La plaga

Ann Benson · Capítulo 13 de 40

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La plaga

Diez

hombres eran saludables y robustos, gentiles y llenas de encanto las mujeres. Aquel palacio gozaba de una milagrosa inmunidad frente a los efectos de la peste. Alejandro pensó en lo dichoso y afortunado que era aquel grupo de comensales, y se propuso hacer lo posible por preservar su alegría.

DIEZ

Aunque, después de toda la carne de cordero que había engullido, Robert Sarin tenía el estómago más que lleno, consiguió tragarse un trocito más y, apoyado en el respaldo, emitió un sonoro eructo de satisfacción.

Aquel repentino e inexplicable aumento de apetito le producía tanta sorpresa como alegría. Se acarició el protuberante estómago. A su lado, el perro meneaba la cola y mendigaba a base de gañidos algo de lo que quedaba en el plato de su amo. El viejo, sonriente, complació a su compañero ofreciéndole en la palma de la mano un pedazo de grasa de tamaño considerable. El perro lo cogió con un mordisco preciso, sin rozar siquiera la piel de Sarin, y se lo tragó entero. Sarin siguió tendiéndole la mano cubierta de grasa, y el perro se la lamió hasta dejarla del todo limpia.

Sarin disfrutó del cosquilleo de la lengua húmeda del perro en su palma encallecida, consciente, en lo más profundo de su ser, de que no experimentaría muchas veces más aquella sensación, ni aquélla ni otras.

Estaba aprendiendo a gozar de todas las sensaciones agradables que le ofrecía el día a día, y paladeaba todas las ideas que se le ocurrían cual si se tratara de importantes aportaciones filosóficas.

Le parecía extraño que el miedo fuera capaz de proporcionarle tanta vitalidad. La energía con que se preparaba para los acontecimientos inminentes no cuadraba con el cansancio de los últimos años: era como si hubieran bastado unos días para borrar una década entera de envejecimiento. Cada vez respiraba con mayor facilidad, y cada paso que daba era más ágil que el anterior. Había estado trabajando en el jardín de su madre, dejándolo mejor de lo que había estado en todos los años en que ella ya no se hallaba ahí para cuidarlo. Siempre le había gustado el olor que desprendía aquella tierra negra y fértil, un olor a humedad y almizcle, como el que imaginaba que podía desprender una mujer.

Consultaba a diario el libro de su madre, y cada vez memorizaba mejor los rituales. ¡Su memoria lo asombraba! La sensación de saber cosas y

aprender otras nuevas le resultaba poco menos que embriagadora. Era consciente de que se acercaba el momento en que iba a exigírsele utilizar todo lo aprendido, y se sentía lleno de un entusiasmo desconocido hasta entonces. Ojalá hubiera podido vivir para verlo, se dijo con tristeza, pensando en su madre.

En cuanto se sintió un poco menos empachado, se levantó de la silla y se desperezó. La casa olía de maravilla. Desde que todo estaba igual que cuando su madre gozaba de la plenitud de sus facultades, Sarin no dejaba de recordarla. Llamó al perro, que acudió a su lado hecho un desaliñado revoltijo de pelos, con la lengua rosa colgando de su bocaza, torcida en una mueca perruna. Sarin le acarició la cabeza y dijo:

–A veces parece que ni nos haya dejado.

El perro expresó su conformidad con meneos de cola y discretos gañidos.

–Es como si siguiera aquí, ayudándome -concluyó Sarin.

Le había costado lo suyo ponerlo todo en orden, y, durante todo el proceso, había experimentado la sensación de tener a su madre a sus espaldas, protegiéndolo en sus tareas de mantenimiento. Sólo en el momento de acabar se había dado cuenta de hasta qué punto el desorden se había apoderado de la casa.

Sabía que su madre había rezado por que la tarea le correspondiera a ella, y que, por mucho cuidado que hubiera puesto en instruir a su hijo (su único hijo), nunca lo había creído capaz de cumplir la misión, caso de recaer en él dicha responsabilidad. «Debería haberlo adivinado -solía lamentarse poco antes de morir-. Un niño. Debería haberlo adivinado.» Y

estaba en lo cierto, pensó Sarin, puesto que él había sido el único varón después de varios siglos de mujeres altamente cualificadas. En virtud de un ritual antiguo y celosamente guardado, cada hija había engendrado a su vez a otra hija, y le había puesto su nombre.

