La plaga

Ann Benson · Capítulo 30 de 40

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La plaga

Veintiséis

morirán a causa de su mezquindad. Indignado por la negativa de Gaddesdon a refrendar su teoría, dijo:

–Se lo plantearé directamente al rey cuando regrese.

–Estáis en vuestro derecho, por supuesto -contestó Gaddesdon-, pero esta tarde lo hallaréis muy atareado y reacio a escuchar vuestras historias.

Mañana estará ocupado armando a muchos nuevos caballeros, entre ellos vos, según creo. Naturalmente, cabe felicitaros por ello, y no dudo que merezcáis de sobra tan alto honor. Ahora bien, en lo que respecta a este otro asunto, traednos más pruebas y obtendréis su atención.

Alejandro no sabía qué hacer. Lo mejor era buscar a Adele, que sabría aconsejarlo con su sabiduría habitual.

VEINTISÉIS

Janie cogió a Sarin por los hombros y lo sacudió con fuerza.

–¿Qué quiere decir con que Caroline no está muerta? – dijo con mirada desorbitada e incrédula.

Sarin se encogió, asustado por aquel repentino estallido de rabia. Estaba desconcertado. Había dado por hecho que su respuesta iba a gustar a Janie.

Confiando en no volver a provocar una reacción tan violenta, repitió:

–No está muerta. – Su propia voz le parecía lejana, como si se hubiera visto trasladado a un lugar remoto-. Tengo que hacer algo, pero no me acuerdo… Estoy tan cansado…

Pero Janie ya había acudido junto a Caroline y aplicaba el oído a su pecho.

–¡Oigo latidos!

Cogió la mano ennegrecida de la enferma y le palpó la muñeca en busca del pulso; y, en efecto, ahí estaba, débil pero constante, ofreciendo un contraste sorprendente con el deterioro del cuerpo.

–Señor Sarin -exclamó Janie-, voy a necesitar una serie de cosas: toallas, un cazo de agua caliente, jabón fuerte, unas tijeras que corten bien…

Sarin no la dejó acabar la lista.

–No servirá de nada.

Janie se quedó de piedra.

–¿Cómo que no servirá de nada? Soy médico, y sé muy bien de qué hablo…

–Usted no puede hacer nada para salvarla. Estaba previsto que lo hiciera yo, y justo iba a empezar cuando se me ha muerto el perro- Miró al animal que tenía en brazos, y nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas.

–No lo entiendo… -dijo Janie.

–Me he estado preparando toda la vida para este momento. Ya hace más de seiscientos años que se predijo que la peste volvería a salir de la tierra para tratar de apoderarse del mundo. – Frunció el entrecejo-. Ése es el motivo de que no pudiera permitir que excavaran… Sabía que acabaría así…

Janie recordó vagamente lo sucedido aquella noche en que ella y Caroline habían extraído furtivamente un tubo de tierra del campo contiguo a la casa. Rememoró el terror que se había adueñado de ellas, la sensación de estar siendo vigiladas… ¿Por qué no me fijaría más?, pensó.

–Dios mío… Todo es culpa mía. Lo sabía… -gimió.

Sarin siguió con su deshilvanado discurso, haciendo un esfuerzo por que resultara comprensible.

–Desde esa época, según decía mi madre… Desde esa época ha habido alguien en la casa vigilando el campo… Mi madre era una de esas personas… Siempre había alguien para asegurarse de que no se molestara a las almas de los difuntos.

–¿Los difuntos? – dijo Janie-. No entiendo… ¿Qué difuntos?

–Iba a repetirse… Otra vez… Hemos estado esperando el día, y aquí está… ¡Virgen santa!…

–¿Quiénes «hemos»? – preguntó Janie, llena de asombro por lo que estaba oyendo.

Las preguntas de Janie desorientaban a Sarin. Iban demasiado seguidas, y no le dejaban pensar con propiedad. Empezó a farfullar incoherencias, y advirtió con gran inquietud que su interlocutora se ponía nerviosa por momentos.

Entonces se acordó: ¡el libro!

–Espere -dijo-, creo que puedo enseñárselo…

Fue al dormitorio, con Janie detrás. Cogió el frágil y enmohecido manuscrito y se lo tendió con gesto respetuoso.

