La plaga
Nueve
Y se dirigió a la escalera con paso vacilante pero decidido, dejando a Bruce sumido en la perplejidad.
NUEVE
Si Jesús, su profeta, era un humilde carpintero, ¿por qué le erigen templos tan esplendorosos? La suntuosidad de las alfombras y tapices con que topaba en todos los rincones del palacio papal llenaba a Alejandro de asombro. Las figuras de diosas lozanas y ligeras de ropa le resultaban extrañamente excitantes; era la primera vez que veía representada a la mujer de forma tan erótica, con una vivacidad que nada tenía que ver con los prosaicos dibujos de los textos médicos. Para ellos, este castillo es un lugar santo, pensó, perplejo por lo profano de un lugar del que esperaba ante todo espiritualidad y recogimiento. ¿Debía sentir reverencia hacia aquellos cristianos cuyas costumbres admitía no entender, o desprecio por lo mucho que su fe se había desviado de la sencillez original?
El tiempo lo dirá, pensó.
Llevaba en la mano el pergamino con la orden de acudir al palacio.
Miró alrededor en busca de alguien que pudiera darle indicaciones, y acabó decidiéndose por un guardia de pesada armadura al que vio apostado junto a una pared.
–Disculpad -dijo mostrándole el pergamino-. Me han convocado aquí.
¿Adonde tengo que ir?
Después de echar un vistazo al documento, el guardia señaló hacia la derecha.
–Por esa entrada -dijo.
Era un rufián barbudo y malcarado, y Alejandro concluyó que su sólida armadura no ocultaba a ningún sacerdote. Acudió a la entrada que le habían indicado, cerrada por una enorme doble puerta de madera noble bellamente tallada, y, viendo que estaba custodiada por otro guardia, pensó: ¡Cuánta vigilancia! ¿Para qué querrá un ejército ese pobre carpintero? Volvió a mostrar el pergamino y el segundo guardia abrió la pesada puerta de doble hoja, permitiendo a Alejandro el acceso a una sala grande donde esperaba un nutrido grupo de personas de expresión tan perpleja como la suya.
Se detuvo en medio de la sala, junto a varios hombres más que parecían tan abrumados como él por el esplendor que los rodeaba. Al oír un ruido al fondo de la sala, todos se volvieron de consuno. Vieron abrirse unas puertas
grandes de madera y entrar otros dos guardias con armadura, provistos ambos de un báculo ceremonial. En medio de los dos caminaba un hombre alto de regio porte, cuya aparición suscitó entre los reunidos un inquieto bisbiseo.
El suntuoso atavío del caballero que acababa de entrar consistía en una toga larga y roja con ribetes de armiño en cuello y puños; la hebilla de su cinturón era de oro, con resplandecientes joyas y lustrosas perlas engastadas. Avanzó majestuosamente hasta el centro de la sala y esperó en silencio a que todos los presentes se fijaran en él. Advirtiendo su impaciencia, Alejandro supuso que aquel hombre de rostro enjuto que escrutaba a la revoltosa asamblea con abierta desaprobación estaría acostumbrado a que le hicieran caso, y sin demora. Sus ojos inteligentes y perspicaces, colocados a escasa distancia sobre una nariz larga y puntiaguda, examinaron uno a uno a los presentes; por fin, se posaron en Alejandro, y los dos médicos se miraron durante breves instantes. El de la toga roja apartó la vista con una insinuación de sonrisa en sus labios, e hizo un gesto de asentimiento a uno de sus escoltas; éste dio un fuerte golpe de báculo en el suelo, golpe que sorprendió a los ocupantes de la sala, y cortó en seco sus susurros. El hombre alto carraspeó y tomó la palabra.
–¿Hay algún judío entre vosotros? Si es así, que dé un paso al frente.
El miedo se apoderó de Alejandro. ¿Habrán llegado a Aviñón los soldados aragoneses? ¿Van a descubrirme? Miró alrededor con inquietud, aguardando la reacción de los demás. ¿Por qué habrá llamado únicamente a los judíos? No había oído hablar de ninguna rescisión del edicto papal que protegía a los de su raza. De pie en aquella sala llena de desconocidos, procuró disimular su miedo, seguro de que, si le interrogaban personalmente acerca de sus orígenes, perdería la poca compostura que le quedaba y se delataría.
Aterrorizado, vio adelantarse a los judíos uno a uno, algunos con un círculo amarillo cosido a las mangas. Para esos hombres no había dilema.
Se agruparon con los nervios de quien no sabe a qué atenerse. Alejandro leyó miedo en sus ojos, pero también una expresión de orgullo y desafío que le hizo avergonzarse de su cobardía.
El hombre alto vestido de rojo miró al grupo con desprecio.
–Podéis marcharos -dijo.
Los judíos intercambiaron miradas de incredulidad, y pasaron del terror al alivio. No hubo ninguno que no se apresurara a volverse hacia la puerta y salir cuanto antes, pensando atónito en su buena suerte.
Era demasiado tarde para que Alejandro se uniera a ellos. Lleno de envidia y pesar, los vio abandonar la sala. El hombre alto ofreció asiento a los que quedaban con un ademán, y todas las miradas buscaron con timidez un lugar adecuado donde sentarse. Alejandro se llevó la sorpresa de que los dirigieran a un conjunto de sillas provistas de fastuosos cojines, objeto previamente de su admiración.
Una vez instalados, el hombre de rojo se situó delante de ellos en un espléndido sillón dorado que descansaba sobre una tarima.
–Sabios médicos y colegas -dijo-, soy Guy de Chauliac, y tengo el gran honor de servir como médico de cabecera a su santidad el papa Clemente VI, en cuya representación vengo a requerir vuestros servicios para un asunto de suma importancia para la santa Iglesia y el reino de Francia.
«Sabréis sin duda que estamos siendo víctimas de una horrible epidemia de proporciones devastadoras. Se dice que toda Europa se halla bajo su dominio, y se mencionan miles de bajas diarias. Las noticias que nos llegan de otras naciones son tan funestas como las que podríamos mandar nosotros. Nuestro amado hermano Eduardo III de Inglaterra nos ha descrito por carta la llegada de la peste a sus costas, y de resultas de ello lloramos la muerte del arzobispo de Canterbury.
»El propio rey Eduardo está de luto por su hija Juana, quien, dirigiéndose a Castilla para ingresar por matrimonio en la casa real de dicho lugar, fue cruelmente abatida por la pestilencia.
«¡La joven dama que iba a Castilla para casarse!» Alejandro recordó la cantina donde había oído esa historia por primera vez, durante el viaje a Aviñón.
–Su Santidad tiene en gran estima y afecto a la casa real inglesa, y reconoce su importancia de cara a mantener la estabilidad política de Europa. Pese al rencor que distancia hoy día a ambas naciones, Su Santidad desea alentar a los nobles dirigentes de Francia e Inglaterra a dejar de lado sus diferencias y buscar las alianzas tan esenciales para la paz y prosperidad de sus reinos. Es fundamental que Inglaterra se alie con los más nobles linajes de Europa; diezmadas las casas reales, el orden del mundo se vería gravemente alterado, y quedarían desatendidos los intereses de la Iglesia.
Alejandro miró a los hombres que se sentaban junto a él; todos escuchaban absortos a De Chauliac, que prosiguió su dramática alocución.
–Durante esta terrible epidemia he velado personalmente por la salud y el bienestar de Su Santidad. He empleado métodos poco ortodoxos, y, si bien es cierto que mi patrón no se siente a gusto con su confinamiento, los resultados no admiten discusión.
«Nuestro amado Papa ha decretado que participemos activamente en la protección de las familias reales de Europa. Hoy, en reconocimiento de vuestros logros médicos y vuestra gran erudición, os ha convocado para alistaros en una guerra santa contra la pestilencia. Empezaréis de inmediato, bajo mi supervisión personal, a ser instruidos en los métodos empleados para preservar la salud de nuestro Santo Padre; a continuación seréis enviados como embajadores a las casas reales de Europa e Inglaterra.
Vuestra misión consistirá en velar por la salud de dichas familias, a fin de que no sufran el menor percance. No permitiremos que la peste desbarate alianzas que han florecido durante años, ni que se oponga a las uniones que hemos planeado para el futuro.
Había sido un discurso espléndido, tan cautivador para Alejandro como para los demás reunidos.
