La plaga
Veintitrés
cuanto juzgó que Caroline estaba todo lo cómoda que podía estar, cubrió su escuálido cuerpo con sábanas limpias, antes de juntarle las manos sobre la barriga y colocar entre ellas un ramillete de hierbas secas.
Dio un paso atrás y miró a la enferma con expresión meditabunda.
–Espero que recuperes tu belleza -dijo, seguro de que no podía oírlo.
Después, pensando en lo que acababa de decir, rezó en silencio: Señor, me daría por satisfecho con que se curara. Sería más que suficiente. Intuía que la prolongación de la vida de la joven, de concederse, no quedaría en hecho aislado, sino que formaría parte de un plan más vasto.
Suspiró con fuerza y dio a la enferma unos golpecitos tranquilizadores en la pierna. ¡Ojalá se me permita verlo realidad! ¿Seguiría ella siendo joven cuando sucediera, madre acaso de un hijo importante? ¿O descubriría su papel en edad tan avanzada como la del propio Sarin?
Si conseguía curarla, ¿se convertiría a su vez en sanadora? Sarin sabía desde siempre lo que se esperaría de él en un momento u otro, pero a decir verdad, antes de tener delante al objeto de sus desvelos (tantas veces ensayados), nunca se había molestado en tratar de averiguar por qué su éxito era tan importante.
–En fin -dijo en voz baja al perro, que había acudido a su lado-, lo más seguro es que tampoco lo entendiera.
Sólo el tenue resplandor de una vela iluminaba la habitación, ya que, según su madre, si la paciente volvía a abrir los ojos podía resentirse de una luz excesiva. Si la tarea se prolongaba hasta más allá del amanecer, bajaría las persianas para proteger a Caroline de la cruda luz solar.
Viendo que se movía, se acercó a ella de inmediato y le puso la mano en la frente; seguía sudando, pero no estaba tan caliente como antes. Para Sarin, era muy gratificante pensar que la mejoría pudiera ser fruto de sus esfuerzos, quizá del uso de hierbas al lavarla.
–Espero que no tarden -dijo al perro. Consultó su reloj de bolsillo y suspiró-. Ya es hora de empezar. – El perro contestó con un discreto gañido.
Su amo respiró hondo-. Bueno, pues tendré que arreglármelas sin ellos.
Confió en saber hacerlo.
VEINTITRÉS
La respuesta del rey desconcertó a Alejandro por su ambigüedad.
Una vez más os quedamos agradecidos por la diligencia con que ejercéis vuestra profesión. Por favor, seguid informándome de vuestros descubrimientos; también yo permaneceré atento a las noticias sobre la peste que lleguen del conjunto del reino, y entre los dos no tardaremos en esclarecer lo que tiene de cierto el supuesto brote. Meditaré vuestra propuesta y os comunicaré mi decisión en Canterbury.
¡Aquella respuesta carecía de contenido! ¿Cómo es posible que hombres educados puedan utilizar tantas palabras y decir tan poco?, se preguntó el médico. Eduardo no tenía intención de investigar activamente los rumores, ni parecía interesado en la noticia de que quizá existiera una cura. Está demasiado ocupado con el oficio de rey, y no se da cuenta de que pronto no le quedarán súbditos que precisen de sus servicios. Pues bien, no comparto su despreocupación ni su indiferencia.
Volvió a la casa que había incendiado y recorrió las ruinas hasta encontrar los esqueletos ennegrecidos de la mujer y sus dos hijas, en medio de lo que había sido su hogar. Se planteó añadir tres tumbas más a las que ya había, pero no se atrevió a tocar los cuerpos insepultos, por miedo a atraer sobre sí la terrible y furtiva enfermedad.
No puede reducirse a este caso. Tiene que haber otros cerca. Se me está escapando algo.
