La plaga

Ann Benson · Capítulo 16 de 40

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La plaga

Doce

durante su cuarentena. No consentiré que el trato que reciba desmerezca del que se le dispensa cuando me sirve en circunstancias menos restrictivas.

Confío en su buena voluntad, así como en la vuestra, señor médico.

Alejandro y Adele se despidieron con sendas reverencias. A continuación recorrieron sin prisas la vasta extensión del castillo por un camino más largo y sinuoso de lo necesario, movidos ambos por el deseo de prolongar el tiempo que pasaban juntos antes de llegar a la torre de entrada.

¡Alabado sea Dios!, pensó Alejandro. No rehuye mi compañía, sino que disfruta de ella como yo de la suya.

Pese a lo poco que le apetecía realizar la tarea que se le había encomendado, Alejandro pensó que acaso no hubiera pasado hora mejor desde su inmersión en las cálidas aguas del Mediterráneo en compañía del leal Hernández. Era, igual que entonces, como si el tiempo se hubiera detenido, y la presencia de aquella mujer parecía aplacar sus demonios interiores.

DOCE

Caroline se despertó en plena noche recordando a medias algo que acababa de soñar. Los tentadores fragmentos la indujeron a querer acordarse de mucho más, y luchó por sacudirse de encima la bruma que enturbiaba su mente y volvía opacos los detalles del sueño.

Un caballo. Horas galopando.

Tendida en la cama, oscilaba entre dos estados antitéticos, uno en que la sensación de que su cuerpo subía y bajaba era tan asombrosamente real que habría jurado estar a lomos de un caballo, y otro más vaporoso en que no se veía capaz de asegurar siquiera que su brazo acabara en una mano. Flotaba en los márgenes del sueño, revolcándose en la cama con movimientos febriles que acabaron por envolverla de tal modo en las sábanas que ya no pudo moverse con libertad. Los detalles del relato se hicieron más vividos, y abandonó al fin la vigilia para sumergirse del todo en su sueño.

El animal se movía debajo de ella siguiendo un ritmo constante.

Caroline se agachó un poco para que el viento no le diera tan fuerte. Al inclinarse hacia el largo cuello del caballo, sintió que las crines le azotaban la cara.

«¡Pero si nunca he montado a caballo! – protestó-. ¿Cómo voy a saber qué se siente?» Intentó despertarse, pero era cautiva de su sueño. El galope

se hizo más rápido, y Caroline tuvo la sensación de que algo apremiaba al jinete a alejarse de aquella playa, una necesidad imperiosa. A medida que el caballo cobraba velocidad, se dio cuenta de estar cada vez más incómoda, y deseó que sus calzas…

¿Calzas?

… no fueran tan apretadas, ni tan gruesa la tela de su camisa. El esfuerzo de montar se traducía en incómodos sudores, y el roce de la tela le resultaba molesto. Aumentó la presión de sus piernas contra los flancos del caballo, y se dio cuenta de que tenía irritada la entrepierna. Se separó unos centímetros de la silla sin interrumpir el galope y, con los muslos en tensión, se tocó los testículos para estar más cómoda…

Dios santo…

Caroline se zafó del sueño y se las manejó como pudo con el remolino de sábanas que coartaba sus movimientos. Una vez despojada de su húmedo disfraz de momia, se incorporó como un resorte y se quedó sentada en la cama deshecha. Lo primero que hizo fue poner la mano entre las piernas, comprobando con un alivio inmenso la ausencia de toda señal tangible de masculinidad. Después se pasó la mano por toda la extensión del muslo, comparando su longitud con la que le dictaba su memoria, y se alegró de encontrarlo tan blando como de costumbre. Ni rastro del miembro duro y desconocido con el que había estado imaginando aferrarse a los flancos del caballo breves instantes atrás.

–¡Madre de Dios! – dijo con voz temblorosa.

Habría jurado que todo era cierto, que todo formaba parte de su cuerpo, y que para ella era lo más normal del mundo cabalgar por una playa desconocida ataviada con calzas ajustadas y sintiendo incomodidad en los testículos. Se acordó de que en el sueño la acompañaba alguien más, otro jinete cuyo único rasgo definido era su condición de hombre; su presencia, vaga pero insistente, se resistía a desaparecer, y, sin saber por qué, Caroline tuvo la seguridad de que era importante, tanto que, en el sueño, su propia supervivencia dependía de él. Su nombre… Le rondaba la memoria, pero no acababa de concretarse. En cambio, recordaba con claridad el aspecto físico del hombre cuya conciencia había ocupado en el sueño, aunque fuera por breves instantes.

