La plaga
Veinticuatro
de una moneda de oro), Alejandro emprendió el último trecho de su viaje a Canterbury.
VEINTICUATRO
Sarin llevó junto a la cama la caja de madera llena de antiguos utensilios. Una vez sentado en una silla, se puso la caja encima de las rodillas y, consciente de su antigüedad y carácter quebradizo, levantó la tapa con sumo cuidado, dejándola después en el suelo, al lado de la silla.
Dentro había una extraña colección de pequeños objetos que parecían escogidos al azar, sin que se apreciara nada en común entre ellos. Los fue sacando uno por uno y colocándolos en la mesa que estaba al lado de la cama. Cada vez que depositaba un objeto, murmuraba su nombre, recitando la lista que se sabía de memoria, a fin de que el orden inverso fuera exacto, ya que el último objeto extraído sería el primero en ser utilizado. Lo había ensayado muchas veces, preparándose para aquella noche. Una vez colocados todos los objetos en sus sitios correspondientes, los examinó hasta quedar satisfecho de la exactitud con que había reproducido los consabidos movimientos.
–Ahora el libro -dijo a Caroline, que dormía.
Se levantó de la silla, haciendo chirriar un poco el asiento de mimbre, y se dirigió sigilosamente a la habitación de al lado. Encontró el antiguo volumen en el mismo lugar en que lo había dejado, y lo llevó al dormitorio.
Había señalado la página indicada con la misma pluma que usaba su madre.
Cuidando de no desplazarla, dejó el libro al borde de la cama y lo abrió por donde correspondía.
Leyó poco a poco, ya que la luz de la vela era muy tenue, y todavía no se le había acostumbrado del todo la vista; molestia innecesaria, puesto que prácticamente se sabía las instrucciones de memoria, y la lectura no era más que una nueva repetición de lo que ya tenía bien estudiado. Se dio cuenta de estar perdiendo tiempo por miedo: una vez iniciado el proceso, sería imposible dar marcha atrás. Basta de tonterías, se dijo. Empieza de una vez.
–Primero las cintas -musitó, procurando tranquilizarse.
Estaban atadas con un cordelillo. Sarin deshizo el nudo, y las cintas se desparramaron sobre la colcha en montoncillos apelmazados. Olían a moho, pero la tela de la que habían sido recortadas tanto tiempo atrás se conservaba en buen estado, y no se deshilachó al ser manipulada. Sarin
prendió los lazos con alfileres por todo el camisón y las sábanas, hecho lo cual se apartó y, satisfecho, contempló su obra. Primer paso cumplido, pensó.
–Ven a ver, compañero -dijo al perro-. Ha quedado precioso. Algún día volverá a ser una linda muchacha. ¿A que sí?
Contra lo que esperaba Sarin, el perro no acudió junto a él. Estará durmiendo, pensó el anciano. Es normal, con todo lo que ha pasado. Más vale que descanse. Volvió a su tarea.
Había una cascara de nuez atada con una cinta blanca. Sólo hacía un día que había hecho el nudo, pero, mientras trataba de desatarlo con dedos rígidos, se extrañó de que fuera tan fuerte. Tras una serie de torpes y vanos estirones, acabó por soltarse. Sosteniendo la cascara justo encima del pecho de Caroline, Sarin separó las dos mitades y las dejó sobre la sábana. Una araña negra y peluda salió corriendo y se escabulló a toda prisa. Sarin la vio desaparecer bajo las mantas, y pensó en cuánto más difícil había sido introducir a la criatura en la cascara que soltarla. Recordó su alivio al juntar las dos mitades y aprisionar a la araña después de tantos esfuerzos.
–Cómo se resistía el bicho, ¿eh, compañero? – dijo al perro.
Esperaba oír un gañido de aprobación por parte del animal, pero todo seguía en silencio. Volvió a examinar la habitación en busca del perro.
¡Pues sí que duerme!, pensó.