–Cuando os dé permiso para marcharos, volveréis de inmediato a vuestras consultas para recoger vuestro equipo, ya que empezaréis a viajar en cuanto haya finalizado la instrucción. Si alguno de los presentes tiene familia que mantener, Su Santidad atenderá sus necesidades en vuestra ausencia. Ahora os preguntaré vuestros nombres, y el escribano se los llevará al Santo Padre.
Alejandro Canches era consciente del peligro de que su verdadero nombre lo delatara de inmediato como asesino del obispo Juan de Aragón.
Sabía también que no había más remedio que renunciar a él. Pensó con tristeza que lo echaría de menos; le había sido muy útil durante toda su vida, y estaba orgulloso de que reconocieran en él al hijo de Avram Canches.
Llegado su turno, miró a De Chauliac sin pestañear, y, escrutando los penetrantes ojos azules del médico papal, dijo con calma:
–Hernández. Me llamo Alejandro Hernández.
–¿Español? – preguntó De Chauliac.
– Oui, monsieur, efectivamente.
Durante tres días Alejandro y sus desconcertados colegas recibieron lujoso hospedaje en el palacio papal, mientras De Chauliac vigilaba su intenso aprendizaje. Cada médico ocupaba habitación propia con baño privado. Deseoso de ganarse su lealtad incondicional, el Papa les daba buena comida y toda clase de atenciones. De Chauliac ejercía influencia y tutela absolutas sobre ellos, enseñándoles con detalle sus procedimientos para mantener al Papa libre de contagios, y observándolos atentamente para ver si poseían las cualidades innatas precisas para llevar a cabo la tarea a que se encaminaba su instrucción, cualidades que no podían aprenderse de ningún modo.
Los embajadores médicos recibían lecciones diarias en una de las suntuosas salas palaciegas. De Chauliac se colocaba encima de un podio y hablaba durante horas con tono profesional, impresionando a Alejandro por sus condiciones de orador infatigable. Ama su profesión tanto como yo, pensaba el pupilo de su profesor.
–Debéis consultar a los astrólogos -dijo De Chauliac el primer día de instrucción-, a fin de saber qué días son más propicios para el baño, el paseo o cualquier otra de las actividades normales de la vida diaria. Debéis mostraros recelosos de cuantos actos puedan parecer normales a vuestros pacientes, ya que desconocemos cuáles son las actividades más propensas a poner al individuo en contacto con la enfermedad. Hallaréis que vuestros reales pacientes, tan acostumbrados a que se cumplan sus caprichos, se resistirán a que les deis instrucciones sobre cuándo y cómo deben hacer según qué cosas. Mostraos firmes, y no consintáis que cuestionen vuestra autoridad.
Alejandro procuró imaginarse a sí mismo dando órdenes a un rey, pero le resultaba demasiado inverosímil.
–¿Y si siguen resistiéndose? – preguntó.
–Rogadles que recuerden que el poder de Dios Omnipotente os ha sido conferido a través de Su Santidad, y que si es necesario lo utilizaréis para proteger su salud.
Por la noche, al acostarse, Alejandro se sentía minúsculo y confuso. Lo más difícil de esta misión, pensó, será domeñar a los pacientes arrogantes.
Durante el segundo día, De Chauliac expuso sus teorías acerca del contagio.
–Guiado por la observación, he concluido que existen en el aire humores y vapores invisibles por los que se difunde la peste. Cuando está con vida, la víctima difunde esos humores con la respiración, y dispersa el maligno contagio sin que nadie lo advierta, dejando sin escapatoria a la siguiente víctima. Por lo tanto, hay que aislar a los pacientes. Confinadlos en sus castillos. No permitáis que entren comerciantes o viajeros sin inspeccionarlos antes; y, puesto que es imposible asistir a la formación de esos vapores y humores, lo más prudente es impedir toda clase de contacto con el mundo exterior. Mi estimado predecesor, Henri de Mandeville, tenía ideas claras acerca del contagio; enseñó a quienes me enseñaron a mí a lavarse las manos antes y después de tocar a un paciente, por creer que los humores podían ser transmitidos igualmente a través de las manos. La biblioteca de Su Santidad contiene copias de los textos de De Mandeville que versan sobre el tema, y están a disposición de quien desee leerlos.
¡Pero si esa teoría también la tengo yo!, pensó Alejandro, comprobando con entusiasmo que otros médicos compartían sus creencias sobre la importancia de la higiene. Volvió a interrumpir el discurso del maestro.
–También me he dado cuenta de que una ablución con vino hace sanar más rápido las heridas. Se diría que una parte del vino ataca a la sepsis.
–A lo mejor la sepsis se emborracha y ya no puede seguir su camino hacia la herida -terció otro hombre, provocando un estallido de carcajadas.
Alejandro se ruborizó, pero De Chauliac levantó la mano y el grupo volvió a guardar silencio.
–Nadie debe tomarse a risa las observaciones de un colega -dijo-. Ni siquiera el más sabio de nosotros sabe curar la peste. La ignorancia nos hace iguales a todos. – Miró directamente a Alejandro-. Ya hablaremos del tema en privado.
Todas las cabezas se volvieron hacia el judío, que se limitó a asentir a su instructor y bajar la mirada.
–Por tanto -continuó De Chauliac-, y a pesar de que no os será fácil obtener su consentimiento, debéis pedir a los astrólogos de la corte que les digan que cada día es propicio al baño…
Por la noche, un guardia papal acudió a la habitación de Alejandro y lo escoltó hasta los aposentos privados de De Chauliac. Alejandro dejó atrás varios tramos de escalera de una alta torre, precedido por el guardia, cuyo paso se veía entorpecido por el peso de su ropa y armadura.
Se asomó a la habitación, y De Chauliac le hizo señas de que entrara sin miedo.
–Adelante, adelante -dijo-, sentaos. – Indicó a Alejandro un mullido diván-. Poneos cómodo.
Alejandro se sentó con timidez, acomodándose con cautela sobre la blanda superficie del asiento. El estricto pedagogo había dado paso a un cortés y elegante anfitrión. El contraste entre ambos era sorprendente.
–Sois un hombre distinto, doctor De Chauliac -dijo Alejandro con cautela.
De Chauliac le ofreció vino en una pesada copa de plata que su huésped aceptó.
–¿Y en qué lo notáis? – preguntó, arqueando una ceja con curiosidad.
Alejandro tomó un largo trago de vino antes de responder.
–Sois un profesor severo, y vuestra presencia es… -Tardó en encontrar la palabra adecuada-. Imponente.
De Chauliac rió con cinismo.
–Cuando se enseña a tontos hay que dar sensación de autoridad -dijo-; si no, no aprenden nada, y se malgastan esfuerzos. Detesto impartir conocimientos valiosos a gente que no entiende su importancia.
Alejandro no pudo dejar de mostrarse ofendido, y quiso protestar.
–Señor… -empezó.
–No me refiero a vos -se apresuró a añadir De Chauliac-; si os tuviera en tal concepto, no os habría hecho llamar. Hablo más bien de los demás, que me parecen una panda de imbéciles. Parece que la peste se haya llevado a los mejores y sólo queden los médicos más idiotas. – Dejó su asiento por uno más próximo a Alejandro, inclinándose hacia él con expresión entusiasta-. En cambio, veo en vuestros ojos un fuego, un amor al estudio, cuya vista me alegra el corazón.
–Señor, me honráis en demasía.
De Chauliac lo miró con atención.
–No lo creo -dijo-. He visto cómo escucháis mis clases, y no podéis ocultar la marca de vuestra inteligencia. Tenía muchas ganas de hablar con alguien que creyera en la sepsis, como yo. Debéis explicarme cómo habéis llegado a la conclusión de que el vino contribuye a curar las heridas.
Comprendiendo que no lo habían descubierto, sino que De Chauliac compartía su ansia de saber, Alejandro se relajó.
–He hecho varios experimentos, lavando la herida con líquidos distintos después de las intervenciones. Muchos no surtían el menor efecto, y hasta había algunos que retrasaban la curación; el vino, en cambio, aun el más imbebible, siempre la acelera; al menos eso indican mis observaciones. Me di cuenta por primera vez cuando estaba en Montpellier…
–¿Habéis estudiado en Montpellier?
–En efecto -contestó Alejandro.
–A menudo doy clases en Montpellier. ¿Cuándo estuvisteis? Quizá asistierais a alguna de mis lecciones.
–Estuve -Alejandro cortó en seco la frase, pues sólo se acordaba del año según el cómputo judío. El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Cómo explicar a De Chauliac que no recordaba la fecha exacta?
–Estuve… mmm… hace seis años.
–En 1342.
–Eso es.
Alejandro empezó a notar que le sudaba la frente.