Janie hojeó el volumen a toda prisa, tratando de descifrar los antiguos garabatos. Sarin se vio en la necesidad de advertirle:

–Trátelo con cuidado, se lo ruego. Me lo dio mi madre. – Volvió a coger el libro y pasó las hojas con tiento, hasta detenerse en la página que buscaba-. Aquí está. Mire. – Devolvió el libro a janie. Mientras ésta iba pasando las páginas amarillentas, Sarin le contó la historia con tranquilidad y aplomo cada vez mayores-. La última es mi madre, y la de antes la madre de mi madre. Y antes está la madre de mi abuela. Va retrocediendo hasta la época en que empezó la vigilancia.

Las últimas tres imágenes eran fotografías, precedidas por dibujos o pinturas, sencillos y casi infantiles algunos, otros, en cambio, exquisitamente fieles. Y debajo de cada retrato constaba el nombre

«Sarah». La foto que cerraba la serie era una toma en blanco y negro de la madre de Sarin en su juventud, sonriendo y protegiéndose del sol con la mano; llevaba un vestido de los años treinta, y sostenía a un niño en brazos; el propio Robert Sarin, sin duda.

El único hombre es Sarin, pensó Janie.

El siguiente comentario del anciano llevó a Janie a sospechar que le leía los pensamientos.

–Todas estas mujeres, de la primera a la última, estuvieron dispuestas a dar la vida a cambio de mantener la peste a raya. Preservaron los secretos de la cura hasta el día en que volvieran a ser necesarios. Mi madre misma murió muy amargada. Quería que sucediera en vida de ella; no tuvo hijas, sólo a mí…

Janie lo interrumpió poniéndole una mano en el brazo.

–¿Los secretos de la cura…?

La interrupción pareció desconcertar a Sarin. Janie se dio cuenta de que el anciano había estado recitando de memoria. Hasta es posible que no entienda lo que dice, pensó.

Sarin recuperó el libro de manos de Janie y lo abrió por la primera página.

–¿Ve esto? – Señaló el texto-. Hubo una vez un médico, hace mucho mucho tiempo. Este libro era suyo. Utilizó lo que había aprendido de la primera Sarah para descubrir una cura. Lo apuntó todo en su libro, y se ha estado transmitiendo de generación a generación. Eso es: cada madre explicaba a su hija…

Janie interrumpió a Sarin por enésima vez.

–Entonces, ¿usted sabe curar a Caroline?

El anciano pareció sorprenderse de que Janie no se hubiera dado cuenta hasta entonces.

–¡Claro! – exclamó con entusiasmo-. Es lo que iba a hacer cuando he visto al perro. Fíjese… ¡Todo está en el libro! – Su voz se llenó de aprensión e inseguridad, como la de un niño atemorizado-. Al ver al pobre animal me he dado cuenta de que esa cosa había vuelto y se lo había llevado para impedirme cumplir mi deber, como si se defendiera distrayéndome.

Al formular la siguiente pregunta, a Janie le tembló la voz.

–¿Es demasiado tarde?

Sarin inclinó la cabeza, terriblemente humillado.

–No lo sé… ¡Qué vergüenza! Es lo único que me han enseñado en toda mi vida, y ahora temo haber fracasado.

Poco a poco, Janie cayó en la cuenta de que el destino de Caroline dependía por entero de aquel hombre de pocas luces, que por lo visto nunca había estado del todo bien de la cabeza, ni siquiera antes de que la edad menguara sus facultades. El pobre le inspiró una mezcla incómoda de compasión y rabia; al mismo tiempo que sentía tristeza por lo limitado de su vida, le pareció indignante que no hubiera sabido hacer lo único que, según propia confesión, podía dar sentido a esa vida. Sé paciente con él, se advirtió a sí misma. Caroline lo necesita para sobrevivir.

–No se juzgue con tanta severidad -dijo suavemente-. ¡Todavía puede intentarlo! ¡Es necesario que vuelva junto a ella!

–No puedo -contestó Sarin, con la misma voz de niño de antes.

Viendo que no había más remedio, Janie cogió con firmeza los hombros del anciano y se irguió en toda su estatura. Buceando en recuerdos dolorosos, recurrió a su voz más persuasiva y maternal y dijo con energía:

–Tiene que hacerlo. ¿Me oye? He dicho que tiene que hacerlo.

Sarin miró a aquella mujer a la que aventajaba en muchos años, y que acababa de ordenarle que hiciera algo de lo que se veía incapaz.

–De acuerdo -contestó-, lo intentaré, pero tal vez sea demasiado tarde.

Janie cogió del brazo al anciano y lo condujo con firmeza a la habitación donde Bruce seguía observando a Caroline.

–¡Bruce! – dijo con agitación.-. Sarin sabe una…

Bruce la interrumpió con un gesto perentorio de la mano.

–¡Chis! ¡Mira!