La plaga
Treinta y Uno
–¿Y que pasa con Ted?
–Lo dejaremos aquí, con Sarin y el perro. Es necesario quemar la casa, Janie; de todos modos se convertiría en foco de infección.
Ella lo miró con gravedad, preguntándose si llegarían a ver el fin de tantos horrores.
–De acuerdo -dijo-, hagámoslo.
TREINTA Y UNO
La niñera seguía en el dormitorio de Isabel, llorando junto a la ventana.
De pronto oyó un bullicio festivo que llegaba del patio, y, enjugándose las lágrimas, se asomó a investigar. Vio pasar una larga comitiva de caballeros y damas que se internaba en el patio a la luz de las antorchas. Oyó estentóreas carcajadas acompañando el taconeo de las suelas de madera. La ebriedad, los besos furtivos y, en general, la inocente jovialidad y algarabía reinantes en el patio le parecieron irreverentes, por cuanto perturbaban el silencioso dolor del velatorio.
Entonces vio al rey y la reina deseando buenas noches a sus invitados y emplazándolos para el torneo del día siguiente. El Príncipe Negro se hallaba junto al rey; ni rastro, en cambio, de Isabel.
–¡Válgame Dios! – susurró la niñera, llevándose la mano a la boca. Se apresuró a volver junto al lecho, donde Alejandro y Kate seguían consolándose mutuamente, y llamó la atención del médico con unos golpecitos en el hombro-. ¡Los festejos han acabado! – dijo-. ¡Temo que la princesa no tarde en volver!
Apenas había finalizado la frase cuando se abrió de golpe la puerta del dormitorio e irrumpió Isabel con sus lujosas galas. En cuanto se dio cuenta de cómo estaban las cosas, dio media vuelta y, sin decir palabra, cerró la puerta que separaba la habitación de la antecámara; después se acercó a la cama con pasos lentos y silenciosos, entrelazando las manos con aprensión.
Adele yacía sobre un revoltijo de sábanas, pequeña y como perdida en la vasta extensión del lecho. Su cabellera pelirroja estaba desparramada sobre el cojín, mojada y sin lustre. El cuerpecillo de la joven, enfundado en el camisón, ya no estaba habitado por aquella alma suya tan llena de dulzura. Cuando Isabel se acercó al pálido cadáver, se le empañaron los ojos y dijo:
–¡Amiga, amiga adorada, se han llevado tu hermosura! Ya no percibo la calidez de tu espíritu… ¡Cómo me maldigo por haberte repudiado de forma cínica e injusta…! ¡Dios mío! ¿Qué te he hecho?
Rompió en un llanto casi convulsivo, y, sujetándose los flancos con ambas manos, dio rienda suelta a su aflicción.
¡Hay que impedir que ponga sobre alerta a la guardia del rey antes de que se me haya ocurrido una solución!, pensó Alejandro. No había tiempo que perder. Apartó a Kate con delicadeza y, puesto en pie, dijo:
–Por favor, princesa, escuchadme… Vuestros lloros no le harán ningún bien…
Isabel empezó a tambalearse, y Alejandro hizo ademán de sostenerla; sorprendentemente, bastó un leve contacto para que la princesa se abalanzara en sus brazos y, aferrándose a él, ahogara sus lastimeros sollozos contra el pecho del médico.
–¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer? ¡Ha muerto! ¡Mi mejor amiga, mi más gentil compañera! Me han arrebatado la ocasión de hacer las paces con ella, como tenía pensado. ¿Por qué no la habéis salvado?