Segundo paso cumplido. Devolvió la cascara vacía a la caja, juntamente con la cinta blanca. «Por si vuelve a hacer falta… -Susurró una breve plegaria por que no fuera así-. Señor, haz que no sea necesario; haz que éste sea el final…» .
Deshizo en migajas parte de un mendrugo de pan, tan seco que prácticamente se pulverizaba al tocarlo.
–Tres migas de pan cocido el último Viernes Santo… -dijo, aplicando el pan a los labios de la enferma.
Sabía que lo importante no era que se lo tragara; bastaba con realizar la ofrenda. Tercer paso cumplido…
El siguiente era el cuarto. Cogió un pequeño anillo de cobre y lo pasó por uno de los dedos de Caroline. Un anillo hecho de centavos mendigados por leprosos…
¿Qué estaría reteniendo a la otra mujer? ¿Acaso no había recibido su mensaje? Sarin se levantó de la silla y pasó a la sala principal. Tras echar a
un lado la cortina de la ventana, hincó su mirada en las profundidades de la noche, preguntándose cuándo llegaría el ansiado momentó de que los faros doblaran la esquina y avanzaran por el camino de entrada.
–¡Como si no pudiera hacerlo solo! – dijo en voz alta, casi en son de desafío-. A fin de cuentas he practicado de sobra… ¿Verdad, compañero?
La casa siguió en silencio. Sarin llamó al perro, pero no lo vio aparecer.
Pensando que quizá hubiera dejado a su amigo fuera, abrió la puerta; dadas las prisas, no era imposible que lo hubiera hecho, aunque lo cierto era que no se acordaba. Silbó, pero, después de un buen rato esperando, acabó por cerrar. Preocupado, se dirigió al lugar habitual de descanso del perro, una manta vieja y gastada que el animal siempre disponía a su gusto con los dientes antes de tenderse sobre ella. Cada noche cumplía con el ritual de dar tres vueltas alrededor de la arrugada manta de algodón meneando la cola, y al final se dejaba caer con la cabeza sobre las patas y una sonrisa perruna en su boca. Pero la manta estaba vacía, a excepción de unos pocos pelos diseminados, y del ligero olor a perro que solía emanar, sobre todo en días húmedos. Sarin echó un vistazo al conjunto de la habitación, pero no encontró ni rastro de su mascota.
–Tienes que estar dentro de casa -dijo en voz alta.
Y, aunque la casa era pequeña para esconderse, el anciano empezó a apartar cosas y levantar otras del suelo, inspeccionando hasta el último rincón. Era un trabajo difícil, al que no estaba acostumbrado. Tardó pocos minutos en cansarse. Exasperado, volvió al dormitorio. No podía desentenderse mucho tiempo de la enferma.
Del borde de la cama sobresalía la punta de la cola del perro.
–¡Conque estás aquí! – exclamó Sarin, viendo disipados sus temores-.
¿Qué te tiene tan asustado, compañero? Venga, sal.
El perro no se movió. Sarin emitió un silbido grave, con el que se sabía capaz de despertar a su mascota del más profundo de los sueños. Esperó a que el animal levantara la cabeza y aguzara el oído, pero vio que seguía igual de inmóvil.
El anciano se arrodilló y puso la mano sobre el lomo del perro a través de la manta. Debería subir y bajar… ¿Por qué no le sube y baja el lomo?
Presa del pánico, agarró la cola del animal y tiró de ella hasta que consiguió sacarlo de debajo de la manta. El cuerpo peludo e inerte estaba cubierto
aquí y allá de pequeñas motas de polvo, que Sarin empezó a quitar sin ocurrírsele que pudiera haber cosas más importantes que hacer.
–Dios santo… -dijo-. ¡No, por favor!
Colocó la palma de la mano ante la boca entreabierta del animal, esperando sentir la suave caricia de su aliento. No fue así.
Oyó sonar el teléfono a lo lejos, sin saber muy bien dónde. No hizo caso y siguió con el perro. Sabía muy bien quién era; si contestaba, se vería en la necesidad de explicar a esa mujer por qué la había mandado llamar, y tendría que enfrentarse a su incredulidad. Pensó que era mejor dejar que viniera, tal como le había pedido.