–Ah, entonces es posible que no nos viéramos -dijo De Chauliac-; pasé todo ese año en París, cuidando al rey. Padece una gota monstruosa, y no me sorprende: a pesar de su inexplicable delgadez, sigue una dieta excesivamente rica. Cuando le supliqué moderación no me hizo caso. – De Chauliac alzó la copa con gesto aparatoso y bebió de ella-. Como su majestad no quería ver a otro médico que no fuera yo, no tuve más remedio que renunciar a mis clases mientras durara su enfermedad. ¡Qué lástima no habernos conocido entonces! Me acordaría de un estudiante tan notable como vos, y habría disfrutado instruyéndoos.
Yo seguro que también me acordaría, pensó Alejandro; ahora bien, lo que se dice disfrutar…
–En fin, poco importa -dijo De Chauliac-. Ahora estáis aquí. ¿Qué trae a Aviñón a un español?
Tras unos instantes de silencio, Alejandro dijo con calma:
–Es voluntad de mi familia.
No añadió nada más a su respuesta; tampoco De Chauliac le preguntó más detalles de su vida personal, dada su impaciencia por hablar de otros asuntos.
–¿Decís que llegasteis a vuestra conclusión acerca del vino tan sólo a base de hacer pruebas hasta conocer el efecto de cada sustancia? ¡Qué
estupenda originalidad! Demasiado a menudo esperamos que el propio curso de las cosas nos enseñe por dónde ir, e incluso en esas ocasiones nos cuesta aprender…
El pánico se fue diluyendo a medida que Alejandro se enfrascaba más y más en la conversación. Hablaron hasta bien entrada la noche, entre vino y frutas deliciosas, comparando ideas y teorías sobre la cirugía, la enfermedad y los tratamientos. Fue una larga conversación de igual a igual, en que ambos expusieron sus esperanzas de descubrir nuevas curas. Al salir de los aposentos de De Chauliac, Alejandro respetaba a su maestro mucho más que al entrar, y tenía la certeza de que no era hombre que se anduviera con nimiedades.
Al tercer día, De Chauliac propinó una inopinada sorpresa a sus alumnos. Se reunieron en un espacioso y aireado patio del primer piso del palacio papal, un lugar agradable y bellamente ajardinado. De Chauliac estaba sentado detrás de una larga mesa cubierta por una tela muy gruesa, sonriendo de oreja a oreja. Una vez que los alumnos hubieron formado corro alrededor de la mesa, el profesor retiró la tela, descubriendo el cadáver de una víctima reciente de la peste, un varón que en el momento de morir tendría sobre los treinta años.
El público se quedó boquiabierto: estaba claro que De Chauliac tenía intención de diseccionar el cadáver delante de ellos.
–Sabréis sin duda que Su Santidad prohibe la profanación de cadáveres
-dijo el médico papal.
Alejandro permaneció en silencio, pensando: Si supierais hasta qué punto…
–Ahora bien -prosiguió De Chauliac-, dado lo apremiante de vuestra formación y los grandes beneficios que se derivan del estudio directo del cuerpo, me ha dado su permiso para diseccionar este cadáver; no, fijaos bien, su bendición, aunque la víctima era judía, y en ningún caso puede aspirar a la salvación…
Alejandro consiguió no perder la compostura, y, dirigiendo su vista a la entrepierna del cadáver, vio la prueba irrefutable de que De Chauliac no mentía.
–Y ahora -dijo el profesor-, voy a necesitar ayuda. – Miró a Alejandro-.
¿Querréis hacerlo vos, doctor Hernández?
Alejandro contempló con tristeza el cadáver del judío, observando la desmesurada hinchazón del cuello y la acumulación de sangre que le había puesto negros los dedos de las manos y los pies. Le pareció curioso que su disección tuviera que recaer en el único alumno judío. Quizá sea el justo castigo de mis pecados, reflexionó con pesar; o tal vez me corresponda a mí por voluntad divina, pues ¿quién podrá tratar a un judío con mayor delicadeza que otro judío?
Se acercó a De Chauliac y cogió el martillo y el escoplo sin decir palabra.
–Bien -dijo De Chauliac-. Podéis hacer la incisión.
Alejandro palpó el pecho en busca del emplazamiento adecuado para el escoplo. El cadáver todavía no estaba frío del todo, señal de que habían transcurrido pocas horas desde su muerte. Mejor, pensó; así no desprenderá un hedor tan terrible. Igual que había hecho en Alcañiz con el pecho de Carlos Alderón, colocó con tiento el escoplo y dio un mazazo. Oyó romperse las costillas y, dejando las herramientas a un lado, hizo los cortes necesarios con el cuchillo.
–Sois muy diestro, doctor Hernández -dijo De Chauliac al verlo-. Se diría incluso que no lo hacéis por primera vez.
Aquella observación, tan banal en apariencia, dejó anonadado a su destinatario. ¿Qué habrá querido decir?, se preguntó Alejandro. No se atrevía a mirar a De Chauliac, temeroso de lo que pudiera hallar en sus ojos.
Acaso recordara haberlo visto en Montpellier; acaso conociera su verdadero nombre y las circunstancias de su huida, y lo estuviera mirando con la expresión burlona de quien ve a alguien realizar su última tarea en libertad.
Abrió la caja torácica en silencio; contenía un corazón más grande de lo normal, hecho cuyo significado conocían todos los presentes: el judío que yacía muerto sobre la mesa había sido un hombre de gran bondad.
Alejandro levantó la cabeza con angustiosa lentitud y miró a su instructor.
De Chauliac se limitó a asentir sin la menor emoción, diciendo: -
Proceded.
Los escribanos del Papa copiaron toda una serie de recetas curativas que fueron entregadas a cada uno de los médicos, junto a un amplio suministro de materiales necesarios para su preparación.
Alejandro copió cuanto le daban en su libro personal, atento a no desviarse en nada de lo apuntado por los escribanos. Cuando estaba a punto
de acabar, De Chauliac apareció sin anunciarse, sorprendiéndolo con el libro entre manos.
–Doctor Hernández, vuestra diligencia vuelve a impresionarme. No es una cualidad que haya visto en muchos españoles.
Si supiera la verdad… Quizá la sepa…
Alejandro se apresuró a cerrar el libro sin dar tiempo a leer a De Chauliac.
–Desde mi época de estudiante tengo la costumbre de anotar cuanto se me enseña, por miedo a olvidar los conocimientos que se me dan en custodia.
De Chauliac no dio el menor crédito a que Alejandro fuera capaz de olvidar nada, ni el más nimio detalle de lo que había aprendido. Este joven no puede ocultar su fervor; es inteligente, y no se permitirá el lujo de fracasar.
–Quizá algún día podamos compartir otro ágape, y me hagáis el regalo de abrirme vuestro libro.
–Quizá cuando vuelva a Aviñón -se limitó a contestar Alejandro. Si es que vuelvo, pensó.
Amaneció por fin el día de la partida. Mirándose al espejo, Alejandro pensó que, si por algún milagro sus padres seguían con vida, les habría costado reconocerlo con la ropa que le había dado De Chauliac. ¿Qué harán cuando lleguen y no encuentren ni rastro de mí? No había tenido ocasión siquiera de cambiar el distintivo de su consulta, destinado a seguir colgando inútilmente con las herramientas de su profesión, vana promesa de sus servicios. ¿Pensarían que le había pasado algo malo, o que ni tan siquiera había podido llegar a Aviñón? ¿Creerán que he traicionado su confianza?, se preguntó con amargura.
¡Maldita sea la peste, y malditos estos estúpidos arrogantes que creen poder hacerla bailar a su son! Examinó su reflejo con mayor atención; los cambios le parecieron odiosos, y recordó con nostalgia las largas y cómodas vestiduras que llevaba en Alcañiz. ¡Cuánto había cambiado, y en cuan poco tiempo! Iba recién afeitado, con una media melena a la moda francesa del momento. Llevaba calzas granates, botas de cuero blando con un dobladillo en la parte superior y una fina chaquetilla de lino de manga larga, de un azul verdoso como el del Mediterráneo; esta última prenda le llegaba a medio muslo y se abrochaba hasta el cuello, grata oportunidad de esconder su
cicatriz. Por encima llevaba un lujoso abrigo de mangas voluminosas y anchas solapas, excelente prenda de lana del mismo color, granate que los pantalones, que le llegaba hasta bastante más abajo de las rodillas. Le cubría la cabeza una gorra octogonal de lana verde, elegantemente ladeada, con una pluma de intenso color apuntando hacia arriba con un desenfado algo excesivo para el gusto de Alejandro. Salvo error del espejo, era la imagen misma de un moderno gentilhombre francés; pero lo que más había cambiado era su cara: ya no era el joven de mirada candorosa que vivía en Alcañiz; el ámbar de sus ojos había adquirido una dureza nueva, una sabiduría triste que ni a su dueño podía pasársele por alto.