Cerró los ojos y dejó que el recuerdo tomara la forma de un hombre de gran apostura y energía juvenil. Vio en el espejo de su mente a un joven

moreno de rostro serio y rasgos mediterráneos. Tendría unos veinticinco años, la tez bronceada y un cuerpo alto y enjuto, sin pizca de grasa, esbelto como un atleta; sus manos eran bonitas, de dedos largos y elegantes, más femeninas de lo que Caroline habría esperado, pero afeadas por unos cuantos cortes todavía sin cicatrizar, señal de que había ejecutado algún trabajo duro poco tiempo atrás. Tenía el pelo largo y negro, atado en una cola de la que escapaban algunos rizos rebeldes a la altura de las sienes.

Transmitía una fuerza sorprendente, una sensación de agudeza mental suprema a la que se añadía un trasfondo de cautela, como si nunca bajara la guardia. ¿Estará huyendo de algo?, se preguntó Caroline. Sus ojos no se estaban quietos ni un momento; miraban a todas partes sin detenerse nunca, atentos a cuanto sucediera alrededor. Miedo. Inquietud. Angustia y sufrimiento. Una esperanza tan preciada que casi resultaba dolorosa.

Caroline se vio sorprendida por un ataque de náuseas y un fuerte martilleo en la cabeza. Abrió los ojos y se llevó una mano al estómago.

Cuando intentó levantarse, apenas pudo mantener el equilibrio.

–¡Uuuf! – dijo en voz alta, cogiéndose a la cama.

Una vez alcanzada una postura estrictamente vertical, sintió una necesidad urgente de orinar, pero, después de llegar al lavabo a trancas y barrancas, sólo consiguió evacuar un chorrito insignificante. Salió del lavabo sin haberse desprendido de la sensación que la había llevado hasta él. Era como si algo le apretara la vejiga, y eso que llevaba una bata holgada con la que solía encontrarse muy a gusto.

Volvió a la cama, pero sólo durmió a ratos. Al entrar por la ventana la luz tenue que anunciaba un nuevo día, Caroline llevaba en la cama muchas horas, pero seguía con los nervios de punta.

Consiguió hacerse café con gran esfuerzo, pero, a pesar de que era adicta a la negra y aromática bebida, su ingestión la dejó insatisfecha, como si no hubiera tragado más que un poco de agua sucia y caliente. Seguía doliéndole la cabeza, y la rigidez de su cuello se había acentuado respecto al día anterior. Intentó comer un tazón de yogur, pero le pareció que tenía un gusto desagradable, como a metal, y lo dejó a medias.

En fin, a lo mejor pierdo algún que otro kilito antes de quitarme de encima esto que no sé qué es, pensó; pero ni siquiera la esperanza de abrocharse los téjanos con más holgura puso remedio a su malestar, cada vez más pronunciado. Abrió el armario y sacó de la punta de un zapato el

frasco ilegal de ibuprofeno. Se puso tres tabletas en la palma de la mano y las tragó con agua, hecho lo cual se sentó en un sillón exageradamente mullido en espera de que el analgésico surtiera efecto. Media hora más tarde, el dolor de cabeza había ido a menos, pero seguía presente; a pesar de ello, el medicamento tuvo el resultado de atontar un poco a Caroline, y eso la ayudó a relajarse. Regresó a la cama y no tardó en volver a dormirse.

El timbre del teléfono la despertó. ¡Janie!, pensó con alegría, viendo ya las tazas de caldo y los termómetros. Me traerá ginger ale y Vicks VapoRub, me arropará, y en uno o dos días estaré mejor. Cuando contestó, llena de alivio por poder hablar con su jefa, lo hizo con un hilillo de voz que a ella misma le resultó extraño. Su sorpresa fue a más al comprobar que no se trataba de Janie.

–¿Caroline? Soy Ted Cummings.