Pero, según le había dicho su madre, Sarin era hijo del amor, no del ritual. Se preguntó hasta qué punto habría horrorizado a su madre ver entre sus piernas ensangrentadas a aquella criatura minúscula y arrugada que no dejaba de llorar, fruto de un parto largo y difícil. Se preguntó si, presa del pánico, habría echado a llorar, o si, peor todavía, se habría planteado deshacerse de él. Después de tantos años, era como si la fuerza de su rebeldía siguiera flotando en el aire: la negativa a hacer lo que la tradición y

la costumbre le exigían. Una muchacha indignada, cargada con el lastre de un hijo imperfecto, blandiendo el puño contra seiscientos años de obediencia por parte de sus ancestros. Transcurrido el tiempo, disipada la rebeldía, aquel hijo había adivinado el arrepentimiento de su madre. «Sabía lo que se me exigía -le había dicho ella en cierta ocasión-, y no lo hice. Soy la única culpable.» A partir de entonces había acatado cuanto se esperaba de ella; todo, salvo lo tocante a la educación de un hijo defectuoso.

El hijo en cuestión, convertido ya en anciano, salió de su casa, agachándose para no dar con la cabeza en una puerta que era demasiado baja para su estatura. Sus ojos cansados distinguieron la silueta de un hombre cubierto de harapos que se metía corriendo entre los árboles.

Acarició al perro en la cabeza.

–He visto uno -susurró al animal-. Me extraña que no vengan más a menudo.

¿Por qué será, se preguntó Janie con enojo, que cuando suena el teléfono siempre la coge a una con pasta de dientes en la boca? Tuvo la tentación de dejar que el buzón de voz del hotel recogiera la llamada, pero, recordando que podía tratarse de Caroline, escupió y salió corriendo en dirección al receptor, cuyo auricular levantó justo antes de que la quinta señal activara el sistema.

–¿Sí? – dijo, con un gusto a menta en la boca.

–Buenos días -contestó Bruce.

Janie tuvo la ocurrencia de fingir que no reconocía la voz, por darse el gusto de desorientar a Bruce; pero no, estaba resuelta a ser más dulce y amable que nunca, en aras, sobre todo, de lo bien que se había portado Bruce la noche anterior.

De hecho, pensó, lo más lógico para esta mañana sería una Janie más caliente y hormonal, con la libido recién reactivada.

–¿Qué tal has dormido?

Janie se preguntó si convendría decirle que se las había arreglado para quitarse las sábanas de encima sin quererlo, y que difícilmente podía llamarse dormir a aquel dar vueltas en la cama durante ocho horas largas y solitarias, a medio camino entre el sueño y la vigilia. Decidió no revelar el tremendo dolor de cabeza que amenazaba con partirle el cerebro por la mitad al más leve movimiento de cuello. A lo mejor tiene aspirinas, pensó, replanteándose su postura.

–Bastante bien -acabó por decir, sin alejarse demasiado de la verdad; pero sí lo hizo, y mucho, al añadir-: Me encuentro muy descansada. Debe de haber sido el vino.

–¡Qué suerte la tuya! – dijo Bruce-. Yo no sé por qué, pero me he pasado la noche sin pegar ojo. A lo mejor ha sido por dormir en una cama que no es la mía, aunque en general no tengo problemas.

–¿En serio? – preguntó Janie con voz burlona-. ¿Podrías presentar testigos en apoyo de esa afirmación?

La burla se convirtió en risa franca. Al otro extremo de la línea se produjo un silencio que duró varios segundos.

–Te lo he servido en bandeja, ¿eh? – acabó Bruce-. Tal vez me convenga evitar conversaciones a primera hora de la mañana.