El baúl que le había proporcionado De Chauliac contenía tres conjuntos más; un vestuario que, si no engordo, puede durarme toda la vida, pensó Alejandro.
A tan lujosas galas se añadía en el baúl la ropa comprada durante el viaje, unas prendas resistentes que aún podían dar mucho juego, y que, según pensaba su dueño, acaso no tardaran en serle de utilidad. A lo que no tenía intención de renunciar era a cabalgar con sus propias alforjas, fueran o no del gusto de De Chauliac; guardaba en ellas su fortuna y su libro, y no iba a permitir que lo separaran de ellas.
En eso sí que no aceptaré cambios, pensó al salir de su habitación para unirse a los demás.
Cuando llegó a la misma sala en que se habían reunido por primera vez, vio que sus colegas ya estaban allí, comentando ruidosamente los cambios de indumentaria. ¡Qué escena más distinta a la que vi hace tan sólo un par de días!, pensó Alejandro. Ahora sí que se los ve a tono con la sala; van tan elegantes y acicalados como el más rico de los nobles.
De Chauliac repitió su majestuosa aparición, y, presidiendo la atildada asamblea de pupilos, inició su discurso:
–Señores, hacéis honor a vuestra profesión. Vuestra diligencia y ansia de saber me han llenado de gozo. No hay entre vosotros nadie que no haya mejorado en su oficio; confiamos en que esos nuevos saberes os acompañen en vuestra misión de representar a Su Santidad por las nobles cortes de Europa. Aplicaos en el ejercicio de vuestros conocimientos, y servid bien a vuestro Dios. Queda en vuestras manos la protección de nuestros intereses, y en ningún momento dejaremos de rezar por vuestro éxito.
A continuación, De Chauliac se reunió por separado con cada uno de sus alumnos para instruirlo acerca de su destino final, dándole ánimos y comunicándole la bendición personal del Papa. Los médicos abandonaron la sala uno a uno, emprendiendo el viaje a países desconocidos.
Alejandro fue el último de todos. Al final, no quedaron en el majestuoso salón más que él y De Chauliac.
–¡Estáis espléndido, doctor Hernández! – dijo el médico papal-. He aquí el aspecto que debería presentar un médico: próspero y noble. Estaba seguro de que mejoraríais de aspecto con la ropa adecuada. Sentaos, os lo ruego; tengo muchas cosas que deciros, y estaréis más cómodo sentado.
Alejandro obedeció, extrañándose de que alguien pudiera hablar de comodidad con aquellos pantalones tan ajustados. Una vez más, se hallaba cara a cara con su indescifrable instructor y colega. ¿Cómo es posible que un hombre tan culto, un pensador tan notable y un lógico tan destacado sea a la vez tan intolerante y presuntuoso?, se preguntó al mirarlo. ¿Pueden darse en un mismo hombre cualidades tan disonantes sin que se produzca una lucha a muerte, o al menos un estado de distracción?
–En estos últimos días he asistido con admiración al desarrollo de vuestro talento, y, según os he dicho ya, quedo impresionado por vuestra inteligencia y conocimientos. Por todo ello, y de acuerdo con Su Santidad, os he seleccionado personalmente para servir en la corte del rey Eduardo III, cuya petición de ayuda se halla en el origen de nuestra empresa.
Alejandro asintió, tragando saliva.
–¿Y bien? – preguntó De Chauliac, que esperaba una reacción más efusiva-. ¿No os alegráis? Es un gran honor para un médico.
–Me siento inmensamente honrado, señor-contestó Alejandro sosegadamente-. Vuestra confianza es inmerecida.
–Como ya os dije, no es ésa mi opinión, doctor Hernández. Veo en vos parte de mi propia juventud, el mismo ardiente deseo de alcanzar la grandeza. No, no, monsieur -dijo De Chauliac con vehemencia-, no creo teneros en más de lo que sois; sin embargo, y dada la condición de la casa real a la que vais a servir, debo decir que os enfrentáis a una difícil tarea.
Viendo que la esperada reacción de Alejandro no se producía, De Chauliac reanudó su discurso, precedido por un hondo suspiro.
–Entiendo vuestra reticencia -dijo, rebajando su entusiasmo-, pero os ruego que entendáis que vuestro trabajo en Inglaterra no depende de que os
guste o no. Su Santidad se juega mucho en el intento, y mantendremos un contacto frecuente con la corte inglesa para estar seguros de que trabajáis con diligencia; en caso contrario, vuestras perspectivas serán poco halagüeñas.
Alejandro apartó la vista de sus manos y la fijó intensamente en De Chauliac, viendo confirmado el trasfondo de coacción que había creído advertir durante todo el período de aprendizaje. Descartó por completo la idea de escapar de palacio, a la que había dado vueltas más de una vez.
Ignoro cuánto sabe de mí, pensó, escrutando los penetrantes ojos azules de De Chauliac en busca de algún indicio, y leyendo en ellos un deseo de sorprender, sumado a la certeza de obtener sus fines. Pensó entonces con tristeza que lo más prudente era ceder, y dijo, con un profundo suspiro de resignación:
–¿Cuál es la diferencia entre esta casa real y las demás?
De Chauliac acogió su pregunta con cierta picardía, imprimiendo a sus finos labios una sonrisa poco menos que burlona antes de embarcarse en entusiastas aclaraciones.
–Son Plantagenets -dijo dando énfasis a la palabra, como si tuviera que significar algo para Alejandro-. Se creen el linaje más noble de Europa. Son gigantes rubios, con cabellos de oro y ojos de zafiro; no hay uno solo de ellos en que no se advierta la ascendencia nórdica. Son altivos, despiadados y violentos, y, a pesar de que se finjan conformes con la voluntad de la Iglesia, no les gusta aceptar órdenes de Su Santidad. Por mucho que Eduardo haya pedido explícitamente que le mandemos un médico, no aceptará de buena gana vuestros preceptos.
–Esa casa real inglesa parece caracterizarse por su grosería -dijo Alejandro.
De Chauliac se echó a reír.
–¡En absoluto! No hay corte europea más fastuosa que la de Eduardo y Felipa. Se enorgullecen de dar a sus huéspedes el más espléndido de los tratos; han gastado una fortuna en ampliar su castillo de Windsor, y estoy seguro de que lo encontraréis francamente espectacular.
–¿Más que esto? – Señaló el salón en que estaban, con su ostentoso mobiliario-. ¿Es posible?
–Eduardo quiere ser más que los franceses en todo; y no deja de ser natural, puesto que reivindica el trono de Francia a través de su madre. Os
daréis cuenta de que los franceses son un pueblo mucho más refinado y culto que los ingleses. Eduardo tiene que estar preparado, por si le cupiera en suerte el honor de gobernarlos. – De Chauliac hizo una pausa para que Alejandro asimilara lo que acababa de decir-. Deberéis dedicar especial atención a la princesa Isabel, en cuyas nupcias planea intervenir Su Santidad. Os advierto que es una joven tan terca como bella. Tratará de ablandaros con sus encantos, pero no debéis permitir que su talento para la persuasión os desvíe del cumplimiento de vuestro importante deber. En cuanto a los otros, el Príncipe Negro, la reina y sus servidores, comprobaréis que son de condición similar, pero menos enérgicos; aunque creo que con Eduardo e Isabel tendréis trabajo más que suficiente. – Se levantó, dando a entender que la entrevista había llegado a su fin-. No os envidio las dificultades con las que toparéis -dijo-, pero sí las emociones.
¡Ojalá pudiera ir yo en vuestro lugar!
Alejandro, que no aprobaba el intervencionismo del ambicioso Clemente en los asuntos de los diversos estados europeos, y habría preferido mantenerse al margen de tales tonterías, detestaba tener que poner sus conocimientos al servicio de tan desagradable objetivo; sin embargo, no podía negar que De Chauliac tenía razón: la oportunidad era incomparable.
Hizo tácito juramento de aprovecharla para obtener el máximo de conocimientos.
–Haré todo lo posible, señor -dijo el judío.
Tras inclinarse profundamente, De Chauliac se acercó al Papa desde el fondo del suntuoso salón del pontífice. Escuchó por enésima vez sus quejas y endulzó sus oídos con palabras de consuelo, pero no renunció a la reclusión.