Caroline tardó un poco en salir de su desconcierto. Todavía no se le había despejado la cabeza, y le costó lo suyo acordarse de que Ted había prometido llamarla en ausencia de Janie. Llegó enseguida a la conclusión de que Janie seguía fuera, y que no habría ni caldo ni ginger ale. Su desilusión casi era tangible.

–Ah, hola -acabó por decir-. Perdona que parezca sorprendida; es que me he olvidado de que dijiste que llamarías. Esta mañana sigo con la cabeza hecha un bombo.

–No hace falta que te disculpes -dijo Ted-, aunque quizá te convenga echar un vistazo al reloj. Ya es por la tarde.

Caroline quiso volver la cabeza hacia el reloj de la mesita de noche, pero la rigidez de cuello se lo impidió, y sólo a fuerza de mover todo el tronco averiguó que eran las tres de la tarde pasadas.

–¡Vaya! Antes me he levantado, pero he vuelto a la cama. Voy retrasada unas seis horas.

–¿Ya estás mejor? – preguntó Ted.

–La verdad es que no. Ahora mismo he intentado mover la cabeza y me ha dolido horrores. ¡Qué resfriado más salvaje!

Ni lo sospechas, pensó Ted.

–Por eso llamo -dijo-. Esta mañana he hablado con uno de mis colegas, que tiene consulta en el instituto. Le he dicho que podías precisar atención médica, y le he comentado que quizá hubieras cogido una especie de gripe.

Ha puesto cara de preocupación. Dice que corre por ahí un tipo de bacteria

que todavía no se ha localizado, y que al principio provoca síntomas parecidos a los de la gripe; por desgracia, si se deja sin tratamiento se convierte en algo mucho peor. Puede llegar a ser mortal, y mi colega me ha asegurado que no es para tomárselo a broma. Todavía no han averiguado de dónde sale el brote, así que puede haberse cogido en cualquier lugar.

El pánico empezaba a apoderarse de Caroline y se transmitió a su voz.

–¿Cuáles son los otros síntomas?

–En primer lugar, tener el cuello rígido -dijo Ted-. Mucha fiebre, incluso si se descansa. Hinchazón de los ganglios en torno a la garganta y la entrepierna. Manchas oscuras parecidas a moratones.

–¡Tengo todos esos síntomas, todos sin excepción! Dios mío…

–Calma -dijo Ted con tono tranquilizador-. Se trata de una bacteria, y parece que es de las pocas que siguen respondiendo al tratamiento con antibióticos.

–¡Menos mal! – dijo Caroline, enormemente aliviada-. ¿Y ahora qué tengo que hacer? ¿Tienen que hacerme pruebas o algo de eso?

–Por desgracia, las consultas médicas del instituto van a estar cerradas unos días porque de momento no tenemos ningún paciente internado.

Mientras no abran no voy a poder hacer que te sometan a pruebas.

–¿Y no necesito un test para conseguir el tratamiento? ¡Pero si aquí clasificáis a todo el mundo!

–Es verdad, pero en tu situación no cambiaría nada. Es una enfermedad que acaba de aparecer, y todavía no está en los sistemas de selección.

–¿Por qué no?

–Supongo que por falta de casos. Antes de que lo metamos en el sistema tiene que superar unos mínimos.

–Entonces ¿cómo es que ya existen pruebas?

El alud de preguntas difíciles estaba resultando de lo más molesto para Ted. ¡Ya es mala suerte contagiar a alguien con cerebro! Ojo con lo que contestas, Ted.

–No se trata exactamente de una prueba, sino de un método para detectar la bacteria que andamos buscando. Utilizamos algo parecido a una reacción en cadena de polimerasas de cara a conseguir material suficiente para la identificación. Es muy rápido y bastante fiable.

Ted fingió un titubeo con vistas a producir el efecto deseado. Quería que Caroline pensara que le estaba ocultando un detalle importante, algo tan

terrible que la dejaría totalmente desarmada. Caroline se tragó el anzuelo.

–¡Pero tengo que conseguir el tratamiento! Tendré que ir al hospital. No creo que me convenga esperar…

–Ante todo tranquilízate -le aconsejó Ted-. Con pánico no se arregla nada.

Era eso, sin embargo, lo que quería de ella: pánico. Quería dominarla mientras Janie siguiera fuera de la ciudad, y si era necesario recurrir al miedo, adelante con ello. Había que impedir que Caroline saliera del hotel.