–Princesa -dijo Alejandro en son de súplica-, debéis tranquilizaros, o atentaréis contra vuestra salud… He hecho cuanto estaba en mis manos…
–¡Pero no ha sido bastante! Mi amiga, mi dulce amiga, muerta… No puede ser…
Cogió a Alejandro por la parte delantera de la camisa y empezó a enjugarse las lágrimas. La prenda estaba muy gastada por los viajes, y, para alarma del médico, uno de los botones cedió; siguió otro, y otro más, hasta que nada se interpuso entre la mejilla de Isabel y la piel de Alejandro, cuyo horror aumentó al ver que la princesa apartaba la cara y abría los ojos: tenía delante la marca a medio cicatrizar que le habían infligido los monjes aragoneses.
Isabel, estupefacta, se separó del médico y soltó una palabrota entre dientes.
–He visto pinturas con cicatrices como ésa… -dijo; y, zafándose del abrazo protector de Alejandro, retrocedió poco a poco con los ojos muy abiertos. Le señaló el pecho y preguntó con voz temblorosa-: ¿Es la marca de los judíos?
Alejandro no se movió. La camisa estaba abierta, desvelado el engaño, y él enmudecido por el miedo.
–Vuestro silencio es locuaz, y os condena -dijo Isabel, cada vez más furiosa-. ¡Empiezo a entender por qué se me revolvían las tripas al veros!
Pero ¿cómo se me habrá pasado por alto? Sois un virtuoso del engaño, un actor consumado que se ha ganado la confianza de mi padre gracias a su talento y astucia. ¡Pero al fin se ha descubierto vuestra verdadera personalidad! ¡Ya no hay disfraz al que podáis recurrir! No sois más que un judío despreciable -masculló-, y habéis entrado en mis aposentos, comido en la mesa de mi padre, tocado lo mismo que yo… -Se miró las manos y después de sacudírselas (como si el contacto con el médico hubiera adherido a ellas alguna sustancia nociva) se las limpió con la falda-. ¡Habéis matado a mi más querida compañera! ¡Me habéis robado su lealtad, y pervertido su corazón! ¡Y, destruyéndola a ella, habéis destruido una parte de mí misma! ¡Juro por mis futuros hijos que os perseguiré hasta el fin de mis días! ¡Vuestro engaño será vuestra perdición, como ha sido la de otros!
¡Y pongo a Dios por testigo de que padeceréis tormentos indecibles!
Isabel se recogió las voluminosas faldas y salió del dormitorio a toda prisa, pidiendo ayuda a gritos.
Alejandro se volvió hacia el cadáver de Adele y procuró recordar la sensación de coger en brazos a la joven, sentir en el cuello su aliento dulce y cálido. Parecían haber pasado siglos. Se sintió desligado por completo de cuanto lo rodeaba. Nada de esto es real, pensó. Si intento tocar la cama, sólo encontraré aire. Todas las voces que oigo forman parte de una única y horrible pesadilla; no tardarán en disiparse y dejarme tranquilo. Adele se levantará, acudirá a mi lado y abandonaremos juntos este país en dirección a donde nadie nos conozca, a donde no haya peste…
Alguien le tiró de la manga, sacándolo bruscamente de sus ensoñaciones.
–Maese medico… Maese médico… Tenéis que marcharos cuanto antes.
Mi hermana traerá a la guardia para que os anote, y estad seguro de que os quemarán… judío o no, sois un buen hombre, y Adele os tenía afecto… Yo también os lo tengo, y no quiero perderos… Por favor…
Alejandro miró hacia abajo y vio el rostro de Kate vuelto hacia él con expresión de súplica.
–Es verdad, tengo que marcharme -dijo con voz inexpresiva-. Me iré ahora mismo…
Kate le tiró más fuerte de la manga.
–No hay tiempo que perder -dijo-, y tenéis que llevarme con vos…
Saliendo al fin de su estupor, Alejandro cogió a la niña del hombro.
–Lo que pides es imposible, pequeña. Ni siquiera sé cómo me las arreglaré para vivir. ¡Cómo voy a mantener a una niña como tú!
–¡Por favor! – le suplicó Kate-. ¡En este reino nunca volveré a ser bienvenida! ¡Si no me lleváis, huiré sola!