Se le ocurrió llevar adelante la desecación sin permiso oficial, pero el recuerdo de su experiencia en Aragón dejó la idea en mero proyecto. Pasó el resto del día haciendo preguntas a los lugareños, cada vez más frustrado por el contraste entre la realidad y lo que le dictaba su espíritu de razonamiento. Como había olvidado prepararse para un viaje de varios días, volvió a casa en cuanto el sol empezó a aproximarse al horizonte.
Atenazado por el hambre y la sed, llegó a las puertas de un pequeño monasterio, y, recordando que ciertas órdenes cristianas tenían por norma dar hospitalidad a los viajeros cansados, hizo sonar la campanilla, esperando obtener algún refrigerio antes de continuar. A falta de respuesta, volvió a tirar de la cuerda, pero su petición fue ignorada por segunda vez.
Finalmente, la curiosidad se sobrepuso a los buenos modales, y Alejandro empujó la puerta. Estaba abierta. Se propuso entrar en el monasterio sin permiso, pero, antes de haber pasado del umbral, un hedor conocido agredió su olfato con fuerza suficiente para obligarlo a dar media vuelta y salir corriendo en busca de aire fresco, como si estuviera a punto de
ahogarse. La causa del asfixiante olor estaba lo bastante clara para que no hiciera falta investigar. Aunque no tenía previsto partir hacia Canterbury hasta dos días más tarde, Alejandro decidió iniciar el viaje al alba, ya que era de todo punto necesario informar al rey del suceso.
Sin embargo, al despertar de su duermevela, Alejandro miró por la ventana de su casa y vio que un viento huracanado sacudía los árboles hasta el extremo de arrancar las ramas más gruesas sin el menor esfuerzo. Para colmo, llovía a cántaros, y no tuvo más remedio que demorar su partida un día más, hasta gozar de posibilidades fundadas de llegar sano y salvo a destino. No podía arriesgarse a fracasar.
Adele volvió a abrocharse los botones de las mangas y se metió la camisa por dentro de la falda. A su lado, la niñera se limpiaba las manos con una toalla de hilo, suspirando con fuerza. Era una situación difícil, y temía por el alma de aquella dama.
–No cabe duda. Hace dos meses que no os viene la regla, y al tocar el vientre lo he notado blando. A mediados del invierno, si Dios quiere, tendréis un bebé en vuestros brazos.
Adele, sumida en el desconcierto, no hizo comentarios al recibir la noticia. Sus sospechas iniciales de que la vida estaba germinando en su seno la habían llenado de temor, dada la imposibilidad de que aquel niño sin padre hallara un lugar en la corte de Isabel. Adele no iba a dar a luz a otra Kate, sino al hijo bastardo de un español, y, mientras no lo nombraran caballero, Alejandro no podía considerarse buen partido para la aristocrática lady Throxwood. Tendría que mantener en secreto su estado hasta después de la ceremonia.
–Por favor, si en algo me aprecias -dijo a la niñera-, como sé que apreciaste a mi gentil madre, no cuentes esto a nadie, y menos que a nadie a mi señora Isabel. Quisiera comunicar la noticia al padre de la criatura antes de que se divulgue en palacio.
La niñera estaba al corriente de la identidad del padre, y temía por una pareja tan desigual. Vaciló un poco antes de hablar.
–Señora, si acaso os inclinaseis por libraros de esta carga, sabed que es posible. Muchas comadronas han extraído del útero materno semillas no deseadas, incluso entre personas de alta cuna.
Adele ya sabía que las mujeres de su rango y privilegios tenían la posibilidad de dar fin a un embarazo inoportuno, pero su desconcierto le
había impedido planteárselo siquiera, y casi se sintió molesta por la complicación adicional que suponía el bienintencionado comentario de la niñera. La confirmación de su estado le daba mucho en que pensar. Se pasó la mano por la frente para conjurar un incipiente dolor de cabeza. Por otro lado, y a pesar de lo muy preocupada que estaba, ya había pasado largas horas de felicidad soñando con la dulce vida que podría compartir con Alejandro y el hijo de ambos si todo salía bien. Casi toda su vida se había desarrollado al servicio de su amiga; era hora de tener algo propio. Estaba segura de que Isabel no se lo tomaría a mal.