Ted se proponía hacerse con el control de la situación mediante la treta de presentarse como salvador, cuando era en realidad el causante del problema.

–De momento no nos conviene ir al hospital -dijo, usando un pronombre que los metía a los dos en el mismo barco-. Podría crearnos dificultades. Si en el proceso de selección de pacientes un supervisor cree detectar algo contagioso, tu condición de extranjera te colocaría en desventaja.

–¡Dios mío! ¿Qué pasaría?

Siguió otro silencio con carga de profundidad.

–La policía biológica -acabó diciendo Ted- recibiría orden de ponerte en cuarentena hasta la obtención de un diagnóstico en firme. Hoy en día hay tal sobrecarga en los sistemas de procesamiento que se tardan varios días en examinar a cada paciente. Podría significar una larga espera recluida en algún centro, y nueve veces sobre diez deportan a los detenidos, hasta a los que sólo tienen un resfriado. No creo que nos convenga arriesgarnos, sobre todo si estás enferma de verdad y te sientes realmente mal.

–Pues sí -dijo Caroline-. Casi no puedo mover el cuello.

Y te está saliendo un bulto en la ingle, te duelen las axilas y se te está amoratando la piel del cuello, pensó Ted.

–Es uno de los síntomas que me indicó mi colega. Además, hay que tener en cuenta otra cosa: si todavía no te han tomado las huellas corporales, lo harán durante la cuarentena. No es la manera más cómoda de empezar. De hecho, si ya estás enferma creo que podría ser bastante duro.

El silencio de Caroline se ajustaba a las expectativas de Ted, que era consciente de que su interlocutora estaría imaginando las consecuencias nefastas de buscar tratamiento médico al margen de los canales que le acababan de ofrecer. Su mente forjaría imágenes exageradas e inexactas de los horrores de la toma de huellas corporales, imágenes que se sumarían al

temor de verse retenida contra su voluntad mientras las autoridades médicas decidían qué hacer con ella. Ted confió en que estuviera visualizando corrales insalubres atestados de gente sucia y contagiosa. En realidad, las instalaciones eran modernas y limpias, y se trataba bien a los detenidos, pero a Ted le convenía tener a Caroline aterrorizada y sumisa, a fin de que se dejara administrar los fármacos contra la peste sin que nadie excepto él llegara a saber que la había contraído. Siguió hablando, devanando los hilos de su tela de araña.

–Podría pasar a verte esta tarde e iniciar el tratamiento. Mañana habría que repetir la dosis.

–Pero Ted… No sabes cuánto te agradezco lo que haces por mí.

Tomarte tantas molestias, con lo poco que me conoces…

–Al contrario; me alegra poder ayudarte. Sé lo molestas que pueden resultar estas cosas… ¡Hoy en día es todo tan difícil! Estás fuera de tu país y no conoces el sistema. No es molestia, te lo aseguro.

–¿Seguro que no te meterás en ningún lío? Lo digo porque tiene pinta de ser ilegal…

Ted tardó un poco en contestar.

–Quizá no sea del todo legal, pero dudo que me surjan problemas. En el mundo médico de vez en cuando se echa mano a procedimientos clandestinos. A veces el procedimiento es tan complejo que no tenemos más remedio que saltárnoslo. Por mi parte, confieso que las regulaciones del gobierno pueden llegar a ser muy frustrantes. Cuando hace falta, nos inventamos trucos para evitarlas. Además, te aseguro que mi colega será de lo más discreto; de hecho, ni siquiera sabe cómo te llamas.

Ted deseó poder subrayar sus palabras con una sonrisa, pero el hotel no disponía de videoteléfono.

–En fin, si tú lo dices supongo que no hay problema…

–Tranquila, que todo irá bien -dijo Ted-. Créeme si te digo que en un par de días habrás mejorado mucho, y sin enterarse nadie. Entonces podrás volver a tu trabajo, y Bruce y yo seguir con nuestro proyecto.

–Se me había olvidado del todo -se disculpó Caroline-. Está ayudando a Janie en vez de trabajar contigo. Por lo visto, desde que hemos llegado todo son molestias.