Su corazón se llenó de rabia, seguida por una pena atroz. ¡Esto no entraba dentro del plan! ¡Nadie me preparó para algo así! Su madre nunca había mencionado aquella posibilidad. ¿Por qué se han llevado a mi perro?
Acarició con ternura el suave pelaje de la cabeza del perro, mientras se enjugaba las lágrimas con la otra mano. Cogió a su fiel amigo y lo acunó suavemente contra el pecho. Después apoyó la espalda en la cama y se quedó sentado con su mascota en brazos, llorando largo rato hasta que le sobrevino el sueño.
Varias furgonetas con luces verdes intermitentes se detuvieron al mismo tiempo en una plaza al pie del puente. Todo aquel que se había asomado a la ventana se apresuró a bajar las persianas en cuanto averiguó el motivo de tanto ajetreo. Nadie quería llamar la atención siguiendo con excesivo interés las maniobras de la policía biológica.
Las furgonetas llegaban cuando hacía escasos minutos que se había difundido el mensaje desde la unidad situada en el puente. El teniente Rosow se consideró afortunado por haber tardado tan poco en recibir el primer informe; sabía muy bien que en casos como aquél siempre era cuestión de suerte, y que podía haberse dado el caso contrario: una espera de horas, días incluso, antes de que la presa fuera avistada por primera vez.
Debe de ser el destino, pensó, o mi buen karma.
La brusca apertura de las puertas dejó paso a unos treinta gigantes, cada uno con.su equipo de comunicaciones y un arma química cargada. El tráfico peatonal de la plaza quedó en suspenso. Quienes ya estaban en ella al llegar las furgonetas se marcharon con tanta premura como discreción, y, después de ellos, nadie se atrevió a entrar. En pocos minutos el grupo quedó dividido en varios equipos. El teniente Rosow dio rápidas instrucciones a
los encargados de cada uno de los grupos, que no tardaron en dispersarse por los alrededores.
El equipo de Rosow descendió por el resbaladizo terraplén y llegó al pie del puente, justo debajo del punto de la acera en que había quedado tendido el marginal. El cadáver ya no estaba; una furgoneta refrigerada se lo había llevado, metido en la bolsa verde de rigor. Ya no entorpecería los pasos de nadie. Debajo del puente, los biopolicías hallaron las toscas pertenencias de gente muy distinta a la que solía frecuentar a diario el propio Rosow.
¿Cómo pueden vivir así?, se preguntó el teniente, mientras registraba con sus hombres los raídos pertrechos del inframundo. Lo que no había eran marginales.
–Deben de haberse olido nuestra llegada -dijo Rosow a su equipo-.
Mejor. La verdad es que haríamos bien en dispersarlos más a menudo y bajar aquí con mangueras. – Apartó unos cuantos objetos con la punta del rifle, sin saber muy bien qué estaba buscando-. Aquí no hay gran cosa -dijo, antes de hacer señas a sus hombres de que volvieran a subir por el terraplén en dirección a la plaza.
Una vez reagrupados, siguieron la dirección por la que se había alejado la sospechosa, pese a las dudas del informador de Rosow en cuanto al hecho de que se hubiera internado por una calle lateral. «Ha sido como si se fundiera con la oscuridad», había dicho el agente al ser interrogado por su superior. También había hablado de un carrito de compras. Cuanto más tiempo pasara, más suerte necesitarían para encontrar a la dueña del carrito, con su misteriosa pelirroja a cuestas.
Rosow consultó a muchas personas antes de dar con una que admitió haber visto a alguien empujando un carrito de compras por una colina.
Palabras del testigo: «No era una mujer, sino un hombre muy flaco; dudo que llegara a los cuarenta y cinco kilos. De lo que estoy seguro es de que había alguien pelirrojo en el carrito.» Rosow contactó por radio con los otros equipos de búsqueda y les notificó el probable cambio de aspecto de su objetivo.