–En el grupo hay un español -dijo a Clemente-. Es inteligente y capaz, y pienso que sabrá arreglárselas mejor que los demás. Lo he enviado a Inglaterra.
Clemente aprobó la decisión con una sonrisa, mientras sacudía su abanico de plumas de pavo real.
–Bien hecho, amigo mío. Seguro que Eduardo se alegrará de que hayamos conseguido no enviarle un médico francés.
–El viaje durará aproximadamente veinte días -dijo el capitán a Alejandro-. Su Santidad nos ha concedido diez guardias, dada la
inseguridad de los caminos en estos tiempos de anarquía.
Prudente decisión, pensó Alejandro al montar en su caballo, un corcel negro de raza que llevaba los hermosos jaeces de la guardia papal. Con las alforjas bien atadas a sus espaldas, siguió al capitán, que salía del patio de palacio a la cabeza de sus hombres. Mediada la mañana, el séquito iniciaba su marcha bajo el estandarte protector del Papa.
Hasta el cuarto día avanzaron con rapidez y sin incidentes, siguiendo una ruta más o menos paralela al Ródano; después de atravesar Lyon en dirección a Dijon, que quedaba a tres días de camino en dirección norte, toparon con una fantasmagórica procesión de campesinos andrajosos y mugrientos que ocupaba todo el camino y les impedía avanzar.
–¡Pero si parecen esqueletos! – dijo Alejandro, adelantándose con su caballo a la gemebunda caravana mientras se protegía del hedor con la manga de su chaquetón-. Deben de ser doscientos como mínimo. – Se acercó al capitán para informarse-. Decidme, por Dios, ¿quiénes son estas patéticas criaturas? – preguntó.
–Están por todas partes; viajan de ciudad en ciudad flagelándose a la vista de todo el mundo. Dicen ser los salvadores de la humanidad, y creen que Dios considerará las atrocidades que se infligen en sus propias carnes y unos a otros como una penitencia, la expiación de los pecados del mundo que les llevará a poner fin a la peste. Cada día tienen más seguidores.
–Pero no he visto ningún cabecilla. ¿Cómo organizan su horrible peregrinación?
–Se dice que cada grupo tiene un jefe a quien todos los miembros juran obediencia total, haciendo voto de permanecer con el grupo durante treinta días o más. Dejan un estipendio en prenda para alimentarse durante su cruzada, pero sabe Dios qué sustento recibirán estos escuálidos demonios.
No hay más que verlos para darse cuenta de que sólo son sacos de huesos.
Los flagelantes iban desnudos de cintura para arriba, cubiertos de una mezcla de sangre y cenizas. Sus lamentos incesantes ofendían el oído, y hacían vibrar el aire con las notas discordantes de un canto desolado y lleno de congoja. El ansia de dejarlos atrás llevó a los jinetes a espolear a sus monturas.
Cuando estuvieron a salvo, el capitán dijo:
–Si yo fuera Dios y viera a esos desgraciados, les enviaría una epidemia sólo para ellos.
–Ya lo ha hecho, por lo que parece -dijo Alejandro-: una epidemia de locura.
Prosiguieron su camino al galope, deseosos de acrecentar la distancia que los separaba de la terrible horda. En pocas horas llegaron a la periferia de una población y, antes de atravesarla, hicieron una pausa para reagruparse.
Aunque su experiencia de la guerra se limitara a lo que había oído decir a Hernández, Alejandro tuvo la certeza de que el horror bélico no podía superar en truculencia a la escena con que fueron recibidos en la plaza mayor: seis hogueras en su apogeo envolvían de espesa humareda sendos postes, cada uno de los cuales sostenía los restos chamuscados de lo que había sido un ser humano. Alrededor de tamaña atrocidad hacían corro y gemían varias decenas de diablos con el torso al descubierto y sin más vestidura que unos sacos de tela gruesa. Resultaban más horripilantes que cualquiera de los componentes de la anterior procesión. Se azotaban con ramas espinosas y látigos con puntas de hierro, y cuando ya no podían azotarse ellos mismos, la emprendían con el de al lado. La sangre chorreaba por sus piernas y formaba charcos en el suelo, cubierto de huellas sangrientas y pedazos de tela embebida en sangre. Bailaban como locos en torno a sus víctimas, azuzados por un nutrido público. Las campanas de la iglesia doblaban sin cesar, ofreciendo un salvaje contrapunto a los espantosos himnos.
Mientras contenían el nerviosismo de sus caballos, Alejandro y el capitán asistieron con una mezcla de horror y fascinación al momento en que uno de los flagelantes se separaba del círculo para azotar a una de las víctimas. Alejandro sintió náuseas al comprobar, por su reacción al violento latigazo, que el hombre atado al poste seguía con vida. Se acercó para ver mejor, y, distinguiendo en la manga del pobre hombre los restos tiznados de un círculo amarillo, aguijó con rabia a su montura.
El capitán, que había presenciado el momento en que su protegido perdía el control, se abalanzó sobre él fustigando con dureza a su caballo, y, tras apoderarse de las riendas del de Alejandro, obligó al animal a detenerse en seco.
–¡Monsieur! ¡No cometáis una locura, os lo ruego! ¡Sólo son judíos!
Alejandro se debatió con furia, pero no pudo huir de su captor, mucho más alto y corpulento. Viendo la rabia con que miraba, el capitán se dio
cuenta de que no podría retenerlo indefinidamente, y, sobreponiendo su voz al coro de chillidos, dio instrucciones al guardia que tenía más cerca; éste se apeó del caballo y se apresuró a poner una flecha en su arco. El disparo, de una precisión extraordinaria, atravesó el corazón del prisionero atado al poste y le deparó una muerte instantánea.
El horrendo círculo de penitentes interrumpió sus danzas y lamentos.
Volviéndose todos a una, buscaron con la mirada al traidor que los había privado de su diversión. Al ver al séquito papal, cargaron contra él sin el menor respeto por el estandarte que debía protegerlo.
El capitán volvió a aferrar las riendas del caballo de Alejandro y espoleó al suyo, a fin de huir de aquella banda de locos. Todo el grupo de jinetes salió al galope, dejando atrás sin problemas a la ensangrentada y demencial caterva, pero no se detuvieron hasta sentirse completamente a salvo en la espesura del bosque.
La prontitud de la huida había dejado exhaustos a los caballos, y, dada la proximidad del crepúsculo, el capitán juzgó aconsejable montar ahí mismo el campamento. Mientras los guardias a sus órdenes montaban las tiendas, el capitán se llevó a Alejandro a un lado.
–Habéis cometido una imprudencia -dijo con severidad-, y el resultado podría haber sido, desastroso.
–¡Pero ese hombre sufría! Lo estaban quemando vivo, y yo no podía…
–Comprendo vuestra compasión por los que sufren, maese médico -lo interrumpió el capitán-, pero salvarlo no estaba en nuestra mano.
–¡Vos mismo, sin embargo, habéis mandado matarlo! También os afectaba su agonía.
–Una buena flecha mal empleada. Sólo era un judío, y el destino de los judíos es sufrir. En adelante, si queréis acabar el viaje sano y salvo, haréis bien en contener arranques inútiles de heroísmo.
Alejandro luchó por reprimir la rabia que sentía crecer dentro de él. No te delates, se amonestó. Hoy ha muerto un judío. No vayas a ser tú el siguiente.
Pasado Dijon, torcieron un poco al oeste por un camino que los llevaría al norte de París y acabaría dejándolos en Calais, desde donde debían cruzar el canal.
Cuando faltaba un día para llegar a Calais, uno de los guardias empezó a tener dolor de cabeza y de estómago. Alejandro lo examinó de inmediato,
y comprobó que sus temores eran ciertos: empezaban a hinchársele el cuello y las axilas. Rogó al capitán que hicieran una pausa para dar un respiro al enfermo, que empeoraba por momentos. A la mañana siguiente, otro guardia presentaba síntomas similares. Por la tarde habían enfermado dos más.
El balance final era de cinco guardias afectados sobre diez. Alejandro envió a los demás a acampar junto al capitán a cierta distancia. Provisto de su amuleto, y tapándose nariz y boca como le había enseñado De Chauliac, administró a las víctimas las hierbas y medicinas que le habían dado para llevarlas a Inglaterra.