Ted no hizo el menor esfuerzo por mitigar el sentimiento de culpa de su cobaya.

–No te preocupes. Son cosas que pasan. ¿Qué se le va a hacer? Ya verás cómo te curas pronto y todo vuelve a su cauce.

–Espero que tengas razón.

–Sé que la tengo. Y ahora, a ver si empezamos con el tratamiento.

Saldré dentro de un rato; si te parece, paso por el hotel dentro de… A ver: son aproximadamente las tres y cuarto; creo que en una hora podré estar.

–Te lo agradezco muchísimo.

No hay de qué, pensó Ted.

El viejo perro estaba estirado sobre la hierba al lado de Sarin, con la cabeza posada en las patas delanteras y los ojos entrecerrados. De vez en cuando daba un respingo, y su amo lo miraba preguntándose a qué velocidad correrían los conejillos en sus sueños de perro.

Sarin observó el terreno que se extendía ante sus ojos en suave pendiente, y vio cómo se iba sumiendo en la oscuridad. Era una costumbre que desde hacía poco tiempo había pasado a formar parte de sus paseos vespertinos: amo y perro se sentaban a diario en aquel mismo lugar y contemplaban el crepúsculo. Sarin no concebía modo más sencillo de dar forma concreta al paso del tiempo, hecho que, desde la llegada de las americanas, había adquirido un sentido nuevo para él. Sabía que era limitado, y quería «verlo» pasar.

Se puso el sol, y una gran exaltación se apoderó de Sarin. El esplendor del crepúsculo nunca dejaba de impresionarlo. Se imaginaba a todos sus antecesores en la misma situación, desde el primero hasta el último.

Dudaba que el terreno hubiera sufrido grandes cambios. Salvo las luces de la ciudad que brillaban a lo lejos, y los andrajosos personajes que parecían merodear por su perímetro a todas horas, todo seguía igual. En aquel pequeño protectorado nunca parecían producirse muchos cambios, más allá de que pudiera visualizarse el paso del tiempo cuando se ponía el sol. El tiempo proseguía su marcha, ajeno a las pequeñas intrigas de quienes se veían inmersos en su oscura sombra.

Pero Sarin sabía que el tiempo no tardaría en engullirlo. Durante los últimos días, pasado el arrebato que lo había impulsado a ponerlo todo en orden otra vez, volvía a sentirse desfallecer poco a poco, como si respirara de pronto una atmósfera enrarecida. Cada día estaba más cerca de ser el último, y empezaba a parecerle que el sol trazaba su arco a una velocidad endiablada, sumiéndose en el horizonte como un proyectil. Se sentía

asustado y solo, sin más compañía que la de su perro. Se fijó en su fiel y apacible compañero, y, viéndolo dormir, envidió aquella paz llena de sencillez en que parecía haberse desarrollado su vida entera.

Ted recorrió el pasillo del séptimo piso del viejo hotel con pasos de borracho, sosteniéndose con una mano en la pared. Desde su conversación con Caroline su salud había sufrido un fuerte bajón, y ya no podía caminar sin apoyo. A esas alturas lo lógico habría sido encontrarse mejor, puesto que ya hacía varias horas que se había administrado la primera dosis de antibióticos, y era de esperar cierto grado de incidencia sobre la bacteria que había invadido su cuerpo; pero no, no notaba ninguna mejoría, ni siquiera un ligero aumento de fuerzas. Cuantas más horas pasaban, más crecía su inquietud.

Llegó por fin a la puerta marcada con el número que le había dado Caroline. Había un espejo a sus espaldas, y antes de llamar a la puerta quiso asegurarse de que el cuidadoso maquillaje conseguía disfrazar su mal estado.

Menos mal que la fiebre me pone tan sonrosadito, pensó. Tiró del cuello alto de su jersey, que le apretaba todavía más que el día anterior. Había conseguido coger un taxi hasta allí sin levantar sospechas, aunque lo cierto era que nadie se le había puesto lo bastante cerca para mirarlo a los ojos.

Con Caroline habría una proximidad mucho mayor; confió, sin embargo, en que estuviera demasiado preocupada por su situación para fijarse en él.