Un tipo escuchimizado de menos de cuarenta y cinco kilos, pensó con tristeza, y una chica guapa. Y a los dos los vamos a poner en escabeche, sin preguntas. El examen del cadáver del guardia de seguridad del instituto había demostrado que el pobre hombre no tenía problemas de salud. Ni un grano. ¡Qué manera más trágica de desperdiciar una vida! Al ver el estado
de su estómago, Rosow había aventurado la posibilidad de que el difunto padeciera alguna ligera flatulencia. Pero, que yo sepa, los pedos no son contagiosos. Ni ilegales.
Remató la reflexión con una nota lúgubre: No son ilegales… todavía.
Guió a su equipo colina arriba, siguiendo las indicaciones del testigo. El peso de los uniformes y demás accesorios hizo que los biopolicías llegaran exhaustos y jadeantes a la cima.
–Pues si tan esmirriado es, ¿cómo demonios subió esta jodida cuesta con alguien metido en el carrito? – preguntó, sin obtener más respuesta que un unánime encogimiento de hombros.
Al llegar al campo, vio la verja abierta y se sintió atraído hacia ella sin saber por qué. ¿Qué pasa?, se preguntó. ¡Si aquí no hay nada! Había huellas en el barro, dos surcos bien espaciados que podían corresponder perfectamente a un carrito de la compra. Partían de la verja y llegaban al centro del campo, pero, después de alcanzar una pequeña elevación, daban media vuelta. Rosow echó un vistazo al perímetro del campo, pero, al no divisar ninguna vivienda, formuló como hipótesis más probable que el hombre del carrito hubiera renunciado a seguir por un camino tan lleno de baches y hubiera dado marcha atrás para buscar una manera más cómoda de cruzar el campo. Pero ¿por qué iba a querer cruzar este campo? No lleva a ninguna parte. Perplejo, hizo salir a su equipo por la verja, siguiendo los surcos hasta verlos aparecer en la carretera asfaltada.
Tras mucho insistir, Janie acabó renunciando, apagó el teléfono móvil y, vencida por el desaliento, devolvió el aparato a Bruce, que se lo metió en el bolsillo.
–No contestan, pero Caroline debe de haberse puesto en contacto con él; si no, no se explica que el viejo me haya dejado ese mensaje.
–Bueno, ¿y qué piensas hacer? – preguntó Bruce.
–Creo que lo mejor es que vayamos. Una de dos, o no está, o no contesta. A lo mejor nos ha dejado una nota diciéndonos dónde ha ido. No sé; es un hombre muy raro.
–De acuerdo. ¿Has acabado con el recepcionista?
Janie asintió.
Después de comprobar que el maletero estuviera bien cerrado, Bruce subió al coche con Janie y arrancó. A aquellas horas de la madrugada las calles estaban prácticamente vacías, aparte de unos pocos empleados
municipales que no les prestaron atención. Bruce condujo con mano experta por una red de callejuelas, ganando tiempo; Janie, entretanto, procuraba calcular en qué estado podía hallarse Caroline.
–No hay motivos para pensar que estuviera menos enferma que Ted -
dijo, mientras doblaban una esquina a toda velocidad. Haciendo cuentas, llegó a la conclusión de que Ted debía de haber muerto tres días antes.
Añadió entonces, todavía más angustiada-: La peste es bastante más rápida que muchas otras enfermedades.
–Pero no olvides que, según tu consejero, se trata de un microbio antiguo -contestó Bruce-. Quizá lo que se ve hoy en día no sirva para la comparación. No sabemos qué vamos a encontrar; mientras tanto, evita preocuparte demasiado. Tal vez esté mejor de lo que piensas.
Janie se hallaba al borde de la histeria.
–Lo dudo. Aunque nunca haya visto un caso de peste real, me niego a creer que vaya a ser menos terrible de lo que sospechamos. ¡Vaya mierda, Bruce! Hasta puede que se haya muerto. – Se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar-. Desde que encontré ese asqueroso trozo de tela, todo me ha salido mal; todo menos tú.