–¡No puedo pensar en tantas cosas! – dijo, poniéndose de lado y volviendo la cara a la niñera.
Ésta se apartó de la cama y se puso a trajinar por la habitación, atendiendo a los quehaceres más nimios con tal de proporcionar a la dama unos momentos de intimidad.
–¡Al infierno con las pulgas! – dijo dándose un golpe en el dorso de la mano-. ¡Ojalá viviera lo bastante para pasar una primavera sin estos bichejos malditos!
En vez de contestar, Adele gimió, presa de unas náuseas repentinas.
Cambió de lado y dobló las piernas para mitigar el malestar. En cuanto la oyó quejarse, la niñera acudió corriendo a su lado.
–En los primeros tiempos del embarazo, muchas mujeres sufren dolores de vientre -dijo-, pero se os pasará. Dentro de dos meses no sentiréis la menor molestia. ¡Y el niño empezará a moverse en vuestro interior!
Notaréis sus pataditas. Cuando llega ese momento, es lo más maravilloso del mundo.
–¡Ah, mi buena niñera, cómo me tranquilizas! – dijo Adele, cogiendo a la anciana de la mano-. Creía que este dolor era un castigo de Dios a mi falta de castidad. – Nada de eso -dijo la niñera-. Pocas se salvan. Me atrevería a decir que hasta la santísima Virgen sufrió de esta manera.
Adele cerró los ojos, sintiendo que le volvían los retortijones.
–Entonces rezaré por su protección y guía -dijo. Ya bien entrada la mañana, Adele se sintió con más fuerzas. Comió un poco y dedicó un rato a bordar. Seguía inclinada sobre sus labores cuando Isabel regresó del salón del trono y le dijo que el rey Eduardo deseaba hablar con ella en privado.
–¡Qué blanca estás! – dijo la princesa-. ¿Te encuentras bien?
–Quizá un poco cansada.
Adele se miró en el espejo de Isabel y comprobó que lo que decía ésta era cierto; entonces se pellizcó las mejillas y logró infundirles color. Se volvió hacia Isabel, que expresó su aprobación con una sonrisa. – ¡Válgame Dios! ¿Y por qué querrá verme? – No lo sé -dijo Isabel con ignorancia fingida. ¡Virgen santa!, pensó Adele de repente. No puede ser. Ahora no.
Tanteó con timidez a su señora: -¿Le han pedido mi mano?
Viendo a Adele tan preocupada, la princesa se echó a reír.
–No te inquietes tanto, querida amiga. No sé de ninguna petición en ese sentido. Imagino que querrá decirte algo acerca de tus propiedades. Pero no dejes que la afición de mi padre a oírse hablar a sí mismo te entretenga demasiado. Cuando vuelvas nos probaremos los vestidos de gala. ¡Ya era hora de que llegaran!
Adele caminó con dificultad hasta el salón del trono, con la duda de si no habría hecho mejor quedándose en la habitación. Una tremenda arremetida de dolores de vientre la obligó a detenerse y apoyarse en la pared para no caer. Conteniendo sus ganas de vomitar, se rehízo y recorrió el último trecho.
–¡Pero si estáis igual de blanca que el más inmaculado de los linos! –
exclamó el rey al verla-. ¿Qué os aflige?
–Sólo es una gripe pasajera, majestad. Lo cierto es que he mejorado mucho desde esta mañana. Solicito vuestra indulgencia por presentarme tan pálida ante vos.
El rey evitó profundizar en el tema, aunque se alegró de que Adele se encontrase mejor. La joven aceptó gustosa su invitación a sentarse.
–Voy a plantearos una misión de gran importancia -dijo el rey-. Quisiera solicitar vuestra colaboración en una serie de preparativos para el próximo enlace de Isabel.
–No entiendo, majestad -dijo Adele, perpleja-. ¿Se ha prometido acaso mi señora?