Cuando estaba a punto de llamar a la puerta, se quedó con el brazo en vilo. Miró a izquierda y derecha hasta localizar un cartel de NO

MOLESTEN; lo cogió y, escondiéndolo detrás de la espalda, dio unos golpes a la puerta. Esperó la respuesta de Caroline mirándose los pies.

Se lo toma con calma, pensó, nervioso y esperando que ningún huésped del hotel lo viera ahí plantado. No quería testigos, por si lo de Caroline no salía bien.

–¿Quién es? – dijo una voz apagada dentro de la habitación.

Ted se arrimó a la puerta cuanto pudo y contestó en voz baja, confiando en que aparte de Caroline no lo oyera nadie.

–Soy Ted.

Por fin se abrió la puerta, para alivio de Ted, que estaba razonablemente seguro de que no podían haberlo oído desde otra habitación. Al entrar, y sin que Caroline se diera cuenta, colgó del pomo el cartel de NO MOLESTEN.

En cuanto vio a Caroline se quedó boquiabierto. Su melena pelirroja estaba revuelta y apelmazada, y la blancura de su tez era espectral. Saltaba a la vista que estaba enferma. Con aquel aspecto no podía engañar a nadie.

Ted se avergonzó de haber sido el causante de su enfermedad, pero se apresuró a echar a un lado sus sentimientos de culpa: no podía dejar que lo ofuscaran.

Había que evaluar los daños, y lo primero sería tratar de mejorar la imagen de la paciente. Precisaba de ella una confianza absoluta, y, consciente de que no le convenía suscitar recelos, se propuso no decir nada que pudiera herirla. Si le recomiendo que se lave se sentirá ofendida, pensó con inquietud, pero no puedo permitir que la vean así.

No había de qué preocuparse. Viéndolo tan perplejo, Caroline tomó la culpa por asco, y, arrebujándose más aún en su bata, dijo:

–Sí, ya sé que estoy espantosa. Deja que me lave un poco.

Ted entró en la habitación pensando en los efectos sorprendentes que podían conseguirse con una mirada cargada de una buena dosis de desaprobación.

–Tonterías -dijo-. Se te ve agotada, pero nada más. Es lógico. Se te pasará con unos días de descanso.

Pero Caroline ya se tambaleaba en dirección al cuarto de baño, cogiendo al vuelo unos téjanos y una blusa de franela. Transcurridos unos minutos reapareció con un aspecto ligeramente menos ajado. Se había peinado y hecho una coleta, cosa que preocupó a Ted, ya que, viéndola con el cuello al descubierto, se dio cuenta de que las manchas se habían hecho más oscuras. La propia Caroline no tardaría en advertirlo.

–Bueno, espero estar ligeramente más presentable -dijo la joven.

Cuando la vio sentarse en la cama deshecha, Ted se fijó en lo rígido de sus movimientos-. Tengo la sensación de parecerme un poco más a un ser humano, aunque no mucho. – Se frotó el cuello con una mano, sin disimular el dolor que le producía. Al mirar a Ted se dio cuenta de que no le quitaba ojo de encima, y empezó a ponerse nerviosa. Entonces, tratando de romper el hechizo que parecía haberse apoderado de él, esbozó una sonrisa y dijo-: Cuéntame lo del medicamento.

¿Qué hay que contar?, pensó Ted. Es muy sencillo: te pincho y una de dos, o mejoras o no. Sea como sea, tardarás un tiempo en salir de esta habitación…

–He traído dos antibióticos, y voy a darte una inyección de cada uno.

Mañana habrá que repetirlas. – Uno de los supuestos «antibióticos» era en realidad un fuerte sedante que serviría para inmovilizar a Caroline durante un tiempo-. Los dos son bastante potentes. No sería de extrañar que te dieran sueño, como efecto secundario.

Caroline lo miró con recelo.

–Nunca he oído hablar de un antibiótico que tenga efectos secundarios sedantes.

A Ted le hicieron falta unos segundos para idear una respuesta convincente.

–Esto… -balbuceó-. No es un… no es lo que se entiende por un efecto sedante normal, sino que uno de los medicamentos es muy potente y a veces su impacto sobre el cuerpo puede hacer que el paciente se sienta cansado. Sinceramente, si puedes quedarte en la cama durante todo el proceso de recuperación, mejor que mejor.

Ted se daba cuenta de que la explicación pecaba de torpe, pero Caroline pareció darse por satisfecha.