Bruce despegó una de sus manos del volante para coger la de Janie, que se arrellanó en el asiento del copiloto y cerró los ojos. Al recorrer el puente y ver los pocos coches que se les cruzaban a toda velocidad, Bruce se preguntó cómo se las habría arreglado Caroline para hacer un viaje tan largo. A menos que no hubiera conseguido llegar al final…
Cuando Janie volvió a abrir los ojos, tenían el campo delante.
–Ya casi estamos -dijo, e incorporándose un poco empezó a dar instrucciones-. Tienes que dar la vuelta por ahí. – Hizo un gesto exageradamente enérgico con la mano-. Al otro lado hay un desvío.
Podemos llegar casi al lado de la casa.
Bruce se metió por el camino de entrada y frenó en seco, pegándose a los matorrales cuanto pudo. El suelo estaba lleno de bellotas que saltaban contra el chasis con un ruido metálico. Bajaron del coche sin perder tiempo y se internaron por el camino de tierra.
Al acercarse a los robles retorcidos, el mismo viento que había soplado contra Sarin salió a recibir a los intrusos. Bruce se cerró bien la chaqueta, y Janie se protegió la cara del torbellino de hojas y ramas.
–¿De dónde ha salido este viento? ¿Recuerdas haberlo notado cuando estuviste la última vez?
–¡No! – dijo Janie a voz en grito-. ¡Ni por asomo! Nos metimos tranquilamente entre los robles.
Otra ráfaga salió de entre los árboles, obligando a Janie y Bruce a retroceder.
–¡Es como si algo se opusiera a que entremos! – exclamó Bruce.
Ella se quedó paralizada.
–Me muero de miedo…
Se quedó plantando cara al viento, arrebujada en la chaqueta, con los ojos cerrados para protegerse de los pequeños proyectiles. Bruce se volvió y la cogió del brazo, arrastrándola hacia él.
–¡Ánimo! – vociferó, haciéndose oír por encima del aullido del viento.
Janie siguió inmóvil y temblorosa, con el pelo revuelto.
–No puedo seguir -exclamó.
Bruce volvió a tirar de ella, pero no pudo vencer su resistencia. Un viento helado los asediaba con furia. Janie dio media vuelta y echó a correr.
Bruce la agarró del brazo y se lo impidió; forzando la voz hasta el límite, dijo:
–No tienes elección. Yo estoy tan metido en esto como tú. E igual de asustado; pero tenemos que llegar hasta el final.
Tiró de ella en dirección a la casa.
–¿Lista?
Janie se limitó a asentir con una falta de convicción que Bruce pasó por alto. Hicieron un esfuerzo tremendo y saltaron a través. Una vez al otro lado de los árboles, el viento desapareció por completo, dando paso a una atmósfera cálida y tranquila. Después de quitarse las hojas y ramas que se les habían pegado a la ropa y el pelo, corrieron hacia la puerta de la casa cogidos de la mano. Janie empujó la puerta sin llamar. Entraron sigilosamente, con la cabeza gacha.
Se encontraban en la sala principal de la casa. La examinaron en silencio. Bruce, que no daba crédito a sus ojos, tradujo su asombro con un silbido quedo.
–¡La Edad Media! – dijo.
Todo era viejo, pequeño y dispuesto con sumo cuidado. Había una chimenea de piedra con piso de pizarra y una caldera humeante colgada de
un gancho. No había luz eléctrica; todo eran lámparas de aceite y velas. El único indicio de modernidad era un viejo teléfono metálico negro del tipo vertical, con disco.
–Es como haber retrocedido en el tiempo -dijo Bruce.
Pese a lo tenue de la iluminación, Janie advirtió enseguida los grandes cambios que se habían producido desde su primera visita.
–Parece otra casa -susurró-. La última vez me llevé la impresión de que hacía como diez años que no limpiaban; ahora, en cambio, es como si la hubieran convertido en una especie de santuario. – Inquieta, paseó su mirada por la habitación en busca del anciano que los había mandado llamar-. ¡A saber dónde estará Sarin!