–No, pequeña -protestó Alejandro-, no debes…
–¡Juro que lo haré!
Alejandro tragó saliva. Si ya era difícil escapar solo, hacerlo con una chiquilla rayaba en lo imposible.
–Kate, sólo tengo un caballo.
–Entonces montaré con vos. ¡Soy buen jinete! Por favor, no dejéis que me enfrente sola con mi padre…
El miedo de Kate a quedarse sola conmovió al médico, que le tendió los brazos. La niña se cogió a él con fuerza.
–Muy bien -dijo Alejandro con dulzura-. No te abandonaré.
La niñera cogió las cintas de la capa de montar y las anudó con fuerza bajo la barbilla de Kate.
–Haré que traigan una camilla para trasladar los restos de la señora Adele -dijo-. ¡Ojalá sirva como distracción mientras escapáis! Pero es hora de que emprendáis el galope, y sin mirar atrás. Disponéis de poco tiempo.
Alejandro miró a Kate.
–¿Estás lista, pequeña? – preguntó.
Kate asintió con gravedad.
¡Qué coraje el de esta niña al ir al encuentro con lo desconocido, y a tan tierna edad!, pensó la niñera, que se apartó sollozando, tras abrazar a Kate por última vez y darle un beso en la mejilla.
–Id -dijo-, y que Dios vele por los dos.
Vigiló su partida desde la ventana, queriendo asegurarse de que tuvieran éxito. Después de unos minutos, vio emerger de las sombras sus siluetas agazapadas, que atravesaron furtivamente el patio en dirección al caballo.
Iban cogidos de la mano. Vio que el médico echaba un vistazo a las alforjas colgadas de la silla, y contuvo el aliento al verlo montar y levantar a la chiquilla en vilo; sólo volvió a respirar al verlos fundirse con la aterciopelada oscuridad de la noche.
Con los fugitivos a salvo, la niñera volcó su atención en los demás asuntos pendientes: limpió las sábanas de Adele para ocultar en la medida de lo posible los esfuerzos frustrados de Alejandro, y, una vez adecentado el dormitorio, tiró de la campanilla, provocando la rápida aparición de un criado.
–Haz que traigan inmediatamente una camilla -dijo, con llanto y sollozos fingidos-: lady Throxwood ha fallecido por problemas propios de su sexo, y debemos retirar el cadáver antes de que mi señora Isabel sufra el duro golpe de ver muerta a su amiga.
Minutos más tarde, al llegar la camilla, la niñera expresó su dolor con grandes aspavientos, y puso gran afán en la preparación del cadáver. En el momento mismo en que los portadores de la camilla la sacaban de la habitación, llegó un grupo de soldados al mando de un caballero de semblante adusto y espada desenvainada. El caballero entró pisando fuerte y, en un alarde de autoridad, exigió saber el paradero del hombre a quien Isabel le había ordenado arrestar.
La niñera se cubrió la cara con las manos, presa de un llanto inconsolable cuyo propósito era demorar su respuesta a los soldados, dando a Alejandro y la niña más tiempo para escapar. El caballero acabó por cogerla del hombro sin miramientos.
–Tranquilízate, mujer -dijo con impaciencia-; cuanto más tardes, más lejos estará.
En efecto, pensó la niñera. Sin interrumpir sus sollozos, apartó una mano del rostro y, entre gemido y gemido, hizo señas en dirección a la puerta. El soldado, frustrado por la fingida ignorancia de la niñera, no tenía tiempo para aguardar el cese de los sollozos; por lo tanto, ordenó a sus hombres que lo siguieran. Desfilaron por la puerta con un ruido de armaduras.