–Qué quieres que te diga -contestó Janie-. Ha sido simpático. Da gusto empezar el día riendo; y siento que no hayas dormido bien. Confieso que a mí podría haberme ido mejor. Me parece que se me fue la mano con el vino.

–A mí igual me faltó un poco; pero seguro que todo se arregla con uno o dos litros de café. Voy a bajar a desayunar a la cafetería. ¿Te apuntas?

–Bajo en un par de minutos, lo que tarde en acabar de vestirme.

–Antes de bajar llamaré al almacén. Quizá sepan algo de Ted.

–Buena idea. Creo que yo también volveré a probar con Caroline.

–A ver si cuando nos vemos tenemos buenas noticias los dos -dijo Bruce antes de colgar.

Ted separó el termómetro adhesivo de su piel caliente y húmeda y miró el indicador.

–Treinta y nueve con ocho -dijo en voz alta, a pesar de que estaba solo-.

¡Dios santo!

Se sentó al borde de la cama, y al doblar las rodillas notó que le dolían.

¿Otro síntoma? ¿Cuál será el próximo?

Estaba seguro de tener algo más que un resfriado. Había pasado mala noche, levantándose varias veces para beber agua. Al despertarse, su primera sensación fue de sed. Tenía fiebre y sudores, y los ojos llenos de legañas, síntoma claro de enfermedad; sin embargo, lo que más le preocupaba era la hinchazón del cuello, que, lejos de haber disminuido, era cada vez más pronunciada.

Al examinarse el cuello, vio unos puntos oscuros en que la hinchazón era mayor. Su trabajo le había permitido conocer de primera mano los

síntomas de casi todas las enfermedades modernas; sin embargo, nunca había visto nada similar a lo que reflejaba el espejo.

Se pasó la mano por el cuello. Los bultos eran duros, y bastaba con ejercer una presión mínima para sentir el dolor sordo que Ted habría asociado a un forúnculo grande sin supurar.

–¡Ay!

Sus dedos se habían detenido en un bulto especialmente doloroso. Pensó que quizá fuera mejor buscar atención médica, pero no sabía cómo hacerlo sin llamar la atención. Prefería que sus colegas no vieran mella en su armadura de perfección; además, si se confirmaba que la enfermedad era algo más que un resfriado, lo último que deseaba era verse engullido por la lenta maquinaria del sistema médico. Un paso en falso, y caería en sus chirriantes engranajes, de los que no saldría hasta que las autoridades estuvieran del todo convencidas de que no representaba ningún peligro para la sociedad. No se le pasó por alto la ironía de que él mismo formara parte a menudo de esas autoridades.

Al final decidió que lo más seguro era intentar un autodiagnóstico, consciente de que toda la programación necesaria para registrar y analizar sus síntomas figuraba en el sistema informático de la biblioteca médica, escogido por él mismo. Sabía que podía descartar las peores posibilidades antes de seguir adelante.

Vestirse se convirtió en una tortura. Todo le dolía, sobre todo al ponerse un jersey de punto de cuello alto, aunque le satisfizo comprobar en el espejo que de ese modo los bultos del cuello pasaban desapercibidos. Por desgracia, pensó, mientras intentaba hacer más holgada la parte que se le ceñía al cuello, es incómodo a más no poder. Antes de salir a la calle cogió un abrigo de entretiempo. En cuanto estuvo fuera descubrió que el abrigo era de primera necesidad, ya que, a pesar de que hacía una temperatura agradable, el aire le resultaba frío. Juzgando poco aconsejable conducir en ese estado, cogió un taxi, y se pasó el viaje temblando en el asiento de atrás.

Como era fin de semana, la biblioteca del instituto estaba cerrada, y Ted supuso que no habría nadie, aun sabiendo que en otras zonas del edificio sí que trabajaba gente. Siempre que lo veía sin el hormigueo de empleados propio de los días laborables, el instituto le parecía mastodóntico, una especie de cueva enorme que devoraba a quien entraba en ella; sin embargo, era él mismo quien había hecho esa cueva, y solía encontrarse a salvo en su

interior. Era la primera vez que le resultaba inhóspita. Al tiempo que aumentaba en él la preocupación por su estado de salud, lo que le rodeaba fue adquiriendo proporciones falsas; empezó a sentirse muy pequeño y frágil, perdido el dominio de sí mismo.