El primer hombre sólo tardó un día en morir, y los otros cuatro se hallaban en un estado lamentable. El capitán instó a Alejandro a seguir adelante, pero el médico no quería oír hablar de viajes. Esperaba mucho de las curas que le acababan de enseñar, pero, al producirse la segunda muerte, los guardias sanos empezaron a quejarse, y el capitán, fiel a su compromiso con el Papa, insistió todavía más en que le permitieran reanudar la marcha.
–No me iré hasta que estos hombres estén muertos o sanos. Está todo dicho.
Las quejas fueron a más. Los guardias, asustados, hablaban de dejar atrás a Alejandro y sus compañeros enfermos.
–Estoy desesperado -confesó el capitán a Alejandro-. Debo depositaros sano y salvo en Inglaterra, y no puedo hacerlo sin una buena escolta. Ya hemos perdido dos hombres, y los demás no quieren quedarse aquí, porque están seguros de que el aire está contaminado.
–No puedo discutírselo -contestó el médico-. No tengo argumentos para tranquilizarlos. Ahora mismo hay otro soldado que se halla a las puertas de la muerte, y a los otros dos no hay quien los salve.
–¿Cuánto tardarán? – preguntó el capitán.
–No lo sé; quizá un día, y quizá dos.
El capitán se alejó, y, a su regreso, su rostro expresaba una enorme tristeza.
–Señor, os pido perdón por lo que estoy a punto de hacer, pero no podemos demorarnos más.
Alejandro no le entendió. Poniéndose en pie de un salto, siguió al capitán hasta el lugar en que yacían los guardias enfermos. Durante el breve intervalo en que los había dejado para hablar con el capitán, el más enfermo
de los tres había fallecido; tenía los ojos abiertos, el pecho inmóvil, y cubiertos de moscas los rincones húmedos de su cuerpo. Los otros dos seguían conscientes, gimiendo y llorando de dolor.
El capitán se colocó entre los dos supervivientes y dijo:
–Haced las paces con vuestro Dios.
Acto seguido desenvainó la espada.
Alejandro pensó que el patetismo con que miraban los enfermos habría sido capaz de dar mala conciencia a los mismísimos ángeles.
¿Y cómo miraría yo viendo llegada mi hora?, se preguntó. Igual. Al menos no seguirán sufriendo. No tenía la menor intención de interponerse.
–Que Dios se apiade de vuestras almas, y de la mía -dijo el capitán, antes de despachar las almas de los dos guardias con rápidos y compasivos mandobles-. Y ahora, señor, proseguiremos el viaje; ya hemos perdido demasiado tiempo. Dios recibirá las almas inocentes de estos dos, pero, si no os hago llegar a Inglaterra, Su Santidad se encargará de que la mía no obtenga perdón. Por favor, recoged vuestro equipaje y seguidme.
A falta de medios para enterrar los cadáveres, los dejaron en el bosque.
Alejandro deseó fervientemente haber llevado consigo la pala que con tanta pericia forjara Carlos Alderón en Alcañiz, hacía de eso una eternidad.
Y, llegado el vigesimosegundo día desde su partida de Aviñón, la atribulada comitiva arribó a Calais, ciudad que llevaba un año bajo dominio inglés, desde que las fuerzas del rey Eduardo la habían ganado en dura y sangrienta batalla. Reinaba en la ciudad una gran confusión, y los guardias franceses del Papa se quejaban de sentirse como en territorio enemigo. De no ser por el estandarte papal, sin duda las fuerzas de ocupación inglesas habrían interrumpido su avance, mal dispuestas contra todo grupo de aspecto militar que, como el suyo, se embarcase en Calais.
El capitán dejó en la ciudad a Alejandro y los cinco guardias que quedaban, y fue al muelle en busca de pasaje. Volvió una hora más tarde.
–Un golpe de suerte, no cabe duda -dijo-. Hace buen tiempo para cruzar.
He encontrado un pescador que aceptará gustoso nuestro oro.
Caballos y hombres subieron a bordo de la sólida embarcación, y el pescador desplegó las velas aprovechando que el viento soplaba con fuerza.
Al principio Alejandro estaba entusiasmado con la perspectiva de cruzar el canal, dado que era la primera vez que navegaba, pero una vez en alta mar, abandonada la protección de la orilla, cayó presa de un terrible malestar, e,
incapaz de separar la cabeza de las rodillas, se quedó mirando el cubo que había llenado con su propio vómito, hasta que lo vio todo tan oscuro que ya no distinguía nada.
El capitán se mostró compasivo con la debilidad del médico.
–La travesía nunca es fácil -dijo-. Hay quien, después de cruzar con mar tempestuosa, no vuelve a ser el mismo. Pero creo que el viaje va a ser rápido; el mar está en calma, y el viento nos es propicio. A veces es mucho peor.
Alejandro levantó la cabeza el tiempo justo para decir:
–¿Peor? ¿Cómo es posible? Estoy a punto de expulsar las tripas.
–Quizá sin tripas no sintáis dolor -dijo el capitán-; aunque, bien pensado, os recomiendo hacer lo posible por conservarlas. Quizá os consuele saber que no sois el único que sufre de esta dolencia. ¡Dicen que el poderoso Eduardo en persona no resiste el vaivén de un barco!
Y se echó a reír. Para el capitán, que había visto al majestuoso Eduardo, imaginar a tan alto personaje presa de terribles vómitos resultaba de lo más gracioso; Alejandro, en cambio, gravemente mareado, no le veía nada de humorístico al comentario. Volvió a sumir la cabeza entre las piernas e inició una nueva tanda de arcadas.
Por la tarde del día siguiente alcanzaron la costa opuesta sin novedad.
La comitiva se apresuró a desembarcar y a conducir a los caballos por el bajío hasta la playa rocosa. Alejandro tardó un poco en montar, el tiempo necesario para que sus piernas temblorosas recuperasen el equilibrio.
El blanco acantilado se erguía majestuoso por encima de la arena. A la luz menguante del crepúsculo, Alejandro vio al barco internarse en la mar de vuelta a Francia, dejándolo a él y sus acompañantes en la extraña orilla de un país desconocido.
Alejandro señaló la ciudad cuyas torres y agujas empezaban a perfilarse en la distancia.
–¿Es Londres? – preguntó.
–Sí -contestó el capitán.
–¡Cómo! ¿Tan pequeña? ¡Y fijaos en lo sucio que está el aire! – dijo Alejandro-. ¡Esperaba algo más grande y más majestuoso! No parece una ciudad adecuada para albergar al gran Eduardo.
–Parece que el propio rey comparte vuestra opinión -dijo el capitán-, pues, aunque tiene a su ejército apostado en Londres, vive en Windsor, al
oeste de la ciudad. He oído decir que su palacio es espléndido. Esta noche, según lo convenido, os dejaré en la Torre de Londres, y acaso mañana os lleven a Windsor.
El idioma de los ingleses pareció duro y gutural a Alejandro, muy distinto a su aragonés nativo y a la fluida y dulce lengua francesa que había llegado a dominar. El enviado papal se internó por la multitud que atestaba el espacioso puente de entrada a la ciudad de Londres, oyendo por todas partes el rudo sonido del idioma local. En cierta ocasión había oído hablar alemán, lengua que un oído poco avezado podía confundir con el inglés; a decir verdad, ni una ni otra le gustaban.
Vio cadáveres acumulados en la ribera del Támesis, flotando algunos, otros cabeceando a merced del oleaje que lamía la orilla; la altura del puente no le impidió percibir el olor a descomposición. Más que agua, el río parecía llevar barro; por todas partes flotaban cúmulos de excrementos y desechos, y había pocos puntos claros en la superficie.
La comitiva seguía llevando el estandarte del Papa, y todo el mundo se hacía a un lado para permitirles el paso. A la vista del dorado crucifijo sobre campo rojo, afligidos suplicantes caían de rodillas y oraban con las manos entrelazadas. Tanta atención ponía nervioso a Alejandro, que procuró pasar desapercibido en lo posible, acercando su caballo al grupo de los guardias.
Ya a las puertas de la Torre, salió a recibirlos el gobernador del castillo, que se ocupó de que sus pertenencias fueran llevadas a aposentos temporales.
–Su majestad os espera, pero se ha trasladado a Windsor, donde podrá recibiros con mayor propiedad. Me ha pedido que os invite a pasar la noche aquí y emprender mañana el camino al oeste, siempre y cuando la solución sea de vuestro agrado.