–¿Será posible que la muy engreída no os haya informado de semejante noticia? ¡Qué negligencia! ¡Pero si sois su principal confidente! ¡Me extraña que haya tenido la gentileza de dejarme ser el primero que os lo diga! Se están ultimando las negociaciones para que Isabel se case con Carlos de Bohemia, cuya coronación como emperador es inminente.
Viajaréis con ella, y seguiréis a su lado durante un año, ofreciéndole amistad y consuelo. De ese modo tendrá tiempo para acostumbrarse a su
nuevo esposo. A ella no se le habría ocurrido pedíroslo, pero creo sinceramente que vuestra presencia contribuirá a su felicidad y a la solidez de la unión de Inglaterra con Bohemia.
Viendo que Adele se ponía todavía más pálida, Eduardo dijo:
–¿Lady Adele? Si estáis indispuesta podemos dejar la conversación para más tarde…
–No, majestad -contestó Adele, temblorosa-, se me pasará… Las buenas noticias se han vuelto tan escasas que ya no estoy acostumbrada…
–Siendo así, no os retengo más tiempo, ya que dos buenas noticias de este calibre, una para vos y otra para Isabel, son sin duda excesivas para vuestra constitución. Pero antes de marcharos, decidme, ¿puedo contar con que la hija de quien tan bien me sirvió en Francia me sirva a su vez en Bohemia?
Isabel no estaba en situación de contestar. Abrumada por las consecuencias de la petición del rey, se desmayó y quedó inconsciente en la silla.
Sir John Chandos, que estaba cerca, corrió hacia ella y la levantó con facilidad; después la llevó sin ayuda de nadie a los aposentos de las mujeres, donde la niñera se hizo con el mando e indicó al valiente soldado que depositara el cuerpo desmadejado de Isabel encima de la cama.
Después tuvo la audacia de ordenarle que se marchara.
–Salid. Éste no es lugar para hombres. ¿O acaso tenéis intención de aprender más sobre problemas de mujeres bajo mi tutela?
Para el bueno de sir John, poco acostumbrado a las costumbres íntimas del sexo femenino, fue un alivio marcharse. En cuanto salió, la niñera empezó a desatar el corpino de Adele y llamó a Isabel para que la ayudara.
Asustada, la princesa intentó deshacer los lazos, pero de poco sirvieron sus torpes dedos.
–¿Qué tiene? – preguntó a la niñera.
Ésta no dijo nada, y evitó mirarla a los ojos.
–¡Habla! – ordenó Isabel.
Ante el terco silencio de la anciana, Adele, que había recuperado la conciencia, la relevó de su promesa de no revelar el secreto a la dama a quien servía.
–Yo misma os lo explicaré -dijo con voz frágil-. Comparto mi enfermedad con todas las mujeres que tienen hijos. Estoy embarazada de
Alejandro.
Isabel se santiguó, tomando prestado un gesto característico de Adele.
La declaración de ésta la impresionó tanto que se apartó de la cama y dejó que la niñera se ocupara a solas de su paciente. Empezó a dar vueltas por la habitación como un gato acorralado, llena de desconcierto, y desesperada por mantener la situación bajo control. Al principio, la idea de que su amiga del alma fuera capaz de una traición tan solapada la puso furiosa; después sintió celos de la intimidad entre Adele y el padre de la criatura, en contraste con el fracaso amoroso que la afligía a ella, princesa de sangre real.
Una vez recuperado cierto grado de sosiego, volvió junto a Adele, que seguía tendida en la cama con un trapo húmedo en la frente.
–¡Adele, creía que me tenías afecto! Eres la última de quien esperaba una traición.
Adele trató de incorporarse, pero sólo consiguió apoyarse en los codos.
–¿Cómo puedes dudar de mí, Isabel? ¡Llevo a tu lado desde que éramos niñas!
–Pero has permitido que el amor de un pérfido español mancille el que sientes por mí. ¡Primero mi padre sucumbe a la influencia de ese carcelero, y después el vil embaucador me roba tu precioso afecto, y tu lealtad!