Accedió a la biblioteca vacía aplicando la palma de la mano al sistema de control. Echó un vistazo alrededor y dijo en voz alta:

–¿Hola?

Nadie contestó. Encendió el ordenador sin perder tiempo y entró en la base de datos. El programa fue avanzando por las diversas pantallas, pidiendo información con voz agradable y sosegada. En el campo nombre del paciente Ted introdujo «Sesión de prueba»; de ese modo, el ordenador no archivaría la información que iba a entrar en su base de datos permanente. Por otro lado, el truco le permitió saltarse la larga serie de campos estadísticos y acceder enseguida al campo síntomas. Más vale que te des prisa, antes de que te encuentres demasiado mal, se dijo. En la sección de síntomas hizo clic en los iconos de fiebre, dolor de cabeza, cuello hinchado, rigidez y náuseas.

El ordenador le pidió esperar mientras procesaba la información por el sistema. No tardó más de quince o veinte segundos, pero a Ted le pareció una eternidad. La distorsión que afectaba a sus sensaciones físicas se había comunicado a su percepción del tiempo, y, durante la espera, empezó a sentirse ligeramente desorientado. La aparición en pantalla de una lista de diagnósticos posibles lo rescató de su ensimismamiento. El ordenador le pidió marcar las casillas sobre las cuales deseara información adicional.

La lista distaba mucho de ser tranquilizadora. Al leerla, Ted sintió un pánico cada vez mayor.

Enfermedad de Hodgkin: cáncer linfático…

La pasó por alto.

Gripe: afección vírica del sistema respiratorio superior…

La marcó.

Mononucleosis: enfermedad vírica que provoca un gran cansancio…

Quizá, pero no era probable.

Paperas: enfermedad vírica infantil caracterizada por…

Estaba inmunizado.

Peste: condición bacteriana provocada por la bacteria Yersinia pestis…

Interrumpió la lectura y miró fijamente la pantalla. Yersinia pestis… No hacía mucho que había visto ese nombre, pero, por mucho que se concentrara, no consiguió que su cerebro lo relacionase con nada concreto.

Lo contrarió su incapacidad de recordar un detalle que, por muy pequeño que fuera, parecía revestir cierta importancia. Todavía no sabía que un pariente recién nacido de aquella bacteria de nombre conocido pero inaprensible era, de hecho, la causa de sus irritantes lagunas de memoria.

Por fin logró recordar dónde lo había visto. Entonces salió de la red, desconectó el ordenador y se quedó quieto en la silla, con la mirada perdida en el espacio negro de la pantalla. Temblaba, su corazón latía a toda velocidad, y, a pesar de que tardó varios minutos en moverse, sudaba profusamente por la frente y el labio superior. En cuanto se levantó tuvo un ataque de náuseas, e intentó vomitar en la papelera que tenía al lado; pero el intento quedó en meras arcadas, ya que llevaba sin comer desde los primeros momentos de malestar, y en su contraído estómago no había nada que pudiera ser expulsado.

En cuanto dejaron de revolvérsele las tripas, cerró la biblioteca y se dirigió al laboratorio con pasos lentos, aterrorizado por lo que iba a encontrar, pero impulsado por una necesidad imperiosa de saber. La coincidencia era demasiado grande para pasarla por alto.

Recorrió poco a poco los pasillos pintados de blanco y colores pastel, apoyándose en la pared para no perder el equilibrio, y usando la otra mano para suavizar su dolor de estómago. Durante el fin de semana los temporizadores sólo encendían una bombilla de cada tres, haciendo que los pasillos, tan luminosos de costumbre, le parecieran lúgubres. La misma falta de luz parecía reinar en su cerebro; cada paso que daba resonaba en el suelo recién encerado, atronándole el tímpano y atontándolo todavía más.