Se fijó en la luz que derramaban muchas velas desde una habitacioncilla contigua.
–Mira esto -dijo a Bruce, señalando la puerta abierta.
Atraída por la luz como una mariposa nocturna, cruzó la sala sin pensárselo. Él fue tras ella, y no tardó en unírsele bajo el marco de la puerta.
Janie ahogó un grito. Tendido en la cama, con su melena pelirroja reflejando la luz y multitud de lazos rojos en las sábanas limpias que lo cubrían, estaba el cuerpo inmóvil de Caroline Porter.
Gimió y se tapó la boca con una mano.
–¡Dios mío, Bruce! – dijo, aferrándose a él con desesperación-.
¡Llegamos tarde!
Él se desprendió suavemente de Janie y se acercó solo al lecho. Era difícil reconocer a Caroline en aquella mujer. Tenía la piel blanca como el yeso, pero alrededor del cuello se le había formado un repulsivo collar de bultos negruzcos llenos de pus. Sus labios estaban tan cortados que sangraban, y sus dedos, pulcramente enlazados a un ramillete de flores secas, tenían un color prácticamente morado.
Janie se adelantó tímidamente y acudió junto a Bruce. Al ver hasta dónde llegaba el deterioro de Caroline, volvieron a salírsele las lágrimas.
Sus ganas de abrazarla eran tales que tendió los brazos, pero él se lo impidió.
Y, si bien sus ojos estaban viendo a Caroline, la imagen que acudió a su mente fue la de los cadáveres de su marido e hija. Murieron demasiado rápido; no llegué a tocarlos. Su tragedia personal la embistió de nuevo con
la fuerza implacable de un tren de mercancías. Trató de soltarse y llegar hasta la cama.
–Déjame, por favor -suplicó-. Sólo quiero tocarla una vez.
Bruce la retuvo con más fuerza, sorprendido por el vigor con que se le resistía.
–No, Janie -dijo-. No puedes. Ya hemos estado demasiado cerca de la enfermedad. – La sometió a una presión casi salvaje-. No puedes arriesgarte.
Ella acabó por ceder y permitir que él la tomara en sus brazos. Se abrazaron desesperadamente, bañados por el plácido resplandor de las velas. Janie luchó con coraje contra los pesadillescos recuerdos de las Epidemias, que trataban de dominarla; una vez más, se sobrepuso al horror a base de no bajar la guardia ni un segundo, con una fuerza que no reconocía como suya.
Sólo se oía el llanto contenido de Janie. De pronto alguien gimió en la oscuridad. Bruce miró alrededor al instante, convencido de haber oído un sonido, humano para más señas. No vio a nadie; aun así, se mantuvo a la expectativa, y volvió a oírlo después de un rato. Entonces soltó a Janie y se dirigió a los pies de la cama, movido por la impresión de que el ruido procedía de ahí. Al mirar hacia abajo, distinguió a un anciano que se balanceaba con un perro inmóvil en brazos. Tocó el brazo de ella y le dijo:
–¡Mira! ¡A los pies de la cama!
Lo perentorio de su tono devolvió a Janie al presente. Secándose las lágrimas, corrió hacia Sarin y se agachó a su lado.
–Señor Sarin -dijo, tocándole el hombro con suavidad.
Sarin siguió balanceándose, sin percatarse de la presencia de Janie.
–¡Señor Sarin! – repitió ésta con más fuerza-. ¡Señor Sarin, por favor!
El anciano la miró con perplejidad, pero no tardó en reconocerla y esbozar una sonrisa.
–¡Ah! ¡Buenos días, señora! – dijo lentamente. Acunó al perro y lo levantó un poco, como si quisiera ofrecérselo a Janie-. Mire, se me ha muerto el perro.
Ella no supo qué contestar. Tocó la cabeza del animal con mano vacilante y acabó diciendo:
–Lo siento mucho.
–Cuando no se la espera, la muerte es algo terrible…