–Ya me gustaría, créeme -dijo-, pero no puedo tardar demasiado en calentar motores. Vamos cortas de tiempo, y Janie va a necesitar que la ayude. No quiero hacer que se sienta todavía peor de lo que está.

Ted no tuvo la menor duda de que Janie se sentiría bastante mal, pero no por los motivos que pensaba Caroline. No había contestado ninguno de los mensajes enviados por Bruce desde Leeds, ni tampoco había hecho la llamada que le pedían al almacén. Cuando volvieran a Londres habría que darles alguna explicación, pero Ted ya había decidido contar a Bruce (confidencialmente, por supuesto, y confiando en su comprensión) que había estado enfermo y no había querido que lo supiera nadie. Diría que se había quedado en casa con el busca apagado, para poder recuperarse sin que lo molestaran. Seguro que Bruce lo entendería. En cuanto a Janie, le traía sin cuidado.

–Pues nada -dijo, acercando su silla a la cama en que se sentaba Caroline-, vamos a curarte para que puedas volver a tu proyecto y yo al mío. Arremángate la blusa, por favor.

Caroline obedeció. Ted abrió un algodón impregnado de alcohol y frotó una zona próxima al hombro de Caroline; después llenó una jeringuilla con el antibiótico de uno de los frascos y le dio unos golpecitos hasta que las

burbujas de aire se concentraron en la parte superior. Apretó ligeramente el émbolo hasta expulsar todo el aire, y seguidamente cogió a Caroline por la muñeca.

–No te muevas -dijo-. Sólo es un segundo.

Con un gesto rápido, clavó en la carne del brazo la punta de la aguja y apretó el émbolo hasta el fondo.

Caroline odiaba las inyecciones; cada ocasión en que la aguja atravesaba su piel le parecía una especie de violación en miniatura. Se fijó en la expresión impasible de Ted al sujetarle el brazo y extraer la aguja.

–Una más y ya está.

Menos mal, pensó Caroline. Sintió un pinchazo y notó cómo el líquido se difundía por el músculo de la parte superior del brazo; después, felizmente, la aguja quedó fuera. Ted echó las dos jeringuillas usadas y los algodones en una bolsa de plástico que se metió a continuación en el bolsillo.

–Ahora me quedaré unos minutos para estar seguro de que no reaccionas mal, y luego me voy. Te llamaré por la mañana para ver cómo sigues. No hace falta que me acompañes a la puerta. Ya cerraré de golpe.

Caroline fue hundiéndose en el sueño, sorprendida de que un antibiótico pudiera actuar de ese modo. Perdía el control en cuestión de segundos. Al final, cerró los ojos y se quedó tendida en la cama.

Volvió a soñar de inmediato, y a verse en la piel del mismo joven moreno de antes. Se hallaba en un edificio grande de piedra, quizá el caserón de algún noble, contemplando a una joven igual a ella que se secaba el pelo delante de la chimenea. En su identidad soñada, miraba a la mujer con infinito amor. Caroline gimió en sueños, enfrentada a un conflicto entre su malestar físico y el deseo del joven.

Ted, que la estaba mirando sentado en una silla al lado de la cama, se preguntó qué la llevaría a cubrirse el cuello con un gesto brusco, como si quisiera esconder algo. Quizá esté soñando con las manchas, pensó. Estaba tan cansado que apenas podía moverse de la silla. El esfuerzo de administrar a Caroline el falso tratamiento sin dejarse vencer por la enfermedad que lo aquejaba lo había dejado prácticamente sin fuerzas. El corazón le latía a gran velocidad, pero ignoraba si era de enfermedad o de nervios.

En un esfuerzo supremo, se dirigió a la nevera de Caroline para buscar la muestra de tela. Lo registró todo a fondo con movimientos bruscos, más y más irritado según iba comprobando la ausencia de lo que buscaba.

Consciente de que ceder a la ira suponía perder las pocas fuerzas que le quedaban, volvió a tomar asiento al lado de la cama y procuró tranquilizarse. Miró a Caroline, que seguía durmiendo.

La fiebre la obligaba a dar vueltas constantemente. Se quitó de encima la sábana, y lo descompuesto del camisón reveló una pierna larga y blanca.

