acceso a la gloria eterna se hallara al alcance de la bolsa; en cuanto al tema de la supuesta virgen, la madre del tal Jesús, «inmaculadamente» concebido por intervención del Espíritu Santo, quedaba más allá de toda lógica.

¡Mujer merecedora de veneración, sin duda, había pensado Alejandro al oír las prédicas del sacerdote, puesto que logró imponer sin más armas que la astucia una de las artimañas más rocambolescas de la historia! Una pobre campesina es infiel a su prometido e idea una historia increíble para justificar su embarazo, consiguiendo que, al crecer, su hijo se gane la