Alejandro fustigó a su caballo con la correa de cuero, a fin de llegar lo más lejos posible en un tiempo breve. El brioso corcel reaccionó echando a correr a velocidad endiablada, pese a llevar dos pasajeros encima. Tras una hora a todo galope, el médico decidió hacer una pausa, consciente de que el pobre animal no podía dar más de sí; a diferencia de su anterior carrera a lomo de equino, no podía confiar en un cambio de montura. Regresar a sus tierras era imposible; sin duda cabía considerarlas confiscadas, y los hombres del rey no tardarían en registrarlas en su busca. Alejandro se daba
cuenta de que no tenían más remedio que viajar con lo puesto, y que era necesario alejarse de los caminos.
Desmontaron en un bosque espeso, junto a un arroyuelo. Alejandro quitó el sudor al exhausto animal, y acto seguido lo guió hacia el agua, dejando que calmara su acuciante sed. Después extendió una manta fina sobre el blando suelo de pinaza y, tendido junto a la pequeña Kate, procuró dormir. No obstante, el agotamiento del día no bastó para que conciliaran el sueño. Ninguno de los dos pegó ojo en toda la noche. El amanecer los cogió despiertos, y anonadados por la pena.
Al oír las órdenes, sir John Chandos estuvo a punto de perder la compostura. La estentórea voz del rey Eduardo comunicó la odiosa misión a las huestes convocadas a su presencia. Todos los soldados eran conscientes de deber la vida al hombre a quien debían atrapar. Correspondía a sir John el deshonroso deber de conducir una partida de caza contra el médico fugitivo cuya condición de judío acababa de descubrirse, y que había raptado a la pequeña Kate después de agredir a la princesa Isabel.
El noble caballero dirigió al rey una mirada glacial, y pensó con gravedad que el alma de su señor acababa de verse manchada por otro pecado que requeriría expiación: el de levantar falso testimonio. ¡De no honraros por vuestro valor, rey Eduardo, así como a vuestro hijo, yo mismo testificaría en contra de esta farsa!, pensó el soldado. ¡Habláis de la violación de lady Adele, pero sé que es falso! El médico no era capaz de tal cosa. ¡Tantas mentiras ya! ¿Saldrá este rey alguna vez del purgatorio?
–Solicito permiso para hablar, majestad -dijo cuando el rey hubo finalizado su discurso.
–Adelante, sir John. El tiempo apremia.
–Os pido indulgencia, majestad. Sabéis de mi lealtad, de cómo os serví en Crécy y he enseñado al príncipe cuanto se…
–Al grano, Chandos -dijo el rey con impaciencia-. Estoy impaciente por atrapar a ese hombre!
–Mi señor, sólo deseo decir que, pese a su condición de judío, el médico ha demostrado ser un buen hombre. Hasta el momento, nuestras peores sospechas apuntaban a su condición de espía al servicio del Papa. ¡No, por cierto, a naturaleza tan infame como es la de judío! No ostenta ninguna de las nefandas características que suelen apreciarse en los orientales, y llevó a
cabo sus deberes con coraje, enfrentado a una tenaz oposición. Creo que si seguimos con vida es gracias a su constancia y excelente servicio.
–¿Y qué queréis que haga, sir John? Su engaño no merece otro nombre que el de traición, y ya conocéis cuál es el castigo para ese delito. Merecería ser cuarteado. – La acerada mirada del rey se clavó en Chandos-. Ese, sin embargo, no será su destino cuando lo atrapéis, aunque admito que me gustaría; y no lo será porque hacerlo significaría privarme del inmenso placer de verlo arder en la pira.
Antes de prepararse para la persecución, sir John se mordió la lengua y se inclinó ante el rey, pero en su fuero interno lo maldijo.
Alejandro y Kate viajaron sin descanso durante toda la jornada, deteniéndose tan sólo para comer y beber, y permaneciendo en las zonas de bosque menos pobladas a fin de no ser descubiertos. Los pocos transeúntes con los que toparon los tomaron por padre e hija, espectáculo nada inusual en tiempos en que la peste obligaba a tantas familias deshechas a rehacer su vida fuera de sus asolados lugares de origen. Ninguno de los testigos de la huida se extrañó de ver a un hombre tan moreno con una hija tan rubia, por lo menos antes de ser interrogados por Chandos, responsable de la persecución; a partir de ese dato era fácil recordar a la extraña pareja de viajeros, y empezaron a circular noticias abundantes entre Canterbury y Londres.