La visión de aquella extremidad desnuda hizo surgir en Ted sentimientos que nunca se le habría ocurrido asociar con una situación como la que estaba viviendo; sentía el impulso de tocarla, pero se avergonzó enseguida de sí mismo. ¿Serían los primeros síntomas de la demencia anunciada por el libro? Ted se estremeció, víctima de un espasmo involuntario, y sacudió la cabeza en un intentó de recuperar la lucidez. Después se inclinó y tendió la mano hacia la sábana; cuando logró cogerla, tiró de ella para volver a tapar a Caroline.

Abrumado por el cansancio y la frustración, tenía la sensación de deslizarse por momentos en el pozo sin fondo del desaliento y el terror, otro de los síntomas mencionados en el libro. Vista la poca eficacia del antibiótico que se había inoculado, se preguntó si sería buena idea doblar la dosis siguiente. Reflexionó durante unos momentos. El riesgo de reaccionar mal al fármaco era escaso; a cambio, cabía esperar una reacción más rápida.

Miró con ojos entornados el reloj de la me-sita de noche de Caroline, comprobando que casi era hora de administrarse la segunda dosis. Se planteó si no sería mejor volver primero a casa y calmarse un poco, o incluso comer algo; pero esta última idea le dio náuseas, y decidió que aquella habitación era un lugar tan indicado como cualquier otro para inyectarse los medicamentos. ¿Por qué esperar?, pensó. Cuanto antes lo haga, más rápido actuará.

Suspiró con fuerza, se arremangó la camisa y se frotó la superficie de la piel con un algodón embebido en alcohol. Después se sacó un frasco de uno de los bolsillos, del otro una jeringuilla, e introdujo en el tubo de plástico transparente diez mililitros de líquido, dos veces los cinco requeridos.

Cerrando los ojos (también él odiaba las inyecciones), apretó el émbolo lo más rápido que pudo y volvió a extraer la aguja.

Sólo después de haberla sacado miró el frasco más de cerca. Al fijarse en la etiqueta, leyó el nombre del sedante en lugar del del antibiótico. Sin darse cuenta, se había inyectado diez milímetros de sedante, diez veces la dosis recomendada.

Supo de inmediato que no tenía más remedio que pedir ayuda; el sedante era potente y de efectos rápidos, cualidades por las que lo había escogido. Malgastó unos segundos preciosos estrujándose la piel del brazo, como si pudiera expulsar el líquido letal que, silenciosa pero ininterrumpidamente, estaba difundiéndose por su cuerpo. Pronto, de resultas de su error, quedaría descubierto cuanto se había esforzado en ocultar con infinitas precauciones. No habría más remedio que revelar la verdad a quienes acudieran en su ayuda. Sería su ruina, con toda certeza.

Que así sea, pensó, mientras el sedante lo sumía en la inconsciencia.

Prefiero seguir vivo y que me denigren a ser un cadáver respetable.

Aquellos pensamientos angustiosos pasaron por su cabeza con la velocidad de un relámpago, y Ted quedó sorprendido por la facilidad con que estaba dispuesto a renunciar al fruto de todos sus esfuerzos a cambio de seguir respirando por un tiempo. Soy el antifausto, pensó, no sin cierto regocijo, haciendo tratos con Dios para poder conservar el alma.

Aprovecharé mejor la segunda oportunidad, prometió. Esforzándose desesperadamente por seguir con vida, se levantó de la silla y caminó hacia la mesita en que el teléfono salvador aguardaba a ser pulsado por sus dedos moribundos.

A punto estuvo de conseguirlo, pero, en los pocos pasos que hacían falta para cruzar la habitación, el sedante se alzó con la victoria. Empezaron a doblársele las piernas, y notó que la mente se le iba emborronando. Su último pensamiento reconocible fue un iracundo «¡Demasiado tarde!». Se desmoronó al lado de la cama, pugnando todavía por no perder el equilibrio, aunque sus esfuerzos por mantenerse en posición vertical eran puramente instintivos, desvinculados de la conciencia. Después de oscilar precariamente durante unos segundos más, cayó de bruces y se quedó despatarrado encima de Caroline, demasiado sedada para percibir el peso de su cuerpo. Con la cabeza apoyada en el pecho de la joven, Ted exhaló su último suspiro.

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