El gobernador, que estaba impaciente por oír noticias del extranjero, los convidó a que cenaran juntos, confiando en que le relataran en detalle su viaje por Francia. El capitán no puso reparos, y cenaron en la sala principal de la residencia de su anfitrión. Carnes humeantes y crujientes hogazas de pan cubrían una larga mesa confeccionada con tablones, y los comensales se iban pasando una bandeja de nabos calientes. Al final de la comida, Alejandro tenía la cabeza como un bombo, agotado por el esfuerzo de intentar entender lo que se decía. A lo largo del viaje había aprendido unas cuantas palabras y expresiones inglesas del capitán, durante las largas
conversaciones que habían sido su única distracción en las noches de acampada. El inglés del capitán tenía serias limitaciones, y su pronunciación dejaba mucho que desear; sus enseñanzas no bastaron a Alejandro, que en varias ocasiones tuvo que pedir traducción al francés.
El capitán despertó a Alejandro al rayar el alba.
–Estamos listos para marchar -dijo-. He traído unos artículos que Su Santidad quiere que entreguéis.
Después de restregarse los ojos, Alejandro se incorporó y cogió el paquete.
–¿Por qué no nos quedamos a descansar un día o dos? – dijo-. ¿Tanta prisa tenéis en emprender el viaje al frente de vuestros hombres?
–Prefiero marcharme -contestó el capitán-. Estas tierras de Inglaterra no me gustan, así como no les gusta a los soldados ingleses el buen suelo francés.
Alejandro no quería quedarse solo.
–Bien, pero no dependerá de uno o dos días…
–Olvidáis, señor, que mi rey está en guerra con el hombre a quien voy a entregaros. La peste ha forzado una tregua, pero no durará. Es cierto que sirvo al Papa, pero soy y seré hijo de Francia, y no veo la hora de volver a mi tierra. Vos debéis de entenderlo, tan lejos de vuestro país…
Vaya si lo entiendo…, pensó Alejandro.
–En tal caso, os digo adiós y os deseo que lleguéis sano y salvo a casa -
dijo.
El capitán se despidió y salió de la habitación.
Otra vez solo, Alejandro abrió el paquete para examinar su contenido.
Consistía éste en varios pergaminos para el rey y sus ministros, unos cuantos regalos de tamaño reducido que supuso destinados a las damas, y una bolsa de oro para él.
Se vistió a toda prisa y subió por la escalera, uniéndose a varios guardias ingleses que vigilaban la campiña circundante. Desconsolado, vio reducirse el tamaño de los seis jinetes, que acabaron por desaparecer. Se preguntó cuál de ellos no llegaría a Aviñón.
Durante el viaje a Windsor, Alejandro buscó la compañía del jefe de su escolta, que había servido al rey Eduardo en Francia y dominaba el idioma de dicho país. Alejandro no dejaba de importunarlo a todas horas, preguntándole el nombre de diversos objetos de uso cotidiano y
solicitándole consejo acerca de cómo saludar, dirigirse a y despedirse de la familia real inglesa. Al principio su tutor lo encontró divertido, pero, acabó cansándose de las incesantes preguntas del joven, y se alegró de llegar a las puertas del castillo y poder desentenderse de Alejandro.
Éste descubrió en Windsor una enorme fortaleza de gruesos muros de piedra y espléndidas torres que se erguían muy por encima del bosque circundante. En el patio inferior salió a su encuentro un hombre de porte majestuoso y recargadas vestiduras.
–Soy sir John Chandos, consejero del rey Eduardo y el príncipe de Gales, y os doy la bienvenida a nuestra bella morada.
El médico correspondió a la elegante reverencia de Chandos, sintiéndose algo torpe. No estaba acostumbrado a los modales cortesanos.
– Pardon, monsieur, je ne comprendí pas.
–Ah, sí -dijo Chandos en francés-. Desconocéis nuestro tosco idioma.
Moi aussi, je préfere la, langue frangaise -siguió en francés, respetando la necesidad de una lengua común por parte de Alejandro-. Me han pedido que os acompañe a vuestros aposentos, en el ala este del castillo. Os hemos preparado unas habitaciones que confío serán de vuestro agrado. El rey no ha reparado en gastos con tal de que el embajador de Su Santidad reciba toda clase de atenciones durante su estancia en nuestro reino.
Alejandro siguió a sir John por varios patios hasta llegar a la parte residencial del castillo. Antorchas y velas inundaban de luz todas las salas y pasadizos, hecho que llevó a Alejandro a comentar:
–Veo que en Inglaterra el aceite no está tan caro como en España.
Sir John rió.
–No creáis, lo es, pero nuestro rey no tolera la oscuridad en Windsor.
Atravesaron una enorme sala abovedada de cuyas paredes colgaban tapices con escenas de gloriosas batallas. Encima de la chimenea había tres juegos de espadas entrecruzadas, con toda suerte de cornamentas alrededor.
–¿Qué enorme bestia lucía cuernos como ésos? – preguntó Alejandro, señalando hacia arriba-. ¿Se la puede encontrar cerca del castillo? De ser así, avisadme y la evitaré.
Sir John se echó a reír.
–No temáis; son cuernos muy antiguos, y pertenecieron a alces irlandeses. El padre de Eduardo los trajo de las pantanosas tierras de
Irlanda. Hace cien años que no se ve ningún ejemplar, aunque se les atribuía dos veces el tamaño de un buen caballo.
–Más que de un caballo, parecen salidos de un árbol -dijo Alejandro-.
¡Qué imponente es todo lo que veo! Me hace sentir muy pequeño. ¿Son, pues, gigantes esos Plantagenets?
–Os lo parecerían, si los vierais en plena batalla -dijo sir John, rojo de orgullo-. Con la armadura puesta se parecen a Goliat.
Y yo no soy ningún David, pensó Alejandro.
El centro de la sala estaba dominado por una mesa lo suficientemente larga para dar cabida a varias familias a la vez. Estaba rodeada por decenas de sillas, todas talladas con esmero. El suelo, adornado con un motivo de diamantes, alternaba el mármol pardo con el negro, y contaba con varias alfombras y pieles diseminadas. Accedieron seguidamente a un pasadizo largo y profusamente iluminado, llegados a cuyo extremo doblaron a la derecha y siguieron pasando junto a varias puertas cerradas hasta detenerse frente a una de ellas, que se abría en un receso del muro.
Sir John la empujó e hizo pasar a Alejandro, que, una vez dentro, examinó su nuevo hogar, impresionado por la calidad de los muebles y accesorios.
–Creo, monsieur, que hallaréis sumamente confortables estas habitaciones. No tenéis más que tirar de esta campanilla para que aparezca un sirviente y cumpla cuanto le ordenéis. – Sir John hizo una pausa que permitió a Alejandro seguir examinando la habitación-. Cuando suenen siete campanadas, la familia se reunirá en la sala grande para cenar. El rey tendrá sumo placer en que os suméis a ellos. Y ahora os dejo, esperando gozar más tarde de vuestra compañía. Buenas tardes, doctor Hernández.
Oyendo tañer las campanas, Alejandro dejó un momento de deshacer las maletas para no perder la cuenta. Una vez comprobado que eran siete, volvió a mirarse de pies a cabeza y a revisar todos los detalles de su atavío, pues, siendo la primera vez que se ponía ropa tan elegante, tenía que asegurarse de que cada prenda estuviera en su sitio. Por fin, después de alisarse aquellos pantalones que tanto detestaba, dejó sus aposentos y se encaminó a la sala mayor.
Si ésta ya le había parecido exquisita, la presencia de un grupo de gente principal hizo que se lo pareciera más aún. Un nutrido público, todo
elegancia, escuchaba a un juglar que caminaba de un lado a otro tañendo su laúd, colgado del hombro con una cinta de vivos colores.
Había dos sillas grandes de madera tapizadas de terciopelo rojo, en una de las cuales se sentaba una hermosa mujer rubia y entrada en carnes. Lo llamativo de sus vestiduras y joyas contrastaba con la expresión de su rostro, hondamente apenada. Es la reina, pensó Alejandro. Acaba de perder a su hija, y no es de extrañar que parezca tan triste…
Alejandro se fijó en los demás ocupantes de la sala; escondido en la entrada, observó la luminosa asamblea sin desvelar su presencia. Su interés se vio solicitado por innumerables detalles. Intentó adivinar quiénes eran hijos e hijas de la pareja real; casi todos los presentes eran rubios y claros de piel, con ojos azules o grises. Una de las jóvenes iba cargada de relucientes joyas, y enfundada en un brillante vestido de raso. Supuso que sería una princesa. Otra tenía una melena lustrosa y cobriza…
El clandestino escrutinio de Alejandro se vio interrumpido bruscamente por las notas de un clarín, que anunciaban la entrada de alguien importante.