En cuanto llegó al laboratorio fue directamente en busca del libro que Frank había dejado abierto junto al ordenador que contenía el programa de identificación de microorganismos. Lo cogió y, mientras buscaba la parte sobre enterobacterias, se dio cuenta de que había algo debajo, una hoja con un gráfico bastante grande. Al examinar la hoja, vio impresa en la esquina inferior izquierda la información de archivo y fecha; esta última coincidía con la muerte de Frank, y el nombre del archivo era «Gertrude».

Volvió a sentir un frustrante pellizco en las neuronas. Cerró los ojos y procuró extraer de las profundidades de su cerebro la información que

necesitaba. ¡Qué espeso que estoy!, pensó, preguntándose si aquella sensación correspondería a la que experimentaba a diario una persona tonta de nacimiento. Por fin, en un instante triunfal, recordó haber interrogado a Caroline acerca del nombre «Gertrude». Era, según había dicho ella, el nombre con que habían bautizado al microbio descubierto por Frank en el trozo de tela.

El trozo de tela que esa misma mañana se había visto expuesto un poco antes a la explosión de P. coli.

Ted había tocado la tela, y Caroline también; en cambio, no recordaba haber visto a Janie ni a Bruce en contacto con ella. Juzgó poco probable que Bruce la hubiera tenido entre manos; no así la otra mujer.

Tengo que encontrar ese trozo de tela… si consigo sacudirme esta torpeza mental…

Encendió los dos ordenadores a la vez. Por insistencia del propio Ted, ambos contaban con una función opprev que permitía al usuario recordar las operaciones ejecutadas previamente por el sistema, y daba pie a que ese usuario, o cualquier otro, volviera a acceder a cualquier programa en el mismo punto en que había salido de él. Se proporcionaba una lista de fechas, horas y operadores para agilizar la búsqueda. En respuesta a las quejas que acusaban a dicha función de ser un insidioso instrumento que permitía al personal de supervisión controlar qué hacían los técnicos y cuándo lo hacían, Ted había ordenado a los programadores incluirla en todos los ordenadores del instituto. La inmediata dimisión de dos técnicos fue cubierta por Ted contratando a sustitutos más dóciles.

En primer lugar se dirigió al microscopio en cuya instalación había dejado Frank la muestra de tela. Activó la lista de operaciones previas y volvió al día de la muerte de Frank. La lista constaba de tres archivos: Gertrude, Frank y Frank2. Después pasó al sistema que tenía instalado el programa CIM.

En la lista, justo después de «Frank2», constaba la entrada

«identificación CIM Yersinia pestis».

Mientras entraba en el programa CIM y abría el archivo con el gráfico de Yersinia pestis, se le ocurrió un sinfín de posibilidades, a cuál más espantosa. Seguía teniendo en la mano la imagen impresa de Gertrude, en espera del momento de compararla con el gráfico que no tardaría en aparecer en pantalla. En cuestión de segundos la imagen barrió la pantalla

de arriba abajo. Eran prácticamente idénticas; no hacía falta ningún ordenador para darse cuenta de que se trataba del mismo microbio.

Pulsando las teclas con dedos temblorosos, Ted salió del programa y volvió a acceder a la base de datos que había consultado en la biblioteca.

Estaba a punto de echarse a llorar.

–Me encontrarán, seguro -musitó-. Vendrán a por mí con sus uniformes verdes, me meterán en una de esas bolsas amarillas de seguridad biológica y me tirarán como si fuera basura…

Esta vez se saltó por completo la búsqueda por síntomas y fue directamente al archivo «Peste»:

La peste, enfermedad bacteriana provocada por la bacteria Yersinia Pestis, se mantiene en focos significativos de todo el planeta, más concretamente en el sudeste asiático (vietnam, china) y el sudoeste americano. Las bacterias son transportadas por pulgas que viven en roedores y pequeños mamíferos; puede darse el caso de que los portadores sean mamíferos de gran tamaño, tales como ciervos y reses. Si la bacteria se transfiere a la pulga cuando ésta muerde al portador, se multiplica en el tracto digestivo de la pulga hasta infestar el estómago del insecto. Al morder a otro animal, la pulga regurgita los microbios en el flujo sanguíneo de la víctima, quedando ésta infectada. la enfermedad también puede difundirse por contacto directo con materias infecciosas, tales como fluidos corporales o ropa contaminada.