Al segundo día, durante una pausa para beber, Alejandro se agachó a orillas de un plácido estanque y aprovechó el reflejo para examinar su barba, cada vez más crecida; era la primera vez que se la dejaba desde que Eduardo Hernández le había aconsejado afeitársela en aras del anonimato.
Se habían cambiado las tornas, y la barba pasaba a convertirse en camuflaje. Al tocarse el cuello, Alejandro palpó un bultito duro debajo de la barbilla. La sorpresa hizo que perdiera el equilibrio y tuviera que sujetarse con una mano al caer hacia atrás. Kate, que lo había visto todo, acudió corriendo junto a él.
–¡No! – exclamó al verle el cuello-. ¡No! ¡No podéis morir!
Pronto estaré demasiado débil para montar, pensó Alejandro, aferrado al caballo y a la niña. Sabía cómo curarse, pero carecía de los medios. Sin mayor dilación, enderezó el rumbo hacia la casa de la madre Sarah, confiando, contra todo pronóstico, en llegar a tiempo para ser tratado por ella. Atravesaron ciudades y pueblos sin detenerse, dejando a su paso una
densa polvareda que envolvía a grupos de espectadores boquiabiertos.
Alejandro se daba cuenta de lo fácil que habría sido para los hombres del rey darles alcance una vez obtenida información de uno de esos espectadores, pero no tenía dónde elegir; le faltaba tiempo para seguir una ruta que dificultara la búsqueda.
Al atravesar el campo, Alejandro vio varios montículos de tierra recién removida, señal de que hacía poco que se había enterrado a varias personas.
Se preguntó cuántos cientos de cadáveres yacerían bajo la superficie. Al acercarse a los robles, notó que el viento se oponía a su avance, y tuvo que fustigar por enésima vez al pobre caballo, que se resistía a continuar. En el momento de cruzar la nudosa puerta de acceso al valle de la madre Sarah, el animal protestó con enérgicos relinchos, pero, una vez a salvo al otro lado, se tranquilizó, y no tardaron en llegar a la casa.
Era la primera vez que Alejandro entraba en aquella morada. Le pareció limpia y ordenada, parca en mobiliario. No pudo evitar pensar: será un lugar agradable para morir. Se apresuró a ahuyentar la idea de su mente.
Tras comprobar que no servía de nada llamar a la madre Sarah, prosiguió su exploración. Descubrió una cama de paja fresca en una habitacioncilla contigua a la sala principal, con una manta doblada a los pies.
Una mesa de roble macizo hecha de tablones sin desbastar ocupaba el centro exacto de la casa. A cada lado había un banco, y en medio de la mesa Alejandro encontró un frasco de líquido amarillo y un cuenco del precioso polvo gris. Junto a ellos descansaba su diario. Una vez más, la madre Sarah parecía haberse adelantado a sus deseos.
Indicó a Kate que se sentara en uno de los bancos, quedándose él con el otro.
–Presta atención a lo que voy a decirte -dijo a la niña-: te indicaré cómo administrar la misma cura que utilicé para mantenerte con vida.
Kate, muy seria, asintió con la cabeza y permaneció atenta en grado sumo a todos los movimientos y palabras del médico. Viéndola repetir sus actos, Alejandro se fijó en lo menudo de sus manos, y se preguntó si tendría fuerza suficiente para hacer lo que había hecho él. Rezó en silencio por que Dios guiara las manitas de la niña con las suyas, tan poderosas. Después alabó la capacidad de aprendizaje de Kate, en quien residía su única esperanza de curación.