–¡Lo juzgas con severidad excesiva! Además, le di mi amor por voluntad propia.
Isabel tomó una mano de Adele entre las suyas.
–No es digno de ti. No te merece. Tú eres una dama de altísimo linaje, y él un vulgar español.
Adele, que se estaba indignando por momentos, salió en defensa de Alejandro:
–Te ciega tu encono por las restricciones que nos impuso, y que son precisamente las que nos salvaron la vida. ¡No ves más allá de tu rabia! Si lo conocieras tan bien como yo, sabrías lo lejos que se halla de la vulgaridad.
–Sí, no cabe duda de que lo conoces muy bien -dijo Isabel-, a juzgar por tu estado.
Dicho lo cual, dio media vuelta y, enojada, se alejó del lecho, dejando a Adele a solas con su desgracia, y perpleja por lo pérfido de los comentarios que acababa de oír.
¿Cómo es posible que haya sucedido algo así, y justo en un momento tan inoportuno?, se preguntó Isabel, consciente de que una mujer embarazada suponía un grave peligro para el resto de la comitiva, cuya necesaria rapidez de movimientos se vería comprometida por la extrema vulnerabilidad de uno de sus miembros. ¿Y qué monarca sería capaz de enviar a una corte extranjera a una mujer soltera cuyo abultado vientre proporcionara pruebas manifiestas de su pecado? El rey Eduardo no, de eso estaba segura Isabel.
¿Qué puedo hacer? Virgen bendita, ¿qué decisión es la más adecuada?
Su melancólico ensimismamiento se vio interrumpido por un suave tirón en la manga. Era Kate.
–¡Ah, eres tú! – espetó Isabel a la niña-. ¿Qué quieres ahora?
–Por favor, hermana, ¿qué le pasa a la dama?
–¡Le pasa que tiene la desgracia de ser mujer, una desgracia que no tardarás en conocer por experiencia propia, y que quizá consiga que dejes de molestar de una vez! ¡Y ahora sal y no vuelvas a importunarme en todo el día!
Aunque ya estaba acostumbrada a los malos tratos de Isabel, Kate no dejó de sentirse herida por la cruel invectiva de su hermana. Sintiéndose más inoportuna que de costumbre, hizo una sucinta reverencia y, a punto de echarse a llorar, salió corriendo de la habitación.
Ese mismo día, una vez que Adele hubo recuperado algo de color y se le hubieron pasado las ganas de vomitar, Isabel fue a verla.
–No quiero que estemos enfadadas -dijo la princesa-. Llevamos juntas demasiado tiempo para que algo se interponga entre nosotras. ¿Podrás perdonarme la crueldad con que te he tratado?
–¡Isabel! – dijo Adele, aliviada por el cambio de actitud de su señora-.
Os perdonaría casi todo; y querría compartir con vos mi alegría, porque, a pesar de lo difícil de mi situación, me siento más feliz de lo que jamás me atreví a soñar. – Cogió a su amiga de la mano y se la estrechó con fuerza-.
Por favor, Isabel, ¿no podríais hacerme de valedora ante vuestro padre?
Ayudadme a convencerlo de que es necesario que me quede; ayudadme a hacerle entender que Alejandro será un marido digno.
Así que te propones casarte con él, pensó Isabel. Apartó la mano y dijo con calma:
–De acuerdo. Si eso te hace feliz, lo intentaré. Adele abrazó a la princesa con todas sus fuerzas. Isabel se zafó del abrazo con un esbozo de sonrisa y dijo:
–Ahora tenemos que probarnos los vestidos para Canterbury. Han llegado hace poco, cuando estabas estirada.
Y durante toda la tarde,, mientras sus damas de compañía se probaban las galas, Isabel se fingió alegre y dio a Adele falsas garantías de que haría cuanto estuviera en su mano para convencer al rey. En su fuero interno bullía de indignación por haber sido rechazada, aunque su orgullo le impedía exteriorizarlo, siquiera ante su más íntima compañera. Maquinaba planes de venganza cual niña resentida, pero era lo bastante astuta para guardárselos. Adele no tardaría en conocer el alto precio de su traición.