De la cara de Ted cayeron gotas de sudor que empaparon la parte delantera del cuello del jersey.

Existen tres formas de enfermedad, todas ellas provocadas por un mismo microbio. en la forma bubónica, los primeros síntomas incluyen fiebre, dolor de cabeza e hinchazón leve de los ganglios linfáticos, sobre todo en las zonas del cuello y la entrepierna. en ausencia de tratamiento, la enfermedad progresa rápidamente hacia síntomas más pronunciados, que incluyen hinchazón muy marcada de los nodulos linfáticos con hemorragia en los tejidos circundantes. Dentro de los propios nodulos se forman pústulas (bubas) que se presentan a menudo como forúnculos, formando relieve sobre la superficie de la zona nodular. El proceso puede ser muy doloroso, sobre todo en las articulaciones y extremidades, los pacientes pueden experimentar un deterioro de la memoria y exhibir un

comportamiento antisocial o ajeno a sus costumbres. Puede producirse una depresión profunda.

Ted se tocó el cuello involuntariamente, palpándolo una vez más como si dudara racionalmente de lo que su instinto daba ya por seguro. Siguió leyendo.

Si no se somete a tratamiento, es frecuente que la peste bubónica se convierta en peste neumónica, forma en que las bacterias invaden el sistema respiratorio cubriendo la superficie interna de los pulmones. en esta modalidad, la enfermedad es sumamente contagiosa, ya que el esputo aspirado y las gotitas de fluido exhaladas durante la respiración normal suelen transportar bacterias viables.

Ted respiró tapándose la boca con la mano.

La peste septicémica se produce cuando las bacterias se difunden en el flujo sanguíneo y los órganos vitales. Cuando las bacterias completan su ciclo de vida normal y mueren, grandes cantidades de toxinas pasan directamente al flujo sanguíneo; en su intento de purgar de toxinas el organismo, los ríñones y el hígado pueden sufrir una necrosis. La víctima acaba por sucumbir al efecto tóxico. La evolución de esta forma de peste suele ser muy rápida, y sus efectos casi siempre fatales.

Cada vez sudaba más. Se secó la frente con la mano, y ésta a su vez con los pantalones; acto seguido levantó la mano y la miró fijamente, preguntándose con horror cuántos millones de bacterias acabaría de introducir en la tela de los pantalones…

El tratamiento consiste en una administración prolongada de antibióticos orales y parenterales. los más efectivos son la estreptomicina, el cloranicol y la tetraciclina. en la forma bubónica pueden sajarse los forúnculos para aliviar la presión, irrigándolos después con una solución salina estéril; sin embargo, deben evitarse las infecciones secundarias que puedan derivar del procedimiento quirúrgico. En la mayoría de casos, para que el tratamiento sea efectivo debe iniciarse en las primeras setenta y dos horas desde la aparición de los síntomas. Puede utilizarse suero que contenga anticuerpos de víctimas anteriores para reforzar o sustituir el tratamiento tradicional con antibióticos.

Todos los pacientes deben ser aislados, y conviene poner en cuarentena a cualquier persona expuesta a la enfermedad hasta el final del período máximo de incubación (por lo general tres semanas). quienes proporcionen

cuidados médicos deben adoptar toda clase de precauciones a la hora de manejar tejidos o productos corporales de individuos infectados o expuestos.

Por acuerdo internacional, todo caso de peste debe ser comunicado a la organización Mundial para la Salud. Puede obtenerse información adicional vía fax poniéndose en contacto con el Centro de Control de Enfermedades de EE.UU…

Ted, que ya estaba completamente fuera de sí, intentó sacar la cuenta y, con gran esfuerzo, llegó a la conclusión de que el malestar se había iniciado unas cuarenta y ocho horas atrás. Cerró los ojos y se apoyó en el respaldo de su asiento, oyendo cómo los latidos de su corazón hacían circular por sus venas una sangre cargada de bacterias. Alucinante, pensó. De locos.