Irrumpió entonces en la sala un hombre que cubría sus incipientes canas con una pequeña corona de oro, seguido de cerca por otro hombre más joven, de distinguido atuendo y gran parecido con el primero. La estatura de ambos aventajaba en una cabeza a la de Alejandro, y destacaban los dos por su porte viril. De haberlos visto con armadura, Alejandro los habría tomado por guerreros de cierto rango. Era imposible no darse cuenta de su condición de padre e hijo, ni de que eran de condición regia, o se tenían por tales. El rey siguió avanzando entre sus subditos, inclinados casi al alimón.
El príncipe se quedó atrás y ocupó su lugar entre los reunidos. Por su parte, el rey acabó deteniéndose frente a la mujer sentada a la que Alejandro había identificado como reina. La miró con ojos centelleantes y le tendió la mano; ella cedió la suya, acompañando el gesto con una risita de niña. El rey hizo que su esposa se levantara con grácil ademán.
–Mi reina -dijo, besando su mano con dulzura.
La llevó a continuación hasta su asiento, recibiendo el homenaje de la multitud, y, tras dejarla cómodamente sentada, se dirigió ceremoniosamente al otro extremo de la mesa, donde tomó asiento en una silla de madera de respaldo alto y cojines de terciopelo. Una vez instalado, exhortó a sus invitados a hacer lo propio.
Los comensales se fueron colocando alrededor de la mesa, haciendo rechinar las sillas contra el suelo. Alejandro vio que quedaba una sin ocupar, y, avergonzado, cayó en la cuenta de que debía de ser la suya. Daba ya los primeros pasos por la sala cuando vio que sir John se levantaba a toda prisa y salía a su encuentro.
–Majestad -dijo sir John, acercándose al médico-, permitid que os presente al doctor Hernández, el emisario médico que viene de parte de su santidad el papa Clemente. Acaba de llegar esta misma tarde.
Todas las miradas se concentraron en Alejandro, incluida la del rey, azul y penetrante. El soberano sometió al desconocido comensal a un examen rápido y perspicaz, fijándose en todos los detalles, pues Eduardo no tenía excesivo aprecio por Clemente, y menos aún confianza. Pese a lo solícito de su correspondencia, ninguno de los dos tenía claras las buenas intenciones del otro.
Alejandro no sabía qué hacer, y aguantó sin moverse el indiscreto escrutinio. Sir John lo sostenía por los hombros, y Alejandro permaneció inmóvil, dispuesto a que el caballero lo dirigiera.
El rey Eduardo acabó por relajar la mirada y decir:
–Doctor Hernández, nos alegramos de que hayáis hecho un viaje tan largo para estar con nuestra familia. Es por parte de Su Santidad un rasgo atento y generoso el querer protegernos ofreciéndonos vuestros servicios.
Cenad con nosotros, os lo ruego; estamos impacientes por recibir noticias de Aviñón, y dependemos de vos para proporcionárnoslas.
El rey señaló con la cabeza la silla vacante, y Alejandro notó que el servicial sir John lo dirigía hacia ella. Una vez sentado, acercó la silla a la mesa. Tenía a la derecha a la esbelta y rubia princesa cuya presencia había advertido anteriormente. Le dirigió una sonrisa cortés.
–Mi padre no tolera retrasos en sus invitados -dijo ella.
Acto seguido miró a Alejandro de hito en hito y le sonrió con afectada modestia. Todo el mundo se volvió hacia el médico, atentos sin duda a su respuesta.
Debe de tratarse de la impertinente Isabel, pensó Alejandro. Es tal como la describió De Chauliac.
–Y no debería hacerlo -contestó-, puesto que todo subdito debe a su rey el más alto respeto. – Se volvió hacia el monarca y, con voz contrita, añadió-: Majestad, os ruego que perdonéis mi falta de educación. Soy un
español ignorante, lejos de mi hogar, y desconozco las costumbres de vuestro reino.
No cabía mejor respuesta, dado lo orgulloso que estaba el rey del refinamiento de su corte, y el fanatismo con que se dedicaba a perfeccionar el arte de la hospitalidad.
–Haremos que se os enseñen, maese médico, a fin de que os sintáis a gusto entre nosotros. Me resulta intolerable toda incomodidad por parte de mis huéspedes. – El rey rió de corazón-. A decir del Santo Padre, estáis lejos de ser un ignorante, joven. Alaba y tiene en gran estima vuestras habilidades como médico; mas, ante todo, debéis perdonar que esté descuidando mis obligaciones como anfitrión. Permitid que os presente a mi amada reina Felipa -dijo, señalando en dirección a su consorte.
Alejandro se puso en pie, y estuvo a punto de tirar la silla con las prisas.
Saludó a la reina con una profunda inclinación, a la que ella correspondió con un gentil ademán de cabeza. Las damas más jóvenes de la sala contuvieron a duras penas sus risas, alborozadas por la reverencia del médico, sincera pero torpe.
–Por favor, monsieur, volved a ocupar vuestro asiento; soy yo quien se siente honrada por vuestra sabia presencia.
Alejandro siguió las indicaciones de la reina, ruborizándose por el escaso éxito de su tentativa.
–Doctor Hernández -prosiguió el rey-, albergo la sincera esperanza de que podáis prescribir una cura para la soltura de lengua de mi hija. – Hizo un gesto en dirección a la joven que había reprendido a Alejandro, suscitando en ella una airada reacción que no pasó desapercibida al médico-. A todos nos afectan los irreprimibles impulsos con que Isabel procura corregir nuestras imperfecciones. Os advierto, sin embargo, que la primera causa de su aflicción soy yo; he mimado en exceso a mi Isabel, y no puedo echar la culpa a nadie más que a mí mismo. Y ahora, quiero que conozcáis a mi hijo Eduardo, el príncipe de Gales.
El joven que había entrado junto al rey dijo:
–Vuestra presencia nos llena de dicha, doctor. – Indicó a Alejandro que permaneciera sentado-. Su Santidad ha dedicado muchas líneas a vuestra educación y aptitudes, y nos asegura que sabréis proteger a nuestra familia del flagelo de la peste.
Temo que haya exagerado mis capacidades, pensó Alejandro. De poco sirvieron a los soldados que cayeron enfermos durante el viaje a Inglaterra.
Resolvió aprovechar la primera ocasión de hablar con el rey a solas para ofrecerle una descripción más realista de lo que era capaz de hacer por la familia real de Inglaterra, ya que no quería alarmar a las damas.
La conversación se centró en las noticias europeas, y la atención de todos se volcó en el relato que hizo el médico de su viaje desde Aviñón.
Alejandro se alegró de poder tomar la palabra, y así descansar del esfuerzo que suponía entender los dos idiomas extranjeros que se hablaban en la mesa. Narró a la asamblea su encuentro con los horribles flagelantes, y el bárbaro ataque de éstos a la comitiva; describió con gran congoja el dramático fallecimiento de los guardias papales. Todos los comensales escucharon con atención, absortos en sus reflexiones personales en torno a la negra situación del continente.
Percibiendo lo lúgubre del ambiente que se había apoderado de la reunión, el príncipe de Gales realizó una diestra maniobra para dar mayor ligereza al discurso.
–Y decidnos, ¿qué hacíais en Francia, tan lejos de vuestro país nativo, captando la atención del médico de Su Santidad?
Alejandro modificó los hechos.
–He estudiado en Montpellier. Todos los médicos de las poblaciones próximas a Aviñón fueron convocados en presencia del médico personal del Papa, quien, después de examinar nuestras habilidades, seleccionó a los más indicados. El doctor De Chauliac impartió las técnicas especiales con que protege al Papa a quienes fueron seleccionados para viajar al extranjero.
La conversación pasó a versar sobre otros temas, casi todos incomprensibles para Alejandro. Mientras tanto, un músico pulsaba con brío las cuerdas de un arpa, marcando el compás a un bufón que divertía a todos con sus cabriolas, sobre todo a una niña que estaba sentada al lado de la princesa. La risa de la chiquilla era encantadora, y su alegría contagiosa.
Ojalá lo fuera tanto como la peste, pensó Alejandro.
Aun tratándose de una familia que había sufrido una baja entre sus miembros por culpa de la peste, los comensales parecían ajenos en gran medida a los crueles acontecimientos que afectaban al resto del mundo.
Sólo el aspecto de la reina revelaba esa sensación de dolor y de pérdida tan común entre la población europea. Reinaba en la sala verdadera alegría; los