Isabel estaba segura de que no volvería a suceder.
Después del vendaval del día anterior, el cielo había amanecido con un hermoso color azul, aunque el estado de los caminos, llenos de barro, seguía siendo deplorable. Alejandro tenía previsto encaminarse directamente a la Torre y solicitar audiencia inmediata con el rey. Temeroso de que el monarca diera prioridad a solicitantes menos molestos, resolvió hacer todo lo posible para convencerlo de la importancia de las noticias de que era portador.
Al acercarse a Londres, las secuelas de la tormenta fueron desapareciendo. Comprobando el buen estado del camino, Alejandro supuso que Londres se había librado de la tempestad que había retrasado su salida. No por ello halló menos vergonzosas las condiciones de la ciudad, totalmente ofensivas para un judío quisquilloso como él. Si ésta es la mejor ciudad de Inglaterra, ¿cómo serán las más pobres? Al preguntar por el camino, le entristeció el aspecto macilento de los ciudadanos. Borrar de Londres los efectos devastadores de la peste iba a ser una tarea ímproba, y Alejandro estaba seguro de que, con una población diezmada y debilitada, la recuperación no podía ser sino lenta.
Siguió recorriendo las calles grises y atestadas, hasta que una nota súbita de color lo obligó a detenerse en seco. Vio a una vieja demacrada arrastrar los pies en dirección opuesta a la suya, con los hombros envueltos con un chal de intenso color rojo; no cabía mayor semejanza con la madre Sarah. ¿Ella, tan lejos de su casa? Aun así, hizo dar media vuelta a su
caballo. La vieja había desaparecido, a pesar de que, a simple vista, la calle no ofrecía muchos escondrijos.
¿Y qué razones podría tener para esconderse?, se preguntó Alejandro, contundido por la desaparición de la anciana. Su mirada volvió a recorrer la calle en busca de la huidiza comadrona, sin encontrarla. El caballo se estaba poniendo nervioso, y, a falta de motivos para seguir reteniéndolo, Alejandro reemprendió el camino hacia la Torre, francamente inquieto.
El fétido olor del río y el foso de la Torre no había mejorado en nada desde que cruzara el puente levadizo casi un año atrás; al contrario, era todavía peor. El rey debería estar satisfecho, pensó, porque este olor es un arma que lo protegerá de todos sus enemigos, a poco que tengan algo de sensibilidad. El patio estaba prácticamente desierto. Sólo se veían unos cuantos centinelas, a uno de los cuales reconoció como miembro del séquito que lo había escoltado hasta Windsor. Desmontó y se acercó a él.
–¡Amigo! – lo llamó-. ¡Buenos días!
El centinela dio muestras de alegrarse al reconocerlo.
–¡El buen doctor! Me alegro de que Dios os haya permitido sobrevivir a un invierno tan largo y frío. ¿Qué os trae a nuestra bella y aromática ciudad?
–Asuntos del rey -contestó Alejandro-. Pero ¿a qué se debe tanta tranquilidad? ¿Por qué no hay nadie?
–¡Ah, es que el rey partió ayer con su séquito! Todo un espectáculo, sobre todo por las damas. Creo que en un año entero no había visto comitiva tan nutrida. Se dirigían a la catedral, imagino que para la investidura del arzobispo. ¡Aparte de la peste, hemos tenido poco movimiento, y la gente tendrá ganas de que su rey los entretenga con un buen espectáculo de color!
–¿También iba la princesa Isabel con sus damas?
–¡Ciertamente, señor, y con un espléndido equipaje!
De modo que se me han escapado… He llegado demasiado tarde para encontrarlos en la Torre.
–Entonces debo partir de inmediato -dijo al centinela:-. ¿Dónde está el guardián? Tengo que ver su mapa.
Y, después de memorizar el trazado de las calles (puesto que el guardián no quiso desprenderse del precioso plano ni siquiera al precio astronómico