¡Estamos en el siglo XXI, no en la Edad Media! ¿Cómo ha podido suceder?

Pero sabía perfectamente la respuesta. La había jodido; el único responsable de aquel desastre era él. Toda una ristra de papeles lo demostraba, algunos de ellos fuera de su control inmediato. De resultas de su incompetencia, padecía una enfermedad potencialmente mortal y altamente infecciosa. Si recurría a las vías normales para recibir tratamiento médico, toda la comunidad científica descubriría lo sucedido. Nunca podría reconstruir su vida de orden y precisión.

Si de algo estaba seguro era de necesitar atención médica; sin ella, tenía muchas posibilidades de morir.

Sin embargo, le era imposible acudir al médico que tenía asignado.

Solución: ir directamente al consultorio médico del instituto y hacerse con lo necesario sin que nadie se diera cuenta.

Salió del laboratorio y recorrió con paso inestable los pasillos mal iluminados que llevaban a la sección de consultas. ¡Por favor, que no me vea nadie!, suplicó, por si algún dios estaba dispuesto a escucharle; y así fue, puesto que llegó sin ser visto al consultorio, totalmente cerrado; no había más que entrar y coger directamente cuantos fármacos necesitara.

Sabía que los medicamentos estaban ordenados por clases, y, en consecuencia, se encaminó directamente a los estantes en que estaban almacenados todos los antibióticos, tanto los que habían quedado obsoletos como los pocos que seguían poseyendo cierta eficacia.

Se abrió camino con la mano por varias hileras de frascos patéticos en su inutilidad, preguntándose por qué seguirían en depósito. La esperanza es

lo último que se pierde, pensó. ¡Qué estúpidos fuimos! ¿Por qué no usaríamos estos fármacos con más prudencia? Uno a uno, todos los antibióticos de los que en tiempos dependiera la humanidad se habían ido volviendo ineficaces contra las bacterias cuyo control constituía su razón de ser. Nada quedaba de la época en que toda madre que acudía al consultorio preocupada por la inflamación de garganta de su hijo volvía a casa con un arsenal completo de antibióticos. Esos mismos niños morían ahora en salas aisladas, devorados sus cuerpos por legiones de microbios que, en un esfuerzo por sobrevivir, habían desarrollado adaptaciones genéticas superiores a las de sus huéspedes humanos.

Esta, sin embargo, es una enfermedad antigua, y es posible que responda a un medicamento antiguo. La idea sólo lo tranquilizó por unos instantes, transcurridos los cuales, y presa una vez más del pánico, Ted se preguntó qué haría en caso de no hallar como mínimo una de las medicinas que necesitaba. Los tres antibióticos mencionados en el programa informático figuraban entre los más arcaicos. Hacía más de cinco años que los tres habían dejado de mostrarse eficaces contra la mayoría de bacterias, y ya no se fabricaban. Deseó fervorosamente que, movido por su conciencia histórica, algún farmacéutico de los que lo guardan todo hubiera dejado algunos para la posteridad, aunque sólo fuera para desempolvarlos de tarde en tarde e impresionar a algún joven aprendiz con las dificultades de los tratamientos arcaicos: «Cada día recorríamos quince kilómetros para ir a la farmacia, desafiando al viento y la nieve…» Pensándolo mejor, confió en una hipótesis más probable, la de que a alguien le hubiera dado pereza tirar a la basura viejas muestras congeladas. ¡Dios mío, por favor, haz que quede algo! ¡Es mi única esperanza! Si no encontraba los fármacos, le iba a costar muchas explicaciones conseguir los anticuerpos de una víctima anterior.

Recordó el viejo dicho sobre el «pelo del perro que te mordió»,[2] y,

pese al terror que lo atenazaba, estuvo a punto de echarse a reír.

Tardó diez horribles minutos en encontrar tres frascos congelados de tetraciclina inyectable al fondo de un congelador. Tenía las manos entumecidas, y tuvo que calentárselas antes de arriesgarse a sacar los preciosos frascos de la unidad. Si se le caía uno era muy probable que muriera, igual que Caroline, si estaba infectada, y quizá muchas personas más.